Agnello Hornby | Mi Londres | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 254 Seiten

Agnello Hornby Mi Londres


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-17109-04-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 254 Seiten

ISBN: 978-84-17109-04-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando Simonetta Agnello Hornby llegó por primera vez a Londres, en septiembre de 1963, tenía dieciocho años. Y desde entonces no ha abandonado la ciudad, salvo para pasar los veranos en su Sicilia natal. Este libro es un homenaje a su ciudad: es el Londres de Simonetta Agnello Hornby, el Londres tolerante y democrático que recibe a la gente de todas las etnias y le da la posibilidad de trabajar, el Londres que no para de crecer y está en constante movimiento, el Londres que palpita y sorprende, y siempre está dispuesto a ofrecer algo nuevo al visitante. La autora acompaña al lector a los pequeños museos, a pasear por los parques, a sus librerías preferidas, a visitar determinados barrios de la ciudad como Brixton, donde ejerció de abogada durante unos años. Y no sólo eso, también describe cómo son los ingleses, cómo viven, qué comen y qué piensan, un retrato muy particular de la vida de los londinenses. Mi Londres es además, en palabras de la autora, un homenaje a la figura de Samuel Johnson, uno de los intelectuales más distinguidos de la historia inglesa que, en 1757, procedente de Lichfield, llegó a Londres a pie en busca de trabajo, y cuya vida conocemos por la espléndida biografía que escribió de él su amigo James Boswell. Johnson dijo: «Cuando un hombre está cansado de Londres, también está cansado de vivir, porque Londres ofrece todo aquello que la vida puede dar». Mi Londres es un libro imprescindible para conocer el otro Londres, el que no aparece en las guías, ni es típico ni tópico; aquel que se halla detrás de la mirada inteligente de Simonetta Agnello Hornby.

Nace en Palermo en 1945. Desde 1972 vive en Londres, ciudad donde trabaja como abogada. Fue presidenta, a tiempo parcial y durante casi una década, del Special Educational Needs and Disability Tribunal. Desde 2012 colabora con la Global Foundation for the Elimination of Domestic Violence. Como escritora cuenta con una extensa obra narrativa. Su primera novela, La Mennulara (2002), fue un éxito de ventas y la consagró como escritora. Posteriormente publicó La tía marquesa (2004), Boca sellada (2007), Entre la bruma (2009), La monja y el capitán (2010) y El veneno de las adelfas (2013). Ha publicado, además, La pecora di Pasqua (2012) e Il pranzo di Mosè en colaboración con su hermana Chiara Agnello. De la misma autora, Gatopardo Ediciones ha publicado Mi Londres (2015), Unas gotas de aceite (2016), Palermo es mi ciudad (2018) y Nadie puede volar (2019).
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2

En la terminal de Buckingham Palace Road

Self-confidence is the first requisite to great undertakings.3

samuel johnson

Cuanto más nos acercábamos a la terminal de Buckingham Palace Road, más me abandonaban el valor y el optimismo. Con la ayuda de miss Smith, había programado un paseo para ocupar el tiempo de espera hasta la hora de salida del tren para Cambridge, pero ahora no estaba segura de querer darlo. Tenía miedo. Sin embargo, todo fue bien: un empleado de la compañía aérea, que hablaba francés, me ayudó a localizar el tren que llegaría a destino a las cinco de la tarde, la hora indicada por mistress Farmer, y me sugirió que mientras tanto fuera en autobús a Westminster y a Trafalgar Square, y después volviera para recoger la maleta.

El autobús número 11, un Routemaster rojo fuego, estaba provisto de una cabina, separada del vehículo, a la que el conductor accedía por una puerta exterior. El cobrador era el único responsable —como informaba un letrero que colgaba en su interior— de los sesenta y cuatro pasajeros sentados y de los otros muchos que sólo hacían trayectos cortos en el autobús; llevaba colgado del cuello un pesado artilugio que, cuando hacía girar una manivela, expulsaba el billete del trayecto solicitado. La parte trasera era una plataforma abierta, desde donde arrancaba la escalera de caracol para acceder al segundo piso. En ambos pisos atravesaban el techo dos cuerdas a lo largo, al final de las cuales colgaban sendas campanillas: los pasajeros tiraban de ellas para solicitar la parada. En el primer piso, donde yo me había quedado, dos bancos de madera, uno frente a otro, ofrecían escasos e incómodos sitios donde sentarse, con la espalda contra las ventanillas y las piernas encogidas, mientras que quienes viajaban de pie se agarraban de las barras metálicas instaladas para tal fin y de los asideros que pendían del techo. Los pasajeros subían y bajaban no sólo en las paradas, sino también con el autobús en marcha. El cobrador, muy eficiente, enseguida se acercaba a los nuevos viajeros para expender el billete, aunque no habría hecho falta: ellos mismos iban a su encuentro.

Observaba las casas que se sucedían a ambos lados de Buckingham Palace Road: de ladrillo rojo y una altura de tres o cuatro pisos, tejados en punta, ventanas de todo tipo —rectangulares, de arco, saledizas, redondas, geminadas—, columnas, capiteles, esculturas, ornamentos y frisos diversos. Los cristales también eran variados: transparentes, opacos, esmerilados, de colores, con dibujos geométricos, emplomados; algunos estaban decorados con flores, otros, incluso con retratos. No reconocía el estilo arquitectónico: ¿decimonónico?, ¿medieval?, ¿gótico?, ¿renacentista? Finalmente, avergonzada, desistí y opté por mirar a la gente. Como los edificios, también ésta me desorientaba. Los hombres nada tenían que ver con el estereotipo del inglés rubio, alto y con un mechón cayéndole sobre la frente: de distintas complexiones, la mayoría tenían el pelo castaño y llevaban traje oscuro, zapatos relucientes y un paraguas en la mano. Las mujeres no eran guapas e iban desaliñadas. La gente de mi edad me descolocó por completo. Los chicos vestían camisas de colores vivos, pantalones estrechos y zapatos de punta; en la cabeza, un tupé embadurnado de brillantina. Las chicas —pómulos sonrosados, labios pintados de colores intensos y ojos realzados con sombra, delineador y rímel— llevaban minifaldas cortísimas, pese a que el fresco otoñal se hacía notar —las piernas desnudas tenían la piel de gallina—, y sofisticados peinados que abarcaban todas las tonalidades del castaño al rojo; las rubias eran una excepción. No había ni negros ni chinos ni indios.

En la estación Victoria el autobús se llenó de ancianos, es decir, de gente de cuarenta para arriba. ¡Allí estaban los verdaderos ingleses! Hombres blanquecinos, de cabellos pajizos, con chaqueta cruzada y bombín, mujeres pálidas con vestidos y sombreros decididamente feos y zapatos toscos. En las siguientes paradas subieron otros jóvenes, muy distintos de los anteriores, con traje oscuro, camisa de cuello almidonado y corbata regimental: eran funcionarios públicos y procedían de los ministerios que se alineaban a lo largo de la calle. Reinaba el silencio; incluso las pocas parejas que había susurraban. El comportamiento de esos pasajeros tan distinguidos era sorprendentemente incívico: ante la mirada indiferente del cobrador, se apeaban cuando el autobús aminoraba la marcha y subían a la plataforma, después de echar una carrera mientras el autobús estaba parado en un semáforo, en medio del tráfico. Nadie rozaba a los demás, ni siquiera si el vehículo frenaba o arrancaba bruscamente, como por efecto de una fuerza magnética opuesta. En la calle había una confusión de gente que entraba y salía de los portales y se desplazaba, apresurada, en todas direcciones, aunque nadie tropezaba con nadie. Parecían deslizarse, los unos al lado de los otros, con imperceptibles cambios de rumbo, a velocidad constante, imperturbables.

Había dos chicos robustos que eran distintos del resto; con la tez quemada por el sol, olían a tierra y a hierba recién segada, y llevaban puestos monos de tela gruesa y botas de jardinero. Uno tocó la campanilla, pero el conductor no aminoró la marcha; los dos dieron un salto para bajar en el momento en que unos imprudentes, que corrían tras el autobús, subían a la plataforma. «¡Cuidado!», grité, temiendo una colisión. Sin embargo, ésta no se produjo. Me callé, azorada por las miradas de reprobación, pero no bajé los ojos. Una vez a bordo, el cobrador tiró dos veces de la cuerda y el conductor aceleró. El Big Ben, la torre del reloj del Parlamento, apareció en la lejanía. Me armé de valor y me apeé, también «a la inglesa»: salté mientras el autobús aún estaba en movimiento.

A la derecha se alzaba la abadía de Westminster, grande, oscura, con dos torres gemelas a los lados del pórtico; al fondo, junto al río, el Parlamento, un edificio de estilo neogótico con numerosas ventanas altas y estrechas, pináculos de todas las formas y medidas y, en los tejados, grandes y pequeñas cúpulas. Por las aceras caminaban, resueltos, muchos hombres, sólo hombres, e idénticos: traje oscuro, camisa y corbata, zapatos relucientes, paraguas y bombín. Entraban y salían por las grandes puertas. Distinguí a dos mujeres que andaban también deprisa, serias y con traje de chaqueta oscuro, masculinas. En el centro de la plaza había una zona verde con senderos estrechos. Como el pasillo de un museo al aire libre, estaba abarrotada de estatuas sobre sus pedestales.

Deseaba ver el Támesis. Delante del puente, sobre una enorme peana, había una mujer, ¡y qué mujer! El viento soplaba contra ella y le adhería la ligera túnica a las curvas de su cuerpo de mármol. Dos jovencitas con los pechos al aire la custodiaban. Era Boadicea, la reina indígena que derrotó a los romanos, culpables de haber violado a sus hijas. ¡Qué idea tan descabellada esculpirlas desnudas! Entonces me acordé de las chicas con la piel de gallina de Pimlico, de sus pestañas recargadas de rímel; después de todo, quizá los ingleses no se sentían tan poco atraídos por las mujeres como afirmaba papá.

La marea estaba alta. Las aguas caudalosas, grises, resplandecientes y apenas encrespadas fluían con la flema que, hasta entonces, yo había creído típica de los ingleses; el efecto era fascinante. La tía Graziella había estado en Londres medio siglo antes y no había apreciado aquel río que a mí tanto me gustaba. «El Támesis es más grande que el Sena —decía—, pero está siempre cubierto de niebla, hasta en los cuadros. No merece la pena.» Sin embargo, yo no estaba de acuerdo. El viento soplaba con más fuerza. Me anudé el pañuelo alrededor del cuello, pero seguía teniendo frío. Cuando abandoné Palermo, allí hacía un calor agradable, y me invadió cierta nostalgia. Me encaminé hacia Trafalgar Square. Las bocas de los pasos peatonales subterráneos, al inicio de una amplia avenida llamada Whitehall, tenían algo que me resultaba familiar: las barandillas y los arcos de entrada me recordaban los del metro parisino. Inmensas aceras —podría pasar un ejército— bordeaban los imponentes edificios gubernamentales. Caminaba despacio, mirando a mi alrededor, como si la tía Graziella me tuviera agarrada del brazo para pasear por la terraza de su casa. «Londres es distinto del resto de Europa», acostumbraba a decir, y en eso llevaba razón. En el centro de la calle reparé en un monumento de mármol, una ancha columna cuadrada al pie de la cual había coronas de amapolas artificiales descoloridas: el Monumento a los Caídos. El de Palermo, al final de via Libertà, era grandioso, de mármol y bronce, con una Victoria alada, figuras en bajorrelieve y una columnata a su alrededor. ¿Por qué este pueblo guerrero homenajeaba con tanta modestia a sus muertos caídos en combate?

Después de un recodo, apareció ante mí la Columna del almirante Nelson, en Trafalgar Square. Altísima y solitaria, ¡ésta sí que era imponente!

Subí las escaleras de la National Gallery como si respondiera a una llamada familiar, despacio, peldaño a peldaño, mirando a mi alrededor: suelo de mosaico de estilo novecento, escalinata con barandillas macizas, techos altísimos con grandes claraboyas y, en dos descansillos, uno frente a otro, urnas idénticas con enormes ramos de flores, desconocidas para mí, solas y agrupadas, de todos los colores, más altas que yo, realmente maravillosas. La gente era tan fascinante como el...



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