Ahdieh | El humo en el sol | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 449 Seiten

Reihe: La llama en la niebla

Ahdieh El humo en el sol


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17834-26-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 2, 449 Seiten

Reihe: La llama en la niebla

ISBN: 978-84-17834-26-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Una vez que Okami es capturado, a Mariko no le queda otra opción que regresar a Inako y afrontar los peligros que entraña el castillo Heian. Con el fin de rescatarlo, persuade a su hermano y a su prometido de que el Clan Negro la retenía contra su voluntad, y se infiltra en las filas del emperador para descubrir la verdad de la traición que casi le costó la vida. Mientras los preparativos para la boda progresan, Mariko aprovecha su papel privilegiado para investigar qué se oculta bajo las múltiples capas de mentiras. Pero cada secreto que averigua origina uno nuevo capaz de enredarla más en una maraña de maquinaciones que no sólo supone un grave riesgo para su seguridad, sino también para la del imperio.

Renée Ahdieh ha pasado parte de su vida en Corea del Sur, aunque en la actualidad reside en Carolina del Norte. En 2015 publicó con gran éxito La ira y el amanecer (Nocturna, 2017), una reinterpretación de Las mil y una noches cuya trama concluye en La rosa y la daga (Nocturna, 2017), que próximamente será llevada al cine por la productora Imagine Entertainment. Con La llama en la niebla (Nocturna, 2018) inicia otra exitosa serie ambientada en el Japón feudal que nada más publicarse entró en la lista de más vendidos del New York Times.
Ahdieh El humo en el sol jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


UNA BUENA MUERTE

Unas nubes sombrías aguardaban en el cielo como espectros.

La mayoría de la gente iba vestida de luto. Llevaban la cabeza gacha en señal de respeto; hablaban entre susurros. Hasta el más pequeño de los niños sabía que no debía preguntar por qué.

Así era como honraban al difunto emperador. Así era como mostraban su extrema reverencia y su amor inquebrantable. Una reverencia, un amor, que la chica no sentía en su corazón.

No obstante, guardó silencio. Parecía imitarlos, pero tenía los puños cerrados a ambos lados. Miraba de reojo mientras el cortejo fúnebre serpenteaba por las calles enmudecidas de Inako. una fina lluvia empezaba a caer de un cielo gris plomizo. Sus sandalias tejidas pronto se mojaron. La tela de los sencillos pantalones que llevaba se le pegó a las pantorrillas.

Apretó con más fuerza la piedra que portaba en el puño cerrado.

Los tambores que acompañaban a la marcha fúnebre sonaron más cerca y su grave estruendo le reverberó en los oídos. La aflautada melodía de un hichiriki atravesó el creciente estrépito de la lluvia.

Cuando los guardias imperiales situados a lo largo de la angosta calle desviaron la vista hacia la multitud, la gente se apresuró a hacer una reverencia, temerosa de sufrir un castigo por pequeño que fuera el desaire. Los que se encontraban cerca de la joven se agacharon aún más cuando la tablilla funeraria que encabezaba la procesión apareció ante sus ojos. Unas espirales de humo procedentes del incienso de agar colmaron el aire con un olor a cedro y a sándalo. En la superficie de piedra de la tablilla estaban grabados los nombres de muchos emperadores pasados, los difuntos soberanos celestiales del clan Minamoto.

La joven no se inclinó. Mantuvo la mirada alzada, fija en la tablilla.

Si la pillaban, la sentenciarían a muerte. Sería una ofensa imperdonable, una mancha de deshonor en su familia y en todos aquellos que seguían sus pasos. Sin embargo, nunca había valorado demasiado el honor.

Sobre todo frente a la injusticia.

Por última vez, apretó los dedos en torno a la piedra y se secó el sudor de la mano en su rugosa superficie. Cogió impulso.

Y la lanzó a la tablilla.

La piedra impactó en el centro gris de la pieza ancestral emitiendo un agudo crac.

La multitud se sumió en un silencio de estupefacción cuando los porteadores perdieron el equilibrio durante un momento y todos vieron horrorizados cómo caía al suelo hecha añicos.

Un único grito de indignación se convirtió en muchos. Aunque lo que la gente del barrio de Iwakura sentía por el difunto emperador no era precisamente amor, aquel acto constituía una afrenta a los mismísimos dioses. Los samuráis que escoltaban la procesión encabritaron a sus caballos y cargaron contra la multitud, de la que se elevó una especie de tartamudeo colectivo muy parecido al zumbido de una colmena a punto de estallar. Dedos temblorosos apuntaban en todas direcciones, acusando a unos y a otros.

Pero la joven ya se había puesto en marcha.

Se cobijó en las sombras que había detrás de una pequeña botica. Las manos le temblaban de la energía que bullía bajo su piel cuando se subió de un tirón la máscara de la parte inferior de la cara. A continuación agarró el borde de un alero de pino y apoyó un pie en una pared de yeso manchada. Con una precisión y una rapidez inusitadas, se encaramó al tejado.

Los gritos de abajo aumentaron en intensidad.

—¡Allí está!

—¡Ese es el que ha tirado la piedra!

—¡Aquel chico de allí!

A la joven estuvo a punto de escapársele una sonrisa, pero no tenía tiempo de darse ese lujo, de modo que, rauda y veloz, corrió hacia el caballete del tejado y se dejó caer, resbalando por el otro lado. El martilleo de unos cascos de caballo a su derecha la desvió hacia el tejado que le quedaba a la izquierda. Salvó de un salto el amplio espacio entre las dos estructuras y rodó como una bola al aterrizar. A pesar de esas medidas cautelares, un estremecimiento de dolor se le propagó desde los talones hasta la columna.

Mientras recorría como un rayo las tejas curvadas utilizando el puente del pie para aferrarse a su húmeda superficie, una flecha le pasó silbando muy cerca de la oreja. Se deslizó hasta el borde del tejado como una cascada de agua y se dejó caer en las sombras de abajo.

Se permitió un rápido segundo de reflexión. El pecho se le hinchó al coger aire una vez. Y otra. Necesitaba poner más tierra de por medio. Pestañeó para deshacerse de la lluvia y se precipitó hacia un callejón tras rodear una carretilla abandonada con coles por el camino.

De repente oyó un tropel de pasos a su izquierda.

—Allí está.

—¡Por el callejón de la fragua!

Los latidos del corazón le restallaron en los oídos al doblar la esquina como una exhalación; sentía los pasos cada vez más cerca. No había ningún sitio donde esconderse, salvo un tonel lleno de agua de lluvia apoyado en una pared de la fragua medio en ruinas. Si se demoraba un segundo más, la atraparían.

Así que, tras echar un vistazo en todas direcciones, tomó una rápida decisión. Con la agilidad de un gato, apoyó la espalda en un poste de madera y subió primero un pie y después otro. El cuerpo le temblaba por el esfuerzo, pero consiguió encajar uno de ellos en el recodo de una viga. A continuación se dio la vuelta y apretó los hombros contra la basta paja del techo.

La vista se le nubló de miedo cuando un soldado apareció justo debajo. Si se le ocurría mirar hacia arriba, todo habría acabado. El soldado echó una ojeada a su alrededor antes de volcar el tonel de una patada y hacer que una riada de agua de lluvia se uniera al barro. La frustración arrancó un resoplido de sus labios.

Cerca, un grito ininteligible de furia clamó al cielo.

Mientras la ira del soldado crecía, la joven se apretujaba contra el techo presionando con la zona central del cuerpo. Tenía suerte de que el entrenamiento que llevaba a cabo a diario hubiera convertido sus miembros en líneas tan flexibles. La había hecho consciente de cada músculo, de cada gesto. Contuvo la respiración y apuntaló bien las manos y los pies.

El soldado le dio otra patada al tonel antes de volver corriendo a las calles.

Tras unos instantes, al fin accedió a relajarse y permitió que su cuerpo buscara una postura más cómoda. Permaneció cernida en las sombras hasta que los sonidos del tumulto se fundieron con la lluvia atronadora. Entonces, con sumo cuidado, alcanzó el poste de madera y dejó que los pies se le hundieran en el fango con un chapoteo amortiguado. Se enderezó y se quitó la máscara.

Cuando se giraba para marcharse, la puerta que daba a la parte cerrada de la fragua se abrió de par en par. Sobresaltada por el sonido, dejó caer la máscara en el barro.

Ante ella había una mujer con las sienes plateadas y una mirada cruel.

Aunque las facciones de la joven permanecieron impasibles, el corazón le dio un vuelco.

Calculaba que la mujer rondaría la edad de su madre. Si la delataba gritando una sola palabra, estaría perdida. El miedo la había petrificado, por lo que permaneció en silencio mientras la mujer inhalaba lentamente y entrecerraba los ojos al comprender. Entonces, con un movimiento brusco de la barbilla, le indicó que huyera hacia la izquierda.

La joven se inclinó como muestra de agradecimiento y se desvaneció en la lluvia.

Volvió sobre sus pasos una y otra vez zigzagueando por las calles encharcadas del barrio de Iwakura para asegurarse de que nadie la seguía. Cuando llegó a un puente de piedra arqueado por el que se cruzaba a un bosquecillo de cornejos blancos como la nieve y cerezos de color rosa pálido, sus andares adquirieron una cadencia completamente distinta. Relajó los hombros y estiró el cuello. En cuanto la fragancia de los jazmines inundó sus fosas nasales, su reacción fue automática.

Con todo, no utilizó ninguna de las vías principales, a excepción del propio puente. Oculta bajo una lluvia de pétalos, paró un jinrikisha y se instaló bajo su toldo de lona raída. Cerró los ojos con un estremecimiento y entreabrió los labios para contar en silencio cada una de sus respiraciones.

Ichi.

Ni.

San.

Shi.

Entonces alzó la barbilla. Con hábiles movimientos, recompuso su ropa desaliñada hasta que todo estuvo en su sitio. Se rehízo el moño de la coronilla convirtiéndolo en un elegante recogido. Como la dotada transformista que le habían enseñado a ser, pasó de ser un muchacho intrépido a una dama misteriosa y recatada. Cuando al fin llegó al portón de la casa de té, llamó dos veces y se detuvo un segundo antes de dar cinco rápidos golpes más con el puño. Se oyó una serie de susurros y de pasos al otro lado antes de que el portón se abriera.

Aunque las sirvientas sabían que debían abrir la puerta al oír aquella llamada en especial, ninguna acudió a recibirla, tal y como había pedido. De ese modo, no podrían obligarlas a mentir sobre si la habían visto. Sus infortunios no merecían las vidas de las jóvenes que allí vivían, y el coste de pedirles que guardaran sus secretos era demasiado grande.

Recorrió las piedras pulidas del jardín, dejando atrás el riachuelo burbujeante y sus tres cascadas en miniatura, y se dirigió hacia el sonido musical de una risa argentina y de un rítmico shamisen. A continuación, enfiló con paso ligero el...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.