Alejandre | Las islas de Poniente | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 545 Seiten

Alejandre Las islas de Poniente


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17683-33-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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ISBN: 978-84-17683-33-7
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Año 1595. Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de la Corona. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, se enrola, para escapar a su condena, en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un fanático que, iluminado por una visión, elabora una lista de los que habrán de sobrevivir a la travesía; una osada mujer de oscuros antecedentes capaz de venderse por salvar a su marido y toda una tripulación de soldados fanfarrones y crédulos marineros, oficiales ambiciosos, descaradas busconas y varias familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos. Las islas de Poniente es una apasionante novela de viajes y descubrimientos -entre ellos, el del continente australiano-, pero también una historia marcada por las traiciones, los crímenes y las aventuras de un puñado de expedicionarios que, expuestos a todo tipo de penurias y dificultades, luchan por el poder, el amor o la mera supervivencia.

Julio Alejandre nació en Madrid, donde estudió Magisterio y más tarde Pedagogía. Después de unos años dedicado a la enseñanza, se marchó a Centroamérica para trabajar como cooperante con refugiados de guerra, y allí permaneció más de una década. En la actualidad reside en Extremadura y forma parte de un equipo de Orientación Psicoeducativa. Ha obtenido premios literarios en certámenes nacionales e internacionales, y ha publicado los libros Héroes, tumbas y libros perdidos, Seis mil lunas y Reporte de una boda y un entierro, y es autor del blog 'La otra literatura'.
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1


Los hechos de la vida, bien que regidos por Nuestro Señor desde los cielos, para nosotros los mortales, que los vemos y padecemos en la Tierra, se asemejan en su desarrollo y concatenación a la tela que fabrican las arañas, con hilos tan leves e invisibles que no se siente su peso ni se sospecha su existencia hasta que estamos presos en ella, sin posibilidad ni manera de escapar. Pareciera, pues, que la suerte de cada cual no se forja golpe a golpe, como consecuencia de los actos y decisiones presentes y pasadas, sino que hilo a hilo es tejida por una caprichosa providencia desde el mismo momento en que nacemos.

Siendo así, para hallar el cabo de la madeja de mi destino habría de remontarme a un día, ya lejano, del año setenta y tantos, cuando el siglo andaba más que maduro.

Fue mi madre Luisa Huillac, hija de una de las damas de compañía de la princesa Cuxirimay y de un soldado de las huestes de Francisco Pizarro, a quien le fue entregada como botín de guerra en reparación, al parecer, por unas joyas de hermosa filigrana y mucha pedrería que mi abuelo había obtenido en el expolio de un palacio, y que el conquistador le requisó para enviarlas como presente personal al emperador don Carlos. Pese al origen tan arbitrario de tal unión y a lo poco que duró, pues mi abuelo casó después con una dama de blanca piel y rancio abolengo, mi madre juntó en su persona todos los dones de ambas razas, nobleza y bondad, encanto, ligereza, valor y resistencia, y una belleza que es difícil encontrar ni en una tierra ni en la otra, por lo que mi padre se enamoró de ella y la mimó y adoró hasta que el buen Dios tuvo a bien llamarla a su lado.

Diego Torres, mi padre, fue de los llegados de Castilla después de la primera conquista, cuando ya estaba hecha la ocupación, como soldado para pacificar el Perú después del alzamiento de Gonzalo Pizarro. Al terminar aquel periodo de guerras civiles y revueltas, mi señor padre dejó la pica y el arcabuz, asentó la cabeza y, aunque nunca tuvo ni recibió encomienda, consiguió licencia para establecer hacienda en el valle de Zaña, donde fundó familia junto a mi madre y salió adelante con ella, pues era hombre esforzado, diligente e ingenioso.

Así pues, si bien legítimo e inscrito como español, soy lo que en estas tierras llaman castizo, o cuarterón, término que anuncia el cuarto de sangre india que corre por mis venas. Lejos de amilanarme, yo siempre me he enorgullecido de mi linaje y jamás he hecho mayor cosa por ocultarlo, pero es bien sabido que en este Nuevo Mundo la mezcla de las sangres, y aun la proporción de dicha mezcla, es estigma que lo persigue a uno desde la cuna hasta la tumba, y, por más que se pretenda ignorar, tiene su inevitable peso, como más adelante se verá, en el devenir de nuestras vidas.

Fue mi infancia más feliz que desdichada, como el rapaz díscolo y asilvestrado que dicen que fui, siempre corriendo por la hacienda, ideando travesuras, escurriéndoles el bulto a las faenas más ingratas y sin más infortunio que la muerte de mi madre cuando apenas contaba los doce años de edad.

Mas cuando llegué a mozo, y siendo yo el último de cinco hijos y sin posibilidad ninguna de heredar, mi padre me dio a elegir entre las dos opciones que a su recto entender más provecho me reportarían: la religión o el estudio, excusando aquella que, por mi edad y carácter, más me atraía, es decir, la carrera de las armas, por ser, según me explicó, en extremo dificultosa e ingrata.

Pese a la contrariedad de tener que renunciar a la gloria de las hazañas militares, que tan extendida estaba entre los jóvenes, sin dudarlo opté por los estudios, pues nunca he sido muy apegado a los asuntos de la Iglesia. Provisto de muchos consejos, de un ramillete de cartas y recomendaciones y de una cantidad justa pero suficiente de dinero para vivir sin estrecheces, pronto marché a la Ciudad de los Reyes, en la que pasé varios años dedicado a ellos, o al menos conviviendo con ellos. Cursé primero las materias fundamentales de gramática, arte, filosofía, teología y latín, y con una parte de suerte, otra de diplomacia y no poca picardía obtuve la carta de bachiller, que era requisito imprescindible para acceder a los estudios de medicina en la Real y Pontificia Universidad de San Marcos de Lima.

Durante tres años asistí, bien que con cierta intermitencia, a las lecciones de las cátedras de Vísperas y de Prima, donde se enseñaban los Tratados Hipocráticos, la Doctrina de Galeno y el Canon de Avicena, conocimientos que, si interesantes y valiosos para un futuro cirujano, resultaban difíciles de conciliar con la vida desordenada de estudiante en la capital del virreinato. Para un joven alocado y ávido de nuevas experiencias como yo, no era fácil sustraerse al ambiente de bribonería, pendencias y burladores que por doquier me rodeaba, ni renunciar a las mujeres de partido que llenaban sus atestadas calles, ni al riesgo y la emoción de conquistar a las damas más recogidas o a doncellas casaderas.

En una ocasión, y a cuenta de un amorío pasajero con una señora de alta cuna aunque liviana condición, vime obligado, por no mancillar su nombre, a huir de noche y cruzar desnudo el río Rímac, hazaña que me valió unas fuertes tercianas que me tuvieron postrado durante dos meses en el interior de la iglesia de la Magdalena, acogido a sagrado, donde los buenos frailes me cuidaron y rescataron de la muerte.

A causa de esa aventura, enterose mi padre de mis descarríos y mala vida y me obligó a dejar la universidad y los excesos de la Ciudad de los Reyes para regresar al valle de Zaña y a la floreciente villa de Santiago de Miraflores.

El único provecho que saqué de aquellos días, y puedo decirlo ahora, con la sabiduría que da el tiempo y la perspectiva que ofrece la distancia, fueron las muchas jornadas de práctica de medicina que, como complemento a las lecciones teóricas, debíamos realizar en el hospital mayor de Santa Ana para naturales, donde visitamos a muchos y muy variados enfermos, aprendimos los síntomas de las dolencias y padecimientos y la aplicación de remedios y específicos.

Mi padre, si bien se enojó y me reprendió con dureza, no tardó en olvidar mis descalabros, me acogió con mucha benevolencia y se dedicó a buscarme una ocupación con la que pudiese tener provecho y ganarme honradamente la vida. Así, gracias a su reputación de hombre juicioso y a sus muchas amistades, consiguiome empleo de escribano con el propietario de un pequeño almacén en Cherrepe, el puerto de la villa, que hacía negocio con el abastecimiento y suministro de mercancías a los navíos que navegaban entre Chile, el Perú y la Nueva España.

Santiago de Miraflores, por su excelente ubicación en medio de las principales vías comerciales del virreinato, de la fertilidad de su tierra y los útiles sistemas de regadío que allí habían construido los indígenas, se estaba convirtiendo en una villa próspera, que atraía a muchos vecinos y hacendados de Truxillo y otras ciudades, como don Bartolomé Montes de Oca, mi patrón, que se dedicaba con mucho éxito al comercio de telas, cerámicas y, sobre todo, de los excelentes cordobanes que producían las numerosas tenerías que se habían establecido en el valle de Zaña.

Tenía mi patrón dos almacenes, uno en el propio puerto de Cherrepe, donde guardaba la mercadería que iba a ser embarcada, y otro dentro de su propiedad en la villa, en el que recibía el género y lo reservaba hasta que se decidía su destino. Y allí era donde yo pasaba la mayor parte del tiempo, dedicado a labores de escribanía. En un rincón bien iluminado que había arreglado como despacho anotaba largas relaciones de mercancías, precios, acarreos, fletes, barcos y nombres. Cuando se acercaba algún navío con el que don Bartolomé tenía contratado un flete, debía viajar al puerto para anotar las cantidades cargadas o descargadas, y supervisar que todo se hiciera según lo acordado. El trabajo me obligaba, por tanto, a recorrer con frecuencia las siete leguas que separaban la villa del puerto, para lo que mi padre habíame regalado un tordillo castrado de pequeña alzada pero andar muy cómodo.

Don Bartolomé, a pesar del gran amor que les profesaba a los doblones amarillos, era persona a la que disgustaban las rencillas que a veces surgían entre los contratistas y se holgaba de mantener buenas relaciones con todos ellos.

Por transigir y perder unos reales hoy solía decirme, ten la seguridad de que mañana ganaré el doble.

Y así se me pasaba el tiempo, entre días ajetreados y otros tan aburridos que, por entretenerme, me dedicaba a escribir cartas de amor a algunas mozas casaderas de la villa, a hacer vanos corrillos con otros jóvenes de mi edad e incluso ayudaba, algunas veces, a los mozos con la carga y descarga de la mercancía.

Poco sospechaba yo que con aquel fastidioso oficio la araña habría de poner un hilo tan sutil como primordial en mi destino, pues me hallaba un día ayudando a los mozos a amontonar unos fardos, cuando un criado me avisó de que don Melchor Navarrete, ricohombre de la villa y propietario del almacén más importante del puerto, preguntaba por su buen amigo Bartolomé. Dejé lo que estaba haciendo y salí afuera para atender al caballero, a quien no vi por parte alguna, pero frente al almacén se hallaba un birlocho tirado por dos caballos y ocupado por una joven algo menor que yo. Al verla quedé mudo de la impresión, pues era mujer de una belleza tan deslumbrante como no la había visto nunca, pese a que sus rasgos proclamaban su origen Navarrete. Mas estaban estos dispuestos con tal primor que, lo que en...



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