de Rojas Zorrilla | Los áspides de Cleopatra | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 327, 146 Seiten

Reihe: Teatro

de Rojas Zorrilla Los áspides de Cleopatra


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-775-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 327, 146 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-775-2
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Los áspides de Cleopatra de Francisco de Rojas Zorrilla plasma la pugna trágica entre el deseo privado y personal y el deber público. La naturaleza del amor que llegó a cambiar el rumbo de Egipto es la verdadera trama de la historia. Rojas presenta en Los áspides de Cleopatra a una Cleopatra guerrera y fuerte que, tras conocer a Marco Antonio, abandona el trono para poder vivir un verdadero romance con él.

Francisco de Rojas Zorrilla (Toledo, 1607-Madrid, 1648). España. Hijo de un militar toledano de origen judío, nació el 4 de octubre de 1607. Estudió en Salamanca y luego se trasladó a Madrid, donde vivió el resto de su vida. Fue uno de los poetas preferidos de la corte de Felipe IV. En 1645 obtuvo, por intervención del rey, el hábito de Santiago. Empezó a escribir en 1632, junto a Pérez Montalbán y Calderón de la Barca, la tragedia El monstruo de la fortuna. Más tarde colaboró también con Vélez de Guevara, Mira de Amescua y otros autores. Felipe IV protegió a Rojas y pronto las comedias de éste fueron a palacio; su sátira contra sus colegas fue tan dura al parecer que alguno de los ofendidos o algún matón a sueldo le dio varias cuchilladas que casi lo matan. En 1640, y para el estreno de un nuevo teatro construido con todo lujo, compuso por encargo la comedia Los bandos de Verona. El monarca, satisfecho con el dramaturgo, se empeñó en concederle el hábito de Santiago: las primeras informaciones no probaron ni su hidalguía ni su limpieza de sangre, antes bien, la empañaron; pero una segunda investigación que tuvo por escribano a Quevedo, mereció el placer y fue confirmado en el hábito (1643). En 1644, desolado el monarca por la muerte de su esposa Isabel de Borbón y poco más tarde por la de su hijo, ordenó clausurar los tablados, que no se abrirán ya en vida de Rojas Zorrilla, muerto en Madrid el 23 de enero de 1648.
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Jornada segunda


(Dentro ruido de desembarcar.)

OctavianoYa no manda el timón, y ya la quilla

encalló en las arenas de la orilla.

LépidoDejad zafar la escolta y chafaldete.

IreneAmainad la mesana y el trinquete.

LépidoVaya la lancha al pie de aquella sierra.

OctavianoLépido, Irene y yo, tomemos tierra.

IreneÁncora al mar.

Lépido Sobre la espuma cana

se mece la ligera capitana.

OctavianoY las demás, qué iguales

azotan con los reinos los cristales.

IreneFavorable nos fue la mar y viento.

LépidoAvante boga.

Octaviano Iza a barlovento.

(Salen Octaviano, Lépido e Irene.)

IreneSalta sobre el peñasco de esa sierra.

OctavianoBeso mil veces la florida tierra.

LépidoBeso la madre de los hombres pía.

IreneÉsta la playa es de Alejandría

la que al Mediterráneo tiene a raya,

OctavianoMás parece de Chipre aquesta playa.

IreneSalva te hacen dulces ruiseñores.

LépidoSin duda es esta patria de las flores

OctavianoEl olfato y la vista a un tiempo estrena

fragancia y candidez de la azucena.

IreneAlegre está la vista y el olfato.

Octaviano¿No ves, Irene, al Sol arder ingrato?

Irene¿Ingrato?

Octaviano ¿No le ves con luz hermosa

galanteando la purpúrea rosa,

que preside a otras flores peregrinas

y al ver que se defiende con espinas,

no por ser tan hermosa la pretende,

sino porque la ve que se defiende?

¿Y a Clicie, que en sus rayos habilita

porque ve que le sigue la marchita?

IreneY yo al ver que la deja, en mí contemplo

de Clicie y Sol un infelice ejemplo;

que si Antonio me deja desdeñoso,

yo vengo a ser la Clicie de mi esposo.

OctavianoLépido, amigo mío, Irene bella:

tú, Sol del Asia: tú, de Europa estrella,

atendedme los dos lo que os advierto:

ya os acordáis los dos que fue concierto

de venir a buscar a nuestro amigo,

siendo nuestra amistad el fiel testigo,

dado caso que Antonio no llegase

dentro de un año a Europa, o que no enviase

nuevas de su ruina o vencimiento

o ya la fama lo contase al viento,

o ya fiase sus vitorias solas

Neptuno a la inconstancia de las olas.

LépidoUn año el tiempo fue que la ha aplazado.

OctavianoPues ya sabéis que el año se ha pasado,

sin que para más riesgo o mayor gloria

sepamos su ruina o su vitoria;

y tal vez he pensado

o que hidrópico el mar se le ha tragado,

o que cruel, Cleopatra, aunque divina,

reliquias no dejó de su ruina;

o será, pues triunfante no le aclama,

que su clarín se le quebró a la fama:

y como nuestro crédito desmaya,

con las naves que surgen en la playa

y con la hueste que mi espada anima,

a discurrir el más remoto clima

me conduzgo, hasta hallar de aquesta suerte

indicios de su vida o de su muerte.

IreneDesta montaña, agora

que le acecha las luces al aurora,

la cumbre altiva discurrir podemos.

LépidoLa selva, monte y prado registremos.

OctavianoMirar pretendo en este monte cano

si alguna población descubre el llano.

IreneSólo un arroyo aquella selva baña;

desierta se descubre la campaña.

OctavianoEstampa no se ve de plantas vivas,

todas las plantas son vegetativas.

tocad al arma, veamos si se altera

al marcial aparato un hombre o fiera.

LépidoToca al arma.

(Toquen y párense a escuchar.)

OctavianoYa suena el metal hueco,

y sólo del clarín es susto el eco.

IreneAves son las que el ruido han extrañado.

LépidoUn hombre, o el deseo me ha engañado.

IreneVuelto en sí del letargo, huir procura;

antes que se penetre en la espesura

del prado, le llamemos.

Octaviano Hombre, aguarda;

Egipcio, ¿qué te turba y acobarda?

Reducirle no puedo.

LépidoMucho es que no tropieces en tu miedo.

Irene¿No vías? darle voces es en vano.

OctavianoEl que te llama es César Octaviano.

IreneParece que a tu nombre reducido

su temor aconsejó su oído.

LépidoYa parece que mueve más veloces

las plantas al halago de tus voces.

OctavianoLlega al favor que esperas de mi mano.

(Sale Caimán.)

CaimánDame tus plantas, César Octaviano.

Octaviano¿Caimán?

Caimán ¿Lépido, Irene, qué te veo?

Viendo estoy a los tres, y no lo creo;

¿qué se llegó de mi deseo el día?

Lépido¿De dónde vienes, di?

Caimán De Alejandría.

Irene¿Llegó Antonio?

Caimán Llegó.

Octaviano ¿Qué ha sucedido?

CaimánLo que siempre, Cleopatra le ha vencido

Octaviano¿Vive Antonio?

Caimán Sí vive.

Octaviano Di si es cierto.

CaimánNo te estuviera mal que hubiera muerto.

Octaviano¿Qué dices?

Caimán Lo que digo.

OctavianoMuera mil veces yo, viva mi amigo.

Irene¿Murió Cleopatra?

Caimán Sí.

Octaviano ¡Desdicha fuerte!

CaimánPero vive Cleopatra con la muerte.

Octaviano¡Qué gloria, qué contento!

Irene ¡Oh pena esquiva!

CaimánNo te estuviera mal que fuera viva.

OctavianoDescíframe esta enigma, si eres sabio.

IreneNo se hielen tus voces en tu labio.

LépidoDi, ¿cómo aquí has llegado?

sácanos a los dos deste cuidado.

OctavianoComo leal refiere,

cómo vive Cleopatra y cómo muere.

IreneRefiérenos si es cierto

cómo es Antonio vivo y cómo es muerto

LépidoYa tu voz esperamos.

CaimánPues escuchad los tres.

Lépido, Irene

y OctavianoYa te escuchamos.

CaimánYa te acuerdas que contigo

vine a Egipto, y ya te acuerdas

que me quedé en la batalla

como espada genovesa;

ya dije que...



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