E-Book, Spanisch, Band 5, 210 Seiten
Reihe: Pensamiento
Alberdi Peregrinación de Luz del Día
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-906-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 5, 210 Seiten
Reihe: Pensamiento
ISBN: 978-84-9897-906-0
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Político, sociólogo, jurista y escritor argentino (Tucumán, 1810-Francia, 1884). Residió desde muy joven en Buenos Aires, ciudad en la que desarrolló una importante actividad política, cultural y social. Participó en la fundación del Salón literario, conocidos como la Generación del 37, junto con Juan Bautista Alberdi Alberdi, Marcos Sastre, Juan María Gutiérrez y Esteban Echeverría. Sus tertulias se orientaban inicialmente a deliberar sobre literatura, arte y moda, influidos por el auge del romanticismo en Europa. Pero progresivamente los temas sobre política pasaron a ser el centro de la reuniones. Alberdi comienza a destacar entre los jóvenes de su generación. Sus artículos de opinión en La moda, de la que fue fundador y primer redactor bajo el seudónimo de Figarillo, confieren al semanario un contenido social realista y crítico. A partir de aquí, las discrepancias políticas con el gobierno de Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires, lo obligan a emigrar a Montevideo en 1838. En 1843, durante el sitio militar de Montevideo por un ejército comandado por Oribe pero subvencionado por Rosas, logra escapar, disfrazado de marinero francés, y se traslada a Europa acompañado por su amigo Juan María Gutiérrez. Reside en París unos pocos meses. A fines de 1843, decide regresar a América para radicarse en Chile donde vivirá 17 años. Vuelto a su patria en 1878 cuando es elegido diputado por Tucumán, pero en 1881 se trasladó nuevamente a Francia, donde reside hasta su muerte.
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SEGUNDA PARTE
I. Cansada de bribones Luz del Día busca los viejos caballeros españoles en América. Noticias de don Quijote
Cansada ya de bribones, Luz del Día empezaba a suspirar por encontrar allí algo de la España caballeresca, que no podía faltar en un mundo descubierto y poblado por España, en la época de su mayor esplendor, y casi rayana de sus tiempos heroicos. Ella recordaba haber oído que don Quijote y Sancho, y el Cid y Pelayo, habían también venido a la América como emigrados, y que se habían establecido y debían existir todavía en su suelo. Daría uno de sus ojos Luz del Día por dos horas de sociedad con Sancho Panza, cuando menos, es decir con la ingenuidad o la malicia candorosa del rústico. Pero ésos también deben andar de incógnito, se dijo Luz del Día.
Ella sabía que todas las Españas andan en las Américas, pero en diverso traje, con disfraces de ingleses y franceses, hablando lenguas extranjeras, para hacerse inconocibles. ¿Cómo dar con ellos? ¿Cómo sacarlos de su disfraz? ¿Quién sabe, se decía Luz del Día, si alguno de estos sirvientes galoneados, que veo en esta monarquía disfrazada ella misma de república, no es el escudero Sancho Panza? ¿Quién sabe si alguno de estos generales de la república no es, bajo el incógnito, don Quijote o el mismo Cid Campeador, o don Pelayo? ¿Preguntaré por ellos a alguno de los truhanes que he tenido la desgracia de conocer hasta hoy? Es posible que ni relación tengan con ellos, a pesar de ser compatriotas. Pero cuando me tratan a mí misma. ¿por qué no tratarían al honor, es decir, al Quijote, al Cid para falsificarlos mejor, como ellos dicen? ¿Me dirigiré a Tartufo, el más malo de todos ellos, para saber de esos viejos y nobles tipos? ¿Pero guardará relación con don Quijote, que apaleó de boca cuando menos, a los clérigos?
Un día, en efecto, quiso verle con ese objeto y le reveló su deseo. Como era de esperar, Tartufo que tenía por especialidad el cultivo y ejercicio de falsificar todo lo que es honor y generosidad, no pudo haber dejado de cultivar a don Quijote y al Cid.
—Pero ¡Tartufo no es soldado!
—¡Bah! ¿Y por qué no? Basta que no sea soldado, para que pretenda serlo. Su esencia es la simulación. Será la mentira del soldado con la mentira del valor.
Luz del Día recordó el ofrecimiento de Tartufo, de hacerla conocer en sus salones a muchos personajes célebres, si alguna vez la ocurría venir a las horas que siguen al almuerzo. Las horas de comer, son las horas de visitar de esos señores.
El día que Luz del Día se presentó en los salones de Tartufo, dio la casualidad que ninguno de esos personajes se encontrase allí. Pero Tartufo que acogió con mucha gracia la visita y la solicitud de Luz del Día, los conocía a todos ellos, a todos los cultivaba y de todos podía darla noticias, como desde luego empezó a verificarlo, cuidando previamente de advertirla que no tenía sino indirectamente las noticias de Quijote y de Sancho, que iba a darla, pues siempre evitaba el trato inmediato de esos dos sujetos, que aunque muy útil por lo que tienen de socarrones en medio de su franqueza aparente, y mucho había que aprender de ellos en disimulo, era sin embargo incompatible su natural indiscreción, con las exigencias de la posición grave y delicada de Tartufo; que la daría por tanto, el eco de la crónica corriente acerca de esos sujetos.
Principió por advertirla que todos ellos estaban inconocibles en tal grado que no necesitaban de incógnito, sino para no verse desdeñados por inútiles. Como son los emigrados más antiguos y más españoles, por decirlo así, son también aquellos en quienes ha ejercido más fuerte influjo el régimen de América.
—El «nuevo régimen» los ha perdido enteramente, porque ellos lo han tomado a lo serio, como crédulos incurables y simples que son por naturaleza, dice Tartufo.
«Don Quijote ha hecho de la libertad su Dulcinea. Digo mal en llamarle “don”, porque como se ha hecho republicano, ahora se firma “Quijote” liso y llano. Leyó en los libros y en los poetas de la caballería americana, las proezas de un San Martín y de un Bolívar, y porque ellos conquistaron la independencia o la libertad exterior del país a punta de sablazos, Quijote ha descubierto que él podía conquistar la libertad interna, o el Gobierno del país, por el país a punta de lanza. Se comprende que a sablazos se eche del país a un dominador extranjero en un solo día, por el efecto de una sola batalla victoriosa; pero sólo a un loco le ha ocurrido, que a sablazos puedan extinguirse las tinieblas y la ignorancia de la cabeza de un pueblo, que ignora radicalmente el gobierno de sí mismo, en que consiste la libertad moderna. Tal batalla es más loca que la que tuvo con los molinos de viento en España.
»Don Quijote no nació para entender esas distinciones. Sin dejar de ser siempre el mismo loco, en América se ha vuelto un loco pillo, un loco especulador; le ha tomado a Sancho un poco de su locura astuta de escudero, así como Sancho le ha tomado a él, un poco de su locura de caballero. Es la influencia de la democracia, que los ha igualado y acercado más y más de condición social.
»Don Quijote ha creído que el modo de introducir la libertad interior en Sudamérica, era dejarla sin liberales, por esta razón, que no es mala del todo, a saber: que los liberales mentidos son el mayor obstáculo de la libertad verdadera. Pero él olvidó que matarlos no es educarlos, y que enterrar la licencia, es enterrar la libertad. Pero ¿es capaz don Quijote de matar de veras a hombre alguno? El mata carneros y vacas que toma por enemigos de la libertad, porque los carneros y las vacas no entienden de votaciones, ni de discusiones parlamentarias, ni de opinión libre en los negocios de la estancia a que pertenecen; sin embargo, como loco pillo, no se descuida en vender los cueros y la carne salada de sus enemigos muertos, y en guardar el dinero que recibe, para no tener que vivir siempre de aventuras. Quijote así, ha perdido todo su lustre; se ha hecho prosaico, calculador, común, egoísta, sin dejar ser el mismo loco; si ve apalear a una mujer, él mismo ayuda a apalearla, lejos de defenderla, siempre que la cosa le ofrece algún provecho. Ha tomado a Sancho mucho de su villanía de resultas de la república, que ha igualado a los amos con los criados.
»Sancho por su parte se ha hecho insoportable con sus pretensiones de hacerse un caballero igual a otro caballero; invocando la democracia, se ha dado a elegante, a hombre de gran mundo (porque también hay gran mundo en las repúblicas); se ha puesto peluca colorada y lleva corsé, lo cual le hace sudar y bufar como una máquina de vapor, con una libertad que él llama democrática. Sus ventajas de republicano han puesto celoso a don Quijote, que no puede ocultar su ojeriza al viejo escudero insolentado. Este advenedizo caballero ha llevado su impertinencia hasta ofrecer un empleo a sueldo en su casa a su antiguo señor. Pero es indudable que Sancho ha ganado y es más feliz en América que don Quijote: lo pasa mejor y tiene mayor aceptación; sus cualidades son más americanas, por decirlo así, en el sentido que son más democráticas.
»Sancho se ha entregado a la política, como la industria más lucrativa; es una nueva forma de su vieja industria de escudero. El comercio de votos, la agencia de electores, las empresas electorales para las presidencias, que aseguran empleos lucrativos, la formación de “clubs”, la organización de convites y bailes por suscripción, son ramos de su tráfico especial; pero su rol es secundario siempre en ellos; es el del revendedor; el del que negocia por segunda mano: especie de judío vulgar y oscuro, calculador y logrero, más que su viejo patrón, se interesa en el Gobierno, no por el brillo, sino por el dinero y por los beneficios anexos al Gobierno.»
II. El Cid. Don Pelayo. Noticias de estos emigrados
«En cuanto al Cid Campeador, a don Pelayo y a esos generosos y ásperos guerreros de la España caballeresca, emigrados en América cuando terminaba la guerra de los moros y cuando los infieles del mundo de Colón tomaban el papel de estos últimos, pocas son las noticias que Tartufo puede dar a Luz del Día. Ellos son como extranjeros a las ciudades formadas por el comercio moderno en Sudamérica, casi siempre judaico y protestante por índole. Se han quedado en las montañas, en las campañas desiertas, en las soledades mediterráneas del nuevo mundo, que les recuerdan, tal vez, mejor los bellos días de sus primeras proezas de América contra los salvajes infieles, que la poseían antes de la conquista.
»En la guerra de la Independencia tomaron su parte, sin duda, pero fue para defender la libertad que adquirieron de vivir sin sujeción a nadie, ni a su mismo soberano. Defender la independencia de América fue para esos vetustos y célebres caudillos tomar entre sus manos lo que creían ser su propiedad personal por haber sido ellos el instrumento inmediato de su conquista hecha por los reyes de España; fue reemplazar al rey en el gobierno de lo que, a sus propios ojos, era más bien un reino de ellos mismos.
»Tal fue la alteración y degeneración que la América desierta produjo en los campeadores o campesinos del tiempo de la conquista de América, quedados en sus desiertos como colonos. Sus caracteres presentan una mezcla incomprensible de grandeza y de barbarie, de crimen y de heroicidad. Así es que de un lado tienen adoradores y secuaces fanáticos, y del otro violentos e implacables enemigos, siendo generosos y desinteresados las más veces, tanto sus amigos como sus enemigos. La dominación bastarda de la España, los llamó caudillos...




