Castillo Solórzano | Lisardo enamorado | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 62, 196 Seiten

Reihe: Narrativa

Castillo Solórzano Lisardo enamorado


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-302-5
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 62, 196 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-302-5
Verlag: Linkgua
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Lisardo Enamorado es una obra de Alonso de Castillo Solórzano, un escritor español del Siglo de Oro que también contribuyó significativamente al desarrollo de la novela corta española durante el siglo XVII. Esta obra es una de sus historias más conocidas y presenta a Lisardo como un caballero galante y enamorado que se desenvuelve en una serie de aventuras y situaciones intrigantes. La obra es característica del estilo de Castillo Solórzano, quien frecuentemente se centraba en tramas románticas y utilizaba el género de la novela picaresca para explorar temas de amor y relaciones. Aunque Castillo Solórzano es conocido por su uso de personajes y tramas picarescas, Lisardo Enamorado es notable por su enfoque en el romance y el galanteo en lugar de la sátira social.

Alonso de Castillo Solórzano (Tordesillas, Valladolid, 1584-Zaragoza, 1648?). España. Su padre estuvo al servicio del duque de Alba. Escribió novelas cortesanas y picarescas, versos satíricos y jocosos, y obras teatrales influidas por Lope de Vega. Como poeta su principal obra es Donaires del Parnaso (1624-1625). Castillo Solórzano fue un autor barroco que introdujo en sus novelas picarescas un escenario urbano y un protagonista femenino, sin la intención satírica propia de este género. Sus relatos están marcados por las novellas italianas.
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Libro II


Con la escasa luz que prestaba el mayor de los planetas a su hermana Cintia, caminaban los dos íntimos amigos Lisardo y don Félix su jornada, yendo Lisardo imaginativo y suspenso sin ser parte la compañía de su amigo para divertirle su pena; tanto sentía el mal pago de su ingrata Gerarda. Muchas consolatorias razones le decía don Félix: pero todas eran en vano, que, como experimentaba mal pago de su voluntad y menosprecios de firme fe, era sin efecto cualquier consuelo. Esto le obligó a admitir la compañía de don Félix hasta Valencia, pero si ella le sacase del alma parte de la pena con que padecía, sin saber que don Félix no la llevaba menor que él, como se dirá adelante. Muchos medios intentó el bizarro soldado para divertir a su amigo, ya contándole sucesos de Flandes en la guerra, ya empleos amorosos en aquellos países: pero, acabados los discursos que sobre esto hacía, volvía a quejarse de su agravio, y a lastimarse de su corta fortuna. Traía consigo Lisardo un criado llamado Negrete, que en todos sus amores siempre fue su fiel Achates, y el archivo de sus más ocultos secretos. Era hombre bien entendido, de gracioso humor, músico y poeta, Este, pues, viendo la melancolía con que caminaba su señor, y que el verle con ella obligaba a seguir su humor los que le acompañaban, quiso con el bueno que siempre gastaba, que se entretuviesen un rato siquiera para divertimiento del sueño que acompañaba las más veces a los que caminan de noche. Y así pidiendo licencia a su amo, que se la dio, más a ruegos de su amigo don Félix, que por su voluntad, afirmándose en los estribos, por sacar fija la voz con sonoros acentos, cantó este romance:

Niña del color trigueño,

la de los ojos azules,

oficina de la estafa,

y taller de los embustes.

La que desde su mansión,

no hay bolsa que no saludes,

faltriquera que no emprendas,

ni talego que no aruñes.

La de tía duplicada,

que, los que tu amor conduce,

como a cruz de mortuorio,

se hallan siempre entre dos luces.

La que a todo forastero

conoces por las vislumbres,

y le traes boquimuelle,

por hallarle boquidulce.

La que de sonora voz

se ha preciado aunque te culpen,

que los acentos de daca

en toda bolsa retumben.

Yo que topé tus traiciones

primero que tus virtudes,

con licencia de agraviado

publicaré tus costumbres.

A los piélagos de Venus

piscatriz cosaria acudes,

donde tu anzuelo amoroso

prende arenques como atunes.

Hoy te pagas de plebeyo,

y mañana del ilustre,

como en metal rojo y blanco

armas traigan, traigan cruces.

Ahora hablarás a un sastre,

y luego admites a un duque,

confundiendo los bordados

con los vulgares pespuntes.

Al que pródigo conoces,

tú dispones que le apuren,

con regalos tus despensas,

y con galas tus baúles.

Contra visitas de avaros,

en tu brasero introduces,

los pebetes del pimiento,

las pastillas del azufre.

Que viendo que por no dar

siempre de tus gracias huyen,

como a demonios los tratas

con adherentes perfumes.

Tu calidad española

perdiendo va de su lustre,

viendo que ya te cortejan

tantos humores Monsiures.

Lo encarnado del clavel

tu boca no lo produce

que ya magistrales traga,

porque marfiles escupe.

Y así cualquiera vianda

no la mascas si la muques,

aunque el fuego te la cueza

o el tiempo la papanduxe.

El que te trata ignorante,

o le mancas o le tulles,

viniendo a sudar de espaldas

lo que ha pecado de bruces.

Sigue tus receptas Laura,

la zarza tiene virtudes;

si tú corriste sin ella,

nadie corre que no sude.

Si es tu salud como media

que por puntos se deszurce

en cada esquina hallarás

remendones de saludes.

Si no buscas el atajo

de la muerte, no los busques,

que son como amoladores:

más que aderezan, destruyen.

Pues se llega la Cuaresma

pon pausa a tus inquietudes,

y quien es congrio cecial

viva entre santas legumbres.

No, hipócrita, nos engañes

como muchos que se aturden,

siendo en lo aparente santos,

y demonios en el fuste.

A la ceniza y al llanto

aplica amorosa lumbre;

verás que un alma tizona

a colada la reduces.

Celebraron don Félix y, sus criados con grandes alabanzas el agudo y bien cantado romance con que Negrete los había entretenido, tomándole la palabra, de que, en lo que durase el camino había de cantarles otros de aquel género, con que se prometían buen viaje. A todo esto no habló palabra alguna Lisardo; tan engolfado iba en sus pensamientos, que no atendía a otra cosa, sino a considerar, cómo pudo su ingrata dama negar obligaciones de tanto amor, y deudas de tanta fe y voluntad. Parecióle a don Félix exceso su demasiado imaginar, temeroso que esto le causase daño al juicio que, cuando una pena se está de asiento, puédense temer ruinas en él, y así, queriendo que en parte le sirviese de consuelo, y en parte de divertimiento, le quiso dar cuenta de su cuidado y peregrinaciones para lo cual, pidiéndole silencio, comenzó así:

—Determinado, ¡oh caro amigo Lisardo!, de venirme a España desde Flandes donde asistía, quise, a costa de gastar algunos meses en mi camino, no verla sin estar primero en el reino Partenopeo, y ver las grandezas que dél oía en Bruselas, y así mismo la gran ciudad Corte del Santo Vicario de Cristo, Vicediós en la tierra. Dispuse mi jornada, teniendo licencia de mi general, con la cual partí de Bruselas, con algunos dineros que bastaran para más largo viaje, porque en el juego me había ido felizmente, y estaba de vuelta de más de cuatro mil ducados. Estuve en Nápoles, vi aquella hermosa y rica ciudad, sus templos y santuarios devotos: admiróme su grandeza, y ponderé sus edificios. Gobernaba entonces el Excelentísimo Duque de Alba, cuya prudencia y valor están iguales en él, granjeando el agasajo y alabanzas de lo noble y plebeyo de aquel poderoso reino, para ponderar perpetuamente cuán digno es el gran Toledo de ser premiado de su Rey, con ocupaciones de mayores cargos. Hízome su excelencia mucha merced, sabiendo quién era, y, con su favor, hallé grande acogida en los Caballeros y señores de aquella ciudad, donde estuve quince días. Pasé a Roma, y, querer contaros lo que en aquella gran Corte vi, fuera gastar largos episodios, prolijos discursos en mucho tiempo: allí estuve otros quince días. Partíme hacia el puerto donde estaban dos galeras que iban para Génova, y embarcándome en la una, tuve feliz viaje hasta. aquella rica. y opulenta ciudad, cuyos hermosos edificios, curiosas quintas, y hermosas damas me admiraron más que todo lo que había visto. Estas galeras habían de pasar a España en conserva de otras cuatro, y haciendo viento a propósito, no quise perder la ocasión, y víneme en ellas hasta Barcelona, sin sucedernos ocasión de peligro en toda la navegación. Desembarqué en aquel hermoso muelle, y, haciendo sacar mucha ropa, se llevó a una buena posada a que me guió un caballero genovés, que había venido embarcado conmigo. En ella descansamos cuatro días reparándonos del penoso naufragio que, aunque fue todo con viento próspero, las incomodidades de la galera se sienten después de saltar en tierra.

Al quinto día de nuestra llegada, salimos por la tarde a ver la ciudad, y supimos que la más gente della salía al mar a ver embarcarse seis compañías de soldados que se habían levantado en el Principado de Cataluña, y pasaban a Lombardía para guarnecer aquellos presidios. Estaba el muelle poblado de gente de a pie y a caballo y grande cantidad de coches de damas. Mi camarada y yo íbamos vestidos con galas de soldados lucidamente, de suerte que los más ponían los ojos en nosotros. Al anochecer, cuando nos veníamos a la posada, pasó por cerca de los dos una carroza en que iban unas damas, y a un estribo della se llegaron dos caballeros a hablar con ellas, pero no sólo no fueron admitidos sino que con grande desprecio los despidieron de suerte que, cuando nosotros emparejamos otra vez con la carrota, pudimos oír estas coléricas razones a una dama:

—Señor Jorge, baste el desengaño que tantas veces tenéis de mi prima, para no perseverar en cansaros y cansarla; suplícoos que excuséis empeñaros en estos lances, que no han de servir de otra cosa que de...



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