Aliaga Girbés | El Apocalipsis de San Juan | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 368 Seiten

Reihe: Teología

Aliaga Girbés El Apocalipsis de San Juan

Lectura teológico-litúrgica
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9945-407-8
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Lectura teológico-litúrgica

E-Book, Spanisch, 368 Seiten

Reihe: Teología

ISBN: 978-84-9945-407-8
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



El Apocalipsis es uno de los libros bíblicos menos leídos y conocidos. Sin embargo, es un libro absolutamente central, sin el cual el mensaje bíblico quedaría notablemente mutilado, y plantea cuestiones muy actuales que ningún otro libro sacro presenta con tanta urgencia. Los desafíos y problemas de las siete iglesias de Asia presentados por Juan son muy parecidos a los que encontramos en nuestros días. Nuestra sociedad, como la de aquellas iglesias, es una sociedad rica y satisfecha, y parece no sentir la necesidad del Evangelio a pesar de las fuertes crisis económicas y sociales. También nosotros, como ellos, tenemos el problema de vivir en una ciudad ya no cristiana, en la que la elección de vivir la propia fe sin compromisos comporta un precio a pagar, a veces incluso muy alto: es un mundo que, habiendo conocido el Evangelio, le ha dado la espalda.

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Introducción


El Apocalipsis es uno de los libros bíblicos menos leídos y conocidos. Quizá sea esto bien por la dificultad de sus símbolos y códigos simbólicos, bien por la dureza de sus imágenes y de sus enseñanzas e incluso porque plantea cuestiones muy actuales que ningún otro libro sacro hace con tanta urgencia. Sin embargo, es este uno de los libros centrales, sin el que el mensaje bíblico quedaría notablemente mutilado.

A medida que iba entrando en el estudio y constataba que mi ánimo no decaía, asomó en mí la idea de la posibilidad de brindar el fruto de mis estudios sobre el Apocalipsis al no pequeño grupo de alumnos con quienes he compartido tantos años de docencia y estima mutua en la Facultad de Teología de Valencia. El abanico de destinatarios no podía quedar circunscrito al área académica estricta y, muy pronto, se me presentó también el amplio número de personas con quienes había gozado no poco en encuentros, ejercicios y retiros. Estos son conocedores de mi trayectoria de estudios en el terreno teológico-litúrgico y echarán a buen recaudo mis subrayados. Son otros más los que se interesan en sus vidas por la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, es decir, todos los posibles lectores de mis reflexiones, sobre todo cristianos.

Embarcado en esta aventura, después de reposar mis lecturas y estudios, pensé que podían tener el eco deseado y apetecido en la línea que apunto. No se trata de redactar un ensayo científico; más bien, mi trabajo se inscribe en la línea de una lectura teológico-litúrgica seria, sin excesivas incursiones filológicas sobre el texto, que podrían apartarnos del objetivo deseado.

Ante todo, hay que hacer una observación: aunque no aparece nunca el nombre de Juan ni en el cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas al apóstol, el Apocalipsis hace referencia a su nombre en cuatro ocasiones (cf. 1,1.4.9; 22,8).

Por una parte, es evidente que el autor no tenía ningún motivo para silenciar su nombre y, por otra, que sabía que sus primeros lectores podían identificarle con precisión. Sabemos, además, que ya en el siglo III los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis.

Por este motivo, podremos llamarle también «el Vidente de Patmos», pues su figura está ligada al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado «por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (Ap 1,9).

Precisamente en Patmos, caído «en éxtasis el día del Señor» (1,10), tuvo Juan visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que tendrán no poca influencia en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, «Apocalipsis» (= «Revelación»), proceden en nuestro lenguaje las palabras «apocalipsis» y «apocalíptico», que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe que está por llegar.

El libro tiene que comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), que tuvieron que enfrentarse a grandes dificultades –persecuciones y tensiones incluso internas– por su testimonio de Cristo a finales del siglo I. Juan se dirige en su libro a cada una de ellas, mostrando una profunda sensibilidad pastoral con los cristianos perseguidos, a quienes les exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el imponente mundo pagano. En definitiva, su objetivo consistía en descubrir el sentido de la historia humana a partir de la muerte y resurrección de Cristo.

Apoyándome en las obras de Ugo Vanni La struttura literaria del’Apocalisse y la más reciente Dal Quarto Vangelo all’Apocalisse, puedo señalarlas casi como si se trataran de un «coautor» de mi libro, pero procurando evitar cuestiones que podríamos calificar de demasiado escolásticas. El objetivo que yo me planteo es más bien de alta divulgación, porque abundo en mi convencimiento personal, cada vez mayor, de que el Apocalipsis es un libro que hay que leer más en la calle que en las aulas universitarias.

Los desafíos presentados por Juan –frente a los que se encuentran las siete Iglesias de Asia– son muy parecidos a los que ahora encontramos en nuestros ambientes, y sus problemas son casi como los de nuestros días. Nuestra sociedad, como la de aquellas Iglesias, es una sociedad rica y satisfecha, que parece no sentir necesidad del Evangelio, a pesar de las fuertes crisis económicas y sociales. También nosotros, como ellos, tenemos el problema de vivir en una sociedad ya postcristiana, donde la elección de vivir la propia fe sin compromisos comporta un precio que hay que pagar, y a veces incluso a un precio muy alto.

También es el nuestro un mundo apocalíptico, no en el sentido de que el fin del mundo esté más próximo ahora que en el tiempo del emperador Domiciano, sino en el de que –como ocurría en la sociedad romana– los puntos de tensión hoy existentes están tan corrompidos que la situación parece que va a estallar de un momento a otro. Igual que en el Imperio romano, se advierte también en nuestro Occidente europeo un molesto sentido de declive y de decadencia1. Se aprecia la presión de los «bárbaros» como si estuvieran en la misma puerta; se empieza a comprender que el mundo está entrando ya en el ocaso y se advierte la angustia de que con ello llega también el declive de nuestra cultura. Al igual que la sociedad romana, nuestra sociedad parece estar a la espera de un paradigma que vuelva a redefinir las condiciones y el estilo del coexistir social2.

También nosotros, como Juan, vemos cómo va surgiendo ante nosotros, con todo su aspecto terrible, la «Bestia», la manifestación del Dragón, que era entonces para el Vidente de Patmos identificable con el Imperio romano. Sin embargo, para nosotros es una realidad mucho más sutil y más difícilmente reconocible. No es una entelequia política, sino una concepción de la vida, un imperio cultural, un poder persuasivo que es, en parte, una ideología de mercado sin reglas, donde el hombre desaparece entre los engranajes de la economía, y, en parte, llega a ser una ideología relativista muy útil en este imperio del mercado.

En honor a la brevedad, me refiero a lo largo de todo mi estudio a todo esto llamándolo «el Imperio», pero quede claro que –si bien algunos partidos políticos y movimientos están más comprometidos que otros en el entendimiento imperial– sería un error referirse a esta realidad como si fuese solo y simplemente una acción política.

En efecto, las visiones del Apocalipsis se emplazan en un mapa bastante más alto que el de nuestro quehacer político: están o se sitúan sobre un plano espiritual, el de los principios, allí donde las opciones políticas toman forma.

Hay que reconocer que no estamos inmunes ante la propaganda «imperial»: descubrimos diseños de su influencia hasta en la misma Iglesia, que amamos, y en nosotros mismos. Aturdido y confuso, me ha asaltado en ocasiones esta pregunta: ¿quién podrá resistir a la «Bestia»? Incluso cuando he ido progresando en la lectura de algunos capítulos de esta obra de Juan, se me ha puesto de manifiesto que si, por una parte, el libro nos va descubriendo la fuerza del «Imperio» y su naturaleza perversa y malvada, y en definitiva antidivina, por otra, y al mismo tiempo, nos ofrece estrategias para resistir a su influencia, nos libera de la sugestión de su propaganda ofreciéndonos las armas de una resistencia interior que nos abre paso a la verdadera esperanza.

Al final de este camino, se va comprendiendo cómo todo el Apocalipsis –no obstante la dureza de sus imágenes y la intransigencia de sus instancias– es, en definitiva, un camino de satisfacción y gozo que concluye con el advenimiento de la «ciudad de Dios», la nueva Jerusalén, el lugar en el que Dios y los hombres pueden convivir juntos. En verdad es un itinerario de conquista bien trabajado, dado que, al final, la Iglesia –y quizá la misma humanidad entera– llegará a identificarse con la misma esposa del Cordero, como el lugar de una verdadera intimidad con Dios, de forma que podamos realizar nuestro anhelo y consumar toda nuestra esperanza, ya que nos hace comprender que, no obstante las aparentes fuerzas contrarias, en realidad el Imperio tiene sus días contados.

Por este motivo, el Apocalipsis de Juan –si bien está lleno de continuas referencias a sufrimientos, tribulaciones y llantos, la cara oscura de la historia– presenta, al mismo tiempo, frecuentes cantos de alabanza que –por así decirlo– representan la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, en él se habla de una muchedumbre inmensa que canta a gritos: «¡Aleluya!», porque el Señor, nuestro Dios Todopoderoso, ya ha establecido su reinado. «Alegrémonos, pues, y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa se ha engalanado» (Ap 19,6-7). Nos encontramos, por tanto, ante la típica paradoja cristiana según la cual el sufrimiento nunca se nos manifiesta como la última palabra, sino que lo vemos como un momento de paso hacia la felicidad, que ya está impregnándose misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.

La constatación de la primera y fundamental visión de Juan nos invita a hacer estas reflexiones que atañen a la figura del Cordero,...



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