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Anatrella | La diferencia prohibida | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 336 Seiten

Reihe: Ensayo

Anatrella La diferencia prohibida

Sexualidad, educación y violencia. La herencia de mayo de 1968
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9920-739-1
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Sexualidad, educación y violencia. La herencia de mayo de 1968

E-Book, Spanisch, 336 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-739-1
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Nunca, ni con tanta fuerza, nuestra sociedad reivindicó para sus miembros el derecho a la diferencia: diferencia de gustos, de culturas y de valores, diferencia de opciones de vida, de formas de amar, de modelos de familia... Nunca, sin embargo, el acceso a una verdadera diferencia ha sido tan difícil. Vivimos en la estela de las aspiraciones fusionales de mayo del 68. Rechazo de la función del padre, insuficiencia de la relación educativa, interioridad en crisis, retorno de los miedos primitivos, son muchos los síntomas de lo que elabora poco a poco una sociedad indiferenciada en la que los roles y los espacios se confunden. El adulto juega a ser niño, la figura paterna desaparece tras la materna, la violencia se banaliza, la intimidad está a la vista de todos, el imaginario sustituye a la realidad, y la sexualidad se dispersa en múltiples orientaciones. ¿De dónde viene el que nuestra sociedad valore tendencias sexuales parciales hasta querer inscribirlas en la ley? ¿Por qué deplora la falta de puntos de referencia que ella misma ha contribuido a hacer desaparecer? Reconocer la diferencia implica aceptar la diferencia de sexos, de generaciones y de roles en el seno de la familia. Reconocer al otro no es aceptar todo lo suyo ni animarlo en sus conflictos psíquicos, es permitirle efectuar una paciente elaboración personal al final de la cual pueda experimentar una cierta libertad. Mayo del 68 no ha liberado a nadie. No es tiempo de nostalgia.

Tony Anatrella (1941) es sacerdote, psicoanalista y especialista en psiquiatría social. Nombrado en 2000 por Juan Pablo II y confirmado en 2007 por Benedicto XVI como consultor del Consejo Pontificio para la Familia, y del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. Es profesor en las Facultades Libres de Filosofía y de Psicología de París (IPC). Ha publicado numerosos libros y artículos, entre los que destacan, además de La diferencia prohibida, El sexo olvidado (1990), L'amour et le préservatif (1995) y Le règne de Narcisse (2005).
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PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA


La tesis que sostiene este libro, que se publicó en Francia en 1998 y que sigue reeditándose con regularidad, no deja de confirmarse en los hechos, algunos de los cuales se han acelerado con el paso del tiempo, acentuando los problemas a los que nos hemos tenido que enfrentar: desde la destitución de la imagen del padre hasta la violencia.

La problemática


Asistimos a una lenta pero determinante destitución de la imagen del padre y del hombre. Esta desgracia fomenta una visión totalmente subjetiva de la educación, relativamente desprovista de mediaciones entre las cosas reales y el niño, convirténdole en su propia referencia. No sorprende ver hoy a muchos adultos sin referencias, perdidos ante la educación de los niños. Sin una transmisión y una educación sustentadas en realidades objetivas, las jóvenes generaciones se encuentran cada vez más enfrentadas a una crisis de su interioridad que no saben cómo llenar. Les faltan recursos interiores que sólo tienden a compensar con el uso de drogas. Algunos han recurrido al hachís para calmarse, al éxtasis para estar en forma y a la cocaína para estimularse. Otros consumen alcohol para darse a sí mismos la impresión de existir, y otros quieren encontrar en los ansiolíticos el medio para calmar sus angustias existenciales. A falta de inscribirse en una historia, se suicidan de una manera lúdica.

Existen otros tantos síntomas que indican la dificultad de que su existencia tome cuerpo, lo que repercute en la concepción de la sexualidad que se fragmenta en la imagen de un cuerpo despedazado. Esto es lo que ilustran las modas en el vestir, que nos presentan hombres pseudoviriles con barba de dos días, incluso interminables adolescentes con cuerpos apolíneos. En cuanto a las mujeres, sus trazos alternan entre la agresividad, con el fin de imponer una feminidad evanescente digna de los clichés infantiles de Pedro Almodóvar o, a la inversa, el rechazo de la feminidad expresada en cuerpos anoréxicos.

En este contexto, asistimos al fortalecimiento de una sexualidad asocial en la que dominan la autosexualidad, la monosexualidad, la negación de la procreación. La sexualidad debería definirse, pues, en términos de prácticas y orientaciones sexuales. Por ello, la homosexualidad se convierte en un paradigma a partir del cual se querría volver a pensar la pareja, el matrimonio, la familia y la filiación. La deconstrucción a la que asistimos, que va de la negación del sentido del padre hasta la negación del sentido de la diferencia sexual, desemboca y desembocará cada vez más en violencia contra sí mismo y contra el vínculo social. No nos puede sorprender que la enfermedad que va en aumento en las sociedades desarrolladas, y en constante incremento, sea la depresión. Habiéndose malogrado el marco de referencia y no guardando una adecuación con las necesidades humanas fundamentales, las personalidades se vuelven frágiles y se quiebran.

Una apuesta esencial: el rechazo de la diferencia sexual es la matriz de la negación de todas las diferencias en un mundo uniformado


Cuando se alteran la mayoría de los procesos y su lógica, se constata la negación de la diferencia en todos los ámbitos. A los niños y los adolescentes se les trata como si fuesen adultos. A un hombre y a una mujer se les considera idénticos. A la relación homosexual se la compara con una pareja formada por un hombre y una mujer. Una madre podría remplazar al padre y viceversa. Todas las situaciones familiares tendrían el mismo valor. Nos encontramos, en consecuencia, dentro de una mentalidad que reduce todas las diferencias al momento en que se confirma el carácter fragmentado de la sociedad. Ya no hay espacio para el sentido de la alteridad y todavía menos para distinguir la naturaleza de las cosas.

Tras casi sesenta años hemos pasado de un discurso político a un discurso psicológico para expresar un malestar existencial: al marxismo, que quería liberar socialmente a las personas de un orden social para imponer uno más opresivo y más mortífero que el anterior, le ha sustituido la teoría de género, que quiere emancipar subjetivamente a los individuos de la diferencia sexual. Una teoría que impregna la Comisión de Población y Desarrollo de la ONU, la OMS (Organización Mundial de la Salud), el Parlamento europeo, la Comisión de Bruselas, la Corte europea de los derechos del hombre y los países miembros, quienes la imponen a los nuevos miembros que se incorporan a la Unión. Esta actitud ideológica se apoya en el principio de igualdad que, después de todo, parece seducir a todos los que han vivido y pensado la relación social en la esfera de influencia del cristianismo, ámbito en el que se originó el principio de igualdad. Pero la noción cristiana de igualdad se ha desnaturalizado, transformándose en igualitarismo y confundiendo la igualdad de los ciudadanos en nombre de la dignidad de la persona humana con la igualdad de todas las situaciones dadas. Tal desplazamiento favorece reivindicaciones no aceptables, tales como la de creer, por ejemplo, que el matrimonio de un hombre y de una mujer podría extenderse a otras situaciones. La ideología igualitarista participa en la liquidación de las diferencias esenciales y alienta los tipos de inversión y confusión que conocemos pero que los medios de comunicación y el poder político se niegan a identificar.

Este movimiento ideológico otorga mucha importancia a una edad de la vida, la adolescencia. Por eso, la psicología adolescente ha tomado el poder sobre las representaciones sociales, hasta el punto de que los adolescentes se han convertido en un modelo social de identificación y de referencia. Hay adultos que se visten, hablan y viven como adolescentes y éstos, a su vez, se convierten en expertos a los que se consulta para saber qué es lo que conviene pensar y hacer. Tienen un papel privilegiado en los debates televisivos aunque, la mayoría de las veces, a falta de experiencia y de conocimiento de las cuestiones, no hacen más que repetir los clichés que están de moda, que es lo que se puede decir a su edad.

La revuelta adolescente de los años 68-70 es, en efecto, un engaño intelectual al que sentimentalmente se atribuyen cantidad de méritos que no tiene. De ese período no queda ningún pensamiento válido a partir del cual sea posible construir o enriquecer la relación social y mirar con perspectiva un proyecto de vida. No obstante, la mayor parte de los temas psicológicos que la revuelta produjo, propios de la adolescencia, continúan teniendo efectos políticos. El rechazo de la autoridad, de la transmisión, la negación del sentido de la ley, la afirmación de la subjetividad en sí misma contra la objetividad de la realidad, la no diferenciación sexual, la valoración del individuo contra todo lo institucional, el idealismo de la palabra —sería suficiente nombrar las cosas para que existan y la vida cambie—, el desprecio de la filiación y de la herencia cultural y religiosa, la dificultad de comprometerse en el tiempo, la realidad puesta al servicio de los propios deseos, una sexualidad vuelta hacia sí misma, la desvalorización del padre, el rechazo para abandonar las gratificaciones de la infancia y la falta de consideración del cristianismo, que es la matriz en la que la civilización europea se ha desarrollado, son las características de la adolescencia.

Estamos en presencia de un Malestar en la cultura, de sentido diferente al descrito por Freud. Los europeos tienen vergüenza de su origen y, a semejanza de otras épocas culturales, se alejan de él y se identifican con determinantes culturales ajenos a sus raíces. Incluso peor: multiplican los actos políticos que consisten en destruir conjuntos simbólicos como los del sentido de la pareja y de la familia, pero también de todas las construcciones jurídicas que se elaboraron en el respeto a la diferencia sexual y a la diferencia de generaciones. ¿Cómo no ver en esto una forma de suicidio colectivo? ¿No se está preparando la sustitución de las normas de una sociedad que se quería personalista y comunitaria, por las de una sociedad mercantilista fundada en la manipulación de la opinión pública y de los individuos reducidos a su subjetividad?

En el espacio de cuarenta años, todas estas tendencias, descritas más arriba, se han impuesto, han permeado las leyes y han contribuido a organizar la sociedad sobre la base de la confusión y de la inmadurez. Estamos, pues, en una sociedad que cultiva una cierta regresión. Esta actitud es signo de un envejecimiento de la sociedad y de una falta de renovación de las generaciones. A falta de poder proyectar su futuro gracias a la presencia de los niños, de los que tenemos necesidad para no envejecer, la sociedad se hace la ilusión de permanecer joven, hasta el punto de haber perdido el sentido de la educación. La democracia «opinionista», estructurada por los medios de comunicación, falsea el sentido de la acción política que, en el mejor de los casos, debería estar al servicio del interés general mientras que se complace en responder a reivindicaciones individuales y marginales. Tendríamos que preguntarnos si los responsables políticos gobiernan realmente con un proyecto al servicio de las lógicas sociales y los intereses humanos, o si ellos mismos optan por seguir a una opinión pública bajo la influencia de reivindicaciones dominantes que no son ni mayoritarias ni beneficiosas para la relación social y para los ciudadanos.

La era de...




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