Cartarescu | Las Bellas Extranjeras | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 109, 256 Seiten

Reihe: Impedimenta

Cartarescu Las Bellas Extranjeras


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-15979-77-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 109, 256 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-15979-77-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mircea Cartarescu, autor de las visionarias 'Nostalgia' o 'Lulu', aborda tres relatos magistrales, cargados de un humor amargo y brutal. El volumen se abre con 'Ántrax', que narra, en plena paranoia post-11-S, cómo el autor recibe un sospechoso sobre desde Dinamarca, hecho que moviliza al kafkiano establishment policial rumano. En 'Las Bellas Extranjeras', indudable pièce de résistance del volumen, asistimos al delirante viaje del autor en compañía de once escritores rumanos a tierras francesas, un descenso a los infiernos que alcanza, por momentos, la grandeza de lo grotesco. En 'El viaje del hambre', un joven Cartarescu aspirante a poeta en la época previa a la caída del comunismo, es invitado por un grupo de escritores de una ciudad de provincias y se ve arrastrado a un sinfín de situaciones absurdas con el estómago vacío y muerto de frío. Un libro magistral por el que desfilan escritores, artistas, policías, estudiantes, funcionarios culturales y hasta fantasmas: tres relatos cargados de un humor que nos lleva de la sonrisa cómplice a la abierta carcajada.

Mircea C?rt?rescu es un poeta, narrador y crítico literario rumano. Está considerado por la crítica literaria el más importante narrador rumano de la actualidad. Sus textos han sido vertidos al inglés, al italiano, al francés, al español, al polaco, al sueco, al búlgaro y al húngaro. Es el autor rumano más apreciado en el extranjero, y algunos consideran que podría ser el primer escritor en lengua rumana en obtener el Premio Nobel de Literatura.
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Ántrax


1

Una mañana de invierno, hará unos tres años, recibí una llamada del director de una conocida revista cultural. «Señor Cartarescu», dijo una voz ceremoniosa, de esas que solo la gente de avanzada edad, la que ha vivido una temporadita en el periodo de entre guerras, posee: «hemos recibido una carta de Dinamarca dirigida a usted. Puede pasarse a recogerla a nuestras oficinas, a la calle Brezoianu». Estaba solo en casa y sentía que me rondaba el desasosiego. Me sucede siempre que la luz sucia y deprimente de los inviernos de Bucarest cae sobre la mesa de mi escritorio. Me vestí y salí a la humedad exterior.

Cogí el trolebús en Kogalniceanu, una sola parada, así que no me dio tiempo a preguntarme en serio quién demonios podría enviarme una carta desde Dinamarca. Aparte de Hamlet, no conocía a ningún otro danés. Así que cuando me apeé, frente al McDonald’s, estaba tan intrigado como al principio. Crucé hacia las horribles ruinas que flanqueaban el (arguably) bulevar más feo del mundo y enfilé directamente hacia el edificio La Información, como era conocido en otros tiempos. Me dan pánico los ascensores viejos, así que subí por unas escaleras dignas del Ministerio de la Verdad hasta el último piso. Allí, al igual que en la Casa de la Prensa, me topé con unas oficinas de aspecto sórdido, inconcebibles en un edificio tan majestuoso como aquel. Una secretaria me trajo el sobre. Era grande y acolchado, estaba todo desgastado y en él, además de mi nombre y de la dirección de la revista en cuestión, escrita a mano, a bolígrafo, se incluía algo más, escrito también a mano, en diagonal, y que ocupaba prácticamente toda la superficie del sobre, lo que confería al paquete un aire… extraño, en cierto modo, como de sobre que ha merodeado durante largo tiempo por los recónditos recovecos del servicio de correos y que vuelve al sitio del que partió saturado de inscripciones: destinatario desconocido, fallecido, ausente del domicilio… Di las gracias y salí por la puerta con mi abrigo negro, demasiado imponente para un individuo tan menudo como yo (me lo robarían el invierno siguiente en el aeropuerto de Munich, para mi alivio) y con el sobre debajo del brazo me encaminé a la salida.

Me detuve en lo alto de la gigantesca escalinata —una silueta negra como las de las películas expresionistas alemanas—, para abrir la carta. Pero algo me disuadió, porque, en medio de aquella luz turbia, conseguí descifrar algo de aquella caligrafía deshilachada, como de alumno con problemas psicomotores, que emborronaba el sobre. Mi nombre estaba escrito de forma completamente fantasiosa, pero eso no me pareció en absoluto sorprendente: unos pocos años antes, estando en la feria del libro de Leipzig, había visto mi fotografía colocada sobre un inmenso cilindro de neón y debajo se me anunciaba como Mircea Scartarecu… Mucho más extraña me pareció la inscripción que recorría el sobre de una punta a otra, en diagonal, y que rezaba: «Why don’t you sneeze?» Me fulminó entonces una idea siniestra. ¿Que estornude? ¿Por qué voy a estornudar? Estremecido, palpé el desgastado sobre. Contenía una serie de estructuras complejas de diferente textura y densidad. En una de las esquinas, creí reconocer una bolsita con una especie de polvo… Sentí entonces que los dedos me quemaban y dejé caer el sobre…

Era la época de la histeria con el ántrax. Unos criminales desconocidos habían enviado, poco después del desastre del 11 de septiembre, unos sobres con ántrax a la Casa Blanca, al Pentágono y a otros lugares del mundo. Habían muerto varias personas —sobre todo trabajadores del servicio de correos— y mientras tanto los terroristas seguían en el anonimato. En la televisión no dejaban de repetir lo peligroso que era el ántrax, lo fácil que era conseguirlo, de qué modo se mezclaba con otras sustancias para hacerlo más volátil y así poder propagarlo con más facilidad… Bastaba con inhalar una sola vez así un sobre así y… eras hombre muerto. Además, la muerte por ántrax no era en absoluto feliz: se te encharcaban los pulmones y morías por asfixia, lentamente, tras varias horas de agonía.

No era como para tomárselo en broma. Aquella invitación al estornudo se me antojaba ahora una alusión de lo más clara. ¿Cuándo estornuda alguien? Cuando aspira un polvillo, unas partículas… Ya había sucedido en Bucarest algo parecido. Alguien encontró en una alameda de Cismigiu un polvo blanco y alertaron a la policía. Se presentó el alcalde en persona, un antiguo oficial de la marina que se puso a cuatro patas, cogió un poco de polvo con un dedo, se lo llevó a la lengua y se incorporó decepcionado: «¡Esto es solo harina, hombre!».

Yo contemplaba como un palurdo el sobre, que había aterrizado unos escalones más abajo. Los dedos me picaban de lo lindo: el envoltorio era ciertamente muy poroso. ¿No se habría escapado el polvillo por algún sitio, por una esquina acaso? Como no podía dejar el sobre allí, lo cogí con un pañuelo de papel que llevaba (¡providencialmente!) en el bolsillo y bajé con él de esta guisa, como si transportara una rata muerta. Los que subían o bajaban las escaleras, afortunadamente solo unos pocos funcionarios —o al menos eso me imaginaba—, me miraban con recelo cuando pasaban junto a mí…

Arrojé el sobre dentro de la primera papelera que encontré, oculta por un Dacia destartalado que estaba aparcado en la acera. Ahora habían empezado a picarme también los ojos. Desazonado, caminé en dirección a mi casa, a través de la nieve derretida, por delante de Cismigiu. Me froté las manos con nieve varias veces, pero todo fue en vano. El ántrax había penetrado en mi piel, no cabía duda, y había comenzado a causar estragos. Para la tarde ya estaría, probablemente, muerto y lívido, o como diga ese título antiguo… Por el camino me imaginé la página de cultura de los periódicos del día siguiente: el obituario en el que alguien desgranaría mis pocos méritos en la vida, los artículos de mis amigos, a cada cual más afectado y afligido. Como por entonces estaba peleado con la Unión de Escritores, ni siquiera expondrían mi cadáver en un lugar destacado. En cualquier caso, yo no quería un ataúd lujoso, ni alfombras ni banderas, en esto estaba de acuerdo con Eminescu. Mejor una corona de juncos y unos cuantos luceros, con eso me daba por satisfecho…

Pero no estaba llamado a palmarla tan rápido. Aún no imaginaba, mientras arrastraba abatido los pies frente al supermercado de la cadena Angst (¡qué nombre tan apropiado para mi situación!), que la aventura no había hecho más que comenzar.

2

Hacia la plaza Kogalniceanu el miedo pareció ceder un poco (al fin y al cabo, solo se vive una vez) y empecé a preguntarme de nuevo quién habría podido enviarme a mí desde Dinamarca un sobre lleno de ántrax. Me detuve bruscamente ante una tienda de rosquillas y galletas. Estaba claro, tío.. Apenas dos meses atrás, había publicado un pequeño ensayo en una revista cultural danesa, hermana gemela de la rumana en cuyas oficinas se había recibido el sobre. El itinerario estaba claro: el loco (o más bien diríamos el asesino) había leído mis opiniones, de marcado tono político, y había decidido que un individuo tan miserable no merecía vivir. Llegué a casa taciturno y agitado. Le relaté a Ioana, que acababa de volver de las compras, todo lo acontecido aquella mañana. Mi relato seccionaba, con la dureza del filo de un cuchillo, nuestra vida extremadamente banal de «married with children». Acabábamos de entrar en otra dimensión. Respirábamos el aire denso de la aventura.

—Pero, hombre, ¿cómo se te ha ocurrido dejar el sobre tirado en la papelera? ¿Es que no te das cuenta? Podría cogerlo cualquier vagabundo, o un crío curioso. Puede ocurrir una desgracia… —me dijo Ioana mientras yo me lavaba las manos por quinta vez—. ¡Y encima pone tu nombre!

No lo había pensado. Al poco rato, lo único que teníamos claro era que había que volver corriendo a Brezoianu para recuperar el sobre. Si es que no era ya demasiado tarde… Busqué una bolsa de plástico, encontré una de la editorial Humanitas1, nos aseguramos bien de que no tuviera agujeros, cogimos también un rollo de cinta adhesiva y salimos a la calle. Llevaba incluso un par de guantes viejos que pensaba sacrificar después de usarlos.

Esta vez cogimos el trolebús, pues no había tiempo que perder. Tanto Ioana como yo estábamos sumidos en un silencio apesadumbrado. Además, la mano con la que había sujetado el sobre había empezado a picarme de nuevo. Al cabo de diez minutos estábamos ya junto al Dacia oxidado tras el cual se ocultaba la papelera.

—¡Mira, aquí está!

Introduje la mano cuidadosamente en la basura y agarré, con los dedos enguantados, la carta sobre la que nadie había arrojado nada (afortunadamente estábamos en invierno, y era muy temprano). Una señora nos miraba con insistencia desde las escaleras del edificio La Información: no dábamos el perfil de esos tan aficionados a hurgar en los cubos de basura, pero nunca se sabe. Tal y como están las cosas hoy en día… Debió de ver cómo depositábamos delicadamente el sobre en la bolsa anaranjada, cómo pegábamos el borde con cinta adhesiva, cómo yo me quitaba los guantes y los metía en otra bolsita. Ioana le lanzó una sonrisa de oreja a oreja y ambos nos dimos la vuelta.

Pronto estábamos de nuevo en casa, contemplando la bolsa sellada. La de los guantes llevaba ya un buen rato en la basura. Toqueteábamos...



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