E-Book, Spanisch, 98 Seiten
Alfaro Los tristes pájaros del parque
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17269-83-8
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 98 Seiten
ISBN: 978-84-17269-83-8
Verlag: Ediciones Oblicuas
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Luis Alfaro Vega nació en Santa Bárbara de Heredia el 27 de abril de 1961 y es licenciado en Sociología. Ha publicado, entre otras, las siguientes obras: Poética de la muerte (Editorial Oro y Barro, 1998), Libo (Ediciones Colección Acosta, 2000), Cabálicas (Ediciones del Valle, 2006) y Luces y sombras de otro tiempo (Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense, 2009), y ha obtenido numerosas menciones en diversos certámenes.
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5. Variopinta fauna
No todas las aguas y los vientos recitan el mismo mensaje. Idéntico acontece con el ser humano: entre los policías hay desviaciones, gravedades, sosiegos y cansancios distintos. Cada uno de ellos funda un cosmos interior en el que se mueven respirando razones de disparejo oxígeno. Aunque se vistan con la misma huella de uniforme de ánimo de ejército, fondos de disímil tonalidad les patentiza el rostro y sus muecas. Algunos están más muertos que otros, o más vivos, o más anónimos, o más acumulados en el fiero recinto de la resignación, donde sufren perentorias angustias que no pueden esconder. Aunque, en la sencillez externa de personas con entrelazados vínculos, el mismo cielo inmóvil los cubra, e idéntica sarna los carcoma, en lo intestino muestran un amplio abanico de desequilibrios, itinerarios y subordinaciones.
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El panzón Remigio. Este hombre es un precario navío, adepto al misterio del sueño y hacia ese descampado fluye en cuanto se dispone a hacer guardia. Sin perder tiempo se sienta sobre la silla y cierra los ojos, en imperio de placidez dobla la cabeza hacia la derecha y antes de que la claraboya le caiga sobre el hombro, ya está dormido, desconectado del argumento carcelario, persiguiendo en su alucinación alguna nube de incógnito tramado a la que se aferra con gestos y sonoros ronquidos que extraen risas al entorno. ¡Dormido sobre su silla es como mejor vigila!
Cuando alguna contingencia externa amenaza, por ejemplo, el sorpresivo arribo de algún superior, sus compañeros lo remontan a codazos salvándolo del desaguisado. Tras el oportuno aviso, como una gacela, se pone en pie abriendo los ojos a más no poder y con la manga de la camisa se limpia disimuladamente la baba que ya le bajaba por la comisura de los labios.
Individuo de baja estatura, la panza le va creciendo con cada prolongado sueño sobre la silla desde donde se aplana. En la carcoma del olvido, que es lo que impera dentro de una prisión, su mayor preocupación es no ser importunado mientras se lanza al sueño. atina a decir con voz humedecida por la sombra de la celda, el preso-fisgón, que está siempre atento al flujo y reflujo del océano carcelario. , refiere nuevamente el desgraciado husmeador de pendencias ajenas. Y resultó una sentencia acatada por los demonios del infierno, o una profecía de nigromante clarividente, porque en menos de un año el panzón Remigio se apagó, el diagnóstico no daba lugar a dudas, células malignas le iban creciendo dentro del vientre, hasta el punto de no retorno, en que se le apagó la claridad de este mundo y fue lanzado a las tinieblas de un sitio ignoto en el que podrá dormir en la eterna virtud de una quieta modestia.
El astuto Anselmo. Este individuo tiene expuesto en todo el cuerpo el gusto por los hombres, y por eso cada vez que arriba un joven a la ciudad carcelaria, se ofrece a llevarlo a la habitación donde lo despojan de toda prenda y lo alistan y advierten para que cumpla con obediencia las irrestrictas normas . Cuanto más joven y apuesto sea el nuevo recluso, más denodados esfuerzos realiza el astuto Anselmo para que lo dejen solo mercadeando un buen trato en el futuro. … Cuando obtiene el premio mayor regresa a su sitio con un gesto de beneplácito que le dura hasta el siguiente día, en que de nuevo hurga entre sus afectos cuál le aportará el apetitoso peregrinaje que lo sature de señales de íntimo regocijo. Entre los reclusos es voz suelta que ese es su santo y seña, y por eso, a veces entre brumas, a veces entre ciénagas nocturnas, algunos se resignan a la aventura con tal de obtener un mejor plato de comida, o un pedazo de jabón.
En una ocasión arribó un jovencito de la distante frontera sur con carita de niño avergonzado que no quiere ser castigado por la desobediencia cometida. El astuto Anselmo divisó la oportunidad al primer gesto y encaminó sus aguas hacia la represa donde esperó que se formara una laguna para nadar a sus anchas. Ese día debía salir del penal tras un turno de varios días de jornada, pero negoció cubrir a un compañero un par de noches a cambio de un apretón de manos. Así logró quedarse para darle al incauto la bienvenida en la enfermería. Cuando el jovencito fue introducido a la celda asignada, traía el aspecto lúgubre de un condenado a muerte, manchones de sombra en el rostro le daban el aspecto de incubar la peste negra. Llegó y se acurrucó en un rincón ovillándose en un nudo doliente de catástrofe humana, con las manos se abrazó las largas piernas y hundió la melenuda cabeza entre las rodillas, no se movió más, dentro de su concha permaneció hasta que una burbuja luminiscente asomó por la alta ventanilla que da al este y que día a día da el pregón de un nuevo día de sometimiento. Con las semanas, el astuto Anselmo se fue ganando la confianza de un desgraciado que debía elegir entre ser carne fresca para una hambrienta jauría, o entregarse de cuerpo entero a un lobo solitario que le ofrendaba una relativa protección.
Pero el astuto Anselmo no se conformaba con una flor en su jardín, quería un campo pródigo de pétalos a su favor, trocando días de descanso con sus camaradas, que disimulaban no comprender por qué el beneficio siempre a su haber, y daban licencia al libidinoso para que seleccionara según sus apetitos. Una noche, en la premura de un ajetreo que por seguridad no debía durar muchos minutos, el astuto Anselmo dejó entreabierta la puerta de la enfermería y desde el rincón en que me encontraba pude distinguir una figura humana desvistiendo a otra, con agilidad de prestidigitador despojarlo de la ropa e inclinarse a soplar la flauta levantada, líneas humanas extraviadas intercambiando posiciones en penoso acto de marionetas que se esmeran por realizar con precisión el guion de una novela que se saben de memoria. El culmen del mensaje lo dieron aquellas dos figuras cuando una se unió a la otra por la espalda e inició con el cumplimiento de extraer quejumbrosas voces y grititos de un extraño placer o desahogo, pausados movimientos de una antiquísima realidad que mancha de pecado a los ejecutantes según la exégesis de las principales religiones. Por el rectangular espacio de la puerta cabían aquellas dos figuras en posición oblicua, sostenidas por cuatro manos que se apoyaban en la pared.
Terminado el tiempo podrido de una desmemoria, tornaba al ensombrecido ámbito carcelario, el agudo chirrido del portón, permitiendo el rápido ingreso a la celda del recluso que debió asistir a la enfermería para aliviar un súbito dolor de muela.
El astuto Anselmo, ejerciendo como guarda de seguridad de una apartada cárcel, estaba como rana en su charco, libre y leal al impulso de su sangre, hidalgo en sus fugas hacia una tentación que le torcía la voluntad, y por la que era capaz de sacrificar luminosos días y estrelladas noches.
El renco Antonio. Con un pie más distendido que el otro, este personaje proviene de allende las montañas, donde aprendió y ejerció el oficio de campesino, hasta que se desmoralizó por los vaivenes del mercado de productos agropecuarios y se inclinó por la seguridad de un salario mensual que, aunque modesto, es depositado con la puntualidad de la salida del sol en la cuenta con la que justifica el sostenimiento de su numerosa prole. Carece de formación académica y su enjundia es el radio transistor que carga como uno más de sus apéndices. El aparato de radio es su hijo chineado en cuanto llega a hacer guardia, con sus enormes manos de origen campesino lo acaricia como al lomo de un gato que a cada pasada de los dedos sobre el pelambre ronronea, y como un acuario que cultiva, está atento a cambiarle las baterías en cuanto las voces de la emisora seleccionada van apagando su decir. Es su forma de imbuirse en el sistema, de sumarse al oleaje del océano que a todos salpica por igual, su manera particular de alinearse para no desaparecer dentro del calabozo, el aporte que realiza para que el chirriar de los portones no sea el único latido que circula el aire atravesando muros, cuerpos y ardores. Ni un solo minuto de las horas que le corresponde hacer guardia enmudece al transistor, ni una sola señal venida de no se sabe dónde desperdicia como aporte y furtivo escape de la venenosa olla en la que se cuece.
Ese aparato es una víscera más de su cuerpo. No se despega de él ni para ir al baño, circunstancia que se hace evidente porque de súbito callan las voces de los locutores, y pasan a reinar las quedas lamentaciones que circulan como recursos invisibles de celda a celda. Con su pie más corto, o su pie más largo, según el punto de enfoque, regresa el radio del servicio sanitario y se instala de nuevo en la silla de vigilancia. Una diligente mano mueve una redonda perilla sintonizando emisoras una a una, hasta el final, y de regreso, en interminable vaivén hasta que es la hora de los programas deportivos, y entonces, sí, se fija una misma voz acortando las distancias entre lo que pasó en una cancha de fútbol y lo que razonan un grupo de fanáticos recluidos a ambos lados de las...




