Albero | Ya nada será igual | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 145, 276 Seiten

Reihe: Narrativa

Albero Ya nada será igual


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19615-07-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 145, 276 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-07-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En Madrid, la crisis de 2009 estalla con la misma fuerza que en todo el mundo, pero para los Montero, una familia acomodada, esa crisis se convierte en drama, al verse involucrado su hijo en la muerte de un indigente. Con el ritmo frenético de esos días en los mercados financieros, Albero traza, en Ya nada será igual, una suerte de thriller urbano que es también el retrato de una sociedad y de una época. Porque, en efecto, ya nada será igual para la familia Montero, pero tampoco para el resto de nosotros.

Miguel Albero nació en Madrid ya muy entrado el siglo pasado, llegando inevitablemente tarde a este que avanza inexorable. Ha publicado ya más libros de los que debiera. Tiene en su haber el Premio Gil de Biedma de Poesía, el Premio Vargas Llosa de Novela y el Premio Málaga de ensayo, y con ellos ha conseguido pasar de tener, avergonzado, más libros que lectores a disponer, orgulloso, de más premios que lectores.
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I


Es viernes, 3 de octubre. Un informe revela que el semen del sesenta por ciento de los españoles es de baja calidad. Unos científicos, también españoles y ubicados por fuerza en ese sesenta por ciento o en el cuarenta restante, al menos los varones, han diseñado un chip para estudiar el viento en Marte. Estamos en 2008, y ayer han encontrado otros nueve cadáveres con el tiro de gracia en Tijuana, mientras el jefe de la Policía de Coslada afirma rotundo que nunca ha grabado a ningún político con prostitutas. Pero no debemos inquietarnos, el periódico también anuncia optimista que el día será soleado en Madrid, y ese cielo sin nubes y la luz que despide han sido siempre la mejor tarjeta de presentación de la capital de España.

Pese a los buenos presagios meteorológicos, Javier Montero ha tenido un día de perros. El BCE abre la puerta a una bajada de tipos, pero no tranquiliza a los mercados. Ese era otro titular, titular, porque Montero trabaja en los mercados, vive de ellos, no solo peligra su bonus anual, también su empleo. Javier Montero tiene cincuenta años, dos hijos adolescentes, una mujer granadina. Estudió Filología Griega, terminó un máster, abandonó las lenguas muertas, abrazó la bolsa, las finanzas y el estrés, cambió sin darse cuenta por , sigue siendo hincha del Real Madrid. Ya casi no tiene pelo.

La palabra «crisis» se ha instalado invasora en las conversaciones de los madrileños con la fuerza y la velocidad de un virus informático, pero antes de que todo el mundo la usara y repitiera entre sorprendido y aterrado ya era una definición precisa del momento vital de Javier Montero, cansado de sí mismo y de su trabajo aun cuando este no se había convertido en una locura, preocupado por sus hijos, distanciado de su mujer. Y la jornada laboral no solo ha terminado de forma desastrosa para Montero, también lo ha hecho tarde, va a ir directamente a la cena, restaurante de moda, comida asiática de fusión, pareja de matrimonios de vida acomodada. Pero el día no ha pasado en balde, ha dejado su rastro para que nadie se olvide de él, las bolsas han bajado otra vez o, por no abandonar los titulares que lo serán ya esta vez de mañana, el pánico se ha apoderado del parqué, es posible que hayan aparecido en Tijuana más cadáveres con el tiro sin gracia, quizás ha aumentado aunque sea de forma todavía imperceptible el porcentaje de españoles que atesora sin saberlo en sus entrañas semen de mala calidad, como si guardaran en su nevera inconscientes un yogur caducado.

Juan y Julián Montero tienen diecisiete y quince años, el primero termina el colegio este año, es alto, moreno y cejijunto, el segundo atesora los ojos verdes de su madre y despide la mirada atónita de quien no ha perdido aún la capacidad de asombro. Es muy probable que Juan repita curso, lo intuye él perspicaz y también sus padres, pese a que este curso acaba de empezar, sin embargo, todos esperan sin excepción que Julián saque buenas notas, es mucho mejor estudiante, más sereno, tan solo un par de centímetros más bajo.

Al no pasar por casa, Javier Montero no ha visto a sus hijos llegar a esa misma casa, tirar aliviados la mochila al rincón, concederse como terapia de choque una buena dosis de pantalla y una ducha rápida, vestirse también deprisa con la ropa más nueva. La casa de los Montero luce esa mezcla entre lo tradicional y lo muy moderno que los decoradores de interiores denominan tramposos «estilo ecléctico», para darle un nombre sonoro a lo que no tiene ni pies ni cabeza, acéfalo y cojo, esa sería sin duda una definición más exacta. Sí hay algo claro, la tecnología ha ido ganando espacio, casi igualmente invasora que la crisis, y entre ordenadores, televisiones de plasma, iPods y Nintendos, el número de pantallas, esas mismas de las que apenas se despegan los dos adolescentes, ya supera con mucho al de librerías, desde luego al de camas, por supuesto al de piezas que conforman el hogar.

Juan Montero ha quedado con sus amigos para salir, y mientras se ducha el telediario informa cumplidor de la crisis, Javier también oye esa misma palabra «crisis» en la radio cuando conduce camino del restaurante, pero él no se escuda en el chorro de agua caliente para esquivarla, le basta cambiar de emisora para mudar la información ruidosa por la muy relajante música clásica, en el mismo instante en el que Julián, ya aseado y listo, ha decidido no salir para sorpresa de todos, y entonces llama a quien iba a ir a buscarlo para que no lo haga. No puedo ir, se limita a comunicar lacónico a su interlocutor, para así no tener que entrar en el territorio engorroso de las explicaciones.

María Guzmán, madre y esposa de los Montero, ha llegado del ministerio a las tres y media, ventajas del viernes y de su condición de funcionaria, trabaja como documentalista, es rubia, tiene cuarenta y ocho años y muchas más canas de las que quisiera. Ha dormido la siesta, se ha duchado antes que sus hijos, ha intercambiado con ellos dos palabras, qué tal el día, qué vais a hacer hoy, y cada uno le ha contestado expresivo con monosílabos desde su cuarto, sin dejar de mirar un instante su respectiva pantalla.

Los analistas ya hablan de crac, lo comparan con la crisis del 29, lo atribuyen, como siempre precisos a toro pasado y romos cuando el morlaco aún está enfrente, a años de orgía financiera, de trampas para que en el corto plazo todos salieran guapos en la foto. Ahora viene briosa y dispuesta la resaca implacable, nadie intuía que iba a ser tan grande, probablemente porque no quedaba nadie sereno y todos preferían tomarse dipsómanos la última copa, antes de pensar en el mañana inminente y en el muy seguro dolor de cabeza. Va por ustedes. Y aun así, con la que está cayendo, los candidatos a la Casa Blanca preparan encerrados un último debate que puede resultar decisivo, y muchos madrileños preparan sin encerrarse, pero deprisa, las maletas para salir de fin de semana, las carreteras ya han advertido sagaces esa decisión colectiva y están atestadas, la ciudad no puede marcharse con ellos, aunque sin duda lo haría gustosa.

Julián Montero ya dispone de nuevo programa de viernes por la noche, aunque no lo sabe aún, alternará ecléctico él sí de verdad, pantalla televisiva e informática, comerá algo de la cocina o se pedirá una pizza, no va por tanto a ir a la fiesta que organizaba un gordo de su clase. Las razones de su negativa son difusas, ni él mismo sabría verbalizarlas, la que iba a ser su chica ya no lo será, ha tenido esa mañana un incidente tonto en el recreo con un compañero, esta semana su rostro alberga hinchado demasiadas espinillas. Juan se despide de su madre, que está arreglándose casi coqueta para salir, no llegues muy tarde, le pide ella más en tono de súplica que de exigencia, qué, otra vez de cena, ¿no?, contesta él nervioso sin contestar, no me has dicho qué tal el cole hoy, insiste María preocupada. Mañana hablamos, que no llego, ya debe de estar Pincho en la entrada, grita ya saliendo Juan al viento tras lanzar un beso al aire o al mismo viento y mirar después inquieto el reloj, como si en efecto llegara tarde.

Los Montero viven en el Encinar de los Reyes, a las afueras de Madrid, en una urbanización nueva y pequeña, veinte casas, una piscina, dos pistas de pádel, clase algo más que media encantada de su elevada condición. A Juan han venido a buscarlo en moto, en efecto su amigo Pincho estaba puntual en la puerta, y se cruza al salir con dos vecinos que vuelven de trabajar con el nudo de la corbata suelto, el buen tiempo, ajeno a los índices bursátiles, permite a los más pequeños seguir jugando al aire libre. Son las nueve y diez.

Los restos con alas de un avión estrellado en Barajas, las peleas sin freno antes del debate de los presupuestos, la crisis con anestesia de la sanidad madrileña, los animados informativos de noche alternan la crisis de verdad con las otras crisis, la llamada actualidad informativa es así, no opera como los dolores donde uno solo puede opacar abusón el resto si dispone de suficiente entidad, aquí por mucho que el mundo se hunda hay que dar espacio a todas las secciones, sobre todo a los deportes, y nadie se olvida del esperma de los jóvenes españoles, la noticia del esperma cubre hoy el apartado imprescindible reservado a lo gracioso o lo exótico, se casa el hombre más gordo del mundo, han separado con éxito a las siamesas de Bombay, un ingeniero ha inventado en Japón una cortadora de césped con una cuerda y una batidora de cocina. A la televisión la noticia del esperma le gusta menos porque no aporta imágenes de impacto, la boda del más gordo da mucho más juego, pero aun así el telediario cierra con esa información y otra de un concierto de música étnica, para el asunto del esperma el realizador ha creído que bastaba con unas tomas de unos jóvenes en la calle, parece un botellón, alguno puede interpretar que este está en el origen del problema, a más cubatas, peor esperma, o tal vez el responsable es el consumo callejero del combinado, igual si el cubata lo tomas mucho más cómodo en un bar con sofás y música lenta, camarero y panchitos, entonces el esperma mejora como el ánimo, los espermatozoides celebran su buena salud dando saltos de alegría.

Javier Montero se ha ahorrado esas noticias, y escuchando a Bach llega antes de tiempo al restaurante casi relajado, gente guapa y ninguna mesa libre, un par de llamadas al móvil de colegas acojonados por la situación, un gin-tonic de Beefeater en copa balón mientras espera al resto. El restaurante, diseño a granel, camareros latinoamericanos y levísimo ambiente oriental, está situado a la entrada de la Moraleja, a Madrid ya casi no van porque se han puesto muy pesados con...



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