Alejandre | La corona del mar | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 600 Seiten

Alejandre La corona del mar

Del Caribe a las Azores. La lucha por la hegemonía del Atlántico
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18491-98-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Del Caribe a las Azores. La lucha por la hegemonía del Atlántico

E-Book, Spanisch, 600 Seiten

ISBN: 978-84-18491-98-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Año 1580. El rey de Portugal muere sin descendencia y el trono vacante se lo disputan sus sobrinos Antonio de Avis y Felipe II de España. El rápido triunfo de este último en la Península traslada el conflicto a las islas Azores. Francia e Inglaterra, celosas de una unión dinástica que pondría bajo una sola corona un inmenso imperio, apoyan al pretendiente portugués y llevan la guerra de corso a todos los rincones del océano.  Un inexperto y presuntuoso oficial que zarpa de Veracruz y pretende cruzar el Atlántico para casarse por conveniencia, una pareja de enamorados que verá peligrar sus esperanzas, dos familias divididas por sus lealtades, un corsario que ambiciona ganar una flota, soldados de fortuna, espías de todas las naciones, contrabandistas y sanguinarios piratas son los protagonistas de esta novela. Sus destinos se entrecruzan sobre el tablero de un conflicto que amenaza con cambiar el mundo conocido. Con ellos viviremos aventuras corsarias, historias de amor, viles traiciones y feroces combates. La corona del mar es una trepidante novela de aventuras que nos lleva desde el golfo de México y los puertos del Caribe hasta las islas Azores, verdadera puerta de ultramar, escala obligada de las flotas del oro y llave para la hegemonía del Atlántico, donde tendrá lugar la primera gran batalla naval de la era moderna.

Julio Alejandre nació en Madrid, donde estudió Magisterio y más tarde Pedagogía. Después de unos años dedicado a la enseñanza, se marchó a Centroamérica para trabajar como cooperante con refugiados de guerra, y allí permaneció más de una década. En la actualidad reside en Extremadura y forma parte de un equipo de Orientación Psicoeducativa. Ha obtenido premios literarios en certámenes nacionales e internacionales, y ha publicado los libros Héroes, tumbas y libros perdidos, Seis mil lunas y Reporte de una boda y un entierro, y es autor del blog «La otra literatura». Esta es su segunda novela publicada en Pàmies después de Las islas de Poniente (2019).
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II


Isla de Terceira, Azores

1

Tocaban las campanas al ángelus y Marcia Henriques y su madre se santiguaron, entrecruzaron los dedos y rezaron en un murmullo la oración en honor al misterio de la encarnación: «El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo».

Llevaban un buen rato esperando frente al gabinete de don Caetano, que estaba reunido con don Pedro Salazar y su hijo. Estaban sentadas en un hermoso arquibanco de madera labrada, cubierto por un grueso tapete. Marcia intentaba controlar sus nervios y aparentar una tranquilidad que no sentía.

—Están tardando mucho, madre. ¿Es eso buena señal?

—Yo creo que sí —respondió doña Antonia, que vestía de estricto luto—. A tu padre no le gusta entretenerse con ningún asunto.

Por fin don Caetano abrió la puerta para que salieran sus dos invitados, cuya seriedad anunciaba malas nuevas. Don Pedro, al ver a las mujeres, les hizo una cortés reverencia y se interesó por su salud, pero su hijo Duarte les dedicó una leve cabezada y se mantuvo distante y reservado. Marcia buscó sus ojos, que el joven rehuyó, por lo que se entretuvo en observar su elegante vestimenta. Había elegido para la entrevista su mejor chaqueta, con calzas a juego y un pañuelo blanco atado al cuello con buen gusto. Su examen fue necesariamente breve, porque, cumplidos los respetos, los dos hombres se dirigieron a la salida.

—Permitid que os acompañe —se ofreció don Caetano, haciendo ademán de abandonar el vano de la puerta.

—No os molestéis, señor Henriques —respondió Pedro Salazar mientras se alejaba—. Conocemos la salida.

Cruzaron el salón y después un zaguán alicatado con baldosines blanquiazules con motivos geométricos. La puerta principal estaba abierta, guardada por dos criados con libreas. Fuera, el día estaba cambiante. Rápidas nubes se deslizaban por el cielo, abriendo y cerrando claros y permitiendo tímidas y fugaces visitas del sol.

Marcia corrió tras los visitantes y alcanzó a verlos partir al trote de sus caballos en dirección a la villa. La quinta de los Henriques se encontraba en las afueras de Angra, al borde de un amplio predio con sembrados, arboledas y corrales, al pie del risco que dominaba el castillo de San Luis.

Don Caetano se volvió hacia las dos mujeres, que con los ojos le pedían explicaciones. Sin embargo, el hombre ignoró aquellas miradas, carraspeó y se alejó en dirección al patio y los corrales.

—¡Esposo! —lo llamó en vano doña Antonia.

Marcia no dijo nada, pues de sobra conocía el carácter de su padre.

—Hija mía, no te aflijas. Todavía no sabemos lo que ha pasado —le dijo doña Antonia, y la abrazó y le dio algunos achuchones y besos, porque sabía lo importante que era para su hija aquella entrevista.

—Claro que lo sabemos —respondió Marcia mientras apartaba a su madre, cuya efusividad le agobiaba.

—No te hagas mala sangre. Tu padre es de los que blandean después. Querrá pensar y que le dé el aire. Ya sabes que a estos asuntos les da muchas vueltas. Fue igual con tu hermana Catalina.

Catalina era la mayor de los hijos. Había rechazado al primer pretendiente que le buscó su padre, un infanzón lisboeta, aunque después aceptó casarse con un hidalgo joven y bien acomodado de Oporto. De aquello hacía ya tres años, y no habían vuelto a verla.

—No, madre. Se ha ido con mi hermano Geraldo a los almacenes del puerto, a ver si han terminado de desembarcar unos cajones de telas finas de Holanda. Desde temprano tenían pensado hacerlo.

—Pues lo que he dicho. Anda, vamos a la salita, que ya deben de haber encendido el brasero.

—Para qué queréis brasero, madre, si estamos en junio.

—El tiempo está muy destemplado.

La salita era una habitación cuadrada, con las paredes pintadas de amarillo al temple. Cogieron sendas sillas de anea y se sentaron al amor de la mesa camilla. La luz de mediodía entraba por un gran ventanal que daba al patio.

—Me has dejado sola toda la mañana —se quejó Fátima, la hermana pequeña, que estaba sentada en una mecedora y se entretenía en hacer un bordado en la cestilla.

—Acércate a la camilla, hija, que te vas a enfriar —le riñó su madre.

—Anda, enséñame lo que estás bordando —le dijo Marcia, y su hermana le mostró la hermosa cabeza de San Sebastián en la que estaba trabajando, aureolada de amarillo y con unas flechas apareciendo por detrás.

Don Caetano volvió después del almuerzo, tomó un pequeño refrigerio y fue a buscar a su mujer y a su hija.

—Fátima, déjanos solos —dijo al entrar en la salita, y mantuvo la puerta abierta hasta que su hija se marchó con la expresión enfurruñada y el rostro bajo—. Dile a Manuela que ya es la hora de tu lección.

Don Caetano se sentó en la mecedora que había ocupado su hija menor, bajo la imagen de Nuestra Señora de los Remedios. Olía a sudor de caballo y a cuero.

—Bueno, esposo, ¿querréis contarnos de una vez lo que ha ocurrido?

—Que Pedro Salazar vino a pedirme la mano de vuestra hija —dijo don Caetano.

—Eso ya lo sabemos, esposo. ¿Y vos qué dijisteis?

—Que no. —La respuesta fue tan tajante que las dejó calladas. Caetano Henriques intentó explicarse—. Es un enlace que no nos conviene. Ni la familia ni la dote están a la altura. Y el joven Duarte no me convence.

—Oh, no os convence —dijo Marcia con un tonillo sarcástico.

—Se conocen desde que eran pequeños, Caetano, se han llevado siempre bien y ahora quieren casarse.

—Entonces eran niños, Antonia, pero ahora no lo son. Y por cierto que no veo con buenos ojos la familiaridad con que se tratan.

—Y la familia Salazar, ¿qué tenéis contra ella? Don Pedro es un caballero, posee viñedos y elabora el mejor vino de la isla, que vos lleváis años alabando, y bebiendo. ¿A qué vienen ahora esos remilgos?

—Ja. Una dedicación muy poco caballeresca, que apenas le produce beneficios ni tiene futuro. Además, Salazar está metido en asuntos de contrabando.

—¿Y quién no se dedica aquí al contrabando? Lo importante es que es un hombre honorable, respetado y con el que siempre nos hemos llevado bien.

—¿Honorable? Si está en boca de todos que vive amancebado con su sirvienta. Pero no se trata solo de eso. Para concertar un matrimonio hay que sopesar detenidamente muchas cosas.

—Ah, querréis decir que vos las habéis sopesado sin tener en cuenta mis opiniones ni sentimientos —dijo Marcia, que se había mantenido en silencio, intentando evitar que alguna lágrima resbalase de sus ojos, pero no pudo callar por más tiempo—. ¿Qué es lo que antes os parecía bien y ahora no?

—Marcia, sujeta esa lengua. Soy un padre paciente, pero no me gusta que me faltes al respeto, ni que me contradigas. Ese hombre no es para ti, y punto en boca.

—Pero mi hermana se casó con quien le vino en gana y vos no os opusisteis; ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?

—Catalina no se casó con quien quiso. Lo que ocurre es que le complació el hombre que le elegimos.

—Que vos elegisteis —precisó Marcia.

Don Caetano se rebulló en su asiento. No había sido buena idea mantener aquella conversación en la salita, una habitación tan recogida y tranquila, amueblada al gusto de su esposa. Era demasiado femenina para sentirse a gusto. Su ropa, su persona, sus modales, todo en él estaba fuera de lugar allí.

—Sigo sin entender por qué Duarte Salazar no os parece un buen pretendiente —terció doña Antonia, que conocía bien los caracteres de su marido y de su hija y no quería que la sangre llegara al río—. Es formal, listo y buen mozo, y a nuestra hija le agrada. ¿Tan importante es todo lo demás?

—Más de lo que imagináis. El patrimonio y la influencia de una familia se construyen igual que se levanta un muro robusto: no basta con tener buenas piedras, además hay que encajarlas bien. Vivimos unos momentos delicados, de incertidumbre y cambios, y necesitamos emparentar con una familia que aporte posibilidades comerciales, ¿entendéis, esposa?

Doña Antonia negó con la cabeza, mientras sus dedos daban unas puntadas en la labor que Fátima había dejado sobre la mesa. Las explicaciones de su marido le parecían tan vanas como el mugido de las vacas.

—De modo que me consideráis una piedra más en vuestro muro, padre. Es alentador saberlo.

—Y tengo otra razón de peso —prosiguió don Caetano, ignorando el sarcasmo de Marcia—: que los Salazar no apuestan por don Antonio de Avis, a quien le asiste el máximo derecho, sino por el español, que pondrá sus intereses sobre los nuestros y otorgará prebendas y beneficios a los suyos. Así que no, Duarte Salazar no es el esposo que le conviene a mi hija.

—¿Y quién me conviene, padre?

—Un hombre que fortalezca nuestra posición y beneficie nuestras empresas —dijo don Caetano, que no pudo evitar dirigirse a su hija—. De entre mis asociados comerciales, he estado valorando las ofertas de excelentes familias, una de Plymouth y otra de Ámsterdam —Marcia agitó una mano y resopló, y a punto estuvo de hacerle perder el hilo de su discurso—, pero finalmente me he decidido por los Del Puerto, una respetable familia de tratantes de la Carrera de Indias. Cuentan con una pequeña flota mercante que opera entre Veracruz, La Habana y Sevilla y ahora tienen intención de abrir un despacho comercial en las Azores.

—¿Una...



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