Altamirano / López-Labourdette | El Zarco | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 306, 152 Seiten

Reihe: Narrativa

Altamirano / López-Labourdette El Zarco


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9007-114-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 306, 152 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9007-114-4
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El Zarco es una pieza particular y olvidada de la literatura mexicana. Escrita entre 1874 y 1888 por Manuel Altamirano, activista cultural y figura crucial en el proyecto de Modernidad en su país, la novela no fue publicada hasta después de la muerte de su autor y aún hoy permanece injustamente en la sombra del Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi y Clemencia, novela anterior del propio Altamirano. El Zarco narra la trágica pasión de Manuela por el sangriento bandido que da título a la novela. Saqueos, asesinatos y venganzas dan tanto color al relato como el desenfreno, el erotismo y las obscenidades del populacho indisciplinado e incontrolable, encarnado en los bandidos. Del otro lado de los bárbaros y de la inapropiada pasión está la virtud y el amor entre el indio abnegado y honesto, convertido en obrero, y Pilar, la joven mestiza, dócil y respetuosa del orden social. Pero bajo las lágrimas y los abrazos, los paisajes sublimes y los desvaríos pasionales se esconde una sugestiva puesta en escena de lo nacional, de sus ideales de ciudadanía y de su pedagógica civilizatoria. Sugestiva porque, aun habiendo desaparecido el cuadro cultural que la novela evoca y aun habiendo sido superada la estética romántica a la que el texto es fiel, en sus páginas se articulan interrogantes y motivos sumamente actuales. El mal gobierno, la ubicuidad del robo, el terror justiciero, las autoridades inoperantes y la frágil infraestructura del Estado que caracterizaban a ese México que Altamirano retrata, parecieran no solo no haber desaparecido, sino incluso estar aflorando con mayor dureza en nuestros tiempos. Tampoco se han desvanecido las tensiones y los conflictos raciales, sociales y de género inscritos en este rico relato de uno de los tantos proyectos civilizatorios latinoamericanos, que buscaban defender y fomentar ciertos sujetos, ciertos cuerpos y ciertas relaciones entre ellos, en detrimento de otros, excluidos, invisibilizados y silenciados.

Ignacio Manuel Altamirano (Tixtla, Guerrero, México, 1834-San Remo, Italia, 1893). México. Altamirano nació en Tixtla, Guerrero, en una familia indígena; en 1848 su padre fue nombrado alcalde de Tixtla, lo cual dio a Ignacio Manuel, quien tenía catorce años, la oportunidad de ir a la escuela. Hizo sus primeros estudios en el Instituto Literario de Toluca, y se graduó en derecho en el Colegio de San Juan de Letrán. Defensor del liberalismo, participó en la revolución de Ayutla en 1854 contra el santanismo, más tarde en la guerra de Reforma y combatió contra la invasión francesa. Tras este periodo de conflictos, Altamirano se dedicó a la docencia, trabajó como maestro en la Escuela Nacional Preparatoria, en la Escuela Superior de Comercio y Administración y en la Escuela Nacional de Maestros. Altamirano fundó el Correo de México, la revista literaria El Renacimiento, El Federalista, La Tribuna y La República. Fue diputado en el Congreso de la Unión en tres períodos, y allí abogó por la instrucción primaria gratuita, laica y obligatoria. Fue también procurador General de la República, fiscal, magistrado y presidente de la Suprema Corte, así como oficial mayor del Ministerio de Fomento. También trabajó en el servicio diplomático mexicano, como cónsul en Barcelona y París. En 1870 fue iniciado en la masonería y alcanzó el grado 33 en 1879. Altamirano murió en Italia en 1893, en una misión diplomática.
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IV. NICOLÁS


Quien hubiera oído hablar a Manuela en tono tan despreciativo, como lo había hecho, del herrero de Atlihuayán, se habría podido figurar que era un monstruo, un espantajo repugnante que no debiese inspirar más que susto o repulsión.

Pues bien: se habría engañado. El hombre que después de atravesar las piezas de habitación de la casa, penetró hasta el patio en que hemos oído la conversación de la señora mayor y de las dos niñas, era un joven trigueño, con el tipo indígena bien marcado, pero de cuerpo alto y esbelto, de formas hercúleas, bien proporcionado y cuya fisonomía inteligente y benévola predisponía desde luego en su favor. Los ojos negros y dulces, su nariz aguileña, su boca grande, provista de una dentadura blanca y brillante, sus labios gruesos, que sombreaba apenas una barba naciente y escasa, daban a su aspecto algo de melancólico, pero de fuerte y varonil al mismo tiempo. Se conocía que era un indio, pero no un indio abyecto y servil, sino un hombre culto, embellecido por el trabajo y que tenía la conciencia de su fuerza y de su valer. Estaba vestido no como todos los dependientes de las haciendas azucareras, con chaqueta de dril de color claro, sino con una especie de blusa de lanilla azul como los marineros, ceñida a la cintura con un ancho cinturón de cuero, lleno de cartuchos de rifle, porque en ese tiempo todo el mundo tenía que andar armado y apercibido para la defensa; además, traía calzoneras con botones oscuros, botas fuertes, y se cubría con un sombrero de fieltro gris de anchas alas, pero sin ningún adorno de plata. Se conocía, en fin, que de propósito intentaba diferenciarse, en el modo de arreglar su traje, de los bandidos que hacían ostentación exagerada de adornos de plata en sus vestidos, y especialmente en sus sombreros, los que les había valido el nombre con que se conocían en toda la República.

Nicolás acostumbraba, en sus visitas diarias a la familia de Manuela, dejar su caballo y sus armas en una casa contigua, para partir luego que cerraba la noche a la hacienda de Atlihuayán, distante menos de una milla de Yautepec. Después de los saludos de costumbre, Nicolás fue a sentarse junto a la señora en otro banco rústico, y notando que a los pies de Manuela estaban regadas en desorden las rosas que esta había desprendido de sus cabellos, le preguntó:

—Manuelita, ¿por qué ha tirado usted tantas flores?

—Estaba yo haciendo un ramillete —respondió secamente Manuela—, pero me fastidié y las he arrojado.

—¡Y tan lindas! —dijo Nicolás inclinándose para recoger algunas, lo que Manuelita vio hacer con marcado disgusto—. ¡Usted siempre descontenta! —añadió tristemente.

—¡Pobre de mi hija! Mientras estemos en Yautepec y encerradas —dijo la madre— no podemos tener un momento de gusto.

—Tiene usted razón —replicó Nicolás— ¿Y su hermano de usted ha escrito?

—Nada, ni una carta; no hemos tenido ni razón de él. Ya me desespero... Y ¿qué nuevas noticias nos trae usted ahora, Nicolás?

—Ya sabe usted, señora —dijo Nicolás con aire sombrío—, las de siempre..., plagios, asaltos, crímenes por donde quiera, no hay otra cosa. Antier se llevaron los plateados de Xochimancas al purgador de la hacienda de San Carlos. Ayer, en la mañana, se llevó otra partida al ayudante de campo, que había salido a la tranca de la hacienda nada más; después mataron a unos arrieros que iban de Cocoyac al camino de México.

—¡Misericordia de Dios! —exclamó la señora—; si no es posible vivir ya en este rumbo. Si estoy desesperada y no sé cómo salir de aquí...

—A propósito —continuó Nicolás—; si usted insiste, señora, en su deseo de irse a México, y ya que ha rehusado usted mis servicios para acompañarla, pronto se le ofrecerá a usted oportunidad.

—¿Sí? ¿Cómo? —preguntó con ansiedad la señora.

—Hemos sabido que debía haber llegado aquí esta mañana una fuerza de caballería del gobierno, porque salió de Cuernavaca con esta dirección ayer en la tarde, y durmió en Xiutepec; pero al amanecer recibió orden de ir a perseguir a una partida de bandidos que en la misma noche asaltó a una familia rica extranjera, que se dirigía a Acapulco, acompañada de algunos mozos armados. Parece que, precisamente para ver si escapaba de los ladrones, esa familia salió de Cuernavaca ya de noche y caminaba aprisa para llegar hoy temprano a Puente de Ixtla o San Gabriel. Pero cerca de Alpuyeca la estaba esperando una partida de plateados. Los extranjeros que iban con la familia se defendieron, pero los mozos hicieron traición y se pasaron con los bandidos, de modo que los pobres extranjeros quedaron allí muertos con su familia, que también pereció.

—¡Jesús!, ¡qué horror! —exclamaron la señora y Pilar, mientras que Manuela palideció ligeramente y se puso pensativa.

—Parece que fue una cosa espantosísima —continuó Nicolás— Allí amanecieron tirados los cadáveres, nomás los cadáveres, porque los bandidos se llevaron, naturalmente, los equipajes, las mulas, los caballos y todo. La noticia llegó a Cuernavaca muy temprano, los vecinos de Apuyeca trajeron después en camillas a los muertos, entre los que había niños. Ahí tienen ustedes el porqué la fuerza del gobierno, que venía para acá, recibió orden de dirigirse, en combinación con otra que salió de Cuernavaca, en persecución de los bandidos.

—¿Y los cogerán? ¿Usted cree que los cogerán? —preguntó la señora.

—No —respondió con intensa amargura el honrado joven—, no cogerán a nadie. Son pocos en comparación de los plateados, que deben haberse refugiado en Xochimancas. Solamente allí tienen más de quinientos hombres, bien montados y armados, sin contar con las muchas partidas que andan en todos los caminos. Además, ya estamos acostumbrados a estos vanos alardes. Cuando se comete un robo de consideración o se asalta a personas distinguidas, se hace escándalo; el gobierno de México manda órdenes terribles a las autoridades de por aquí; estas ponen en movimiento sus pequeñas fuerzas, en que hay muchos cómplices de los bandidos y que les dan aviso oportunamente. Se hace ruido una semana o dos y todo acaba allí. Entretanto, nadie hace caso de los robos, de los asaltos, de los asesinatos que se cometen diariamente en todo el rumbo, porque las víctimas son infelices que no tienen nombre, ni nada que llame la atención.

—¡Ay Dios, Nicolás —dijo con interés la señora—, y usted que se arriesga todas las tardes para venir de Atlihuayán, solo por vernos! Yo le ruego a usted que no lo haga ya.

—¡Ah!, no, señora —respondió Nicolás sonriendo tranquilamente—; en cuanto a mí, pierda usted cuidado. Yo soy pobre, nada tienen que robarme. Además, la distancia de Atlihuayán a acá es muy corta, nada arriesgo verdaderamente con venir.

—¡Cómo no ha de arriesgar usted! —repuso la señora—; en primer lugar, aunque usted es pobre, se sabe que es usted un artesano honrado y económico, que es el maestro de la herrería de Atlihuayán, y deben suponer que tiene usted algo guardado; luego, aunque no fuera más que porque monta usted buenos caballos y porque tiene buenas armas...

—¡Oh, señora! —exclamó riendo Nicolás—, por lo que yo puedo tener guardado no vale la pena de que me ataquen esos señores; porque ellos se arriesgan por mayores intereses. Por otra parte, saben muy bien que yo no me dejaría plagiar. No es eso fanfarronada, pero la verdad es, señora, que vale más morir de una vez que sufrir las mil muertes que tienen los plagiados. Ya habrá usted oído contar lo que les hacen. Pues bien, la mejor manera de escapar de estos tormentos, es defenderse hasta morir. Siquiera de ese modo se les hace pagar caro su triunfo y se salva la dignidad del hombre —añadió con varonil orgullo.

—¡Ah!, si todos pensaran así —dijo la señora—, si todos se resolvieran a defenderse, no habría bandidos ni necesitaríamos de las fuerzas del gobierno, ni viviríamos aquí muertos de miedo, temblando como pájaros azorados.

—Es verdad, señora; así debía ser, y no se necesita para ello más que un poco de sangre fría. Vea usted; en Atlihuayán todos estaban atemorizados cuando comenzaron a inundar esto los bandidos, y no sabían qué partido tomar. Pero antes de que comenzaran a pisarnos la sombra, los maquinistas de la hacienda y los herreros nos reunimos y determinamos comprar buenos caballos y armarnos bien, decidiendo defendernos bien unidos, aunque fuésemos pocos. Tan luego como se supo nuestra resolución, el administrador y los dependientes se unieron también a nosotros, y como la gran ventaja que tienen los plateados para amenazar a las haciendas y a los pueblos, consiste en que tienen siempre emisarios y cómplices entre los vecinos, se dispuso arrojar de la hacienda al que se hiciera sospechoso de estar en connivencia con los bandidos. De ese modo, todos los trabajadores de Atlihuayán son fieles y nos ayudan; la hacienda está bien armada y no tenemos más peligro que el de que incendien los bandidos los campos de caña. Pero vigilando mucho, y todas las noches, puede alejarse ese mal en cuanto sea posible. Ya han pedido dinero al hacendado; ya lo han amenazado de quemar la hacienda, pero no les ha hecho caso. A nosotros también nos han escrito cartas, pidiéndonos dinero, pero no les hemos contestado. A mí, particularmente, sé que me aborrecen; que hay algunos que han ofrecido matarme, y no sé por qué, pues yo no he hecho mal a nadie, ni a los bandidos; será seguramente porque saben que estoy resuelto a...



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