E-Book, Spanisch, Band 170, 400 Seiten
Reihe: Narrativa
Alonso Pisto a la bilbaína
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19615-87-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 170, 400 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-19615-87-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
José Francisco Alonso. Bilbao (1968). Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Deusto. Trabaja, igual que su protagonista, Loizaga, como profesor de Filosofía, en este caso en la ciudad de Valladolid. Pisto a la bilbaína (editada originalmente en 2022) es la segunda entrega de la serie Loizaga. La primera, Milhojas de jamón, también será reeditada próximamente por Alrevés.
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6
Caminaron en dirección a la calle del Perro, donde habían quedado con Loizaga para cenar unos pintxos mientras bebían unos vinos. O para beber unos vinos mientras cenaban unos pintxos. Anochecía en Bilbao. Llovía a intervalos, ahora sí, ahora casi también. La Gran Vía estaba atestada de personas con bolsas saliendo y entrando de las tiendas. Como si los chinos hubiesen anunciado en el telediario de las tres que se negaban a coser ni un puto botón más, y que de ahora en adelante cada cual tendría que fabricarse sus propias ropas.
Román Escudero daba las últimas órdenes al marido: «Eres un amigo del pueblo de visita al Guggenheim, ni hablar de dinero, vino sí, cerveza no, y nunca, nunca mientas a sus preguntas». Eugenio asentía con la cabeza a cada una de las consignas. En el Casco Viejo también había mucha gente, pero con el noble propósito de beber, que siempre fue más sano que comprar.
Cuando entraron por la puerta del primer bar, Loizaga, puntual siempre, ya estaba con el codo sosteniendo la barra. Tras las presentaciones, el amigo del pueblo pidió una cerveza, sin alcohol, a lo que Loizaga giró la cabeza para mirarlo como se mira a quien desconoce las costumbres locales. El buen hombre se justificó diciendo que estaba tomando medicación.
—¿Comer podrás? —le soltó Loizaga.
—Por supuesto.
—Pues anda, mira por la barra y pide.
El amigo del pueblo eligió una tosta de cecina y rúcula sobre un pan de cereales untado de mostaza de Dijon, con unas gotas de aceite de oliva virgen. Román se decantó por unas láminas de bacalao al pilpil encima de un pan de centeno adornado con unos hilos de puerro frito. Para Loizaga, de atún en pan blanco con verduras al wok, salsa de soja y ralladura de lima y jengibre.
Nadie habló nada mientras daban cuenta de los pintxos. Comer, pensó Loizaga, era de las pocas cosas que uno puede hacer con desconocidos sin sentirse extraño, molesto o violento. A grandes rasgos, no paseas con extraños, no te agrada comprar con desconocidos, vas a mear solo o con compañía de confianza. ¿Por qué puedes comer y beber en un bar cerca de cualquiera, hombro con hombro? En ese momento, poco te importa si quien está a tu lado es un maltratador, un defraudador de impuestos, un pervertido sexual, un intelectual o un aficionado al fútbol que no sea del Athletic. ¿Qué más da?, uno come que come, bebe que bebe. ¿Será que el gusto humaniza?
Masticado el último pedazo, el marido le preguntó a Loizaga a qué se dedicaba.
—Doy clases en el instituto.
—¿Maestro de 2?
—De adolescentes más bien.
Eugenio lanzó una rápida mirada a Román, como diciendo: «Qué cojones de profesional de los secuestros es este. Tengo a mi mujer amenazada de muerte y tú me mandas a tomar unos vinos con un mísero profesor de instituto, que seguro que es hasta buena persona, pero no me jodas, ¡un profesor de instituto!».
Todo eso dijo con una sola mirada.
A lo que Román respondió con un asentimiento de cabeza.
—¿Y de qué das clases? Si puede saberse.
—De Filosofía.
—¿Filosofía pura?
—Pura y virgen.
Eugenio entornó los ojos al cielo. No podía creérselo. ¡Un filósofo! Vaya mierda de profesional de los secuestros que me recomienda todo un oficial de la Ertzaintza. ¡Pero si los filósofos no saben dónde tienen puesta la cabeza!
—¿Algún problema? —preguntó Loizaga.
—No, ninguno. Nunca se me dio bien la Filosofía.
—Ya lo suponía. ¿Otro vino?
Asintieron.
Ahora tenían la arriesgada misión de atravesar una calle repleta de bilbaínos bebiendo, adentrarse en un bar situado justo enfrente y, buscándose un sitio mínimo en la barra, pedir tres vinos que aliviasen el esfuerzo.
Tartar de salmón con aguacate, reducción de vinagre de Módena, semillas de amapola y eneldo. Txipirón a la plancha con cebolla morada confitada y gotas de salsa negra. Pimiento del piquillo relleno de carrillera de ternera y tapón de puré de patata.
—¡Hombre, Loizaga! ¿Cómo por aquí? —gritó alguien.
—Ya ves, tomando unos vinos.
—¡Camarero! ¡No dejes que el señor Loizaga pague nada en este bar mientras esté yo! —Y luego al oído de los presentes—. No sé cómo agradecerte el asunto del chaval.
—No hace falta. Con tu amistad me doy por bien pagado, Sarriegi. Los vinos ya están hechos.
—Pues otra ronda. ¡Camarero, ponles otra ronda a estos señores! De mi parte.
Era un hombre inmenso, alto, ancho como pocos, de los que dan la impresión de no necesitar ayuda de nadie en este mundo. El hombre colocó su enorme brazo alrededor del cuello del profesor de Filosofía, agachó la cabeza y mirándolo a los ojos, a escasos diez centímetros de distancia, le dijo en voz baja y profunda.
—Loizaga, para lo que quieras.
—De acuerdo.
—A pasar buena noche, cuadrilla.
—, Sarriegi.
Y se despidió con una sonora palmada en la espalda del profesor.
Eugenio de Labastida no dijo nada, aunque se le notó en la expresión que a él nadie jamás lo había agarrado del cuello, mirado a los ojos y hablado profundo. El señor ingeniero debía estar acostumbrado a relacionarse con la gente mediante un contrato firmado y una cantidad de dinero a cambio. De todos modos, no sabía qué era mejor, si lo uno o lo otro. Estaba más bien perplejo, cuando cambiaron de bar.
Otra parroquia. Queso mozzarella pelín caliente con tomates secos rehidratados, puré de aceituna negra y aceite de albahaca fresca. Alcachofas rellenas de jamón ibérico rebozadas con polvo de maíz tostado. Codorniz escabechada con chutney de manzana, hinojo y romero coronado con germinados de ajo.
Entonces, sin venir a cuento, Loizaga preguntó por el asunto del secuestro, a lo que Román respondió que nada más se supo, que el marido rechazó la colaboración de la Ertzaintza.
—Hace mal —afirmó Loizaga.
—¿Quién? —preguntó Eugenio.
—El marido. Llamar a la policía en un caso de secuestro siempre es un buen método para librarte de tu esposa.
Nadie se rio.
Era una broma para desencantados del amor, traicionados, engañados, pero en aquella calle atestada de bilbaínos compadreando alegremente, se conoce que Loizaga era su único militante. De repente se dio cuenta de que el personal hacía algo más que comer y beber. Relacionarse. Se hallaba en medio de una batalla de miradas cruzadas, risitas e insinuaciones, rodeado de gente que se disfrazaba de lo que no era: simpática, generosa, dispuesta, buscando un amor para siempre, aunque solo durase una noche.
Eugenio volvió a mirar el móvil. Tenía una llamada.
Sin decir nada, se alejó unos metros.
Al minuto, regresó.
—Entonces ¿la entrega del dinero salió mal? —dejó caer Loizaga.
—Un auténtico fracaso —respondió Román.
—Y de los secuestradores, ¿hay noticias?
—Ninguna. No se han vuelto a poner en contacto con el marido.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Loizaga—. ¿No dices que el marido no colabora? Quizá la mujer ya está en casa, liberada.
—No creo —murmuró Román.
—¿Por qué?
El silencio resultó de lo más hablador.
Sin quererlo, ambos, marido y policía, giraron esquivamente sus cabezas, como si fuesen imanes en la distancia exacta de repelerse. ¿Un secuestro?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿quién?, ¿cuándo dejará de llover?, ¿he tirado hoy la basura?, ¿un plan para acabar con el hambre en el mundo? Solo les faltó silbar.
—¿Y si se lo preguntamos al marido? —comentó Loizaga mientras se giraba hacia Eugenio—. ¿Se han vuelto a poner los secuestradores en contacto contigo?
Entonces Eugenio de Labastida, que estaba bebiendo su cerveza sin alcohol, se atragantó. Fue una especie de hipo repentino, como si el líquido hubiese tomado otro camino en su cuerpo. Después del mal trago, miró al ertzaina en busca de ayuda, la rojez de su cara era una confesión firmada. Román le hizo un gesto de «respóndele», pero el hombre seguía confundido, miraba a Loizaga como si fuese un extraterrestre.
—Cuando yo digo que las bebidas sin alcohol son malas para la salud… —sentenció el profesor.
El ingeniero se colocó el cuello de la camisa en un tic que posiblemente usase para sentirse seguro.
—Pero ¿cómo sabes qué…? —preguntó.
—Por Dios. Sé que nadie venido de Valladolid llamaría a los niños. Sé que solo un marido preocupado tomaría cervezas sin alcohol para no irse de la lengua. Y, sobre todo…, sobre todo, conozco a los amigos de Román. Espero que no suene mal, pero no pareces su amigo. Insisto, ¿se han puesto los secuestradores en contacto contigo…, quizás hace cinco minutos?
Román esperaba una pronta contestación. Hasta ese preciso instante se tenía por el hombre más informado del bar en asuntos de secuestros a las mujeres de los ingenieros.
—Acabo de recibir una llamada —confirmó el marido.
—Yo no sabía nada —se justificó el ertzaina.
—Lleva toda la noche mirando el móvil y poniendo cara triste. Hasta hace un minuto que sonrió. ¿Qué puede hacer sonreír a un marido que tiene a la mujer secuestrada?
—Los secuestradores me han dado unas claves y me dicen que…
—Un momento —lo interrumpió Loizaga—. ¿Puede esperar a mañana?
—Sí. Tengo tres días de plazo —respondió el marido.
—¿Qué piden?
—Dinero.
—¿Y lo tienes?
—Todo.
—Entonces, mañana hablamos. No sé tú, pero yo estoy tomando unos vinos con unos...




