E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Adebayo Quédate conmigo
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17109-30-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
ISBN: 978-84-17109-30-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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(Lagos, Nigeria, 1988). Los relatos de Ayòbámi Adébáyò han aparecido en diversas revistas y antologías literarias, y fueron muy elogiadas por el jurado del Commonwealth Short Story Prize en 2009. Tras cursar un máster en Literatura Inglesa en la Universidad Obafemi Awolowo, Adébáyò realizó otro máster en Escritura Creativa en la Universidad de East Anglia, donde recibió una beca internacional de Escritura Creativa. También ha obtenido otras becas de investigación y ha sido residente en Ledig House, el Sinthian Cultural Centre, Hedgebrook, la Ox-Bow School of Art, Ebedi Hill y el Siena Art Institute. Quédate conmigo es su primera novela.
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Capítulo 4
Durante un tiempo no acepté el hecho de haberme convertido en una primera esposa, una iyale. Iya Martha era la primera esposa de mi padre. De niña, creía que era la esposa más infeliz de la familia. No cambié de opinión con los años. En el funeral de mi padre, se plantó junto a la tumba recién cavada, con su ceño fruncido aún más fruncido, y echó maldiciones a todas las mujeres con las que mi padre se había casado después de que lo hiciese con ella. Como siempre, empezó por mi madre, aunque llevase muerta mucho tiempo, ya que era la segunda a la que había desposado, la que había convertido a Iya Martha en la primera entre iguales que no lo eran tanto.
Me negué a considerarme su primera esposa.
Era fácil hacer como si Funmi ni siquiera existiese. Yo seguía despertándome en la cama con mi marido a mi lado, tumbado bocarriba, despatarrado y con la cara tapada por una almohada para que no le diese la luz de la lámpara de mi mesita de noche. Le pellizcaba el cuello hasta que se levantaba y se iba al baño, respondiendo a mis buenos días con la mano o con la cabeza. Por la mañana no había quien hablase con él; Akin era incapaz de juntar dos palabras antes de un café o una ducha fría.
Un par de semanas después de que Funmi viniese por primera vez a nuestra casa, el teléfono sonó poco antes de medianoche. No me dio tiempo ni a incorporarme en la cama cuando me di cuenta de que Akin ya había recorrido medio dormitorio. Tiré dos veces del cordón de la lámpara de mi mesita y se encendieron sus cuatro bombillas, inundando de luz la habitación. Akin había cogido el teléfono y torcía el gesto mientras escuchaba a la persona al otro lado de la línea.
Después de colgar, vino a sentarse a mi lado de la cama.
—Era Aliyu, el director de operaciones de la oficina central de Lagos. Llamaba para decirnos que mañana no abramos el banco a los clientes. —Suspiró—. Ha habido un golpe de Estado.
—Ay, Dios mío —dije yo.
Nos quedamos sentados en silencio durante un rato. Me preguntaba si habían matado a alguien, si los próximos meses serían de caos y violencia. Aunque entonces era demasiado pequeña para recordarlo, sabía que los golpes de Estado de 1966 habían abocado en última instancia al país a una guerra civil. Me consolé al pensar que después del último golpe, que sólo veinte meses antes había convertido al general Buhari en jefe de Estado, la tensión se había disipado al cabo de pocos días. El país había decidido en aquel entonces que estaba harto de la corrupción del Gobierno civil que Buhari y sus colegas habían derrocado.
—¿Pero se sabe con certeza si los golpistas han tenido éxito?
—Eso parece. Aliyu dice que ya han detenido a Buhari.
—Esperemos que éstos no maten a nadie. —Tiré una vez del cordón de la lámpara, para apagar tres de las bombillas.
—¡Qué país! —Akin suspiró al levantarse—. Voy abajo a comprobar de nuevo las puertas.
—Entonces, ¿quién está ahora al mando? —Me volví a tumbar, aunque no podría volver a conciliar el sueño.
—De eso no me ha dicho nada. Por la mañana nos enteraremos.
No nos enteramos por la mañana. A las seis hubo una emisión en la que un oficial del ejército condenaba al Gobierno anterior, pero sin decir nada sobre el nuevo. Akin se marchó a la oficina después de la emisión para llegar antes de que estallaran las protestas. Yo me quedé en casa, sabiendo de antemano que mis peluqueras en prácticas no vendrían al salón después de oír las noticias de esa mañana. Dejé la radio encendida e intenté llamar a todas las personas que conocía en Lagos para asegurarme de que estaban bien, pero para entonces ya habían cortado las líneas telefónicas y no logré comunicarme con ellas. Debí de quedarme traspuesta después de oír las noticias de las doce. Akin ya estaba en casa cuando me desperté. Fue él quien me informó de que Ibrahim Babangida era el nuevo jefe de Estado.
Lo más extraño de las semanas siguientes fue que Babangida empezó a referirse a sí mismo, al igual que el resto de la gente, no sólo como jefe de Estado sino también como presidente, como si el golpe supusiese unas elecciones. Por lo general, todo parecía continuar como de costumbre e, igual que el resto del país, mi marido y yo volvimos a la rutina cotidiana.
La mayoría de los días laborables, Akin y yo desayunábamos juntos, normalmente huevos duros, tostadas y litros de café. Nos gustaba el café de la misma forma, en tazas grandes y rojas a juego con las florecillas de los manteles individuales, sin leche y con dos terrones de azúcar. Durante el desayuno charlábamos sobre nuestros planes para la jornada que teníamos por delante. Hablábamos de buscar a alguien para que reparase las goteras del tejado del cuarto de baño, debatíamos sobre los hombres que Babangida había nombrado miembros del consejo de ministros, nos planteábamos asesinar al perro del vecino, que no dejaba de aullar en toda la noche, y decidíamos si la nueva margarina que estábamos probando era demasiado aceitosa. No hablábamos de Funmi; ni siquiera mencionábamos su nombre por error. Cuando acabábamos de desayunar, llevábamos juntos los platos a la cocina y los dejábamos en el fregadero para más tarde. Luego nos lavábamos las manos, nos dábamos un beso y regresábamos a la sala de estar. Allí, Akin cogía su chaqueta, se la echaba al hombro y se iba al trabajo. Yo subía a ducharme y después me marchaba a mi peluquería, y así continuamos: los días se transformaron en semanas, las semanas en un mes, como si el matrimonio todavía consistiese únicamente en nosotros dos.
Entonces un día, después de que Akin se marchara al trabajo, al subir a la planta superior para darme un baño descubrí que una parte del techo se había venido abajo. Aquella mañana llovía y la presión de tanta lluvia acumulada debía de haber acabado por vencer y atravesar el asbesto, que ya estaba empapado, y rajar la zona de la gotera por el medio, de modo que el agua se derramaba a través de ella sobre la bañera. Pese a todo, intenté encontrar la manera de bañarme en esa bañera porque, desde que nos casamos, nunca había usado ningún otro cuarto de baño de la casa. Pero la lluvia no cesaba y el asbesto destrozado estaba situado justo para que yo no cupiese en ningún rincón de la bañera sin que me cayesen encima la lluvia o los trozos de madera y los restos de metal que entraban mezclados con el agua.
Después de llamar a Akin a la oficina y dejarle un mensaje a su secretaria sobre el asunto del tejado, tuve que bañarme por primera vez en el cuarto de baño de invitados que había al final del pasillo. Y allí, en un espacio que me resultaba totalmente desconocido, me planteé la posibilidad de que quizá acabara duchándome muchas veces en aquella diminuta cabina de ducha si Funmi decidía empezar a venir por aquí e insistía en pasar la noche en el dormitorio principal. Enjuagué los restos de espuma y regresé al dormitorio principal, mi dormitorio, a vestirme para el trabajo. Al comprobar el estado del cuarto de baño antes de bajar, me percaté de que los daños no habían ido a peor y que el agua seguía cayendo directamente en la bañera.
Cuando abrí el paraguas y salí apresurada hacia el coche, el chaparrón era ya torrencial; el viento soplaba con fuerza y hacía todo lo posible por arrebatarme el paraguas. Cuando llegué al coche, mis zapatos ya estaban mojados. Me los quité y me puse las zapatillas planas que usaba para conducir. Al girar la llave en el contacto, no sucedió nada, tan sólo un inútil chasquido. Lo intenté una y otra vez, sin suerte.
Nunca había tenido ningún problema con mi fiel Escarabajo azul desde que Akin me lo regalara después de casarnos. Él se encargaba de llevarlo al taller de forma regular todas las semanas para que le revisaran el aceite y lo que hiciera falta. Afuera seguía lloviendo a cántaros, y notenía sentido ir caminando hasta la peluquería, aunque no estuviese demasiado lejos de la urbanización. El viento ya había partido varias ramas de los árboles del jardín delantero de nuestros vecinos y habría descuajaringado mi paraguas en cuestión de minutos. Así que me quedé sentada en el coche, observando cómo las ramas luchaban contra el viento hasta que se rompían y caían al suelo, todavía verdes y frondosas.
Funmi se colaba en mis pensamientos en momentos así, en los momentos que no se sometían a mi rutina. Y me revoloteaba por la mente la idea de haberme convertido yo también en una de esas mujeres que tarde o temprano serían declaradas demasiado viejas para acompañar a sus maridos a las fiestas. Pero, aun así, era capaz de atrapar aquellos pensamientos y enjaularlos en un rincón de mi mente, en un lugar donde no pudiesen extender sus alas y apoderarse de mi vida.
Aquella mañana, saqué un bloc de notas del bolso y empecé a escribir la lista de nuevos productos que necesitaba para la peluquería. Confeccioné un presupuesto para la expansión de los nuevos salones que planeaba abrir. No tenía sentido pensar en Funmi; Akin me había asegurado que no sería un problema y hasta ahora no había ocurrido nada que supusiera lo contrario. Pero no les conté nada de Funmi a ninguna de mis amigas. Cuando hablaba por teléfono con Sophia o con Chimdi, era acerca de mi negocio, sus bebés y los ascensos de Akin en el trabajo. Chimdi era madre soltera y Sophia era una tercera esposa. No creí que ninguna de ellas pudiera darme ningún consejo útil sobre mi situación.
Un techo que había cedido y un coche que no arrancaba: si su día hubiese empezado así, Iya Martha se...




