Bailey | Cómo calmar tu mente | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Bailey Cómo calmar tu mente

Consigue serenidad y productividad en tiempos de ansiedad
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-291-9758-7
Verlag: Reverte-Management
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Consigue serenidad y productividad en tiempos de ansiedad

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-291-9758-7
Verlag: Reverte-Management
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



En un mundo hiperactivo, invertir en la calma es la mejor estrategia de productividad que existe. De este modo, conseguimos estar más comprometidos, centrados y reflexivos, a la vez que hace que seamos más productivos y que estemos más satisfechos con nuestras vidas. Los consejos sobre productividad son útiles, pero también es vital que desarrollemos nuestra capacidad de alcanzar la calma. Cuando el experto en productividad Chris Bailey descubrió que estaba estresado y agotado, se dio cuenta de que necesitaba aprender a controlar las situaciones y tomarse un descanso. Este libro ofrece un conjunto de estrategias accesibles, basadas en la experiencia y que muestran cómo el camino hacia una mayor productividad pasa directamente por la calma. Al encontrar la calma y superar la ansiedad, invertimos en la pieza que falta para que nuestros esfuerzos sean sostenibles. De este modo somos capaces de disponer de una enorme reserva de energía de la que sacar provecho a lo largo del día.

Chris Bailey es un experto en productividad y autor de uno de los libros más vendidos sobre el tema: The Productivity Project (2016) y catalogado por Fortune como uno de los mejores libros del año. Chris escribe sobre productividad en Alifeofproductivity.com y es consultor de productividad de las principales organizaciones internacionales.
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Capítulo 1


Lo contrario de la calma

Hasta hace unos años no pensaba en la calma como algo que mereciera la pena buscar. En general, cuando la he sentido ha sido porque me he topado con ella por accidente: relajándome en una playa de la República Dominicana para desconectar del trabajo, rodeado de mis seres queridos durante las vacaciones o al no tener planes ni obligaciones a lo largo de un fin de semana. Aparte de este tipo de «accidentes felices», la calma no ha sido algo que haya buscado, ni un tema lo suficientemente atractivo para interesarme ni para prestarle demasiada atención. Eso fue así hasta que experimenté una ausencia total de ella en mi vida.

Por desgracia para mí, puedo señalar la fecha exacta (¡y la hora!) en la que quedó claro que cualquier rastro de calma me había abandonado. El punto álgido de esa toma conciencia se produjo en un instante, como si una pesada bañera de hierro atravesara el suelo de un viejo edificio de apartamentos.

Como adelanté en el prefacio, yo estaba sobre un escenario cuando ocurrió.

La ansiedad afecta de manera diferente a cada persona: para unos es una compañera habitual; para otros no es nada frecuente. En cuanto a mí, digamos que siempre ha sido una presencia silenciosa. Y aquel día en particular, esa sigilosa ansiedad —que había ido creciendo de forma constante durante varios años, a medida que se acumulaba el estrés de los viajes de trabajo— estalló en un ataque de pánico en toda regla sobre el escenario, ante cien personas.

Momentos antes de la conferencia, mientras esperaba para subir a esa tarima, me sentí… fuera de lugar. Tenía la mente más agitada de lo habitual, era como si pudiera desplomarme en cualquier momento aturdido por una extraña sensación de vértigo.

Por suerte, recuperé la atención cuando anunciaron mi nombre.

Subí las escaleras a toda velocidad y me hice con el mando del proyector de diapositivas para empezar a hablar. Tras uno o dos minutos, empecé a encontrarme algo mejor. Ya no estaba tan mareado. Pero entonces ocurrió: una sensación de ahogo y malestar me envolvió por completo y me hundió en un profundo pozo de nerviosismo.

Sentí como si me hubieran inyectado en el cerebro un vial de terror líquido. Mientras tartamudeaba y me tropezada en cada palabra —como si tuviera un puñado de canicas en la boca—, el sudor comenzó a humedecerme la nuca. A la vez, me aumentó el ritmo cardiaco y volví a sentir que iba a desmayarme; ese vértigo de antes había regresado.

Aun así, seguí adelante, dando tumbos y con el piloto automático puesto. Me agarré al estrado para no caerme y pedí disculpas a quienes habían ido a escucharme. Achaqué los sudores y el tartamudeo a una gripe, y (por suerte) creo que coló. En mi mente esto también generó el suficiente ánimo para continuar hasta el final, aunque seguía queriendo rendirme, bajarme del escenario y salir de allí sin mirar atrás. Terminé mi exposición recibiendo un moderado aplauso.

Lo consideré una victoria.

De inmediato, después del discurso y con la cabeza gacha, subí en ascensor a mi habitación de hotel y me desplomé sobre la cama de matrimonio. Con la mente un poco más tranquila, repasé el día: todo estaba desdibujado en una sucesión de acontecimientos imprecisos y entremezclados. Imposible deshacer la madeja. Apreté los puños mientras hacía un esfuerzo por revivir mis titubeos en el escenario; me estremecí ante esos recuerdos.

También rememoré la noche anterior, la de mi llegada al hotel.

Al entrar en la habitación tras una larga jornada de viaje —un eslabón más en una cadena de muchos y largos viajes— me di un baño, una de mis formas favoritas de relajarme cuando estoy de gira (eso y, por descontado, una gran cantidad de comida a domicilio). Si me queda tiempo la noche antes de una charla, suelo darme un baño mientras escucho pódcast interesantes, aliviado por haber llegado a tiempo a mi destino.

Bien, pues la noche previa a esta charla en concreto recuerdo que me metí en la bañera, y allí permanecí, absorto, mientras el agua se iba quedando helada. Recorrí con la mirada el cuarto de baño: el secador de pelo en un estante bajo el lavabo, los frasquitos de champú y acondicionador con aroma a flores alineados y, por último, esa pequeña placa metálica de desagüe, situada en la parte delantera de la bañera, a medio camino entre el sumidero y el grifo.

Mi cara se reflejaba en ella, deformada por su curvatura. Si alguna vez has activado sin querer la cámara frontal de tu móvil, seguro que recuerdas el susto que te llevaste al ver tu cara reflejada. Eso fue justo lo que sentí al ver mi reflejo en esa placa. Me veía desolado, cansado y, sobre todo, muy muy quemado.

En realidad, no estoy en un buen momento, recuerdo haber pensado entonces.

Durante años, la productividad —el tema sobre el que iba a hablar al día siguiente— había sido mi obsesión. Yo había cimentado mi carrera, y en gran parte mi vida, en torno a ese tema. Incluso mientras escribo estas palabras, ya embarcado en el viaje en el que se convirtió este libro, sigue siendo mi pasión, que ha ido evolucionando a medida que he definido el lugar que merece ocupar en mi vida.

Pero en aquel momento algo se hizo evidente. Si bien para mí aquel tema siempre había sido importante y había llegado muy lejos explorándolo, en mi afán en investigar sobre la productividad no había sabido definir unos límites. Me sentía ansioso y exhausto, como tantas otras personas que asumen demasiadas tareas, quizá como tú te has sentido alguna vez.

El estrés se había acumulado en mi vida sin tener una vía de escape.

Ya era de día. Me desperté emergiendo poco a poco de aquella ensoñación, de la sucesión de imágenes y sucesos previos a la charla, y me levanté con lentitud de la cama. Hice la maleta, me cambié la camisa blanca de vestir por una sudadera con capucha, me puse los auriculares y, puede que reflexionando un poco, me fui a la estación de trenes para emprender el regreso a casa.

En el tren tuve la oportunidad de mirar aún más atrás.

Mirando al pasado


Cuando empecé a «deconstruir» mi situación, un pensamiento me dejó perplejo. Yo siempre había tenido en mente la posibilidad de que estando sobre un escenario podía llegar a ocurrirme algún contratiempo, como por ejemplo un ataque de pánico, como consecuencia de no haber invertido en la prevención y el autocuidado.

Sin embargo, yo sí que me había estado cuidando. De hecho, creía que lo había estado haciendo bastante bien.

Existe una cantidad ingente de consejos para el cuidado de aquellas personas que dedican muchas horas a su trabajo. Antes de sufrir aquel ataque de pánico había puesto en práctica bastantes de ellos: meditar a diario (unos treinta minutos), asistir a retiros de meditación y silencio una o dos veces al año, hacer ejercicio varias veces a la semana, darme masajes, ir de vez en cuando a un balneario con mi mujer, leer, escuchar pódcast e incluso darme baños relajantes cuando estaba en plena gira, a menudo tras una deliciosa comida india. Invertir en mi cuidado personal había servido de contrapeso a mi pasión por la productividad, enfocada principalmente en optimizar los resultados y el rendimiento en el trabajo.

Pensé que poniendo en práctica todas esas estrategias sería suficiente para prevenir cualquier tipo de contratiempo y, más aún, me consideré afortunado por poder hacerlo. No todo el mundo puede permitirse el lujo o tiene el privilegio de tomarse una semana de vacaciones para desconectar en un retiro de meditación, o cuenta con el presupuesto para darse un par de masajes al mes. Así que, teniendo en cuenta todo el tiempo y el dinero que invertía en mi cuidado, me sorprendió que aquella leve sensación de ansiedad que acostumbraba a acompañarme pudiera desbocarse y convertirse en una crisis en toda regla.

Y entonces entendí que no era tan sencillo. Si de verdad quería encontrar la calma mental debería profundizar todavía más de lo que había hecho hasta ahora. Eso fue lo que al final me embarcó en el viaje que terminó convirtiéndose en este libro.

Hacia el final de cada año, por lo general durante las vacaciones, me gusta detenerme a reflexionar sobre el nuevo año que está a punto de empezar y pensar en lo que querré haber logrado una vez finalice (utilizo el futuro-presente de forma deliberada: me divierte y me resulta útil avanzar mentalmente e imaginar un futuro que todavía no he creado para mí). Cada año me marco tres propósitos relacionados con el trabajo: proyectos que quiero terminar, ámbitos de mi empresa que quiero hacer crecer y, por último, otros hitos que quiero alcanzar. También visualizo el futuro en relación a mi vida personal, definiendo tres cosas que pretendo haber conseguido para entonces.

Ese año en concreto, los tres propósitos laborales me resultaron fáciles, porque eran proyectos que ya tenía en marcha: escribir un audiolibro sobre meditación y productividad (que ya contaba con fecha de entrega); asegurarme de que las conferencias que diera fueran divertidas y útiles (ya estaban programadas) y poner en marcha un pódcast de éxito (porque ¿quién no tiene un pódcast hoy en día?).

Y en relación a los propósitos personales, después de experimentar el inoportuno ataque de pánico los reduje a uno: averiguar cómo cuidar de mí mismo como es debido. Para lograrlo, centré mi pensamiento en una simple pregunta: ¿qué debía hacer para encontrar la calma y garantizar su...



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