Arguedas | Yawar Fiesta | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 236 Seiten

Reihe: Narrativa

Arguedas Yawar Fiesta

Fiesta de Sangre
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1126-995-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Fiesta de Sangre

E-Book, Spanisch, 236 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-1126-995-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Publicada en 1941, Yawar Fiesta (Fiesta de Sangre) es la primera novela del escritor peruano José María Arguedas. Es una de las obras más representativas del movimiento literario indigenista. Aquí Arguedas hace una fusión estilizada de la lengua castellana y quechua. Pretende describir con la mayor verosimilitud posible la situación de los pueblos andinos del Perú, en particular los pueblos de la Sierra Centro y Sur. La obra corresponde a la realidad que reinaba a lo largo de la primera mitad del siglo XX. En dicha época en el Perú había una marcada discriminación racial, entre los terratenientes (patrones) y los campesinos. Así la oligarquía económica trató de imponer sus costumbres sobre los pueblos autóctonos del Perú. Mientras, los indígenas pugnaban por mantener su propia idiosincrasia. El nudo narrativo de Yawar Fiesta es el conflicto cultural que sucede cuando el pueblo de Puquio (sierra al sur del Perú) desea celebrar su tradicional corrida de toros andina (turupukllay) para las Fiestas Patrias en la década de los años treinta del siglo XX. Sin embargo, las nuevas autoridades han recibido una circular de parte del gobierno para evitar esta corrida por considerarla una tradición bárbara. La única opción para los comuneros es aceptar una corrida a la manera española con la participación de un torero proveniente de la capital peruana. Según los críticos, es la más lograda de las novelas de Arguedas, desde el punto de vista formal. Se aprecia el esfuerzo del autor por ofrecer una versión lo más auténtica posible de la vida andina, sin recurrir a los convencionalismos y al paternalismo de la anterior literatura indigenista de denuncia.

José María Arguedas fue un influyente escritor, antropólogo y etnólogo peruano, nacido el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas, una provincia de la región Apurímac, y fallecido el 2 de diciembre de 1969. Su obra es profundamente significativa en la literatura peruana y latinoamericana por su intensa y emotiva exploración de la identidad cultural en el Perú. Criado en un ambiente donde convivían tanto la cultura española como las culturas indígenas quechuas, Arguedas fue un testigo privilegiado y crítico de la diversidad y las tensiones culturales de su país. Esta posición única le permitió escribir con autenticidad y profundidad sobre las vidas de los pueblos indígenas peruanos, presentando sus perspectivas, lenguaje, mitos y conflictos con un respeto y fidelidad poco comunes. Educado en antropología y con una sólida formación académica, Arguedas no solo se dedicó a la literatura, sino que también realizó importantes contribuciones en el campo de la antropología y la etnología. Fue profesor en varias universidades y ocupó cargos en instituciones culturales y educativas de Perú. Entre sus obras más destacadas se encuentra 'Yawar Fiesta' (1941), 'Los ríos profundos' (1958), y 'Todas las sangres' (1964). Estas novelas, y otras escrituras, abordan temas de conflicto cultural, injusticia social y la rica tapestry de la vida indígena y mestiza. Arguedas es especialmente recordado por su habilidad para entrelazar el español con el quechua en sus textos, reflejando así la realidad bilingüe de muchas áreas andinas. Su vida estuvo marcada por una profunda sensibilidad hacia los problemas sociales y una continua lucha personal que finalmente lo llevó al suicidio en 1969. Arguedas dejó un legado literario que sigue siendo crucial para entender las complejidades culturales y sociales del Perú contemporáneo.
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La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú


Los personajes humanos en los Andes


La diferenciación del campesino en los países descendientes del Imperio incaico y de España ha sido determinada principalmente por causas de índole cultural; por esa razón el campesino tiene en estos países un nombre propio que expresa toda esta compleja realidad: indio. De este nombre se han derivado otros que han encontrado una difusa aplicación en el arte, en la literatura y la ciencia: indigenista, indianista, india.

Se habla así de novela indigenista; y se ha dicho que mis novelas Agua y Yawar fiesta que son indigenistas o indias. Y no es cierto. Se trata de novelas en las cuales el Perú andino aparece con todos sus elementos, en su inquietante y confusa realidad humana, de la cual el indio es tan solo uno de los muchos y distintos personajes.

Yawar fiesta es la novela de los llamados «pueblos grandes», capitales de provincia de la sierra; Agua es la historia de una aldea, de una capital de distrito.

Son cinco los personajes principales de los «pueblos grandes»: el indio; el terrateniente de corazón y mente firmes, heredero de una tradición secular que inspira sus actos y da cimiento a su doctrina; el terrateniente nuevo, tinterillesco y politiquero, áulico servil de las autoridades; el mestizo de pueblo que en la mayoría de los casos no sabe adónde va: sirve a los terratenientes y actúa ferozmente contra el indio, o se hunde en la multitud, bulle en ella, para azuzarla y descargar su agresividad, o se identifica con el indio, lo ama y sacrifica generosamente su vida por defenderlo. El quinto personaje es el estudiante provinciano que tiene dos residencias, Lima y «su pueblo»; tipo generalmente mesiánico cuya alma arde entre el amor y el odio; este elemento humano tan noble, tan tenaz, tan abnegado, que luego es engullido por las implacables fuerzas que sostienen el orden social contra el cual se laceró y gastó su aliento. Sobre estos personajes fundamentales flotan las autoridades, cabalgan sobre ellos; y muchas veces, según la maldad, la indiferencia o rara buena intención de tales elementos, los pueblos se conmueven y marchan en direcciones diferentes con pasos violentos o rutinarios.

Otro personaje peruano reciente que aparece en Yawar fiesta es el provinciano que migra a la capital. La invasión de Lima por los hombres de provincias se inició en silencio; cuando se abrieron las carreteras tomó las formas de una invasión precipitada. Indios, mestizos y terratenientes se trasladaron a Lima y dejaron a sus pueblos más vacíos o inactivos, desangrándose. En la capital los indios y mestizos vivieron y viven una dolorosa aventura inicial; arrastrándose en la miseria de los barrios sin luz, sin agua y casi sin techo, para ir «entrando» a la ciudad, o convirtiendo en ciudad sus amorfos barrios, a medida que se transformaban en obreros o empleados regulares. ¿Hasta qué punto estos invasores han hecho cambiar el tradicional espíritu de la Capital?

La novela en el Perú ha sido hasta ahora el relato de la aventura de pueblos y no de individuos. Y ha sido predominantemente andina. En los pueblos serranos, el romance, la novela de los individuos, queda borrada, enterrada, por el drama de las clases sociales. Las clases sociales tienen también un fundamento cultural especialmente grave en el Perú andino; cuando ellas luchan, y lo hacen bárbaramente, la lucha no es solo impulsada por el interés económico; otras fuerzas espirituales profundas y violentas enardecen a los bandos; los agitan con implacable fuerza, con incesante e ineludible exigencia.

Casi no hay nombres de indios en Yawar fiesta. Se relata la historia de varias hazañas de los cuatro barrios de Puquio; se intenta exhibir el alma de la comunidad, lo lúcido y lo oscuro de su ser; la forma cómo la marea de su actual destino los desconcierta incesantemente; cómo tal marea, bajo una aparente definición de límites, bajo la costra, los obliga a un constante esfuerzo de acomodación, de reajuste, a permanente drama. ¿Hasta cuándo durará la dualidad trágica de lo indio y lo occidental en estos países descendientes del Tahuantinsuyo y de España? ¿Qué profundidad tiene ahora la corriente que los separa? Una angustia creciente oprime a quien desde lo interno del drama contempla el porvenir. Este pueblo empecinado —el indio— que transforma todo lo ajeno antes de incorporarlo a su mundo, que no se deja ni destruir, ha demostrado que no cederá sino ante una solución total.

¿Y el otro bando, la otra corriente? Ésa es aún más compleja, intrincada, turbia, cambiante, de varia y contradictoria entraña, en los «pueblos grandes». Los antiguos terratenientes, antiguos por el espíritu, están serenos, libres de escrúpulos de conciencia; el patrón de su conducta no ha sido perturbado, manejan los puños, blanden el garrote e hincan las espuelas, duramente; son los dueños. Los estudiantes y los llamados progresistas los contemplan con odio claro y lúcido; ellos, los dueños, quizá temen alguna vez este odio, pero ni dudan ni ceden. En el mismo bando, el mismo en relación con el indio, hay otras clases de gentes distintas y frecuentemente enemigas entre sí; desde el mestizo inestable, el apenas salido de la masa india, hasta el militante revolucionario. Son muchos estos personajes y la definición de sus distintas almas no puede quizá hacerse sino a través de la novela. Ya lo hemos citado al comienzo.

¿Es novela india, solo india o indigenista, la que trata de la aventura de todos estos personajes? Es probable o más que probable que el indio aparezca en estas novelas como el héroe fundamental. Una bien amada desventura hizo que mi niñez y parte de mi adolescencia transcurrieran entre los indios lucanas; ellos son la gente que más amo y comprendo. Pero quien se tome el trabajo de leer Yawar fiesta y conozca a don Julián Arangüena y al sargento de la Guardia Civil que aparecen en esta novela, verá que he narrado la vida de todos los personajes de un «pueblo grande» de la sierra peruana con pureza de conciencia, con el corazón limpio, hasta donde es posible que esté limpio el corazón humano. Agua sí fue escrito con odio, con el arrebato de un odio puro; aquel que brota de los amores universales, allí, en las regiones del mundo donde existen dos bandos enfrentados con implacable crueldad, uno que esquilma y otro que sangra.

Porque los relatos de Agua contienen la vida de una aldea andina del Perú en que los personajes de las facciones tradicionales se reducen, muestran y enfrentan nítidamente. Allí no viven sino dos clases de gentes que representan dos mundos irreductibles, implacables y esencialmente distintos: el terrateniente convencido hasta la médula, por la acción de los siglos, de su superioridad humana sobre los indios; y los indios, que han conservado con más ahínco la unidad de su cultura por el mismo hecho de estar sometidos y enfrentados a una tan fanática y bárbara fuerza.

¿Y cuál es el destino de los mestizos en esas aldeas? En estos tiempos prefieren irse; llegar a Lima, mantenerse en la Capital a costa de los más duros sacrificios; siempre será mejor que convertirse en capataz del terrateniente, y, bajo el silencio de los cielos altísimos, sufrir el odio extenso de los indios y el desprecio igualmente mancillante del dueño. Existe otra alternativa que solo uno de mil la escoge. La lucha es feroz en esos mundos, más que en otros donde también es feroz. Erguirse entonces contra indios y terratenientes; meterse como una cuña entre ellos; engañar al terrateniente afilando el ingenio hasta lo inverosímil y sangrar a los indios, con el mismo ingenio, succionarlos más, y a instantes confabularse con ellos, en el secreto más profundo o mostrando tan solo una punta de las orejas para que el dueño acierte y se incline a ceder, cuando sea menester. ¿Quién alterará este «equilibrio» social que ya lleva siglos —equilibrio de entraña horrible— y lo desgarrará para que el país pueda rodar más libremente, hasta alcanzar a algunos otros que teniendo su misma edad aunque menos virtualidad humana ya han dejado atrás tan vergonzoso tiempo?

Pero aludía al odio con que escribí los relatos de Agua. Mi niñez transcurrió en varias de estas aldeas en que hay quinientos indios por cada terrateniente. Yo comía en la cocina con los «lacayos» y «concertados»2 indios, y durante varios meses fui huésped de una comunidad.

¡Describir la vida de aquellas aldeas, describirla de tal modo que su palpitación no fuera olvidada jamás, que golpeara como un río en la conciencia del lector! Los rostros de los personajes estaban claramente dibujados en mi memoria, vivían con exigente realidad, caldeados por el gran Sol, como la fachada del templo de mi aldea en cuyas hornacinas ramos de flores silvestres agonizan. ¿Qué otra literatura podía hacer entonces, y aun ahora, un hombre nacido y formado en las aldeas del interior? ¿Hablar de las náuseas que padecen los hombres vencidos por cuanto de monstruoso ha acumulado el hombre en las grandes ciudades, o tocar adormilantes campanillas?

La lucha por el estilo. Lo regional y lo universal Mas un inconveniente aturdidor existía para realizar el ardiente anhelo. ¿Cómo describir esas aldeas, pueblos y campos; en qué idioma narrar su apacible y a la vez inquietante vida? ¿En castellano?

¿Después de haberlo aprendido, amado y vivido a través del dulce y palpitante quechua? Fue aquél un trance al parecer insoluble.

Escribí el primer relato en el...



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