E-Book, Spanisch, 360 Seiten
Reihe: Sauce
Agrelo Martínez Emigrante: el color de la esperanza
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-288-2901-4
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 360 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2901-4
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Santiago Agrelo Martínez es franciscano. Doctor en Teología (especialidad de liturgia) por el Pontificio Ateneo Anselmianum, de Roma, ha sido profesor en el mismo Ateneo y en el Instituto Teológico Compostelano (Santiago de Compostela). Ha desempeñado asimismo diversos cargos en su congregación franciscana. Es autor de numerosos artículos, sobre todo en la revista Antonianum, y ha participado en la elaboración del Diurnal y el Leccionario en lengua gallega. En 2007 fue nombrado por Benedicto XVI arzobispo de Tánger.
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«Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas». Las palabras de la profecía se derraman como un ungüento de esperanza sobre las heridas de los humillados y llegan como una buena nueva a los oídos de los pobres.
En todo tiempo, los ojos de los creyentes se vuelven al futuro, y lo ven iluminado por la fidelidad de Dios a sus promesas. «Yo, el Señor, amo el derecho [...] les daré el salario de su trabajo lealmente [...] pactaré con ellos alianza eterna [...] todos reconocerán que son raza bendita del Señor».
Ved que los fieles del Señor todavía no han recogido las gavillas de la cosecha, pero ya gozan porque la saben cierta y abundante; los tiempos de la salvación todavía se conjugan en futuro, pero la promesa ya inunda con su gracia y su fidelidad las cañadas oscuras del presente.
Nos disponemos a celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, patrona de la archidiócesis de Tánger.
Esta celebración litúrgica nos permite contemplar y admirar en la Virgen María la plenitud de la gracia divina, y, al mismo tiempo, nos permite acercarnos al misterio de salvación que se está manifestando y cumpliendo en la vida de la Iglesia.
Contemplando y admirando las maravillas de Dios en la Virgen María nos acercamos al misterio de las maravillas de Dios en nosotros: María, nosotros, los pobres de la tierra, podemos decir con verdad: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios». Para ella y para nosotros, la fuente de la gracia y del gozo es Dios, que nos ofrece a su Hijo, Cristo Jesús; y nosotros, como la Virgen María, acogemos creyentes a Cristo, buscamos pobres a Cristo, amamos humildes a Cristo, llevamos gozosos a Cristo en el corazón y, con la urgencia y la gratuidad del amor que nos mueve, lo mostramos esperanzados a cuantos encontramos en nuestro camino.
LA GRACIA DE DIOS EN MARÍA
De ella, en el evangelio se nos ha dicho apenas que es una virgen, desposada con un hombre llamado José, y que su nombre era María. ¡María, la de José! Eso dirían de ella, si les preguntásemos, el rabino del pueblo y el levita, el magistrado y el gobernador, el ventero, el médico y el historiador. ¡Muy poco para ser alguien! ¡Nada para casi todo!
Pero a nosotros se nos ha concedido escuchar las palabras de una anunciación asombrosa dirigida solamente a aquella mujer, a María, la de José: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
«Alégrate». Solo el Señor, o el enviado que habla en su nombre, puede decir con verdad «alégrate», pues esta palabra dirigida a la mujer no la invita a procurarse una alegría que no tiene, sino que le pide acoger la alegría que Dios le revela. María no es invitada a buscar la ilusión de un momento, el sosiego fugaz de un día de fiesta, un alto en el largo camino de la tristeza, sino que se le revela una dicha que ha venido de Dios a hospedarse en su vida de mujer. A la Virgen María el ángel del Señor le anuncia una alegría, perenne como el amor de Dios, duradera como un hijo cuyo reino no tendrá fin.
A su vida de sierva del Señor llegará sin tardar el sufrimiento, la soledad, el destierro, el silencio del hijo, el silencio de Dios, pero sufrimiento, soledad, destierro y silencio serán solo el estuche que guardará siempre intacto el tesoro de la divina alegría.
«Llena de gracia». Solo el Señor, o el enviado que habla en su nombre, puede con verdad llamar a una mujer «llena de gracia», pues este es nombre que el cielo da a su elegida, nombre verdadero, y es propio de Dios poner verdad en lo que dice y en lo que hace.
Observamos que el ángel del Señor no la llamó «agraciada» ni tampoco «la más agraciada», sino que la llamó «llena de gracia». Y hemos de adentrarnos por los caminos de la contemplación si queremos acercarnos al misterio de esa plenitud.
A la Virgen María la palabra del mensajero le anuncia un hecho, no le manifiesta un deseo; le declara un evangelio, no le hace una promesa; Dios la ha llenado de gracia, y ese será para siempre el nombre de la doncella: «Llena de gracia».
La plenitud de la gracia se corresponde en quien la recibe con la plenitud de su pequeñez, de su pobreza, de su disponibilidad, de su agradecimiento. No podrá ser todo gracia allí donde no sea todo recibido; no podrá ser todo de Dios allí donde haya algo que el hombre se atreva a llamar suyo. Solo quien nada tiene todo lo acoge, todo lo agradece.
La plenitud de la gracia lleva consigo también la plenitud del don que es ofrecido. Para la doncella de Nazaret, desde el primer instante de su concepción inmaculada, el don ha sido el Señor mismo.
La plenitud de la gracia lleva consigo la asignación de una misión altísima, la de ser madre del Mesías, misión que, de la mujer más pequeña entre los pobres del Señor, hace la mujer que llamarán dichosa todas las generaciones.
«El Señor está contigo». Pobre se quedará la interpretación que entienda estas palabras como equivalentes a «el Señor te ayuda» o «el Señor te protege», pues si el ángel, después de haberle dicho a la Virgen María: «Alégrate, llena de gracia», le dice: «El Señor está contigo», será porque el don de la alegría y la plenitud de la gracia son el fruto necesario de la presencia de Dios en el corazón de la doncella. Cuando el ángel le dice: «El Señor está contigo», le está diciendo también: «Él es el manantial de tu alegría», «él es la fuente de la plenitud de tu gracia».
LA GRACIA DE DIOS EN LA IGLESIA
Cuanto más nos acerquemos a la hermosura inmaculada de la Madre de Dios, más nos acercaremos al misterio de gracia que se cumple en nuestra Madre la Iglesia. En efecto, también de la Iglesia se puede decir con verdad: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
«Alégrate». También a los pobres nos lo ha anunciado el ángel del Señor, y de nuevo escucharemos el anuncio en la noche santa de la Navidad: «No temáis, porque os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, el Mesías, el Señor».
Veis que esta alegría solo del cielo puede venir, y solo el Señor o su enviado la pueden anunciar. La alegría que viene de Dios se queda con nosotros para siempre, eterna como el salvador que para nosotros ha nacido en Belén.
«Llena de gracia». Hacemos nuestras las palabras del ángel a la Virgen María, y las llenamos de significado recordando palabras en las que se nos revela el misterio de la Iglesia: «Dios Padre nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales [...] Él nos eligió en la persona de Cristo [...] para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo [...] a ser sus hijos». Esta es la gracia que llena la vida de la Iglesia, esta es nuestra gran alegría: en Cristo somos hijos, en el salvador que para nosotros nació somos santos, en el hijo de la Virgen María hemos sido bendecidos con toda clase de bienes. Todo se nos ha dado en Cristo. Todo es gracia en Cristo.
«El Señor está contigo». Ahora he de recordar las palabras de la profecía: «Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén [...] ¡El Señor, Rey de Israel, en medio de ti, no temerás ya ningún mal! Aquel día se dirá a Jerusalén: “¡No tengas miedo, Sión, no desmayen tus manos! El Señor, tu Dios, está en medio de ti”». Los que ahora las traéis a la memoria ya no las recibís como anuncio de lo que un día ha de suceder, sino que las acogéis como Evangelio cumplido de manera admirable y asombrosa por la encarnación del Hijo de Dios. En verdad el Señor ha querido estar con nosotros, en medio de su pueblo, como Rey y Salvador.
Hoy, mientras nos acercamos a comulgar en la fiesta de nuestra patrona, podemos con toda razón cantar: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!, porque de ti ha nacido el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios».
Hoy y siempre podemos decir de nuestra Madre la Iglesia: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, Iglesia santa!, porque para ti ha nacido el Sol de justicia, y llevas en tu seno a Cristo, nuestro Dios».
CONCLUSIÓN
En verdad el Señor ha hecho maravillas en la Virgen María y en la santa Iglesia. Del Señor es la victoria y nuestro el beneficio. Del Señor es la fidelidad y la misericordia; para nosotros es la abundancia de su gracia. Aclamad al Señor, tierra entera, gritad, vitoread,...




