Arbide Aza | Con el agua al cuello | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Reihe: Ensayo

Arbide Aza Con el agua al cuello


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129529-5-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-129529-5-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Las devoluciones en caliente, también llamadas pushbacks, se han convertido en un elemento central en la política migratoria griega y, por lo tanto, europea. Más de 100.000 personas han sido abandonadas a la deriva en mar abierto tras ser interceptadas en el mar cuando intentaban llegar a las islas griegas o después de haber alcanzado tierra firme. Esta práctica no solo vulnera el derecho a solicitar asilo, sino que amenaza gravemente derechos fundamentales como el derecho a la vida, a la integridad física y a la libertad. Hibai Arbide Aza ha cubierto la llamada crisis de los refugiados desde 2015. En esta larga década, ha asistido como testigo a la evolución de las políticas migratorias cada vez más violentas y salvajes. 

Nacido en Leioa, ha vivido en Barcelona gran parte de su vida. Vive en Grecia desde 2014. Es abogado y ejerce el periodismo desde hace dos décadas. Ha trabajado distintos países de Europa, África, Oriente Medio y Latinoamérica, cubriendo conflictos, asuntos relacionados con los derechos humanos y eventos de actualidad. Es colaborador habitual de El País y ha trabajado para Eldiario.es, Público, El Salto, La Marea. También ha colaborado, filmado o dirigido reportajes y documentales para AJ+, TV3, Al Jazeera, Redfish, BBC y otros.
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Introducción

I

En agosto de 1968, un abogado de cincuenta años cruzó el mar Egeo en una precaria embarcación. Arriesgar su vida en el mar era, paradójicamente, la única manera de salvarla. El abogado, que dos décadas antes había luchado como guerrillero contra la ocupación de su país, había sido encarcelado, puesto en arresto domiciliario y amenazado debido a su actividad política. Una noche burló la vigilancia de los agentes del régimen y logró llegar a la playa, donde una red clandestina le había procurado una barca y los medios para alcanzar el otro lado. El objetivo del abogado no era el país que vislumbraba en el horizonte, el paso del Egeo solo era una etapa de un largo viaje que debía llevarle hasta Francia. Una vez allí, intentaría reagrupar a su familia, compuesta por su esposa, tres niñas y un bebé de apenas cinco meses. El abogado tuvo suerte; no murió ahogado en el mar Egeo, no fue deportado cuando llegó a la otra orilla y consiguió no solo alcanzar su meta, París, sino llevar allí a toda su familia. El bebé vivió seis años en el exilio hasta que pudo regresar a su patria.

Con cincuenta y un años, uno más que los que tenía su padre cuando se subió a aquella barca con la que cruzó el mar Egeo, el niño refugiado juró el cargo de primer ministro de su país. Siete meses después de tomar posesión, suspendió por decreto el derecho de asilo y ordenó a las fuerzas de seguridad que impidieran la llegada de barcas con refugiados a toda costa y a todas las costas. La primera víctima mortal de su orden fue un bebé que tenía la misma edad que él cuando se marchó al exilio; la criatura se ahogó al caer por la borda de una zódiac como consecuencia de la maniobra imprudente que hicieron los guardacostas para ejecutar la orden de impedir la llegada de migrantes a cualquier precio. Además, el primer ministro que de niño fue refugiado persiguió con saña a quienes ayudaban a los niños refugiados y criminalizó a quienes conducían barcas para salvar la propia vida. Si la política migratoria que ejecutó dicho primer ministro hubiera estado vigente en 1968, su padre podría haber sido condenado a diez años de cárcel por navegar en aquella lancha en el mar Egeo.

El bebé refugiado que llegó a ser primer ministro se llama Kyriakos Mitsotakis. En agosto de 1968 su padre, un político liberal, navegó desde Grecia hasta Turquía para huir de la Junta de los Coroneles, la dictadura militar que había tomado el poder en Grecia. Desde Turquía se trasladó a Francia. En 2023, fue reelegido con mayoría absoluta tras prometer mantener su política de mano dura en las fronteras.

II

«El torturador es un funcionario. […] Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza».

Eduardo Galeano, Días y noches de amor y guerra, 1978

Son las ocho de una apacible tarde primaveral. Apenas hay viento, solo una suave brisa que mantiene la mar en calma. El sol desciende lentamente para esconderse en las aguas mientras el cielo se tiñe de tonos rosados. Decenas de pequeñas barcas con uno o dos pescadores comienzan a encender sus luces de manera escalonada, como si fuera una coreografía. Un grupo de hombres apura sus cafés y, a continuación, se pone manos a la obra. Uno suelta amarras, otro quita una bandera griega de la proa, dos comprueban una pila de cajas que contienen balsas salvavidas; el capitán ya está en el puente de mando. Se mueven con la destreza de quien ha hecho eso muchas veces; son profesionales. Nada en sus rostros o en sus movimientos indica nerviosismo ni excitación de ninguna clase. Apenas hablan entre sí, pero ninguno de sus gestos requiere ni demuestra especial concentración. No hay, por supuesto, atisbo de risa nerviosa o nada que denote ansiedad, todo es calmado y rutinario. Pero esos hombres tan tranquilos se disponen a pasar la noche cometiendo atrocidades. Están a punto de propinar palizas a hombres y mujeres desarmados sin mediar provocación alguna. Van a desnudar, tocar y vejar a mujeres. Van a lanzar por los aires a niños desde un barco a lanchas hinchables. Van a empujar al agua a personas con las manos atadas. Van a robar teléfonos y cualquier objeto de valor. Van a arrancar dientes de oro. Van a tirar al mar los documentos de gente a la que le ha costado meses o años conseguir un pasaporte. Tal vez hoy, de nuevo, van a matar. Algunos de ellos visten ropa militar negra sin ningún tipo de identificación; una vez que salen a la mar, antes de realizar las salvajadas de cada noche, se ponen una capucha para ocultar su rostro. Otros llevan uniformes de la Guardia Costera griega y actúan a cara descubierta.

Esta escena se repite todos los días, ya sea verano, otoño, invierno o primavera, en Lesbos, Samos, Quíos y el resto de las islas cercanas a Turquía. Estas islas forman parte de una de las principales rutas migratorias hacia Europa desde Oriente Medio y el este de África, que en la última década ha experimentado una gran afluencia. En Lesbos, donde vivo, los preparativos de los guardacostas se realizan en el puerto, es decir, en el centro de la ciudad, a la vista de todo el mundo. A nadie parece llamarle la atención que haya un grupo de hombres preparándose para torturar, robar y, eventualmente, violar o matar. ¿Acaso la población local no sabe lo que ocurre por las noches en su costa? Los agentes actúan desde embarcaciones de la Guardia Costera griega financiadas por Frontex. ¿Sabe la agencia europea de fronteras para qué se utilizan sus barcos?

El turno dura doce horas. A las ocho de la mañana, las patrulleras de la Guardia Costera regresan a puerto. Los agentes vuelven de su misión con el mismo sosiego con el que embarcaron. Por su aspecto parecería que vuelven de la oficina. Otros agentes les esperan con un café en la mano dispuestos a relevarlos. El turno de noche, en el que se emplean dos centenares de agentes, es el que realiza la mayoría de las interceptaciones de barcas en las que viajan migrantes, personas que aspiran a ser refugiadas. Interceptaciones es un eufemismo para referirse a las devoluciones en caliente o pushbacks, como aquí se las conoce.

La generalización de las expulsiones colectivas no significa que no haya ya refugiados que logran alcanzar la costa. Esta práctica ha convertido un viaje que ya era peligroso en una especie de ruleta rusa en la que a los peligros del mar se les suman la arbitrariedad y la violencia estatal. Cuando una barca zarpa desde Turquía, pueden pasar dos cosas: que consiga llegar o que sea interceptada en las aguas. Y en cualquiera de los dos casos, tanto si los pasajeros han pisado tierra firme como si son detenidos en altamar por los guardacostas, pueden darse dos escenarios: que los guardacostas cumplan la ley y, por lo tanto, trasladen a los migrantes desde la lancha hasta el campo de refugiados, donde serán registrados como solicitantes de asilo, o que los devuelvan a Turquía de manera ilegal. Es decir, que no registren su entrada y los fuercen a regresar a base de coacciones y palizas. En este último caso, lo habitual es que les roben el dinero que llevan en metálico, los móviles, los documentos y todo lo que tengan de valor, y que los amenacen con que si vuelven a intentarlo será aún peor. Para ello realizan cacheos vejatorios y acceden a los cuerpos de las mujeres, los hombres y hasta de los bebés de manera degradante. Los malos tratos no responden a un sadismo irracional, tienen el objetivo de aterrorizar a las personas en tránsito para desalentar futuras tentativas de llegar a Europa.

En ocasiones, la devolución en caliente consiste en remolcar la barca en la que viajan los migrantes y, tras romper el motor o arrojarlo al mar, dejarla a la deriva. Es difícil imaginar la angustia que debe provocar ver a tus hijas en una lancha a la deriva, de noche, sin saber si alguien vendrá a rescatarlas. En otras ocasiones obligan a las personas migrantes a subir a embarcaciones de la Guardia Costera para conducirlas hasta algún punto alejado de la costa, donde son obligadas a subir a balsas salvavidas que no tienen motor. Son abandonadas a la deriva hasta que, en el mejor de los casos, en la mayoría de los casos, las corrientes las empujan hacia la costa turca y, tras varias horas de angustia, son rescatadas por los guardacostas de ese país. Los incidentes con resultado de muerte antes de que llegue el rescate son incontables. Hay diferentes modalidades de devoluciones en caliente, pero la característica común de todas ellas es que se realizan con extrema violencia. Con un grado de violencia tan fuerte que resulta difícil de concebir o incluso de creer.

Mientras los guardacostas griegos se retiran a descansar, sus homólogos turcos, situados a pocos kilómetros, todavía tienen por delante unas cuantas horas de trabajo. Durante la mañana rescatan a decenas o centenares de personas flotando a la deriva en barcas sin motor o balsas salvavidas hinchables: son las interceptadas por los agentes helenos y devueltas a la fuerza a aguas turcas que acabamos de mencionar. El Ministerio del Interior turco publica cada día un informe en el que detalla la cantidad, la nacionalidad y el tipo de embarcación en el que han sido...



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