E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Ackroyd Londres gay
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4705-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 384 Seiten
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Peter Ackroyd nació el 5 de octubre de 1949 en Londres. Novelista y biógrafo conocido por su interés en la historia y cultura londinense. Ackroyd inició su carrera escribiendo poesía con poemarios como London Lickpenny (1973) y The Diversions of Purley (1987). Posteriormente, empezó a componer trabajos de ficción y obtuvo gran éxito, ganando el James Tait Black Memorial Prize en 1998 por la biografía Tomás Moro. Entre 1973 y 1977, Ackroyd trabajó en la revista The Spectator y a partir de 1978 ocupó el cargo de editor adjunto. En 1982, publicó The Great Fire of London, su primera novela. Esta fue la primera novela en una serie de obras sobre Londres, entre las que destacan la biografía con tres títulos Londres , Londres bajo tierra y Londres Gay (2018) en los que Ackroyd explora la naturaleza cambiante de la ciudad. Este tema es explorado a través de los artistas de la ciudad, especialmente de los escritores: Oscar Wilde en El último testamento de Oscar Wilde (1983); Nicholas Hawksmoor, Christopher Wren y John Vanbrugh en Hawksmoor (1985); Thomas Chatterton y George Gissing en Chatterton (1987); John Dee en The House of Dr Dee (1993); Dan Leno, Karl Marx y Thomas de Quincey en Dan Leno and the Limehouse Golem (1994); John Milton en Milton in America (1996); y Charles Lamb en The Lambs of London. Entre 2003 y 2005 escribió una serie de seis libros de no ficción para niños llamada Voyages Through Time. La serie es una extensa narrativa de periodos claves de la historia y fue aclamada por la crítica. En 1984 estuvo nominado para ser un Fellow de la Royal Society of Literature. En 2003 fue nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico. También ha escrito otras novelas como Tres Hermanos, La conjura de Dóminus, El diario de Víctor von Frankenstein y varias biografías entre las que destacan de grandes personajes de la cultura inglesa, entre las que desatacan: Poe, Dickens, Shakespeare y Chaplin.
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Capítulo 1
En un nombre, ¿qué hay?1
Es curioso que un amor que no se atreve a pronunciar su nombre haya dado tanto que hablar. Si antiguamente se lo conocía como ese «peccatum illud horribile, inter christianos non nominandum» (“ese horrible pecado que no ha de mentarse entre los cristianos”), lo cierto es que desde entonces no ha dejado de suscitar debates ni un solo instante.
La voz «rarito»,2 que en su día fue un término con el que se expresaba repugnancia, se pronuncia hoy como estandarte de una diferencia. En el mundo anglosajón, ha acabado convirtiéndose en la voz predilecta del discurso académico; hasta el punto de que los «Estudios queer» forman ya parte del currículo universitario.
La respuesta más adecuada a la pregunta ¿de dónde procede la palabra «gay»? es: «vaya usted a saber». Podría argumentarse que deriva de «gai», que en occitano antiguo significa «alegre» o «vivaz»; o de «gaheis», que es como se dice «impetuoso» en godo; o aun de «gahi», expresión franca equivalente al calificativo «rápido». Sea cual sea la lengua que elijamos, observaremos que siempre se emplea para apuntar a nociones asociadas con la diversión frenética y el sentirse como unas castañuelas. En inglés, la apelación «gay» se aplicó inicialmente a las prostitutas y a los hombres que andaban tras ellas. Decir que una muchacha tenía reputación de «gay» significaba invariablemente que estaba a la venta; las demás no eran en ningún caso «gais».3 El sentido que se empezó a darle en el siglo XX, como sinónimo de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, parece deberse a una invención estadounidense surgida en la década de 1940. El neologismo necesitó pasar por un largo período de incubación antes de abrirse camino y alcanzar las costas de Inglaterra. Ni siquiera a finales de los años sesenta del siglo pasado eran muchas las personas capaces de entender lo que quería decirse con la expresión «bar gay».
A partir del siglo XI, la voz «sodomía» se convirtió en un cajón de sastre que podía significar cualquier cosa. Se aplicaba a los herejes, a los adúlteros, a los blasfemos, a los idólatras, a los rebeldes...; en otras palabras, a cualquiera que perturbara el sagrado orden del mundo. Su sentido se asociaba asimismo con el lujo y la arrogancia, y periódicamente se vinculaba su práctica con la posesión de unas riquezas desmesuradas. Evidentemente, también se empleaba para catalogar a quienes cultivaban ideas diferentes, o no ortodoxas, sobre la naturaleza del deseo sexual, utilizándose en ocasiones como una acusación añadida a otros pretendidos delitos, como el de la penetración anal.
En su origen, el término «bujarrón» («bugger») se aplicaba a los herejes, y muy especialmente a los que profesaban el credo albigense, procedente de Bulgaria. Sin embargo, dado que una parte de ese credo condenaba incluso las relaciones sexuales dentro del matrimonio –y, de hecho, toda forma de emparejamiento natural–, la connotación de la palabra terminó rebasando el ámbito estrictamente religioso. La voz proviene del francés «bougre» («tipo», o «tipejo»), empleada comúnmente en la expresión «pauvre bougre», o «pobre diablo».
El sustantivo inglés «ingle», que significa «muchacho depravado» o «chico malo», se hizo célebre a finales del siglo XVI. ¿No debería haber una expresión inglesa que sostuviera que todo hogar ha de tener rescoldo?4 En el este de Londres todavía existe una calle denominada Ingal Road. La palabra «pathicus», como llamaban los antiguos romanos al miembro pasivo de la pareja, aflora a la luz del día en la Inglaterra de principios del XVII. Lo irónico del caso es que el amante pasivo no necesitaba ser excitado sexualmente, a diferencia del activo, que sí debía estarlo, y sin embargo solo se castigaba al «pathicus». La discriminación es aquí más social que sexual. La pasividad era una característica que se atribuía a las personas que seguían una senda propia, ya que la inactividad (sexual o general) constituía un desafío para las convenciones grupales, una forma de desentenderse de los deberes sociales. Por eso el pasivo era como un lobo entre corderos.
El término «catamita» o «catamite»5 se acuña por la misma época en que se generaliza el uso de «pathic» («pasivo»). Por «pollito» («chicken») se entendía un menor, y de ahí la expresión «gavilán pollero» («chicken hawk») para aludir al hombre que va en busca de adolescentes. Este tipo de palabras podían existir y emplearse de forma clandestina durante décadas antes de empezar a circular de manera habitual, dado que, como es obvio, la actividad en sí todavía resultaba imposible de mencionar. El término jergal prototípico para aludir a todos los muchachos homosexuales es el relacionado con el joven y lampiño Ganímedes, que no solo aparece representado en muchas ocasiones con un gallito joven en la mano, sino que también recibe el nombre de «kinaidos».6
En el siglo XVIII, se empezó a fijar la atención en los «bardajos», o «mariconas» («mollies»). «Jemmy», o «Jaimito»,7 es un diminutivo de «James», por Jacobo I de Inglaterra, cuyas inclinaciones eran más que célebres, aunque también existía un término menos habitual, que podríamos traducir por «conejeros» o «dantes» («indorsers»), ya que procede de la jerga boxística, en la que se denomina «golpe de conejo» el acto de vapulear la espalda de un adversario.
En el expediente penitenciario de un ratero encerrado en la prisión de Newgate se aconseja «dejar que esos conejeros se entreguen a sus bestiales apetitos». Término menos brusco es el de «fribble», o «frívolo», sacado de un personaje salido de la pluma de David Garrick. De entre el resto de las voces empleadas en el siglo XVIII destacan las de «madge» (diminutivo de «Margaret»; «windward passage», como alusión fisiológica al amante del «paso de los vientos», y las más explícitas de «caudlemaking» (digamos, «soplaflautas»), o «giving caudle» («mete rabos»), ambas procedentes del latín «cauda», o «cola».8 Era habitual identificar a los «mariposones» con expresiones como «jugadores de backgammon»9 o «caballeros de la puerta de atrás», dedicados unas veces a la ruidosa pasión del «maullido» gozoso («caterwauling») y otras al acto del «gamahuche»,10 es decir, de la felación (y que en este caso puede aplicarse tanto a hombres como a mujeres).
El afeminamiento siempre ha formado parte de lo que David Garrick y su personaje, el señor Fribble, denominaban la «ooman nater» («human nature», en jerga paleta). No era condición enteramente reservada a los «raritos», y de hecho también se aplicaba a los varones que amaban más de la cuenta a las hembras de la especie. En la traducción inglesa de la Biblia que publica John Wycliffe a finales del siglo XIV, la palabra «effeminati» se vierte con la fórmula «men maad wymmenysch» («hombres locamente mujeriles»).11 Se los tenía por dados al exceso y cortos de mollera, por individuos blandos o débiles. Y para complicar todavía más las cosas, es posible que fueran incluso asexuados (eunucos).
No debe confundirse el término «afeminado» con «camp» («reinona» o «divina»), que implica la deliberada intención de entretener, llamar la atención o divertir a la gente. Los términos asociados con «reinona» o «musculoca» sugieren ostentación o exhibicionismo, y se supone que la palabra inglesa «camp» procede del verbo italiano «campeggiare», que significa «descollar», «sobresalir» o «dominar» (como el castellano «campear»). Y los más destacados «camps» eran posiblemente las «reinas» («queen» o «quean»; voz esta última que significa «mujer deshonesta» o «prostituta»). En un principio, la palabra se aplicó a las mujeres indecorosas o impúdicas, a las más audaces de su sexo, pero a principios del siglo XX empezó a emplearse asimismo para designar a las mariconas exageradas que trataban de mostrar más signos de feminidad que las mujeres mismas.
En 1869, un periodista húngaro llamado Karl-Maria Benkert acuñaba el término «homoszexualitás», convirtiéndose así en uno de los legisladores tácitos del género humano. Con todo, no se proponía establecer una distinción moral, sino sentar las bases de una clasificación. La cuestión andaba mucho más necesitada de un médico que de un sacerdote. Hay personas que todavía hoy acuden a depositar flores a la tumba de Benkert. Veintitrés años después de la invención de este nombre, Charles Gilbert Chaddock traducía la palabra al inglés, lengua en la que arraigó con fuerza, manteniéndose en uso hasta nuestros días. Havelock Ellis la juzgará más tarde un «bárbaro neologismo, surgido de una monstruosa mezcla del acervo lingüístico griego y latino», pero es posible que estuviera confundiendo la palabra con la cosa.
En 1918 le preguntaron a J. R. Ackerley si era «homo o hetero», pero no entendió lo que se pretendía saber. T. C. Worsley, otro conocido autor de memorias, recuerda que en 1929 la homosexualidad «seguía siendo un término técnico, y todavía...




