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E-Book

E-Book, Spanisch, Band 186, 314 Seiten

Reihe: Narrativa

Donis Envenenadoras


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19615-71-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 186, 314 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-71-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mujeres que matan, en el ámbito doméstico siempre, por necesidad, para huir de la miseria o el maltrato, o también por inquina, por pura desesperación, incluso por compasión. Mujeres que matan con lo que tienen a mano, con imaginación, sin sangre, en silencio. La historia del crimen perpetrado por las mujeres a lo largo de la historia se resume en una palabra: veneno. Desde la cocina, haciendo uso de lo que tenían más a mano, como alcohol de quemar, cerillas o puntas de alfiler, aunque también en ocasiones haciendo gala de recursos más refinados como estricnina o arsénico, las madres de familia, cocineras, doncellas, sirvientas o abnegadas amas de casa han matado usando el veneno. Este libro, escrito por la farmacéutica y criminóloga Marisol Donis, autora de otras obras de no ficción centradas en la criminología y su historia, como la aclamada Emilia Pardo Bazán y su fascinación por la criminología (Alrevés, 2023), hace un repaso detallado de casi medio centenar de crímenes reales cometidos por envenenadoras en la historia reciente prestando atención no solo a lo ocurrido, a los hechos y a los métodos empleados, al seguimiento de la prensa, a las investigaciones de la Policía y a la atención popular que despertaron, sino también a las circunstancias personales de todas estas mujeres. ¿Por qué mataron? ¿Por qué decidieron hacerlo así?

Marisol Donis es farmacéutica (Universidad Central de Venezuela-Universidad Complutense de Madrid), criminóloga (Universidad Complutense de Madrid, su tesina, calificada sobresaliente cum laude y titulada Influencia del síndrome premenstrual en la criminalidad femenina, fue publicada por EDERSA) y completó su formación académica con cursos de Medicina Legal y Biología Forense. Como escritora es autora de doce libros publicados por distintas editoriales sobre criminología, crónica rosa y otros temas, y más de un centenar de artículos en revistas y periódicos. Ha recibido tres premios de Patrimonio Histórico Farmacéutico AEFLA (Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Arte). En los últimos años alterna en sus obras crónica negra con crónica rosa histórica y publica Periodismo de Confitería (2015), Anfitrionas (2021) y Emilia Pardo Bazán y su fascinación por la criminología (Alrevés, 2023). Citada en varias tesis doctorales, ensayos y artículos periodísticos, participa en jornadas, conferencias y mesas redondas sobre criminología y crónica rosa histórica del siglo XIX y comienzos del XX.
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PRÓLOGO


El padre de mis hijos tiene una alergia alimentaria grave. ¿Y eso qué tiene que ver con este prólogo y este libro?, se dirán ustedes. Déjenme continuar. Amplío: el padre de mis hijos sufre una alergia alimentaria extremadamente grave. De esas que pueden llegar a provocarle un colapso por asfixia y, llegado el caso, la muerte.

Tiene que ver con una fruta, y no voy a decir aquí de qué fruta se trata, que después de más de veinte años editando a autoras y autores diversos de género negro me he encontrado con gente muy chunga en la vida (expolicías, expresidiarios, políticos…, ¿es necesario que siga con el recuento?). A ver si van a venir a mi casa a aliñar una ensalada y luego me cuelgan a mí el muerto.

La cosa es que, al igual que en los párrafos precedentes, llevo años haciendo bromas de mejor o peor gusto, más o menos gamberras, más o menos negras, en público y en privado, sobre el asunto. Y recurriendo a la amenaza también, porque la convivencia y la confianza, como dice el dicho popular, dan asco, y porque de tanto tratar con autoras y autores negros todo se pega.

Por hacerles corto el cuento y por resumírselo de un modo gráfico con un par de ejemplos: si en mi casa tenemos una disputa por el motivo que sea, como que por ejemplo yo sea más de Cortázar y el padre de mis hijos de Borges, o yo de Chandler y él de Hammett, acostumbro a resolver la cuestión ejerciendo mi derecho femenino y sacrosanto a la última palabra con un: «Pues tú verás si quieres seguir insistiendo en que Borges es lo más grande; cuidado con la macedonia que te comas hoy de postre, no vaya a ser que te lleves una sorpresa»; o, por ejemplo: «Ah, allá tú, tú verás si prefieres seguir insistiendo en que esa frase necesita un punto y coma en vez de dos puntos, y disfruta de la mermelada del desayuno, que usted se la coma bien». Sí, lo han adivinado, el padre de mis hijos también es editor. Ambas suegras no ganan para disgustos.

Ha llegado a tal punto la broma que el pequeño de mis hijos, a la tierna edad de cuatro años, un día que se negaba a hacer los deberes del cole (algo así como escribir una hilera de palotes en una libreta, qué quieren, cuatro años no dan para más) y su padre le insistía con el tema, exclamó indignado: «¡Mamá, a ver si le pones esa fruta en el postre a papá, se muere de una vez, y me deja tranquilo con los deberes!». Y se quedó tan pancho.

Pero observen, amigos, lectores, futuros asesinos varios, la ironía de la historia: el niño (un parricida en potencia por lo demás bastante pacífico y resalao) no pensó ni por un momento en cargarse él a su padre dándole la susodicha fruta mortal, tenía clarísimo que eso era trabajo mío. ¿Y por qué? Porque en mi casa, en el reparto de tareas domésticas, la que cocina soy yo.

Y es que por más bohemios paupérrimos (somos editores, no lo olviden) que seamos, por más equitativos que nos tengamos, los cacharros, el sofrito, el cocido, la sartén y el rebozado siguen siendo mis tareas, y la cocina mis dominios. Sí, él hace la compra, y pone la lavadora, y lleva a los niños al colegio. Pero la que aliña la ensalada (mortal o no), la que corta las frutas para la macedonia soy yo. Yo soy la que puede hartarse un día de pasarse una mañana de sábado cocinando una fuente de croquetas que, seamos honestos, se devoran en cinco minutos y, quemada del trabajo que dan y del poco reconocimiento que merecen, añadir al pan rallado puntas de alfiler.

Yo pude ser la que, cansada de las otitis recurrentes de la mayor, que aullaba de dolor por las noches y nos tuvo agotados día tras día en los inviernos sucesivos casi desde que nació hasta que cumplió tres años, tal vez un día mezclase sin querer polvos matarratas con los cereales de su papilla.

Yo pude haberlos matado a todos. Sin sangre. Sin drama. Sin grandes esfuerzos. Casi sin tener que planearlo. Un simple gesto, un ingrediente más, y asunto resuelto. Y seamos sinceras, amigas: en más de una y de dos ocasiones, ganas no nos han faltado.

Porque a ver: si vives en una aldea perdida y te obligan a casarte para salir de la pobreza, a tener hijos porque sí, todos los que te dé Dios, a trabajar el campo, a cuidar de tu marido, a perder tu vida sirviéndolos a todos sin más perspectiva que parir y criar…, ¿no te sientes en tu derecho de sacarte carga de trabajo de encima y deshacerte por tu cuenta de unos cuantos? O si eres mujer, joven, bella, y tu familia te casa con un viejo y resulta que estás en el siglo xix y en tu país no existe el divorcio…, a ver, ¿qué haces? ¿Aguantar y sufrir o solucionarlo por tu cuenta echando mano de lo que tienes, nunca mejor dicho, más a mano?

Sí, cierto, en el maravilloso libro que tienen a continuación, rigurosamente documentado y siempre deliciosamente escrito por Marisol Donis, alguna que otra asesina vocacional se nos ha colado. Hay algunas (pocas) mujeres que matan porque sí, porque disfrutan haciéndolo, porque pueden hacerlo. Y lo hicieron tan bien que no solo tardaron décadas en descubrirlas, sino que un par de ellas ostentan hoy el dudoso honor de ser consideradas las primeras asesinas en serie de su país. Ya lo decía mi abuela: «Tanto sufrimiento es vicio».

Pero, dejando desviaciones y sadismos aparte, lo primero que se me viene a la mente en el caso concreto de Mary Ann Cotton (la envenenadora masiva, qué digo masiva, la genocida que, si no la llegan a pillar, un poco más y se carga a su isla entera, a todita Inglaterra) fue: ¿cómo tardaron tanto en pillarla? ¿Por lo buena asesina que era? ¿Por su sagacidad? ¿Por su discreción? ¿Por la altísima mortalidad infantil, y la mortalidad en general, de su tiempo?

¿O más bien por ser mujer? Porque, a ver, ¿quién iba a sospechar de una mujer de mediana edad, de una señora (esa palabra, si lo pensamos bien, ya sugiere tantas cosas, muchas de ellas despectivas y peyorativas, que nos quita un montón de sospechas de encima) no especialmente agraciada, ni grácil, ni bella, ni culta, ni rica, que solo se dedicaba a cocinar, criar, coser, remendar, desposar y callar?

Pensémoslo un momento: a las ricas herederas, a las jóvenes viudas con «carita de ángel» que con corsé ajustado, mejillas sonrosadas y polisón de nardos transitan con pasito corto y mirada recatada por este libro excepcional, las pillaron al vuelo: un amigo joven, un marido viejo y difunto, una chica guapa y, vaya, he aquí una envenenadora que se quitó al esposo anciano de encima con un té cargado de arsénico.

Pero, ¿y las campesinas húngaras?, ¿y las señoras como Mary Ann, con sus mofletes y sus anchas caderas? Se diría que hay una relación inversamente proporcional entre el contorno de la cintura de las envenenadoras y el grado de sospechas que levantan: a menor contorno de cintura, cuanto más apretado el corsé, cuanto más lozanas y bellas, gráciles y jóvenes, más se sospechaba de ellas; cuanto más anchas las señoras, menos sospechas. Si estaban en la menopausia (desde aquí deslizo un alegato personal, no sé si se está notando), ya eran directamente invisibles… Hasta que llegaban a edad provecta, envejecían pero bien y se convertían en viejas pellejas tipo madrastras de Blancanieves: ahí sí volvían a ser sospechosas y recaían sobre ellas todos los estereotipos de la vieja bruja y se volvían a incrementar las posibilidades de acabar en el cadalso o la hoguera.

Porque, detengámonos otro momentito a pensar en ello, a repasar la historia de la religión, de la literatura, la mitología, los cuentos tradicionales: ¿por qué siempre se ha asociado a la mujer con el pecado y con la comida? No solo tenemos a la bruja de Blancanieves con la manzana, también a Perséfone, que se convirtió en reina del Inframundo por comerse unas semillas de granada, a Salomé, que pidió la cabeza de un señor «servida en bandeja de plata», y, por supuestísimo, a la madre de todas las pecadoras y, ya puestos, metafóricamente de todos nosotros, Eva, que a ver, si las manzanas del árbol del bien y del mal estaban ahí en el Paraíso colgaditas a la vista de todos para que cualquiera las cogiera, no sé yo en qué andaba Adán, o qué esperaba Adán, o por qué había que servirle a Adán que no podía él estirar la mano y tomarlas por sí mismo, ¡que todo el trabajo tenía que hacerlo Eva! Vamos, en conclusión, que por tener limpio el Paraíso, adecentar el jardín, recoger la fruta y servírsela al varón estamos pariendo con dolor, señoras.

Sea como fuere, si hacemos un poco de memoria, si nos remontamos a nuestras abuelas, si pensamos en las trabajosas cenas de Navidad de nuestra infancia y quién las preparó, si nos acordamos de nuestras primeras lecturas y de todas esas brujas junto a calderos retratadas por los cuentos de hadas e, incluso, por el mismísimo Shakespeare en Macbeth sin ir más lejos, si buscamos a todas esas mujeres relegadas a la cocina en la literatura, a todas esas doncellas resentidas, a todas esas mujeres que alguna vez tuvieron sueños de libertad y se vieron obligadas a vigilar las sopas y los fogones, a preparar las papillas, a servir el té, a cocinar para su familia numerosa, a tener la mesa lista para cuando llegara de trabajar el padre de familia… Ahí están, no hace falta rascar mucho para encontrarlas.

Las tenemos delante de nuestros ojos. Unas hicieron el acto simbólico de suicidarse metiendo la cabeza en el horno, como Silvia Plath… Y otras prefirieron, por no asumir la carga de ser la señora de la casa, suicidar a los demás. Muchas para librarse de sus diferentes opresiones, otras por buscar una salida. Alguna que otra porque sí, sin más, porque no sabían qué...



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