E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Antoni / Zentner Las cuatro emociones básicas
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-254-3125-8
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 192 Seiten
ISBN: 978-84-254-3125-8
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Miedo, rabia, alegría, tristeza: cuatro emociones básicas, que son vivencias comunes a todas las personas, de cualquier época y cultura y que desempeñan un papel fundamental en el desarrollo psíquico del individuo y de la especie humana en general. Las emociones son información, un aviso y una guía al servicio de la conservación, la relación y la socialización del individuo. Este libro es el fruto de un diálogo -que duró dos años- entre Marcelo Antoni y Jorge Zentner. Tales encuentros generaron un espacio en el que Antoni pudo compartir libremente su sólida experiencia como terapeuta, para que Zentner la llevara a la escritura, sin perder el espíritu y la energía de la conversación. Ese conocimiento del sentido y la función de las cuatro emociones básicas se despliega de manera natural y fluida en un texto que se abre asimismo a otros temas transversales, e invita al lector a recorrerlo con la misma libertad. 'Hagamos un libro de divulgación, para un público muy amplio. Un libro que sea accesible a cualquier persona que tenga curiosidad e interés por lo que siente, por lo que vive. [...] Si logramos que este libro aporte algo a la toma de conciencia de las emociones que se experimentan y al tipo de gestión que cada uno hace de ellas, cumpliremos el objetivo.' (Marcelo Antoni)
Autoren/Hrsg.
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Capítulo I
¿Qué es una emoción?
Miedo, rabia, alegría, tristeza.Estas son las cuatro emociones que consideramos básicas, por tratarse de vivencias internas comunes a personas de muy distintas épocas, lugares y culturas, pero también —y especialmente— porque desempeñan un papel protagónico en el desarrollo psíquico de todo individuo y de la especie humana en general.
¿Qué es una emoción?
En principio, una emoción es información. Información «íntima», podríamos decir, un aviso respecto a qué me está pasando en este momento; un toque de atención que sitúa a cada uno en el presente, pues —como acabamos de señalar— está referida a lo que vivimos y sentimos ahora, en este instante concreto.
La emoción es, en consecuencia, lo que nos indica el ahora del tantas veces mencionado «aquí y ahora» (el aquí es el cuerpo).
Es un aviso primario con importantísimas funciones en la conservación, la relación y la socialización del individuo. Una información que también recibimos internamente, desde nosotros mismos.
Por ejemplo, si vemos a una persona con rabia, miedo, alegría o tristeza, tenemos una información, en el presente, acerca de cómo está esa persona. Puede que sepamos o que ignoremos la razón por la cual ese individuo está así, pero en todo caso captamos su estado. Al mismo tiempo, percibimos lo propio ante eso: ¿qué me produce a mí, cómo me deja el hecho de encontrarme frente a esta persona en las presentes circunstancias?
Constantemente nos estamos percibiendo los unos a los otros. Puede que incluso interpretemos de manera errónea lo que el otro esté sintiendo. Pero más allá de ese acierto o error de lectura, es como si poseyéramos un código de especie que nos hace percibirnos: las emociones siempre están presentes en las interacciones.
Con nuestros órganos de los sentidos vemos, tocamos, oímos y olemos a la otra persona. Pero, además —en tanto que individuos humanos—, sentimos, captamos en qué emoción está el otro, y en qué emoción estamos nosotros mismos en ese momento.
Yo estoy en una emoción, y la otra persona está en una emoción: pueden ser emociones generadas por nuestra mutua presencia —nuestro encuentro, nuestro contacto—, o por otras que vienen de una interacción previa, de otra situación.
La emoción —en suma— es una guía de cómo estoy.
Una guía u orientación relativa a la autoconservación, a la reproducción y a la relación. Y también acerca de cómo está el otro.
A veces —como se decía— no sabemos descodificar correctamente esas informaciones; tampoco en esto somos perfectos o infalibles. Pero también es cierto que a lo largo de la vida vamos aprendiendo a descodificarlas, a darnos cuenta de lo que las emociones son y significan. En este aspecto, al igual que en muchos otros, transitamos por un proceso de aprendizaje en el que, de manera inevitable, pasamos más de una vez por el error.
Digamos, por último —y no porque sea lo menos importante—, que toda emoción es energía.
El miedo, la rabia, la alegría y la tristeza son cuatro calidades diferentes de energía, todas ellas perfectamente reconocibles en el cuerpo, y que poseen funciones distintas, específicas. Desde una perspectiva psicoterapéutica, el energético es casi con seguridad uno de los aspectos más relevantes de las cuatro emociones básicas: merecerá, por ello, una especial atención en este trabajo.
LA IMPORTANCIA DE LO EMOCIONAL
¿Por qué es importante trabajar en psicoterapia en las cuatro emociones básicas? ¿Por qué existe tanta bibliografía sobre ellas y se realizan incontables talleres que las tienen como objeto de estudio y experimentación?
¿Por qué convertirlas ahora en el eje de este libro?
Se responderá a esas preguntas desde el marco teórico y la experiencia clínica de la psicoterapia Gestalt. Se parte, pues, de considerar que la terapia Gestalt es, por un lado, una terapia del darse cuenta, y, por otro, una terapia del contacto.
Darse cuenta es reconocer —o tomar conciencia— de que existe una determinada emoción dentro de nuestro registro corporal y cognitivo del momento. Esa emoción nos lleva a contactar con nosotros mismos (interioridad) y a gestionar la interacción con el otro (exterioridad).
La emoción, pues, nos permite reconocer que existen, de forma bien diferenciada, una interioridad (también se podría decir un mundo interno) y una exterioridad (un mundo externo). Esto resulta capital, ya que precisamente a través del contacto consigo mismo y con el otro, el ser humano —que no es del todo autosuficiente ni tampoco del todo dependiente— se va desarrollando en cuanto individuo.
DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EMOCIÓN
En nuestra condición de organismos vivos, las personas vamos experimentando desequilibrios que determinan necesidades. La sed —por ejemplo— es señal de un desequilibrio, y determina la necesidad de hidratarse, de beber agua.
También la necesidad del otro —ejemplo en un orden bien diferente— viene determinada por un desequilibrio, y nos llevará a buscar la interacción con él.
Así como en nuestro desarrollo individual tendremos que aprender a gestionar la necesidad de nutrirnos, también tendremos que aprender a gestionar nuestra necesidad de establecer contacto con el otro.
Primero, habremos de reconocer esa necesidad en nosotros mismos, en nuestro mundo interno.
Después, tendremos que ver cómo la gestionamos externamente, en la interacción.
Estas dinámicas —interna y externa— representan la base del desarrollo psíquico de una persona.
Reconocer las dinámicas interna y externa de lo que «yo siento» (cómo lo siento; qué me digo ante lo que siento; y qué hago —qué acción emprendo o dejo de emprender— a partir de eso) implica una ampliación de la conciencia.
Tal expansión de conciencia permite dos cosas:
- reconocer las actitudes propias, incluidas aquellas que nos hacen sufrir;
- ver cómo, de qué manera, podemos equilibrarlas.
Observando las emociones desde esta perspectiva, comprobaremos hasta qué punto resulta acertada la afirmación de Jung: «El psiquismo es social, la conciencia es individual».
Las emociones siempre están relacionadas con algo o con alguien, ya sea algo interno o externo. Ese algo interno y ese algo externo nos dan la dimensión sistémica —que en los últimos cincuenta años se ha incorporado a la visión del psiquismo, y sobre lo que volveremos seguramente varias veces.
La conciencia individual —podríamos añadir, por tanto— está a su vez inserta en un sistema de conciencias.
Como hemos dicho, las emociones nos permiten tomar conciencia, darnos cuenta: el ser humano —que ya nació social— no es una máquina fotográfica que va grabando cosas, como ideas o figuras. Son las emociones las que permiten reconocer —desde una conciencia individual— cómo cada individuo se dice las cosas y cómo tiene conciencia de su ser social, de su existencia con los otros.
Todos hemos nacido en un sistema, con independencia de que sea un orfanato o una familia; todos hemos entrado en una película ya empezada, donde las emociones —y alguna manera de gestionarlas— estaban en juego según unas pautas o dinámicas. Así pues, no es exagerado afirmar que cuando nos referimos al ser humano —ya hablemos de política, ciencia, religión, deporte o cualquier otro aspecto— en última instancia nos estamos refiriendo a las cuatro emociones básicas, a su gestión y a su interacción. De modo que resulta imposible comprender o tratar de abordar el fenómeno humano —en cualquiera de sus facetas— sin considerar la problemática emocional. Porque es la necesidad de gestionar las emociones de manera individual la causa de que la sociedad exista como tal, y de que el género humano se desarrolle tal como lo hace.
El hombre es, en su esencia, social, puesto que —como estamos viendo— la relación con el otro está en la base misma de su desarrollo psíquico en cuanto individuo y especie. Esto, que parece una obviedad, no lo es tanto en la práctica: prueba de ello es que toda nuestra cultura se despliega en el marco de un paradigma (el individualista) que, precisamente, considera al individuo (a ese que se dice a sí mismo Yo) como algo separado, autónomo y desconectado respecto de sus semejantes.
EMOCIÓN Y LENGUAJE
La dimensión social de lo emocional es evidente también en la transmisión y dinámica de las emociones, experimentadas a través del gesto, del lenguaje y del contacto.
En el plano del lenguaje —distintos tipos de lenguaje— se produce una transmisión de formas de interacción social elaboradas a lo largo de miles de años. Esa resonancia —en cada persona...




