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E-Book, Spanisch, 286 Seiten

Montes Vatako


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-17269-97-5
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 286 Seiten

ISBN: 978-84-17269-97-5
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Vatako es un solo de batería en prosa experimental que se compone de cuatro movimientos y que te invita, lectora, lector, a que te dejes acompasar por el ritmo de sus páginas. Detrás de los tambores, herrajes y platillos, el narrador Bernal Santur, baquetas en mano, tocará para ti el relato fragmentario de sus peripecias con dos de sus bandas de rock en los márgenes de la escena musical de México y Estados Unidos, y te hará sentir lo que percibe mientras cabalga, en vivo, el instrumento que ama, para que al final seas tú quien percuta en él, origine, contemple y escuche sus vibraciones poéticas. Libro, artefacto y apuesta de lenguaje sin concesiones, Vatako le da voz a un personaje hasta hoy inédito como protagonista en la literatura de ficción en español.

Manuel R. Montes («Bernal Santur») nació en Zacatecas, México, en 1981, es narrador y ensayista y toca la batería desde los trece años, acercado por su padre a la enseñanza del guitarrista virtuoso Rafael Hidalgo. Dogmas, Orión, RonColor, Teste, Bi, Prometon, Arson Joy, Monotza y Door 13 son las alineaciones a las que ha pertenecido sucesivamente. Ganador de tres premios nacionales en su país de origen, es aprendiz de tonalpouhque y músico medicina. Radica en California.
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Chicago. Primavera.

Tocamos ayer en Fort Wayne, Indiana. Tardé más en instalar mi Diatriba de segunda mano que lo que nos tomó a W y a mí ahuyentar a una concurrencia que fue reduciéndose hasta los tres espectadores que nos urgieron a que desocupáramos el resquicio a donde, también a ellos, los atrajo la Ilusión. Eran el acto principal. Dexamyl.

El dueño de la casa vieja nos había hecho pasar con educado distanciamiento. Tez blanca, mohicano.

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Tras identificarnos y saludarlo, apuntó en el recibidor a las copias de un cartel apiladas en el centro de una mesa de madera en la que otros afiches de recitales anteriores eran exhibidos. Me detuve. Un cuervo sangrante con las alas abiertas. Entre paréntesis, la procedencia de los grupos, el nuestro el penúltimo en la columna que los enlistaba. Cinco dólares el precio de admisión. .

Dormiríamos en el vestíbulo. Las indicaciones de Jonah para desplegar el seccional con cama fueron sucintas. Las llaves del fregadero, en la cocina, suministraban agua sin plomo. Agradecí el ofrecimiento y rehusé beber.

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El baño, arriba. Puerta sin picaporte a la derecha. W asintió.

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Quien lo deseara podía husmear el acervo de viniles que ornamentaban las repisas. De los músicos presentes a nuestra llegada y con quienes evitamos conversar, ninguno extrajo acetatos.

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Me acerqué a los volúmenes de literatura fantástica sobre un librero decorado con figuras diabólicas en sus empaques.

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El mazo de tarot, el plasma descomunal tampoco interesaron a nadie.

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Del sótano provenían trepidaciones en las que fingimos no reparar, intercambiando al cabo comentarios monocordes con los otros huéspedes.

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Oficiales de tránsito interceptan avenidas. Largas filas de vehículos en tropel parsimonioso. El invierno cierne la metrópoli, perdura inconcebible. Intuyo que no visitaremos el Art Institute. Numerosos transeúntes con paraguas a los que un viento pertinaz ladea se alinean a los costados de la fachada, en hileras que, por su extensión, provocarán que se les niegue a muchos el paso, aun a los que se formaron anticipadamente. La causa es el cierre del museo a una hora inusual, según la página que consulto en mi tableta y que alude al pronóstico de la inclemencia, que continúa. La niebla dificulta la visibilidad. El navegador enmienda un extravío y restablece la ruta. Los uniformados bloquean de un silbatazo las arterias hacia las que la voz robótica orienta el sendero de la Petrus III.

W, al volante, maneja sin exasperarse. Le pido conducir en busca de un estacionamiento asequible, no de tarifa excesiva como los que rodean la E Radolph Street, y rehacer el trayecto a pie desde donde logre aparcar.

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Recorre cuadras aledañas en las que costosos parquímetros limitan la permanencia en un espacio libre a lapsos de tiempo irrisorios. Frena en una calle de uso público gratuito, aunque apartada. Se disculpa.

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Un ramalazo de nieve súbita mece la carrocería.

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La variación climática es instantánea. Curva señalamientos viales. Aúlla. Nos evapora. W apacigua mis maledicencias al admitir que no disfrutaré de la serie , de Van Gogh.

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Desempaña el parabrisas con la manga.

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Los rascacielos desaparecen tras un remolino de brumosas espirales.

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Apaga la Petrus III, herencia de su padre al jubilarse del servicio postal. El humo del escape tiñe de carbón una estela de ventisca.

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Olvida siempre recargar su tableta. Le cedo la mía.

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El amigo al que llama, Donovan, quizá sea el samaritano que nos aloje.

Sangré al percutir con innecesaria rigidez. El índice de la diestra, los pulgares y el anular de la izquierda padecen por norma los defectos momentáneos de mi técnica. Las precauciones que acostumbro tener no evitan el desgarre de las ampollas. Lío mis falanges con cinta para primeros auxilios, adhesiva, más por adorno que por prevenir cisuras que secreten pus.

W se hirió en una yema. Me muestra la cicatriz minúscula. Estiro a mi vez los dedos, que contempla circunspecto.

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El timbre se prolonga sin que Donovan responda.

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No lo cansa la trashumancia en carretera, ni vive sino para componer en su bajo Feral, negro. Su existencia es una reanudación abstracta de interrupciones a las que no atribuye valor y que lo privan de intimar sempiternamente con un instrumento del que ha de separarse, aunque sin recelo, apenas en el plano físico, y en el que piensa, presumo, en los intervalos de inquebrantable silencio que lo abisman.

Los tres espectadores aplaudieron al anunciarles W que no habría un cuarto tema. Quise saber, incrédulo, por qué.

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Lo dijo sin pesadumbre, hincado, al desconectar su de distorsión Swarm. Audiencias mínimas, de una sola persona incluso, le bastaban para no dimitir. Salvo ayer. Su frialdad, por lo demás previsible, me angustió.

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Y procedimos al desarme, devueltos al rango de laboriosos estibadores.

El método deconstructivo es invariable. Desatornillo las mariposas y los pernos de los pedestales Telescope, que rechinan cuando los reduzco a un tintineo portátil de báculos que transportaré dentro de una mochila Coaster con arandelas, mientras, W enreda sus cables y los empaca, junto con el Swarm y un ecualizador Flutter, herrumbroso, en el maletín de médico ya sin broches de seguridad que suele atar con una soga con la que impide que se le abra al precipitarnos en un primer acarreo a la Petrus III.

A lo anterior, en sucesivos vaivenes a la furgoneta de ocho cilindros de W, se añaden la torre de su altoparlante Atompilz, que carga con estoicismo de mercader prehispánico y le arquea el espinazo, el bombo que aferro por los bordones, de veintiséis por veinticuatro pulgadas, y, a la manera de un catalejo vertical, el tom de piso de dieciséis por dieciocho y encima el de catorce por dieciséis, a los que corona el de aire, de doce por catorce, sus patas previamente acortadas y negros como el casco de la tarola Vector, piccolo, de once por nueve, el pedal Snok y el trono giratorio Koning, que W embarca si demoro en retornar por última ocasión al retazo de alfombra en el que otra fortaleza será erigida y el cual nos es provisto, como el micrófono y su atril, de los que carecemos, por el hospitalario .

Herrerías y aparejos, los que se inventariaron, que ameritan para desplazarlos aptitudes de brusquedad y equilibrismo milimétricos al subir o descender por los estrechos peldaños de un .

En el rincón que ocupara W, el bajista de Dexamyl dispuso, huraño, su equipamiento, lo mismo que, adaptándose a las angosturas de la esquina elegida, los otros dos integrantes del trío. Se acuartelaron con lentitud y dignidad. Nuestra presencia, que habían despreciado, los complació al reconocer, conforme se preparaban, que W y yo, entre un amasijo disperso de sombras errátiles, éramos el único auditorio.

Los insultos y sarcasmos del cantante y guitarrista, una vez avisara con la rispidez de un acorde que comenzaba el espectáculo, celebraron el apoyo de la receptiva minoría con preferencias por lo marginal que optó por quedarse y no asistir al concierto de Maneuver en la taberna más conspicua de Fort Wayne, Tussle. Gratitud con la que no retuvo a quienes la desdeñaron, apresurándolos por el contrario a evacuar, murmurantes.

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De las paredes en penumbra, noté desprenderse contornos amorfos en retirada. W, inmóvil, objetó mis insinuaciones de seguirlos.

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Su lealtad al gremio es incorruptible y a ella debo atenerme. La Petrus III no es mía, lo que restringe los vagabundeos a los que con frecuencia me inducen ciudades que desconozco.

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Del repertorio de Dexamyl no retuve ni un ritmo, ni un estribillo. Concuerdo con W al encomiar su temeridad, que no la ejecución, más bien mediocre. Convenimos en la irrelevancia de lo infalible.

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Donovan responde. W pulsa el icono del altavoz.

El parabrisas enmarca un óleo lechoso detrás del que germinan postes de semáforo, antenas de vagón de metro, murales, con un apremio similar a su evanescencia tras la borrasca, que se retrae.

Donovan expresa desconcierto por un fenómeno ambiental del que, asevera, no hay precedentes.

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W suscribe, taciturno.

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