Abdullah | El ladrón de Bagdad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 204 Seiten

Abdullah El ladrón de Bagdad


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-125882-7-9
Verlag: Lecturia Libros / Albo & Zarco
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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ISBN: 978-84-125882-7-9
Verlag: Lecturia Libros / Albo & Zarco
Format: EPUB
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Ahmed, un vulgar ladronzuelo, se enamora de la princesa de Bagdad. Para poder competir por su mano, se hará pasar por uno de los príncipes aspirantes. Deberá emprender una gran aventura en busca de un gran tesoro que lo enfrentará a peligros y grandes ejércitos si quiere cumplir su propósito. Esta mítica historia, inspirada en los cuentos de 'Las mil y una noches', es una fantasía oriental que ha hecho soñar a varias generaciones con grandes aventuras, alfombras voladoras y que alcanzó fama mundial gracias a sus distintas adaptaciones cinematográficas. La ilustración de cubierta es obra del gran Fernando Vicente.

Achmed Abdullah (1881-1945) fue el seudónimo utilizado por el escritor ruso Alexander Nikolaievich Romanoff, hijo de un primo segundo del Zar Nicolás. Tras servir en el ejército durante varios años, se trasladó a Estados Unidos, donde desarrolló una carrera literaria de novelas pulp de género y también como guionista cinematográfico.
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Capítulo 1


Entre los vericuetos de las laberínticas y pintorescas crónicas de Oriente aún resuena un nombre: Ahmed el-Bagdadi, a quien las fuentes más antiguas se refieren como «el Ladrón de Bagdad». Su historia se resume en una incansable búsqueda de la felicidad, pero a su vez envuelve una fábula repleta de aventuras, proezas y amor. Con el devenir del tiempo, ha ido adoptando un carácter homérico, épico, como una fábula minuciosamente entretejida entre las arenas de ese inmenso telar dorado y misterioso que es el desierto.

En su tribu, un grupo de beduinos descendientes del gran Husein, rudos jinetes de lengua montaraz, honra escasa y codicia infinita, se cuentan sus hazañas con orgullo.

Su padre, cansado de las estériles arenas de Arabia y ávido de los placeres que ofrecían bazares y mercados, decidió abandonar el clan, y así fue como Ahmed llegaría a convertirse en el primer vástago de su estirpe criado en una ciudad.

En el honorable Gremio de los Ladrones de Bagdad, del que fue miembro respetado y queridísimo, hablan de él con una mezcla de temor y envidia. Su historia ha ido calando las negras jaimas de fieltro de los nómadas, desde La Meca hasta Yeda e incluso más allá; las viejas de piel cobriza y arrugada la cacarean en su interminable parloteo mientras muelen el café para el desayuno y mecen los odres henchidos de leche en sus regazos hasta que la mantequilla se pone amarilla y espumosa; en los labios melosos y embusteros de los comerciantes y mercaderes, en los agrietados labios de los camelleros la historia ha viajado al sur, hasta el Sáhara; al norte, hasta los grises muros de piedra de Bujará; al sudeste y al nordeste, hasta los dragones esculpidos en las puertas de Pekín y los valles de orquídeas y las montañas ocres del Indostán; e incluso al oeste, hasta los fragantes jardines de Marruecos, donde las barbas blancas y parlanchinas, entre las volutas de humo azul de sus narguiles, la refieren como una más de las heroicas hazañas del pasado.

Dios es testigo —así suelen comenzar su relato— de la valía de Ahmed el-Bagdadi. Ese muchacho corría como un antílope, trepaba como un gato, se escurría como una serpiente, se lanzaba sobre sus presas como un halcón; era veloz como una liebre, sigiloso como un zorro y tenaz como un lobo. Poseía el olfato de un perro sabueso. ¡La valentía de un león! ¡Y la fuerza de un elefante en época de apareamiento!

O tal vez, sosteniendo una brizna de hierba entre el pulgar y el índice, algún anciano exclame:

—¡Por la vida que hay en esta hebra y por Dios sagrado! ¡Jamás, en todo el islam ha vivido nadie comparable a Ahmed el Ladrón en condición y dignidad, tal fue el alcance y el exquisito encanto de sus hurtos!

O quizá también:

—¡Por mis barbas! Una vez, hombres de fe, ocurrió lo que voy a relatar en la dorada Bagdad. ¡Cierto es!, ¡que coma tierra y mis hijos no sean hijos míos si miento! Porque, sin duda, una vez mi relato ocurrió en Bagdad la dorada.

En cualquier caso proseguían con todo lujo de detalles. Hasta el asombroso desenlace de la historia.

Sin embargo, su origen es bastante simple: todo empezó con el robo de una escarcela rebosante de monedas, un estómago hambriento y el tirón de un mágico cordoncillo elaborado con los cabellos de una hechicera de rostro iracundo. La escena tuvo lugar en la plaza del Falso Mesías, así llamada por motivos que se pierden en las tinieblas de la antigüedad, situada en pleno corazón de Bagdad.

En el extremo sur de dicha plaza se levantaba la Mezquita de las Siete Espadas, erigida sobre una ancha escalinata de mármol, con su enorme entrada en forma de herradura, terminada en una cúspide cuyo vértice alcanzaba los quince metros. Sus muros, de intrincados arabescos de mayólica amarilla y delicado verde jade, refulgían y su precioso y afilado minarete, de un blanco níveo, se erguía solitario en el deslumbrante azul paloma del cielo. Al este, las celosías del Bazar de los Mercaderes del Mar Rojo filtraban el sol sobre las alfombras y las telas de seda, las vasijas de cobre, las joyas y los frascos de perfume con finas incrustaciones de oro, en una constante zarabanda de sombras, rosa y púrpura, zafiro y pura esmeralda. Al norte, una ancha avenida flanqueada de árboles conducía al Palacio del Califa, príncipe de los creyentes, que dibujaba en el horizonte un imposible desenfreno de pináculos, torreones y atalayas. Al oeste, crecía una bulliciosa jungla de estrechos callejones empedrados: un laberinto de azoteas y casas encaladas, de fachadas blancas como cadáveres, pero llenas de palmeras, olivos y rosales en los patios que ocultaban en su interior. También se encontraba allí el sombrío y tortuoso Bazar de los Alfareros, los nubios de tez bruna traídos de África como esclavos y, más adelante, un cementerio entreverado de chumberas y pequeños bebederos de piedra con grano y agua para las aves de paso, como prescribe la tradición musulmana.

En el centro mismo de la plaza del Falso Mesías una gran fuente jugueteaba con sus cadencias plateadas y somnolientas. Allí, en una losa a un lado de la fuente, Ahmed el Ladrón estaba tumbado bocabajo, con la barbilla apoyada entre las manos, los rayos del sol calentándole la espalda desnuda y bronceada, los ojos negros apuntando en todas direcciones como libélulas que avisaran de la cercanía de transeúntes ricos y despistados, al alcance tal vez de sus hábiles manos y de cuyos monederos podría apropiarse con un leve movimiento de la muñeca y un ligero tirón.

La plaza, las calles y los bazares bullían de gente: maridos, mujeres, niños, suegras y parientes del pueblo que estaban de visita. Era día de fiesta. Se celebraba la víspera de Laylat el-Qadr, la Noche del Destino, que conmemora el aniversario de la revelación del Corán a Mahoma en el año 609 de nuestra era.

La muchedumbre se arremolinaba y se apiñaba por todas partes formando un enorme batiburrillo de rostros orientales: árabes, selyúcidas y otomanos, tártaros y sirios, turcomanos y uzbekos, judíos de Bujará, moros y egipcios, a los que se sumaban acá y allá extranjeros oriundos del Lejano Oriente, como mercaderes chinos, hindúes y malayos que viajaban con sus productos típicos hasta Bagdad para dedicarse a todo tipo de cambalaches en los bazares árabes. Todos festejaban de forma espléndida y bulliciosa, por todo lo alto, al mejor estilo oriental, cuyas tradiciones provienen de los tiempos más remotos. Los hombres caminaban con aire fanfarrón, toqueteando las joyas incrustadas en las empuñaduras de sus dagas, colocándose los turbantes hacia un lado, como tratando de quitar importancia al inmenso tocado que llevaban. Las mujeres se ajustaban los velos que apenas dejaban translucir sus rostros, aun cuando no requerían ningún tipo de ajuste. Los niños competían para gritar la mayor cantidad de improperios al volumen más alto posible. Las niñas rivalizaban en los alegres y floridos tonos de sus vestidos y en el consumo de pegajosos caramelos.

Había cafetines ambulantes llenos de hombres y mujeres con sus mejores galas, tejidas en seda de vivos colores. Escuchaban a cantantes, cuentistas, fumaban, charlaban y admiraban los trucos de malabaristas, lanzadores de cuchillos, tragasables y jóvenes bailarines. Había tenderetes de comida y de limonada, puestos de juguetes y carruseles de madera, domadores de osos y de monos, faquires, adivinos y pitonisas, bufones y marionetas. Derviches itinerantes deambulaban cantando alabanzas a mayor gloria de Alá, Mahoma y los cuarenta y siete santones del islam. Jóvenes beduinas de piel dorada y tatuajes azules trinaban y gorjeaban sus melodías del desierto en tiendas con forma de campana, acompañadas por panderos y estridentes ajabebas desafinadas. Había, en definitiva, todo lo necesario para gozar de la vida, incluido el galanteo, ese galanteo de Oriente, franco, directo y ligeramente brusco para los prejuiciosos oídos occidentales.

Y, por supuesto, no faltaba el griterío en las calles:

—¡Agua con azucarillos! ¡Agua dulce para alegrar el alma! ¡Limonada! ¡Llevo limonada! —gritaban los vendedores de refrescos entrechocando sus vasos de metal.

—¡Garbanzos! ¡Pipas tostadas! —gritaba un vendedor de frutos secos—. ¡Buenos para el hígado y el estómago! ¡Y para los dientes!

—¡Cuidado! ¡Ay, ay, mi cabeza! ¡Ay, ay, mis ojos! —gemía un campesino, ebrio de hachís, a quien azotaba con todas sus fuerzas un guardia con turbante que empuñaba un látigo de piel de rinoceronte, mientras lo llevaba al calabozo. La mujer del campesino iba detrás lamentándose: «¡Qué desgracia! ¡Qué vergüenza!».

—¡Bendecid al Profeta! ¡Dejen pasar al gran pachá! —exclamó un esclavo negro mientras corría jadeando al lado de un lujoso carruaje que cruzaba la plaza.

—¡Hija del diablo! ¡Qué mal negocio hice contigo! ¡No, no te quiero! —le chillaba una mujer a su hija pequeña, de mirada descarada, sacándola a tirones por debajo de la cortina de papel escarlata que separaba el puesto de garrapiñadas de la calle. Al momento, se puso a acariciarla y a cubrirla de besos—. ¡Mi niña, el orgullo de mi casa, la paz de mi alma! —le decía entre arrullos.

—¡Las tumbas son oscuras! ¡Las buenas acciones pueden alumbrarlas! —gemía una pordiosera ciega, repiqueteando dos palos secos.

Los amigos se encontraban y se saludaban al exagerado modo oriental, lanzándose de bruces el uno contra el otro, poniendo la mano derecha sobre el hombro izquierdo del camarada, estrujándose ambos como luchadores forcejeando en una pelea salpicada de abrazos y caricias intermitentes. Luego posaban la mejilla...



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