E-Book, Spanisch, Band 76, 384 Seiten
Reihe: Impedimenta
Cartarescu Nostalgia
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-15979-73-9
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 76, 384 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-15979-73-9
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Mircea C?rt?rescu es un poeta, narrador y crítico literario rumano. Está considerado por la crítica literaria el más importante narrador rumano de la actualidad. Sus textos han sido vertidos al inglés, al italiano, al francés, al español, al polaco, al sueco, al búlgaro y al húngaro. Es el autor rumano más apreciado en el extranjero, y algunos consideran que podría ser el primer escritor en lengua rumana en obtener el Premio Nobel de Literatura.
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El Mendébil
Sueño muchísimo, en colores dementes, tengo en los sueños sensaciones que no busco nunca en la realidad. He anotado cientos de sueños a lo largo de los últimos diez años; algunos se repiten de forma compulsiva y me empujan a las mismas horcas caudinas de la vergüenza, la rabia y la soledad. Por supuesto, dicen que el escritor pierde por cada sueño un lector, que los sueños resultan aburridos en una historia, que no son sino un método anticuado de mise-en-abyme. Pocas veces, es cierto, resulta un sueño interesante para los otros. Además, los escritores abusan en ocasiones de esas falsificaciones, construyen sueños del calibre deseado para reflejar y ordenar la realidad difusa de la historia, al igual que, si colocas el capuchón de una pluma estilográfica en medio de un garabato anamorfo, ves reflejada en él la imagen de una mujer desnuda. Puesto que quiero comenzar esta historia con un sueño, intento defenderme en cierto modo de la acusación de pereza e ingenuidad que surgirá de inmediato.
Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Solo escribo para vosotros, queridos amigos, y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos. Sin embargo, los trucos de la escritura me dejan frío. Desde hace algo más de un año, desde que asisto a vuestros encuentros dominicales, habría podido aprender muchísimo sobre la técnica a través de la cual se liga una historia. En cualquier caso, sin embargo, me temía que no tendría demasiado que decir. De hecho, hasta la noche en que soñé lo que quiero contaros, estaba convencido de que no había nada en mi vida que mereciera salir a la luz. Así que no pretendo llevar a cabo una mise-en-abyme, solo quiero comenzar porque estoy convencido de que, tanto en la vida como en la ficción, el comienzo da el tono. Incluso en la locura. Recuerdo cómo empezó a perder el norte un amigo mío. Llegó un día muy agitado a mi apartamento y me relató con una extraña coherencia lo que le había sucedido una hora antes: «He cogido el tranvía para ir a visitar a un conocido. Por culpa del frío, las ventanillas estaban empañadas. En el asiento de delante había una mujer como de pueblo, con una zamarra marrón sucia y un pañolón verde. No me había fijado en ella hasta que ha levantado una mano burdamente enguantada y ha limpiado una parte de la ventanilla empañada. Estaba precisamente mirando a través de la mancha transparente cuando el tranvía ha entrado en el túnel y la mancha se ha vuelto negra como la brea sobre el fondo blanco del resto de la ventana. Pues bien, la mancha reproducía perfectamente el famoso perfil de Goethe. Todo estaba ahí: la nariz recta que nace directamente de su frente oblicua, la peluca que acaba en una cola de caballo, los labios firmes, la barbilla redonda…».
En fin, no voy a alargarme más y voy a comenzar la historia del sueño que he mencionado. Hace unos dos meses soñé que estaba simplemente encerrado en un frasco, pero en uno que parecía tallado en cristal de roca. Daba vueltas de aquí para allá por aquel frasco en el que, de vez en cuando, centelleaban arcoíris, y contemplaba encantado a través de sus paredes el mundo fluido, tembloroso, del exterior. Un pájaro venía aleteando desde las lejanas montañas y, a medida que se acercaba, se ensanchaba al combarse sobre las paredes curvas. Cuando estuvo bien cerca, vi su ojo almendrado, enorme, que crecía como dentro de una lupa y que de repente me abarcó por todas partes. Me tapé la cara con un sentimiento terrible de vergüenza y de placer. Cuando volví a mirar, observé que en las paredes del frasco —que lanzaban destellos demenciales— habían aparecido los contornos delicados de una puerta. Me lancé hacia ella espantado ante la idea de que pudiera estar abierta. Pero respiré aliviado: un candado enorme, blando, como de carne, colgaba en la puerta. Por el senderito que descendía desde las lejanas montañas y terminaba ante mi puerta, venía una niña. Parecía obediente y bien educada mientras avanzaba, con unos grandes lazos en las trenzas y la boquita húmeda, hacia la puerta. Las paredes del frasco se habían vuelto rectas y claras como si fueran de cristal y de repente sentí un miedo irracional, un terror que no he vuelto a experimentar jamás. La niña había llegado a la puerta y había empezado a golpear con sus puñitos nacarados el grueso cristal. Debido al pánico, me había tirado al suelo y me retorcía, pero no le quitaba ojo. Cuando agarró el candado, sentí que se me abrían las carnes, que me estallaba el corazón. Entonces rompió el candado y, con las manos embadurnadas de sangre, empujó la pesada puerta de cuarzo. Se quedó paralizada ante mí, en el umbral, en una actitud que me resulta imposible describir porque no existen palabras para ello. Y de repente vi la escena desde un punto situado a espaldas de la niña, mientras me alejaba por el sendero que conducía a las montañas lejanas. Empecé a abarcar con la mirada una superficie cada vez más vasta de las paredes macizas de vidrio o de hielo o de cristal del frasco, que no era en ningún caso un frasco, sino un gigantesco castillo, una construcción obtusa, con cornisas y estucados y volutas y gorgonas y claraboyas y balcones y almenas y torreones y canalones de una materia fría y transparente. Y en el centro de los miles de salones de paredes transparentes me encontraba yo, tirado en el suelo, y la niña en el dintel de la puerta abierta de par en par; a sus espaldas, desde la entrada en el castillo hasta la cámara central, había cientos de puertas abiertas con candados ensangrentados.
Me desperté con una sensación estúpida que me llenó de desazón durante toda la mañana, pero no recordé el sueño hasta después de comer; al principio fueron como unos destellos de pura emoción en el plexo, luego, en la escuela, mientras me escuchaban mis alumnos, como unas dolorosas secuencias ininteligibles. Necesité también el día siguiente para poder reconstruir todo lo que he contado aquí. Más aún, no sé por qué, pero tengo la impresión de que había recordado mucho más de lo que ahora sé y que, entre tanto, lo he olvidado. Sí, ahora, mientras escribo, me relampaguea la idea de que supe qué gestos hizo y qué palabras pronunció la niña del sueño, pero siento que me resulta absolutamente imposible concentrarme sobre ellos. Espero recordarlos a lo largo de este relato…
Intenté, como de costumbre, después de anotar el sueño, realizar su anamnesia. Comencé al azar, esforzándome por recordar algún detalle que pudiera ligar a alguna secuencia del sueño. Tras una ensoñación de un par de horas ante la taza de café —durante las cuales miré fijamente el dibujo de la taza, una mariposa púrpura con dos manchas como dos ojos inmensos, azules, con un borde dorado en ambas alas y el cuerpo en forma de gusano claro, desagradable— apunté en mi cuaderno el siguiente texto, que se me ocurrió de forma espontánea: «Cuando sueño, una niña salta de su cama, se dirige a la ventana y, con el rostro pegado al cristal, contempla cómo se pone el sol sobre las casas rosas y ocres. Vuelve la cara hacia el dormitorio rojo como la sangre y se acurruca de nuevo bajo la sábana húmeda. Cuando sueño, algo se acerca a mi cuerpo paralizado, toma mi cabeza entre sus manos y la muerde como si fuera un fruto translúcido. Abro los ojos pero no me atrevo a moverme. Salto bruscamente de la cama y me dirijo a la ventana. Miro hacia afuera: el cielo es todo estrellas». E inmediatamente, como si hubiera pronunciado una fórmula sagrada, comencé a recordar algo. Algunas cosas las he olvidado, pero sé que de repente comprendí que la historia del tarro procedía de una conversación telefónica que había mantenido con mi antigua novia, la cual, entre otras cosas, me contó que se había comprado una pareja de hámsteres y que los tenía en un frasco con aserrín. Luego me vino a la cabeza mi recuerdo más antiguo: tenía como mucho dos años y vivía con mis padres en Silistra. El casero, que se llamaba Catana, me había regalado una campanilla. Recuerdo incluso hoy en día, con absoluta nitidez, cómo salí del jardín de la casa y me adentré, con mis botitas, en un charco turbio que se extendía por la calle. Dejé caer la campanilla al agua y, aunque tanteé con mis manitas el fondo del charco, de unos pocos centímetros de profundidad, no conseguí encontrarla. Recuerdo lo sorprendido que estaba. A partir de este recuerdo, comprendí que tenía que situar el desarrollo del sueño mucho más alejado en el tiempo. Me concentré en la niña, en sus trenzas anudadas con unos enormes lazos de tela blanca, almidonada. Pensé que se parecía a las campesinas retratadas por los maestros holandeses, mujeres con la cabeza cubierta por bordados grandes y envolventes. Pensé en las sábanas de holanda sobre las que descansaban los desnudos soberbiamente cimbrados de Ingres y, de repente, arrinconé el recuerdo: la niña se llamaba Iolanda. Entonces vi ante mis ojos la puerta de cristal del portal número 1, que tanto costaba abrir, el molino Dîmbovita, las tacitas de juguete, de colores violentos y dolorosos, y la imagen de Bucarest desde la terraza, iluminada en la noche por anuncios rojos y verdes que se encendían y se apagaban. En un estado de exaltación difícil de describir, al cabo de unos minutos desenterré de mi memoria algunas cosas de las que estaba seguro no recordar ya nada. Es más, me di cuenta de que aquel periodo de mi vida es el que concentró todo lo original y tal vez insólito que hay en mí. Cómo había podido resistir hasta entonces ese globo perfecto, nacarado, encerrado entre las valvas cenicientas de mi vida de profesor soltero y hastiado, que vive...




