E-Book, Spanisch, Band 2, 490 Seiten
Reihe: La ira y el amanecer
Ahdieh La rosa y la daga
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16858-48-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 2, 490 Seiten
Reihe: La ira y el amanecer
ISBN: 978-84-16858-48-4
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Renée Ahdieh ha pasado parte de su vida en Corea del Sur, aunque en la actualidad reside en Carolina del Norte. En 2015 publicó con gran éxito La ira y el amanecer (Nocturna, 2017), una reinterpretación de Las mil y una noches cuya trama concluye en La rosa y la daga (Nocturna, 2017), que próximamente será llevada al cine por la productora Imagine Entertainment. Con La llama en la niebla (Nocturna, 2018) inicia otra exitosa serie ambientada en el Japón feudal que nada más publicarse entró en la lista de más vendidos del New York Times.
Weitere Infos & Material
SIEMPRE
Estaba solo.
Y debía aprovechar el tiempo antes de que las exigencias del día le arrebatasen esos momentos de soledad.
Jalid se adentró en las arenas del patio de entrenamiento.
En cuanto alcanzó su shamshir, supo que le sangrarían las manos.
Daba igual. No tenía la menor importancia.
Los momentos que dedicaba al ocio eran momentos para la reflexión.
Momentos para el recuerdo.
La espada salió de su vaina emitiendo el suave siseo que produce el metal contra el metal. Las palmas le quemaban; los dedos le dolían. Sin embargo, asió la empuñadura aún más fuerte.
Cuando se giró hacia el sol, la luz lo cegó, abrasándole los ojos. Maldijo en voz baja.
Últimamente, su creciente sensibilidad a la luz se estaba convirtiendo en un problema. Un desafortunado efecto secundario de la continua falta de sueño. Pronto, los que le rodeaban lo notarían a la legua. Estaba demasiado cómodo en la oscuridad: se había convertido en una criatura con profundas ojeras que reptaba y se escabullía por los corredores destrozados del que una vez fue un palacio majestuoso.
Como el faquir le había advertido, aquella conducta se interpretaría como locura.
El niño-rey loco de Jorasán. El monstruo. El asesino.
Jalid cerró los ojos abrasados y los apretó. Contrario a su buen juicio, permitió que su mente divagara.
Recordó cuando era un crío de siete años y se escondía en las sombras para contemplar cómo Hasán aprendía el arte de la espada. Cuando su padre finalmente le permitió practicar con su hermano, se sorprendió, ya que siempre había ignorado sus peticiones en el pasado.
—Te vendrá bien aprender algo de provecho. Supongo que incluso un bastardo como tú debe saber luchar.
El desprecio de su padre parecía no tener límites.
Curiosamente, la única vez que se mostró orgulloso de él fue el día, varios años después, en que superó a Hasán con la espada.
No obstante, a la tarde siguiente, le prohibió volver a entrenar junto a su hermano.
Había enviado a Hasán a estudiar con los mejores. Y había dejado que Jalid se las apañara solo.
Aquella misma noche, un príncipe enfadado de once años prometió convertirse en el mejor espadachín del reino. Cuando lo consiguiera, quizá su padre se diera cuenta de que el pasado no le daba el derecho de negarle un futuro a su hijo.
No. Para eso necesitaría mucho más.
Y el día que le pusiera una espada en la garganta, lo sabría.
Jalid sonrió cuando aquel recuerdo trajo consigo el sabor agridulce de la furia infantil.
Con todo, era otra promesa que no había podido cumplir.
Otra venganza fallida.
No sabía por qué le venían a la memoria semejantes cosas aquella mañana en particular. Quizá fuera por el niño y su hermana del día anterior.
Kamyar y Shiva.
Fuera lo que fuese lo que había llevado a Jalid hasta su puerta, también lo había empujado a quedarse y ayudar. No era la primera vez que hacía algo así. Desde la tormenta, se había aventurado varias veces en diferentes sectores de la ciudad, oculto bajo el anonimato que le proporcionaban el silencio y las sombras.
El primer día había vagado por un barrio desolado de Rey, no lejos del zoco, y había dado de comer a los heridos. Dos días atrás, había ayudado a reparar un pozo. Las manos —poco habituadas a la dureza del trabajo físico— le habían sangrado y se le habían formado ampollas por el esfuerzo.
El día anterior fue el primero que había pasado en compañía de niños.
Al principio, Kamyar le había recordado a Sherezade. Tanto que, incluso ahora, hacía asomar otra sonrisa a sus labios. El pequeño era descarado e insolente. Impávido. Lo mejor y lo peor de Sherezade.
Luego, a medida que pasaron las horas, fue la niña la que más le recordó a Shezi.
Porque no había confiado en él. En lo más mínimo.
Había observado a Jalid por el rabillo del ojo. Había permanecido a la espera de que la traicionara, de que mudara su piel de serpiente y asestara el golpe. Como un animal herido, había aceptado la comida y la bebida con cautela, sin bajar la guardia en ningún momento.
Era inteligente y quería a su hermano con una ferocidad que Jalid casi envidiaba.
Lo que más había apreciado de ella era su discreta sinceridad. Y le habría gustado hacer más por su familia. Mucho más que desescombrar su diminuta morada y dejarles una miseria en una bolsita de cuero. Aunque sabía que nada sería suficiente.
Porque nada podría reemplazar jamás lo que habían perdido.
Jalid abrió los ojos.
De espaldas al sol, empezó su entrenamiento.
El shamshir cortaba el cielo dibujando rápidos arcos. Emitiendo destellos de plata y fogonazos de luz blanca. Silbaba a su alrededor mientras él trataba de acallar el clamor de sus pensamientos.
Pero no era suficiente.
Cogió la empuñadura con ambas manos y la escindió en dos con un giro de muñeca.
Las hojas estaban forjadas en acero damasceno y templadas en el Fuego de Warharan. Él mismo las había encargado. Eran únicas.
Con una espada en cada mano, continuó moviéndose por la arena.
Ahora, el sonido apagado del metal rechinaba en torno a su cabeza con la furia del siroco del desierto.
Pero seguía sin ser suficiente.
Un hilo de sangre le corrió por el brazo.
No sintió nada. Sólo lo vio.
Porque nada le dolía más que su ausencia.
Sospechaba que nada lo haría jamás.
—¿Así estamos?
Jalid no se giró.
—¿Tanto han mermado las arcas de Jorasán? —continuó Jalal bromeando, aunque su tono sonaba raramente forzado.
Jalid, de espaldas a su primo, se limpió las palmas ensangrentadas en las puntas de su fajín tikka carmesí.
—Por favor, dime que el califa de Jorasán, el Rey de Reyes, todavía puede permitirse un par de guanteletes o, al menos, un solo guante.
Jalal apareció ante su vista con una ceja oscura bien arqueada.
Jalid enfundó su shamshir y miró al capitán de su Guardia Real.
—Si tú necesitas un guante, te lo puedo conseguir. Pero sólo uno. No estoy hecho de oro, capitán Al Juri.
Jalal soltó una risotada, apoyó las manos en el puño de su cimitarra y lo aferró con fuerza.
—Consigue uno para ti, sayidi. Pareces necesitarlo mucho más que yo. ¿Qué ha ocurrido?
Señaló con la cabeza las manos ensangrentadas de Jalid.
Este se echó el qamis de lino por la cabeza.
—¿Tiene algo que ver con que volvieras a desaparecer ayer? —insistió Jalal, cuya inquietud era más evidente.
Como Jalid se negó a responder por segunda vez, Jalal se le acercó hasta plantarse delante.
—Jalid. —Toda pretensión de ligereza había desaparecido—. El palacio es un caos. La ciudad es un desastre. No puedes continuar desapareciendo durante horas, sobre todo sin un destacamento de guardias. Mi padre no puede seguir mintiéndole a todo el mundo acerca de tu paradero y yo… no puedo seguir mintiéndole a él.
Se pasó los dedos por la pelambrera ondulada, enredándola aún más.
Jalid se detuvo a escudriñar a su primo.
Y se alarmó ante lo que vio.
Su habitual porte engreído había desaparecido. Una barba desa-liñada oscurecía su mandíbula. Su manto, por lo general impoluto, estaba arrugado y manchado, y sus manos parecían en una eterna búsqueda de algo que agarrar: la empuñadura de una espada, el nudo de un fajín, el broche de un collar…, lo que fuera.
En sus dieciocho años de vida, Jalid nunca había visto inquietarse a Jalal.
—¿Y a ti qué te pasa?
Jalal soltó una sonora carcajada. Demasiado sonora. Sonó tan falsa que sólo consiguió preocupar aún más a su primo.
—¿Hablas en serio o estás de broma?
Jalal se cruzó de brazos.
—En serio. —Jalid inspiró despacio—. Por ahora.
—¿Quieres que confíe en ti? He de confesar que me molesta la ironía.
—No quiero que confíes en mí. Lo que quiero es que me digas qué pasa y dejes de hacerme perder el tiempo. Si necesitas que alguien te dé la mano, escoge a una de las muchas jóvenes que hacen cola a la puerta de tu cámara.
—Ah, ya estamos. —Una expresión sombría se instaló en el rostro de Jalal—. Tú también.
Ante estas palabras, la irritación de Jalid llegó a un punto de inflexión.
—Date un baño, Jalal. Uno bien largo.
Dicho esto, empezó a alejarse.
—Voy a ser padre, Jalid-jan.
Jalid se detuvo en seco. Se giró en el sitio y su talón formó un hondo surco en la arena.
Jalal se encogió de hombros. Una sonrisa triste tiró de una de las comisuras de su boca.
—Tú… Imbécil redomado —lo reprendió Jalid.
—Muy amable.
—¿Me estás pidiendo permiso para casarte con ella?
—Ella no quiere casarse conmigo. —Volvió a pasarse los dedos por el pelo—. Al parecer, no eres el único que se ha percatado del harén de mujeres que espera a las puertas de mi cámara.
—Sólo por eso ya me cae bien. Al menos tiene por costumbre aprender de sus errores.
Jalid se apoyó contra la pared de piedra sumida en las sombras y fulminó a su primo con la mirada.
—Eso también es muy amable por tu parte.
—La amabilidad no...




