E-Book, Spanisch, 448 Seiten
Reihe: TBR
Arbeteta Noche de verbena
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-57-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 448 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-57-3
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una noche. Cinco chicas. Seis versiones diferentes (sí, seis). Bambi La que lleva años enamorada del mismo tío y no le hace ni caso. Maca La que guarda un gran secreto que está a punto de dinamitar muchas cosas. Rigo La que está tan pillada de una amiga que prefiere no decírselo por no perderla. Lola La que cree que está rota por no ser como las demás. Inés La que no se va a dejar intimidar e irá a por lo que quiere. Las fiestas de pueblo nunca dejan indiferente a nadie. Y menos este año.
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LOLA
(LA QUE NO BAILA NI CON LA MALA SUERTE)
No he corrido tanto en toda mi vida.
Voy de un sitio a otro, recorro el pueblo desesperada por atisbar una sudadera azul acompañada de un tipo con trombón. Imagino que los pillaré liándose y rezo porque Maca esté lo suficientemente en sus cabales.
Si no, a quien van a empezar a llamar la Vallecas será a mí.
Tampoco me extraña haber juzgado mal a Villa: tengo experiencia cero con los hombres. No quiero decir que nunca se hayan acercado a mí, pero, como diría Inés, «no me notan receptiva». Quizás sea eso. Jamás me ha molestado. En general, los tíos son amables conmigo porque les interesa tirarse a mis amigas. Y ahí ha estado mi fallo, supongo: la promesa de Villa de avisarme si mi amiga se perdía ha quedado eclipsada por la posibilidad de enrollarse con ella.
Me detengo un momento a tomar aliento, las manos sobre las rodillas. Escucho entonces, en la lejanía, la música que acaba de empezar a sonar desde la plaza.
Hoy tengo los ojitos rojos.
Estuve bailando con la mala suerte.
Le he contado mi vida entera.
¿Adónde iría Maca si se sintiera fatal? No querría que la viesen con los ojitos rojos. ¿Cuál es el lugar más apartado y recóndito del pueblo?
Camino más despacio, de vuelta a la plaza. Cerca está el convento, por el que he pasado y no he visto nada, pero ahora caigo en que no he prestado atención a la casa de al lado.
Es un caserón antiguo, de piedra, con un escudo de armas en el frente. También un pequeño jardín abarrotado de arbustos altos y espesos, un par de castaños, una fuente de piedra. Pertenece a los Matas, la familia de Jorge Porros. Antes eran ricos, tenían muchos locales en el pueblo, pero empezó a irles mal (¿mala gestión?; ¿corrupción?; ni idea) y ahora solo conservan una tienda de frutas y verduras. Cuando de adolescentes empezamos a salir más en serio y a beber (yo no, el resto), a la gente le encantaba saltar la valla y refugiarse allí, para liarse, fumar a hurtadillas o esconderse con el botellón para que no les vieran sus familias.
Llego por fin hasta allí. El sistema de seguridad de la verja de hierro es un simple cerrojo que puede abrirse por fuera, metiendo la mano por el hueco entre los barrotes. Aunque no hay mucho espacio, mi mano siempre ha sido pequeña.
Antes siquiera de empujar, la oigo gemir.
Me bebí la razón, me fumé el corazón
y no volveré a verte.
No pude juntar el agua con aceite.
Me apresuro a abrir la puerta del todo y avanzo con el corazón en un puño.
Villa está inclinado sobre ella, las manos enmarcando su rostro. Por su parte, y deduzco que para que él llegue adonde quiere, Macarena está sentada (y de una pieza) en el borde de la fuente. Esta ya no funciona, el agua está estancada, con verdín, y ha oxidado las partes metálicas.
No sé qué me huele peor.
–¿Qué, estáis pasándolo bien?
Se giran al mismo tiempo. Maca no se enfada por verme allí; se asusta y, cuando me fijo mejor en su rostro, entiendo por qué.
Ha estado llorando.
Y, cuando las estrellas salen,
ya estoy colgado del jirón de un sueño.
El mundo entero no me vale
–¿Qué le has hecho? –le digo a Villa.
A pesar de que nunca he sido una persona que inspire miedo, juzgando la reacción de ambos (sobre todo la de él), está claro que podría interpretar a la perfección al payaso de It.
–Nada, nada, ¡nada! –balbucea. Sus manos saltan de las mejillas de Maca al aire, como si estuviera ante la policía–. Te lo juro por Dios.
–Estás al lado de un convento. No jures en vano.
En unas zancadas, estoy a su lado. Es incomodísimo todo, me da mucha vergüenza hacer de perrita guardiana, pero ser buena amiga le puede a mi cobardía.
–¿Maca? ¿Te ha hecho llorar? ¿Estás bien?
–Él... –titubea borracha–. Él... no me ha hecho nada.
Poso los ojos alternativamente de uno a otro. Los labios de Villa están húmedos y, sí, distingo algo rosa sobre ellos.
Le regalé ese pintalabios a Maca por su vigésimo cumpleaños. Me costó un ojo de la cara (más o menos cuatro clases particulares de inglés para niños) y, aun así, traspasa. Menudo timo.
–¿Te has enrollado con una tía que no se tiene ni en pie? –Cabeceo–. Te había juzgado de otra forma.
¿Sueno como una mojigata? ¿Como una madre decepcionada o algo así? Me arrepiento de usar ese tono borde, solo que en esta ocasión la rabia supera mi reacción natural a ser siempre amable con todo el mundo, así que no me disculpo.
–Es que... –tartamudea Villa–. Estábamos hablando y...
–He sido yo.
Lo ha pronunciado como lo haría la Maca sobria. Voz profunda, tajante, inalterable. Típica de los profesores autoritarios que se hacen respetar con solo entrar a un aula.
–Ah. –Ahora sí que siento vergüenza–. Entonces, ¿quieres que te deje sola?
Maca me mira directamente a los ojos. Es incapaz de mentirme (cada una tiene sus superpoderes), así que sé que dice la verdad cuando responde:
–No.
Ya ha perdido el tono de tía dura.
–¿Por eso te has ido con él? –sigo preguntando con paciencia–. ¿Porque querías estar con alguien?
–S-sí –responde–. Aunque él tampoco me quiere... Me ha apartado porque... tiene en mente a otra. –Entrecierra los párpados e hipa–. Creo que esa es mi maldición.
Sin moverme un centímetro, vuelvo solamente los ojos hacia Villa, que ha debido de estar con los suyos fijos en mí, porque se sobresalta en cuanto lo hago.
–Yo... es que... Soy un buen tío, ¡lo juro! Ella quería dar una vuelta y la vi muy mal, y no quería que estuviera sola. Empezamos a andar, me perdí, no sabía volver y ella tampoco, y no podía llamarte. Ella me dijo que esto era una peña, que vendrían los de mi charanga, pero como ves no, así que hablamos, se me lanzó de repente y...
–A lo mejor tus amigos no han terminado de tocar –le corto–. ¿Qué van a hacer sin el trombón?
Es un chico listo (o bien está asustado), así que lo entiende a la primera.
Asiente varias veces antes de largarse corriendo. No llego a oír el ruido de la valla, así que me giro extrañada por si tengo que ir a cerrar y me encuentro con Villa de frente, que ha vuelto con la misma prisa con que se ha ido, solo que para darme un beso en la mejilla y, esta vez sí, desaparecer detrás del hierro de la verja.
Soy el que no tiene sitio.
Soy el pellizco pa cuando te olvidas
de mí.
–A mí nadie me quiere –escucho como un quejido a mi espalda–. Nadie, nadie...
Y entonces Maca se da la vuelta, se apoya en la fuente y une su vómito al agua estancada.
RIGO
(¿ERA LA PRIMERA VEZ
QUE TE RECHAZABAN, MACA?)
Uf, eso explica por qué ahora estás tan hecha mierda.
MACA
(ME HAN RECHAZADO MUCHAS VECES, LISTA)
Oye, ¡no soy la única que ha vomitado una noche de fiesta...!
RIGO
(NO MIENTAS, ANDA)
¿Maca, doña Perfecta? Yo creo que no te he visto ni comerte un moco en toda la vida, fíjate lo que te digo.
BAMBI
(PUAJ)
¡Qué asco, Rigo! ¡Que estamos comiendo churros!
RIGO
(HAY QUE MANTENER LAS NARICES LIMPIAS)
¿Qué? Ahora no vayáis de niñas pijas, que os conozco desde que erais unos mocos.
MACA
(NO TE DESVÍES DEL TEMA)
¿Y tú qué estabas haciendo en ese momento? ¿Conseguiste en el puesto de la feria el mono ese feísimo que llevas colgado del cuello?
LOLA
(NO ES TAN FEO...)
¿Inés consiguió ahí sus gafas de flamencos?
RIGO
(EL MONO ES MONÍSIMO)
Ah, ¿me toca? Me daba palo decir que ya era hora, pero... ya era hora.
En cuanto llegamos,...




