Balmes | Cartas a un escéptico en materia de religión | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 13, 228 Seiten

Reihe: Pensamiento

Balmes Cartas a un escéptico en materia de religión


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-022-7
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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La mayor parte de las Cartas a un escéptico en materia de religión, aparecieron en la revista La Sociedad. En ellas, como anuncia su título, se reflexiona sobre la religión y su vigencia en la España del siglo XIX. En 1843 Jaime Balmes fundó dicha revista en Barcelona, en la que publicó artículos sobre las exigencias sociales, políticas y religiosas de su tiempo.

Jaime Luciano Balmes Urpià (1810-1848). España. Estudió en el Seminario de Vic filosofía y teología, y continuó su formación en la Universidad de Barcelona, en teología y derecho. Se licenció en 1833 y fue profesor auxiliar y más tarde profesor titular, tras ser doctor en leyes y cánones. En 1834 estudió física y matemáticas, siendo profesor de esta asignatura en el seminario de Vic. En 1840, tras vivir consagrado al estudio, comenzó a publicar sus obras, entre las que destacan: El Criterio, El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1844), Filosofía fundamental (1846) y la Filosofía elemental (1847).
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Carta II. Multitud de religiones


Profundo misterio que aquí se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este daño mucho más que todos los sectarios. Explicación del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba demasiado no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificultad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosofía en la explicación de los misterios del hombre.

Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que usted me proponía, relativa a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religiones. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de seguridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirarla cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentándola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Añadiré, además, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de señalar razones del todo satisfactorias en esclarecimiento de la objeción indicada, pues estoy íntimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providencia, que al hombre no le es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos más mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la verdad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuerza de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la única verdadera.

Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravísimo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay más que una religión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las religiones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la enseñanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi ánimo atenuar en lo más mínimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este daño que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla como la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen única verdadera, no profesan el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pueden contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humanidad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, además, están obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo íntimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su valor, presentándola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comúnmente.

Tienen los dialécticos un principio que dice: quod nimis probat nihil probat; lo que prueba demasiado no prueba nada; lo que significa que, cuando un argumento cualquiera no sólo concluye lo que nosotros nos proponemos, sino también lo que a las claras es falso, de nada sirve para probar ni aún lo que nosotros intentamos. La razón en que este principio se funda es muy clara: lo que conduce a un resultado falso, ha de ser falso también; luego, por más especioso que sea su argumento, por más apariencias que tenga de solidez, por el mismo hecho de llevarnos a una consecuencia falsa, nos da una infalible señal de que o entraña alguna falsedad en las proposiciones de que se compone, o algún vicio de razonamiento en el enlace de las mismas, y por tanto en la deducción a que nos lleva. Si, por ejemplo, me propongo demostrar que la suma de los ángulos de un triángulo es mayor que un recto, y con mi demostración pruebo que dicha suma es mayor que dos rectos, esta demostración de nada servirá, porque con ella pruebo demasiado, es decir, que es mayor que dos rectos, lo que no puede ser; y este resultado será para mí una infalible señal de que hay un vicio en la demostración, y que no puedo aprovecharme de ella para probar nada.

Otros ejemplos: si, examinando un antiguo manuscrito, pretendo desecharle como apócrifo, y señalo para ello una razón crítica, de la que resulten condenados también códices cuya autenticidad no admita duda, claro es que debo apartarme de mi razonamiento, seguro de que está mal concebido: prueba demasiado, y por lo mismo no prueba nada. Si, examinando la veracidad de la narración de un viajero, me empeño en que se ha de dar fe a sus palabras alegando razones de las que se infiere que es menester dar crédito a otras relaciones conocidamente falsas, mi manera de discurrir sería mala también porque probaría demasiado.

Perdone usted, mi querido amigo, si me he detenido algún tanto en desenvolver este principio que en muchísimos casos sirve y de que pienso hacer uso en la cuestión que nos ocupa: y con esto entenderá usted que no juzgo del todo inútiles las reglas para bien discurrir, y que mi desconfianza en los filósofos no se extiende a todo lo que se halla en la filosofía.

Apliquemos estos principios. Se nos objeta a los católicos la multiplicidad de religiones, como si a nosotros únicamente embarazara la dificultad, como si todos los que profesan un culto, sea cual fuere, no debiesen sobrellevar in solidum todos los inconvenientes que de ahí pueden resultar. En efecto: si la multiplicidad de religiones algo prueba contra la verdad de la católica, lo mismo prueba contra la de todas; tenemos, pues, que no sólo viene al suelo la nuestra, sino cuantas existen y han existido. Además: si la dificultad que se levanta contra la permisión de este mal significa algo, es nada menos que una completa negación de toda providencia, es decir, la negación de Dios, el ateísmo. La razón es obvia: el mal de la multiplicidad de religiones es innegable; está a nuestra vista en la actualidad, y la historia entera es un irrefragable testimonio de que lo mismo ha sucedido desde tiempos muy remotos; si se pretende, pues, que la Providencia no puede permitirlo, se pretende también que la Providencia no existe, es decir, que no hay Dios.

Infiérese de aquí que la permisión de la muchedumbre de religiones es una dificultad que embaraza al católico y al protestante, al idólatra y al musulmán, al hombre que admite una religión cualquiera, como al que no profesa ninguna, con tal que no niegue la existencia de Dios. Por ejemplo: si se me presenta un mahometano con su Alcorán y su Profeta, pretendiendo que su religión es verdadera y que ha sido revelada por el mismo Dios, le podré objetar el argumento y decirle: «Si tu creencia es verdadera ¿cómo es que Dios permite tantas otras? Si se engañan miserablemente los que viven en religión diferente de la tuya, ¿por qué, permite Dios que todos los demás pueblos del mundo permanezcan privados de la luz?». A quien no niegue la existencia de Dios, imposible le ha de ser el no admitir su bondad y providencia; un Dios malo, un Dios que no cuida de la obra que él mismo ha criado, es un absurdo que no tiene lugar en cabeza bien organizada; y hasta me atreveré a decir que menos imposible se hace el concebir el ateísmo en todo su error y negrura, que no la opinión que admite un Dios ciego, negligente y malo. Suponiendo, pues, la existencia de un Dios con bondad y providencia, queda en pie la misma dificultad arriba propuesta: ¿Cómo es que permite que el humano linaje yerre tan lastimosamente en el negocio más grave e importante, que es la religión? Si se nos dijera que Dios se da por satisfecho de los homenajes de la criatura, sean cuales fueren las creencias que profese y el culto en que le tribute la expresión de su gratitud y acatamiento, entonces preguntaremos: ¿cómo es posible que a los ojos de un Ser de infinita verdad sean indiferentes la verdad y el error?; ¿cómo es dable concebir que a los ojos de la santidad infinita sean indiferentes la santidad y la abominación?; ¿cómo es posible que un Dios infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente próvido, no haya cuidado de proporcionar a sus criaturas algunos medios para alcanzar la verdad, para saber cuál era el modo que le era agradable de recibir los obsequios y las súplicas de los mortales? Si las religiones sólo tuviesen entre sí diferencias muy ligeras, el absurdo de darlas todas por buenas fuera menos repugnante, pero recuérdese que casi todas ellas están diametralmente opuestas en puntos importantísimos; que las unas admiten un solo Dios, y otras los adoran en crecido número; que unas reconocen el libre albedrío del hombre, y otras lo desechan; que unas asientan por uno de los principios fundamentales la creación, otras se avienen con la eternidad de la materia; recórrase la enorme variedad de sus respectivos dogmas, de su moral, de su culto, y dígase si no es el mayor de los absurdos el suponer que Dios puede darse por satisfecho con adoraciones tan contradictorias.

Vea usted, mi estimado amigo,...



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