E-Book, Spanisch, Band 29, 172 Seiten
Reihe: Narrativa
Bacardi Moreau Vía Crucis I
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-422-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 29, 172 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9007-422-0
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Emilio Bacardi Moreau nació, en Santiago de Cuba, el 5 de junio de 1844. Fue el primer alcalde republicano de Santiago de Cuba, elegido en 1901 con el 61% de los votos. En 1906 resultó senador de la república dentro del conservador Partido Moderado, de Domingo Méndez Capote y Tomás Estrada Palma. Sus servicios a su ciudad natal (extendió la electrificación ciudadana y pavimentó gran parte del casco urbano) le valieron el reconocimiento oficial de 'Hijo predilecto de Santiago de Cuba''. Como escritor destacó principalmente por algunas novelas de indudable interés, como Via Crucis y Doña Guiomar. Como historiador, su obra más conocida fue Crónicas de Santiago de Cuba. Al margen de su producción literaria, Bacardí fue muy conocido en su tiempo (y es recordado en la actualidad) por sus labores como industrial, entre las que resulta obligado destacar la fundación de la empresa licorera que lleva su nombre, gran difusora a lo largo de todo el siglo XX de las excelencias del ron cubano
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PRIMERA PARTE
I
El verano del año 1862 se dejaba sentir en Santiago de Cuba de igual manera que los años anteriores. Corría el mes de junio, y el calor sofocante era el mismo, sin embargo, de las aguas de mayo, que habían sido abundantísimas, y a pesar de la sugestión del enfriamiento de la tierra, teoría en boga más que nunca en aquellos días. No se respiraba ni aun en las horas de la mañana; el calor pegajoso desesperaba hasta después del mediodía, mitigado un tanto a esa hora por la llegada de las leves brisas del mar.
Reclinada Santiago a las faldas de la Sierra Maestra, luce la perenne verdura tropical desde los más altos picos hasta las mismas orillas del mar Caribe que, con arrullo de quejumbrosa tórtola, viene a morir a sus pies. La hoya que principia en el sucio tarayó —especie de charca cenagosa en campo de esmeralda— y termina en la gentil Socapa —dique que contiene y se corona de espumas cuando en él se rompen y deshacen las olas del Atlántico, al llegar embravecidas— forma la preciosa bahía, cuyas aguas, siempre apacibles, se coloran con el intenso azul del cielo que las cubre.
No hay que buscar en la ciudad que fundó Diego Velázquez nada que se relacione con el arte. Constituyen la antiquísima población un conjunto de calles torcidas y de casas embadurnadas de colores chillones, y le da brillantez y alegría ese mismo montón abigarrado de casas que, alumbradas por un Sol primaveral, son un cambiante constante de tonos vivos en una paleta natural. Las empinadas cuestas están empedradas con guijarros, u ostentan el suelo tal como la naturaleza lo formara. Al lado de edificios en buen estado se ven otros en ruina. El polvo abunda en donde el lodo no cubre el pavimento en zanjas más o menos profundas, y por encima de los tejados grises, contrastando con el color oscuro de las tejas, se destaca el verdor de los árboles que se levantan en las distintas lomas en que está escalonada la vieja ciudad. Las torres de las diez iglesias, a mayor altura que los demás edificios, rompen la monotonía de tanta casa igual, y sirven de marco, por el Este, el Hospital Militar y la iglesia de Santa Ana, destacados en el fondo por el Ermitaño y la Gran Piedra cerrando el horizonte; y por el Sur, concluyendo en la batería de Punta Blanca, lleva su cuesta, hasta el mar, el barrio del Tívoli, que, semejante a una fortaleza, domina el arrabal de los pescadores.
No nos ocupemos más en ella, y descendamos al solar que a mediados del siglo pasado ocupaba el convento y hospital de los padres belernitas, y en el cual lugar se alza el único mercado de la arzobispal ciudad.
Allí, un niño y una niña, acompañados por una criada, se detuvieron delante de una negra vendedora, y cruzándose de brazos el niño, dijo dirigiéndose a ella:
—Bendición, Dá.
—Dio te bendiga, mijo.
Y acompañando la acción a la palabra, se vio un brazo flaco y negro bendecir, haciendo en el aire el signo de la cruz, a la cabecita rubia y de faz sonrosada.
La negra, de pie, junto a un tablero de hortalizas, irguiéndose cuanto se lo permita una vejez prematura, debida más a las fatigas que a los años, contempló vanidosa la carita del alegre niño que la miraba sonriendo.
Relucían como brillantes azabaches, en aquella cara arrugada y de piel renegrida, unos ojos de mirada vivaz, y tan llenos de satisfacción, que al dirigirse al niño parecían envolverle en una aureola de amor y protección. Volvióse a las compañeras más cercanas, y díjoles con un tono henchido de orgullo:
—Mijo Pablito —y colocando suavemente la mano derecha sobre el hombro de Pablito, le preguntó cariñosa—: ¿Cómo etá mijo?
La negra Susana era más bien alta que baja, y, a pesar de sus cincuenta y seis años ya cumplidos, hubiérase conservado fuerte y robusta, si el dolor por la muerte sucesiva de sus cuatro hijos no la hubiese doblegado y encanecido. Cuando pensó descansar, tuvo que continuar en la tenaz lucha por la vida, las noches las perdía velando a sus enfermos.
Mi señora la Caridad no atendió sus oraciones ni promesas, y, sola, concentró toda la pasión de su alma africana en mi su amito, su hijo Pablito, que había compartido con el último de sus hijos la leche de sus pechos.
En pago de este servicio, sus amos le dieron la libertad, y Pablito un cariño sincero y el nombre de Dá, en vez del de Susana, apenas comenzó a balbucear.
Vestía de listado azul, y cubríale la cabeza, atado formando tiñón, un pañuelo de madrás morado en tanto que otro de la misma clase y color semicubría sus espaldas, dejando ver el cuello adornado de grueso collar de azabache; dos aretes de oro, medias lunas forradas de seda negra, pendían de sus orejas.
Desde que fue libre, dedicóse a la reventa de hortalizas, y cada madrugada, apenas el Avemaría de las iglesias de San Francisco o de Santo Tomás le avisaba la proximidad del día, se levantaba afanosa, arreglaba su tablero, y se encaminaba diligente al mercado de Concha.
A la luz de una vela de sebo que ardía dentro de un farolito de hoja de lata, arreglaba, sobre dos o tres sacos tendidos en el piso de la nave que mira a la calle de la Marina, boniatos, yucas y plátanos; alguna calabaza se agregaba de vez en vez a esas viandas, lo mismo que mazorcas de maíz tierno, manojos de añoses, y casi siempre, junto a unos macitos de cebollín, dos o tres paquetes de yerba-mora, de la cual legumbre parecía ser ella la acaparadora.
—¿Sabes, Dá, que pronto me voy a ir a Francia?
—Que Dio y María Santísima te acompañen, mijo —le contestó la nodriza, y pareció brillar una lágrima en los ojos de Susana.
—Magdalena se queda; pero no es tan pronto; ya te avisaré; todavía pasará algún tiempo.
El niño Pablito entraba en sus catorce años, y Magdalena, su hermanita, corría sobre los doce. Acompañados por Juliana, la criada de mano encargada de asearlos y llevarlos a paseo cuando no salían con sus padres, llegaban aquella mañana al mercado, lugar de su predilección, teatro para ellos de diversión y alegría.
El mercado de Concha tiene su frente al nivel de la calle del Hospital, y concluye por el fondo en una balaustrada de hierro, desde la cual se dominan toda la parte baja de la población y la pintoresca bahía. Una torre de madera sostiene un reloj que, a veces, marcha, pero sin señalar jamás con fidelidad hora ninguna; y es al mismo tiempo portada de una escalera de ladrillos, gastada por el uso y que conduce a la plaza del Comercio, sentina de las tiendas y del público que acude al mercado.
Desde el Avemaría hasta las diez de la mañana, la plaza del mercado es un hervidero al que afluyen en tropel, además de los que van a sus quehaceres, un sin fin de habitantes de la ciudad. Aquello es centro de reunión del empleado en espera de la hora de la oficina; del estudiante desaplicado que pierde el tiempo tratando de retardar la entrada en clase; allí se encuentran y se citan el enamorado trasnochador y la dulcinea, y allí el viejo sátiro tras la negra de buenas carnes o la fanfarrona mulata que, retozona y alegre, se ríe, hostiga, rechaza, acepta y se venga, con condiciones ventajosas, del blanco que la busca con sus requiebros. Allí también los jovencitos desocupados, tenorios en ciernes, matando las horas con pellizcos y charla a las criaditas «que van subiendo» terreno fértil para futuras conquistas, invitándolas a bailes y halagándolas con regalitos.
Las ocho de la mañana era el momento crítico en el mercado. El ruido en ese momento alcanzaba siempre su apogeo. Con el grito de la verdulera llamando al marchante, cruzábase la chillona voz del chauchau pregonando el arroz. Al golpe del calabozo del carnicero sobre el tajo, al expender su mercancía, se escuchaba la comadrería de criadas desguazando a sus amos; y con el adiós, mi china, del pisaverde, se oyen perrerías de celosas que se insultan, e injurias e insolencias; el vocabulario placeril de sonsacadora de marío, lechuza, pelleja, alterna con el crujir de vestidos sacudidos con fuerza en son de desafío y con un ¡chiá! lanzado por labios apretados y despreciativos de gente baja e insolente. Contrastando con la algarabía, en medio de ese conjunto de abigarrada multitud, como nota saliente, destacándose de entre ella de momento en momento, burlándose de todo, va la pecadora favorita del día, contoneándose desvergonzadamente: una mujer de piel bronceada, de ojos negrísimos, de traje de colores vivos y de larga cola que barre el suelo.
Ciñe la cabeza un pañuelo de seda de brillantes colores, atado con estudiada coquetería, dejando asomar como diadema el semilacio cabello, y así parece más retadora.
Va a su paso repartiendo sonrisas y miradas que enloquecen; sus movimientos van marcando la voluptuosidad de sus formas, y con voz dulcísima y picaresca se dirige maliciosamente a viejos y a jóvenes entonando en son de desafío o de reclamo este cantar zalamero:
Mi mulata me tiene a mí
echando sangre por la narí.
El ruido ensordecedor de la muchedumbre tuvo repentinamente como un compás de espera, y luego hubo carreras, silbidos e improperios. Un negrito, casi de la edad de Pablito, sale corriendo desesperado; detrás de él, jadeante, va un hombre enteco, vestido de blanco, con sombrero de jipijapa y machete a la cintura; luego, tras de ellos, unos cuantos más, alborotando.
Divisar el negrito a Pablito, lanzarse hacia él, como en busca de amparo, postrarse a sus pies y agarrarse a sus piernas, fue cosa de un instante; y allí, arrastrándose suplicante y lloroso, exclamó...




