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E-Book, Spanisch, 144 Seiten

Reihe: Terapia Breve

Ampudia Con la mejor intención

Cuentos para comprender lo que sienten los niños
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-254-2769-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Cuentos para comprender lo que sienten los niños

E-Book, Spanisch, 144 Seiten

Reihe: Terapia Breve

ISBN: 978-84-254-2769-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



La educación de un niño no es tarea fácil, menos aún en una sociedad como la nuestra, donde el éxito se mide en dinero y propiedades que la persona consigue acumular a lo largo de su vida. La mayoría de los padres experimentan agobio y temor al pensar en el futuro de sus hijos. Desde el ámbito sanitario, sirviéndose del lema 'más vale prevenir', nos recuerdan a diario los peligros que corremos a cada paso y las consecuencias negativas del humo del tabaco, del sedentarismo, del exceso de dulces, de las hamburguesas enormes... Cuidamos a nuestros niños como si fueran frágiles figuritas de porcelana, tratando de evitarles cualquier esfuerzo, hasta que un día nos damos cuenta de que tenemos en casa a un pequeño tirano, caprichoso y rebelde. El objetivo de este libro, relatado en forma de breves cuentos, es ayudar a entender cómo se producen determinadas dificultades de la vida diaria y cómo, aun con la mejor intención, contribuimos a complicar más las cosas justamente con algunos de nuestros intentos para solucionarlas.

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INTRODUCCIÓN


La educación de un niño no es tarea fácil, menos aún en una sociedad como la nuestra, donde el éxito se mide por el dinero y las propiedades que la persona consigue acumular a lo largo de su vida. La mayoría de los padres experimentan agobio y temor al pensar en el futuro de sus hijos.

Desde el ámbito sanitario, sirviéndose del lema «más vale prevenir», nos recuerdan a diario los peligros que corremos a cada paso y las consecuencias negativas del tabaco, del sedentarismo, del exceso de dulces, de las hamburguesas enormes…, etcétera. Aconsejan consultar con un especialista por casi todos los problemas, y afirman que sólo los profesionales se hallan capacitados para decidir si un niño sigue o no el criterio estadístico de «normalidad», esto es, si piensa, siente, crece y actúa como la mayoría de los niños de su edad. De no ser así, proponen alguna medida de ajuste que lo haga lo más parecido posible a los otros niños, ya que en nuestro modelo social no hay margen para las diferencias evidentes. Todo está concebido y baremado de tal forma que apenas se concede espacio a la creatividad, a un ritmo diferente de desarrollo en determinadas habilidades y a la comunicación espontánea y libre entre los miembros de una familia.

Curiosamente, los mismos «especialistas» que contribuyen a crear el miedo en los padres, exigen de ellos que no sean alarmistas y no estén constantemente encima del niño. En otras palabras, primero los incapacitan en su rol paternal y después les exigen que sean padres competentes.

Por otra parte, a los niños no se los educa para la responsabilidad y el sentido del deber, sino para «la excelencia»; pero la vida casi nunca es excelente. Todos los títulos y diplomas que un joven pueda conseguir no le servirán en absoluto si no van acompañados de determinados valores y la capacidad para relacionarse con otros de una manera adecuada.

Nuestra sociedad no es precisamente un buen modelo de valores. Como señala Erich Fromm en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea:

En la sociedad actual cada individuo es una pieza de una enorme máquina de producción perfectamente organizada que ha de funcionar con suavidad y sin interrupción.

Nuestro sistema económico debe crear hombres y mujeres adecuados a sus necesidades que quieran consumir cada vez más. Ha de crear personas de gustos uniformes que puedan ser influidos fácilmente, personas cuyas necesidades puedan preverse. Nuestro sistema necesita personas que hagan lo que se espera de ellos, que encajen en el mecanismo social sin fricciones, que puedan ser guiados sin recurrir a la fuerza.

Las escuelas culpan a los padres de falta de autoridad, mientras que éstos a su vez acusan a los educadores de ser poco hábiles en el trato con los niños. Nadie parece saber cómo conseguir que los jóvenes asuman responsabilidades ni caer en la cuenta de que posiblemente justo lo que hacemos para intentar solucionar los problemas esté contribuyendo a que éstos se agraven incluso.

Cuidamos a nuestros niños como si fueran frágiles figuritas de porcelana, tratando de evitarles cualquier esfuerzo, hasta que un día nos damos cuenta de que tenemos en casa a un pequeño tirano, caprichoso y rebelde, que no tolera el mínimo contratiempo y cree tener derecho a todo por el mero hecho de existir. Es entonces cuando los padres asustados piden ayuda, primero a los profesionales de la psicología y psiquiatría. Y si éstos no encuentran el remedio, puede que acaben denunciando a sus propios hijos, como ocurre cada vez con mayor frecuencia, en un intento de someterlos a una autoridad que ellos mismos nunca han conseguido ejercer.

Si los padres tratan a sus hijos como si fueran inválidos y toman siempre las decisiones en su lugar, incluso en cuanto a lo que, a su parecer, deberían hacer en su tiempo libre, los niños se comportarán de una manera totalmente acorde a esta actitud. Muchos de ellos se aburren si sus padres no les planifican las actividades a lo largo del día. Otros poseen un gran número de cosas que nunca llegan a utilizar: bicicletas, consolas, ordenadores, etcétera, pues se les ha prohibido su uso para castigarlos. He sido testigo de algunos desafíos por parte de estos chicos que saben que sus padres no tienen más recursos en cuanto a castigos porque ya les han quitado todos los objetos que les importaban.

Desafortunadamente, a los padres a menudo les resulta muy difícil mantenerse firmes en relación con estas sanciones, justo por su severidad, y acaban levantándolos, con lo que demuestran a su hijo que «es igual lo que diga, si luego no lo cumple».

En otro de sus trabajos, El miedo a la libertad, Fromm distingue entre «autoridad evidente» y «autoridad anónima». La primera se ejerce directa y explícitamente. La persona investida de autoridad dice de manera abierta al que está sometido a ella: «Debes hacer tal cosa. Si no la haces, las consecuencias serán éstas». Hoy en día, los padres y maestros pretenden que los niños les obedezcan por el mero hecho de que, supuestamente, los adultos saben mejor qué les conviene, así como que hagan con gusto aquello que les mandan. Cuando un niño no obedece, la sanción consiste en hacerle sentir que no está «ajustado», que está enfermo o que le pasa algo, ya que no actúa como la mayoría de los chicos de su edad y conforme a lo que se espera de él.

La autoridad evidente emplea la fuerza física. La autoridad anónima, la presión psicológica.

Enviar a un niño al psicólogo (con intención de ayudarlo) supone transmitirle el mensaje de que algo no funciona bien en él desde el punto de vista psicológico; y tampoco a los padres les resulta fácil asimilar y admitir que su hijo, al que supuestamente le han dado todo, de modo que no le ha faltado nunca nada, tal vez se sienta mal en el plano emocional.

No siempre es cierto que la intervención de un profesional al inicio de un problema contribuye a su resolución. Desde luego, no estoy en contra de las consultas psicológicas, sino que abogo por un procedimiento en el cual, antes de someter a un niño a un examen por parte del profesional correspondiente, se intente primero valorar si no se puede conseguir ya un cambio en la situación problemática a través de la modificación de determinadas condiciones en la vida de las personas que atienden habitualmente al niño. De este modo, se evitarían «etiquetas diagnósticas», que a veces incluso pueden llegar a perpetuar determinadas actitudes que se «esperan» de una persona que sufre la «enfermedad» diagnosticada, proceso a través del cual la profecía se cumple: he aquí la creación del caso.

A veces, a estos niños que, de cierta manera, son tratados con tanto mimo y cuidado, cuando no cumplen las expectativas que padres y profesores han depositado en ellos se les acaba avergonzando públicamente y tratando de forma humillante «para ver si así reaccionan». Sin embargo, el resultado suele ser desastroso. La humillación y la vergüenza son emociones terribles, que a todos nos afectan tan profundamente que seríamos capaces de hacer cualquier cosa con tal de no sentirlas. Gran parte de las mentiras que los niños se inventan no son sino intentos de protegerse ante estas emociones tan devastadoras.

El objetivo de este libro es ayudar a entender cómo se producen determinadas dificultades de la vida diaria y cómo, aun con la mejor intención, a veces contribuimos a complicar las cosas, justamente mediante aquello que hacemos en nuestros intentos de solucionarlas.

El relato en forma de cuentos pretende facilitar la lectura. Todas las viñetas tienen algo en común: a partir de un pequeño incidente que resulta o puede resultar desagradable, temible o molesto para alguno de los protagonistas, éste y las personas de su entorno inician una serie de acciones que, en vez de solucionar el problema, acaban complicándolo.

La forma de resolverlo consiste justamente en dejar de hacer aquello que mantiene y agrava la situación desagradable, lo cual a veces no es sencillo. En la gran mayoría de los cuentos, se dan de repente ciertas «circunstancias» que llevan a los protagonistas a ver la situación desde otra perspectiva y sentirse de manera diferente. En la vida real, sin embargo, este cambio en la forma de percibir los acontecimientos muchas veces sólo puede realizarse con ayuda de un profesional que guía a las personas implicadas para que se produzca lo que Paul Watzlawick llamó un «acontecimiento casual planificado», y Franz Alexander, una «experiencia emocional correctiva» (Nardone, G. y Watzlawick, P., El arte del cambio; Alexander, F., Psychoanalysis and Psychotherapy).

Mi deseo es que el libro contribuya a cambiar la percepción que tenemos de algunas situaciones problemáticas y, sobre todo, a que los padres entiendan que, a veces, su anhelo de ayudar al niño, haciendo las cosas por él, diciéndole lo que tiene que hacer y ocultándole ciertas informaciones para evitarle sufrimientos agravan la situación. Pues entonces, al problema inicial se añade, además, la sensación de impotencia, culpa o exclusión.

Me gustaría llamar la atención también a los medios de comunicación, que, aunque con la mejor intención,...



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