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Arenal Ponte | La mujer del porvenir | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Ilustrados

Arenal Ponte La mujer del porvenir


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18067-31-0
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Ilustrados

ISBN: 978-84-18067-31-0
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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Escrito en 1869, La mujer del porvenir es un tratado donde Concepción Arenal analiza la inferioridad en la que vive la mujer y la marginalidad que sufre, y a la vez aporta medidas y soluciones para acabar con dicha situación, como mejorar su educación. La presente edición incluye, además, el sobresaliente La mujer de su casa (1883), en el que Arenal vuelve a las ideas presentadas en La mujer del porvenir para revisarlas y aportar una perspectiva más madura. Nunca hasta ahora se habían publicado en un mismo volumen. Ambos tratados, por una parte, nos ayudan a entender la situación de la mujer hace más de un siglo; por otra, nos dan herramientas para analizar con detalle las mejoras conseguidas en los últimos tiempos y permiten establecer futuras reivindicaciones.

Concepción Arenal (El Ferrol, 1820 - Vigo, 1893). Estudió en Madrid Derecho, Sociología, Historia, Filosofía e idiomas (teniendo incluso que acudir a clase disfrazada de hombre). En 1862 publicó su manual El visitador del preso, traducido a casi todos los idiomas europeos. En 1864 fue nombrada visitadora general de prisiones de mujeres. Colaboró con Fernando de Castro en el Ateneo Artístico y Literario de Señoras, precedente de posteriores iniciativas en pro de la educación de la mujer como medio para alcanzar la igualdad de derechos.
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Prólogo


por ANNA CABALLÉ

En 1869, el krausista Fernando de Castro, fundador de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, impulsó una de sus primeras iniciativas: un ciclo de conferencias sobre la mujer organizado en la Universidad Central de Madrid, institución de la cual él era el nuevo rector, y destinado a promover un apremiante cambio de mentalidad en relación a las mujeres y a la consideración que merecían en la sociedad de su tiempo. La primera de aquellas conferencias, celebradas en domingos sucesivos (y de ahí su nombre de Conferencias Dominicales) a lo largo de algo más de tres meses, tuvo lugar la mañana del 21 de febrero de 1869. El paraninfo del edificio de San Bernardo ofrecía un espectáculo más que estimulante, pues las mujeres, poseídas de un nuevo espíritu, acudieron masivamente al primer acto del ciclo entrando en un espacio que les había estado vedado a todos los efectos: el recinto universitario. Entre el público se hallaba Concepción Arenal, dispuesta a sacarle un rédito intelectual al acto cuyo tema, como es lógico, le concernía muy directamente. La crónica de aquel primer acto, enviada al periódico La Reforma por su amistad con el director Joaquín María Ruiz, y publicada el 25 de febrero, fue entusiasta:

Cuando en los siglos venideros escriba un filósofo la historia del progreso en España, citará, acompañándola de reflexiones profundas, una fecha: el 21 de febrero de 1869. ¿Se ha dado en este día alguna gran batalla en que ha triunfado la justicia? ¿Una Asamblea ha promulgado como ley algún derecho hasta allí desconocido o negado? ¿Se han agitado las masas como el mar embravecido, y en las oleadas de su cólera han sepultado en el abismo algún impío error, han levantado hasta el cielo alguna verdad santa? No, el 21 de febrero no ha sucedido ninguna de estas cosas. Ningún estruendo marcial, ni aclamaciones de la multitud, que no se ha apercibido siquiera de que allá, en la Universidad Central, se reunían algunas personas en el salón de grados (…) ¿Pero dónde estaba el joven graduando al que con tanta ansia se quería ver y escuchar? Era en vano buscarle más que con los ojos del alma; el graduando no tenía cuerpo; era una idea que iba a ser proclamada desde la tribuna, una idea de esas que son el resumen de una época y el germen de otra; una idea de las que crecen primero al calor de algunas inteligencias elevadas, para llegar a ser algún día patrimonio del sentido común. Allí iba a decirse que la mujer es un ser racional, un ser inteligente, capaz de recibir educación y elevarse a las regiones del pensamiento, de infeccionarse aprendiendo y de mejorarse perfeccionándose.

Hay muchas cosas que comentar en el pasaje transcrito de aquella experiencia, la más obvia es su convicción de que un día la emancipación de la mujer sería un hecho aceptado por todos, patrimonio del sentido común. Pero Arenal se equivocaba de medio a medio al pensar que aquel día podía estar próximo o que figuraría en la historia de nuestra cultura en letras de molde, como cristalización de un cambio colectivo en relación a la mujer. Sin duda fue una fecha muy significada en su momento y el comienzo de una legitimidad intelectual hasta entonces rechazada casi de plano. Sin embargo, apenas quedaría el recuerdo de su importancia en los años venideros y desde luego no serían «los filósofos» quienes la rescatarían del olvido. Cuando el feminismo la ha recuperado, en fechas recientes, tampoco se ha visto como parte del progreso de una sociedad sino a menudo como un hito en el avance de los derechos de la mujer: es decir algo que le concierne a ella y de lo cual es la única beneficiaria. Arenal, por el contrario, se esmera ya en las primeras líneas de su crónica para señalar su significación universal, ubicar la reivindicación de los derechos de la mujer como un avance de toda la sociedad y no solo de su colectivo más numeroso.

Fueron un total de quince conferencias, más las lecturas de textos literarios con que se acompañaban los actos (leídos por Campoamor, Hartzensbusch, etc.). Los varones más eminentes de la capital pues, vinculados de un modo u otro a una idea de progreso social —Sanromá, Canalejas, Corradi, Labra, Casas, Moret, Echegaray, García Blanco, Álvarez Ossorio, Castelar , Pi y Margall, etc.— desgranaron, con el mayor paternalismo del que fueron capaces, algunas reflexiones sobre la mujer en relación a la religión, al matrimonio, la educación, las leyes, la cultura, la historia… En breve plazo la escritora advertiría la anomalía que suponía que no se hubiera invitado a ninguna mujer que pudiera representar su sentir, su pensamiento, ante los desafíos sociales que se planteaban en el nuevo contexto político postisabelino. Claro que se daba por hecho que ninguna lo tenía todavía… Lo cierto es que en 1869 Arenal era ya una mujer conocida en los círculos políticos e intelectuales. A punto de cumplir cincuenta años, había publicado algunas obras importantes, aunque no las más relevantes en su trayectoria, que estaban por venir. En todo caso, había adquirido una seguridad en su forma de pensar suficiente para que aquellas conferencias dictadas sobre la mujer, sin tener en cuenta a ninguna de ellas, la moviera a despejar de su mente otras preocupaciones para centrarse temporalmente en las mujeres y su particular problemática. El resultado sería un ensayo luminoso sobre la necesaria autonomía femenina. Necesaria porque repercutiría en el bien de todos: «El hombre no progresará si deja a la mujer estacionaria».

De modo que las crónicas de las sucesivas conferencias en la pluma de Arenal se transformaron en la exposición de sus propias ideas. No le interesaba tanto resumir lo que decían otros, aunque lo hace, como exponer lo que a ella le sugería lo que escuchaba. Así ocurriría, por ejemplo, con la quinta conferencia del ciclo, a cargo del académico, liberal pero profundamente cristiano, Fernando Corradi, quien habló sobre la influencia del cristianismo en la mujer. Lo que este expone en su intervención le da pie a Arenal para que apunte su defensa de un posible sacerdocio femenino. ¿Por qué no, si la mujer es un ser más dotado de valores espirituales que el hombre? Esta era su convicción que defendería hasta el final de sus días: la mujer es un ser moralmente superior y lo demuestra constantemente porque, necesitándolo más que el varón (por su falta de recursos a la hora de tener que sobrevivir por sus propios medios), delinque mucho menos que él (y eso lo prueban los números de presos y presas en las cárceles). Esta opinión, expresada puntualmente en el periódico, suscitaría de inmediato la protesta de un colega quien, sin firmar el artículo más que con unas iniciales, DAMS, aparcaría la crónica que debía hacer de la conferencia de Rafael María de Labra en sustitución de Arenal (baja aquel domingo de marzo por encontrarse enferma) para cargar, escandalizado, contra la posibilidad de un sacerdocio femenino defendida en una crónica anterior por Arenal, yendo así ella mucho más lejos que Corradi. Arenal reaccionaría de inmediato —nunca rehuyó la réplica— aprovechando la crónica siguiente en el periódico para responder a su colega y sustituto en unos términos muy contundentes: «Que Jesucristo no eligiera mujeres para el sacerdocio se comprende bien, sin inferir de aquí su incapacidad perpetua para desempeñar el cargo».

Como ya señaló María José Lacalzada en su estudio sobre la escritora y pensadora, Arenal es una mujer que funciona reactivamente. Es a partir del acceso a otro modo de pensar que el suyo se activa desarrollando entonces su propia originalidad. Y ello explica la dispersión intelectual de su obra que, aun teniendo un ideario muy compacto, se prodiga en manifestaciones muy distintas. De modo que en unas pocas semanas, y después de haber asistido a casi todas las Dominicales dedicadas a la mujer, ella tendría listo su ensayo conteniendo sus propias ideas y replicando las ideas que le parecían más oportunas. Tradicionalmente se ha editado La mujer del porvenir prescindiendo de las dos últimas partes que contiene la primera edición del libro (Biblioteca Económica de Andalucía, Sevilla & Madrid, noviembre de 1869). Es decir, las crónicas de las conferencias, a las que acabamos de referirnos, y un último apartado que incluía algunos capítulos de sus Cartas a los delincuentes que nada tenían que ver con la defensa de la mujer como un sujeto racional y merecedor de una educación que pueda estar a la altura de sus capacidades innatas. Es de suponer que la Biblioteca, dirigida por Félix Perié, aprovechó la edición para ofrecer a los lectores una imagen más completa de la pensadora.

La mujer del porvenir se centra pues en un doble hecho: a) constata la desigualdad que sufre la mujer en todos los ámbitos de la vida y del conocimiento y b) esa desigualdad, fruto de su consideración como un ser inferior al varón, no es justa, es decir no es fruto de una verdad de la naturaleza, sino de una sistemática marginación. La mujer es social e intelectualmente inferior al varón porque se le ha impedido la instrucción necesaria para un correcto desarrollo. Y el único futuro posible para ella consiste en acceder a la educación y hacerlo en igualdad de condiciones. Ahora bien, Arenal, condicionada a su vez por su idea de que la mujer se debe a la mayor moralidad que la caracteriza, considerará que no debe comprometerse en esferas que son de por sí moralmente comprometidas, como la política y el ejército.

Ya hemos dicho que su defensa del sacerdocio femenino (octavo capítulo) levantaría ampollas. Ella había pensado libremente y...



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