E-Book, Spanisch, Band 68, 160 Seiten
Reihe: Religión
Autores Memorial de Sololá
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9953-837-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
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Memorial de Sololá
I. Historia del Manuscrito Cakchiquel
Hemos explicado en otra parte1 los orígenes de la escritura en América, especialmente en México y Guatemala, donde este arte casi divino alcanzó su mayor desarrollo. Los escritores indígenas aprendieron rápidamente el uso del alfabeto castellano, y ya sea obedeciendo a su propio deseo de conservar por escrito los hechos y leyendas de sus antepasados que se venían transmitiendo por tradición oral y con el auxilio de pinturas, o bien accediendo a los consejos de los misioneros católicos interesados en el conocimiento de la antigüedad americana, compusieron las historias, libros y anales que forman la fuente y base principal de nuestros conocimientos sobre la vida y cultura de los primitivos pobladores del Continente.
La literatura indígena de Guatemala ha contribuido al conocimiento de la antigüedad americana con un gran libro, el Popol Vuh, que condensa en sus páginas las ideas cosmogónicas y religiosas de las razas que poblaron el territorio que se extiende al sur de México, y cuya mentalidad está impregnada de la cultura que propagó en aquella zona el gran civilizador tolteca Quetzalcóatl.
El pueblo quiché, cuyas tradiciones y antigua historia refiere el Popol Vuh, no fue el único que desarrolló una cultura importante en Guatemala. A su lado, y rivalizando con él constantemente, prosperó la nación cakchiquel, que no era en rigor diferente de la quiché, y que, al contrario, forma con ella una rama de la raza maya cuya maravillosa civilización brilló varias siglos antes en la región, y presenta asimismo huellas de la influencia tolteca. Juntos peregrinaron los dos pueblos desde el norte siguiendo el litoral del Golfo de México a través de la Península de Yucatán hasta fijar su residencia en las tierras altas de la actual República de Guatemala, donde vivieron bajo una misma organización social y política.
Hasta el reinado del gran rey Quikab, o sea hasta mediados del siglo XV, los cakchiqueles permanecieron unidos a los quichés y vivieron junto a la corte de sus reyes. Pero cuando Quikab fue destronado por una revuelta encabezada por sus propios hijos, los cakchiqueles, que se veían amenazados por la hostilidad de sus hermanos de ayer, desalojaron los lugares que ocupaban cerca de ellos. El mismo sabio monarca, privado de la autoridad real, les aconsejó que fueran a establecerse en la fértil zona que se extiende alrededor de Yximchée (junto al actual Tecpán-Guatemala), donde fijaron la capital de su nación.
Allí se engrandecieron, vencieron a sus enemigos, hicieron grandes conquistas y vivieron en la abundancia hasta que los españoles los subyugaron en el siglo XVI.
Las vicisitudes de esta nación, sus luchas, sus triunfos, sus sufrimientos y su esclavitud y miserias cuando sopló sobre ellos el vendaval de la conquista extranjera, fueron descritos en un libro compuesto a fines del siglo XVI por varios indios instruidos en la escritura moderna. Este libro se conservó en el pueblo de Sololá, cabecera de corregimiento, situado en una montaña que domina el Lago de Atitlán, y fue recogido más tarde por los religiosos de San Francisco que administraban espiritualmente la región. El padre fray Francisco Vázquez, cronista de la Seráfica Orden, lo tuvo en sus manos desde fines del siglo XVII y lo utilizó en la narración de algunos episodios de interés para la historia general del país y especialmente para la historia de la fundación y desarrollo de los conventos franciscanos de Guatemala. A aquel libro llama el padre Vázquez «los papeles de los indios».2
Consumada la independencia de Centroamérica en 1821, y apenas organizada la República federal, estalló la guerra civil que produjo finalmente la separación de los Estados. El año de 1829, el general Francisco Morazán, al frente de un ejército compuesto principalmente de fuerzas de El Salvador y Honduras, ocupó la capital de Guatemala. El nuevo gobierno que se estableció con ese motivo decretó la expulsión de las congregaciones religiosas, y como consecuencia de esta medida los archivos y bibliotecas de los conventos fueron trasladados a centros pertenecientes al Estado o a la Curia eclesiástica, y no fueron pocos los que pasaron a manos de personas particulares. El manuscrito cakchiquel quedó por entonces bajo la protección de la Curia eclesiástica.
El abate francés Charles Etienne Brasseur de Bourbourg visitó Guatemala en 1855 y se dedicó a estudiar la historia y las lenguas indígenas del país, con el apoyo del arzobispo doctor Francisco García Peláez, que era también historiador distinguido, y que, como dice Brasseur, simpatizaba con todos los hombres de estudio. El investigador europeo recibió también valiosa ayuda de parte del doctor don Mariano Padilla, dueño de «una colección de libros y papeles que pueden considerarse como la biblioteca americana más completa de la América Central».3 El doctor Padilla había reunido en su colección muchos documentos originales y copias de otros tantos, relativos a la historia y a las lenguas del país. Hombre de espíritu amplio y desprendido, y amigo de las demás personas aficionadas a estos trabajos, sirvió de guía al doctor Carl Scherzer, quien visitó Guatemala en 1854 y publicó en Viena, tres años más tarde, la versión de Ximénez del Popol Vuh. Con el abate Brasseur de Bourbourg, Padilla llevó su generosidad hasta el grado de cederle algunos de los documentos que formaban su valiosa colección histórica.
El abate encontró en Guatemala otro espíritu no menos generoso e instruido en las antigüedades del país: don Juan Gavarrete, a quien el polígrafo francés llama «joven y celoso arqueólogo guatemalteco». Brasseur recuerda también, entre los amigos que tuvo en Guatemala, a don Francisco Gavarrete, hermano de don Juan, autor de la obra más antigua que se conoce acerca de la geografía de Guatemala.4
Don Juan Gavarrete conocía todos los documentos históricos de los archivos civiles y eclesiásticos, y acometió la empresa gigantesca de paleografiar los más importantes. El trabajo de más aliento realizado por él fue la transcripción de la Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, por fray Francisco Ximénez, en seis volúmenes y cerca de 2.200 páginas. Dicha copia se conserva en la Biblioteca Nacional de Guatemala. Gavarrete paleografió también parte de la Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, las Historias del Origen de los Indios del padre Ximénez, las Cartas del conquistador don Pedro de Alvarado y muchos otros documentos relativos a la historia de Guatemala.
Comisionado en 1844 para reorganizar el archivo del convento de San Francisco de la ciudad de Guatemala, que se encontraba bajo la custodia del arzobispado, descubrió entre aquellos papeles un manuscrito en lengua cakchiquel compuesto de 48 folios redactados de una misma mano en caracteres españoles y letra de principios del siglo XVII. Cuando, en 1855, llegó a Guatemala el abate Brasseur de Bourbourg, tuvo conocimiento del manuscrito, y comprendiendo su importancia para el estudio de la historia antigua del país, se ocupó en traducirlo al idioma francés y finalmente lo guardó para sí con la misma facilidad con que adquirió otros documentos de la misma clase. Antes de regresar a Europa dejó copia de su traducción al señor Gavarrete, quien la trasladó a su vez al castellano y la dio a luz en 1873 en el Boletín de la Sociedad Económica de Guatemala con el título de Memorial de Tecpán Atitlán, que le dio el primer traductor de este documento.
El señor Gavarrete refiere la historia del hallazgo de este manuscrito en la «advertencia» que puso al frente de su edición del Memorial, el cual dice que fue «encontrado casualmente por el editor cuando en el año 1844 se hallaba ocupado en arreglar el archivo del convento de San Francisco de esta capital, por disposición del limo. señor Arzobispo doctor don Francisco García Peláez para devolverlo a los religiosos de aquella orden, de cuyo restablecimiento se trataba». Agrega que el documento fue examinado «por muchas personas versadas en los idiomas indígenas sin que pudiera obtenerse, a pesar de sus esfuerzos, una traducción íntegra y exacta de su texto, habiendo sido bastante, sin embargo, lo que de su sentido pudo percibirse, para venir en conocimiento de su grande importancia histórica».
Continúa diciendo que en 1855 el abate Brasseur de Bourbourg, «habiendo habido a las manos el manuscrito de que se trata, se dedicó a traducirlo empleando los conocimientos que ya poseía en el idioma mexicano y en las tradiciones primitivas de los pueblos de este continente, y valiéndose, además, de vocabularios antiguos de las lenguas quiché y cakchiquel, con lo que logró llevar a cabo su empresa vertiéndole del cakchiquel al francés, aunque, a decir verdad, el mismo traductor, habiendo hecho posteriormente grandes progresos en el conocimiento de estos últimos idiomas y en la generalidad de sus estudios americanos, manifestó alguna desconfianza sobre la exactitud de una versión que desde entonces no tuvo ocasión de ver y corregir. El texto, sin embargo, quedó en su poder, y en la gran Colección histórica que logró formar se halla marcado con el número IX; pero habiendo dejado al que suscribe el borrador de su traducción, de él se ha servido para verterlo a su vez al español, coleccionándolo entre los documentos...




