Barea | La noche de los aprendices | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 197, 320 Seiten

Reihe: Narrativa

Barea La noche de los aprendices


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10455-16-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 197, 320 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-10455-16-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En una ciudad tropical que se asfixia bajo su propia máscara turística, un grupo de adolescentes juega a ser adultos en un mundo donde la moral se ha diluido entre violencia, negocios torcidos y sueños truncados. Con una lucidez feroz y un oído privilegiado para el ritmo del habla urbana, Mauro Barea traza una novela coral que pulsa con el latido del México contemporáneo. Desde el crimen silencioso hasta el recuerdo trastocado por la pérdida, La noche de los aprendices se mueve entre la brutalidad y la ternura, el azar y el remordimiento, el peso de la herencia familiar y la tentación del olvido. Un joven trabajador aeroportuario enfrenta el regreso fantasma de su hermano. Una expareja muerta en circunstancias grotescas se convierte en catalizador de nuevas responsabilidades. Un poeta consagrado aterriza en una preparatoria de frontera como promesa redentora, mientras los viejos engranajes del sistema giran impasibles. Pero esta no es solo una historia sobre adolescentes perdidos o adultos quebrados. Es una exploración filosa y poética del aprendizaje como condena, del crecimiento como herida, y del país como una maquinaria de contradicciones. Con una prosa virtuosa, brutal y luminosa, Barea nos entrega una novela que nos habla de lo que somos cuando nadie mira. De los que sobreviven sin saber cómo, de los que matan sin querer hacerlo, y de aquellos que -entre ruinas, sonetos, palas y fantasmas- aún buscan, quizá en vano, el cofre enterrado de algún sentido.

'Mauro Barea (Cancún, 1981). Narrador y ensayista. Coordina el área de Novela en la comunidad de talleres literarios Archipiélago, e imparte el taller de escritura creativa en el Centro La Paz II para personas mayores en Cádiz, España. Fue consultor en el documental Entre dos mundos (2012), coproducción de TV UNAM y con difusión de National Geographic. Obtuvo Mención honorífica en el 19º Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano con su novela Kolymá (Universidad Autónoma del Estado de México, 2022). También obtuvo el XX Premio de Narrativa Breve del Certamen Jóvenes Creadores (2017, Ávila, España). Actualmente es parte del consejo editorial de la revista Tropo a la uña (México) y colabora en las revistas Zenda, La Colmena, Bitácora de vuelos (México) y Carátula. Se puede contactar con él en su web maurobarea.com y en Instagram como @maurobareag'
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2


—¿Me permiten su atención, por favor? En estos momentos comenzaremos el embarque del vuelo American Airlines 357 con destino a la ciudad de Madrid, conexión con Atlanta. Pasajeros con boletos de primera clase, favor de formar una fila con su pasaporte y pase de abordar en mano.

Carlo sonrió a los viajeros que empezaron a levantarse, adormilados algunos; otros reaccionaban gradualmente ante su voz que todavía resonaba en la sala por la mala acústica. Le gustaba pensar que los americanos sabían viajar en avión, a diferencia de sus paisanos. Había cierta fascinación en cómo obedecían cuando los supervisores comprobaban sus documentos y conducían a los pasajeros selectees a la mesa de seguridad. Ahí, una morena uniformada y con lentillas de un verde subido cacheaba, revisaba y palpaba los cuerpos lánguidos con sus manos enguantadas.

Repitió el anuncio, esta vez en inglés. Mientras soltaba las últimas frases, lo descubrió entre la multitud. Se vieron las caras. Alejó de sus labios el micrófono desdentado. De inmediato notó un ligero tic en el ojo derecho. Intentó sostenerle la mirada, pero terminó estrellándose en sus lentes ahumados cubriéndole medio rostro. La fila de pasajeros continuaba su andar hacia el avión, semejando el ritmo de un animal torpe.

Ya lo tenía frente a frente.

—Te queda bien el uniforme de esclavo —dijo aquello que una vez fue su hermano—. Agente de tráfico mis huevos, Carlito.

Carlo no respondió a las ofensas. Cortó su pase de abordar y comprobó su foto de la visa. El aroma a colonia Carolina Herrera y unas trazas de alcohol impregnadas en el costoso traje a medida dieron forma a sus palabras hirientes mientras chasqueaba la lengua, justo como acostumbraba hacer desde niño. Carlo le ofreció una sonrisa mecánica y se concentró en el siguiente pasajero. Apretó los puños en una fracción de segundo, para evitar que el tic en el ojo se hiciera evidente. Una vez que entró al túnel del gusano metálico que comunicaba a la aeronave, Alec lo miró arriba del hombro mientras se alejaba entre el torrente de pasajeros, dedicándole una sonrisa curva como una afilada hoz.

Carlo no pudo terminar el conteo en el sistema. Los pases de abordar se le revolvían en las entrañas como aleteos de pájaros raídos. Entonces le trajeron las listas que enviaba la tripulación del vuelo y que se tenían que sellar en Migración. Le pidió al compañero supervisor que las llevara. Se sentó en una de las sillas de la ya vacía sala de espera mientras observaba el Boeing 767 a través de los enormes ventanales. El gusano se retrajo con un ronroneo de engranes, despejando la pista. Las enormes turbinas silbaron y giraron formando remolinos metálicos. El carrito auxiliar empujó al avión en reversa hacia la pista.

Se sintió viejo, cansado. Comprobó que amanecía. El sol empezó a reflejarse en los ventanales de la torre de control, una torre que se sacudía en movimientos trepidatorios hasta casi emborronarse, como brochazos sin sentido en una pintura. Maldijo su ojo tembloroso y trató de concentrarse en los vuelos que le quedaban.

El cielo limpísimo, herido por algunas nubes rojas, le evocaba aquellos días en los que Alec y él tenían la juventud en los puños. Niños jugando a ser hombres, mirando el Caribe y sus incontables azules. Desde el azul cristalino de la orilla hasta el azul violeta del horizonte. El arrecife asomaba en intervalos de la bajamar, y la arena de conchas trituradas crujía bajo sus pies. Alec pintaba sus primeros cuadros tratando de alcanzar tonos imposibles en lienzos que se deshojaban con los días del calendario. Le gustaba recordarlo como un Mowgli desgarbado con bañador. Su pelo larguísimo bailaba con la brisa y sus muecas y el torso tostado completaban las fantasías de las encandiladas chiquillas que lo seguían a la playa. Carlo lo admiraba tanto como las chicas que se llevaba a coger a los acantilados del malecón y al farallón del Corsario. «Son mis grupis, Carlito, a ellas les gusta que las trate así, de la chingada, qué se le va a hacer». A menudo reflexionaba con aire de grandísima sabiduría, siempre con mapas de colores que rehusaban a desaparecer en sus brazos. Levantaba su cerveza como un cetro turbio, y apuntando con ella al horizonte configuraba futuros. «El Caribe de Tamul jamás podrá pintarse, no hay gamas ni combinaciones que alcancen en una paleta para acercarse a retratarlo, pero yo me acercaré más que nadie». Carlo miraba embelesado al Mowgli arrogante y a su cerveza. Le gustaba contemplarlo así, con su sombra amoldada en la arena. A veces, mientras Alec perdía la tarde en sus intentos de alcanzar el Caribe y sus espectros de color, los juegos de luz transformaban su cerveza en una lanza venenosa que reflejaba destellos afilados de sol.

«Desde ahí debí darme cuenta en qué se estaba convirtiendo mi hermano. Pero también fui su grupi, un seguidor más».

Carlo miró su atuendo hecho con la tela más corriente que proveía la empresa de Servicios Terrestres, su uniforme de esclavo. Se rio por dentro. Ni siquiera trabajaba directamente para American Airlines. El uniforme hacía evidente el desprecio invisible de un corporativo alojado en un rascacielos de alguna metrópolis remota, en un mundo ajeno. Le parecía increíble que ese desdén recorriera miles de kilómetros y llegara hacia ellos en forma de camisas y pantalones que parecían cartón y picaban entrepiernas y axilas.

El avión tomó la pista y aumentó la velocidad. Carlo permaneció sentado en la sala hasta que el aparato despegó las ruedas del suelo y se perdió en aquel amanecer gradual, un mar cóncavo e invertido, dueño de una gama de azules y explosiones de rojos que, como los brochazos de su hermano, no tenían sentido en esa batería de espasmos; pensó que el ojo brincaría definitivamente, saliéndose de la cuenca.

Los azules terminaron por absorber a Alec en su apacible infinidad.

*

Llenó los reportes de maletas extraviadas y entregó el manifiesto de pasajeros a Migración de camino a la salida. Pasó su pulgar por el lector de asistencia de la empresa y una luz verde le indicó que todo estaba correcto. Cruzó por el arco de seguridad tras el ritual de quitarse zapatos, cinturón y objetos metálicos, no sin antes pasar por la revisión de su mochila en rayos equis. Por fin se deslizó por la terminal tres, donde pervivía el habitual bullicio de taxistas, transportistas, reps de agencias de viajes y tiempos compartidos. Salió de la terminal cuando el sol ya iluminaba las copas de los árboles más altos, donde los zanates graznaban por todo lo alto. El tic había remitido, por fortuna.

Alcanzó a subir al transporte de empleados, que iba repleto y hediendo a sudores secos y nuevos, inútilmente disimulados por desodorantes que olían a insecticida. El camión estaba lleno de ramperos, esos desgraciados que cargaban como mulos las valijas de las bandas de equipaje hacia los aviones y viceversa. Se abrían a codazo limpio, sin importar si había mujeres o ancianos, y hacían lo imposible por alcanzar los últimos lugares libres. De cualquier forma, los asientos siempre resultaban insuficientes. Carlo tuvo que aferrarse a un tubo para no caer por los frenazos y maniobras temerarias del chofer. Ahí dentro siempre se sentía observado desde las sombras de aquella masa informe de brazos, piernas y torsos de todos los tamaños.

Salieron del aeropuerto y enfilaron a San Miguel Tamul, «la ciudad blanca». Eran treinta kilómetros desde el aeropuerto hasta su Zona Fundacional o centro (última parada de su camión), trayecto que se hacía en unos cuarenta minutos dependiendo del tráfico y de los ánimos del chafirete en turno. Ese día iba uno muy verbenero escuchando cumbias colombianas a todo volumen, tarareando los coros y manejando la palanca de cambios con ritmo saleroso. Carlo trató de abstraerse mirando el paisaje. Desde la carretera podía ver parte del inmenso malecón y las playas que empezaban a brillar como una constelación de perlas con las luces del día. Allí se escondían los espigones de roca cómplices de las correrías con Alec. Allí había dado sus primeras pinceladas, de frente al farallón del Corsario, donde se decía que un desalmado pirata había escondido sus tesoros hacía siglos, pero hasta la fecha nadie los había encontrado. Los hoteles se desplegaban como abanicos sobre las playas de dunas doradas.

La visión de la costa y del malecón desapareció, y en su lugar se alzaron edificios de lujosos condominios. Interminables hileras de palmeras gigantescas, como visibles marcas de una frontera natural, custodiaban la zona de hoteles y franqueaban el bulevar. Los carteles indicaban la proximidad de una ciudad de playas y balnearios «que te hacían sentir en el paraíso terrenal» según la publicidad del Gobierno. Carlo sabía que sus propinas solían depender de ese paraíso terrenal y de la información interesante que podía ofrecer a los viajeros. Tamul era más que reconocido como destino mundial, y las zonas arqueológicas cercanas y lugares de aventura ecoturística para los norteamericanos completaban un paquete todo incluido que les salía baratísimo. Tras el éxito de las ciudades concebidas «de la nada», Tamul resultó de una inversión a lo seguro, creación de los hombres más ricos e influyentes de México y con anuencia de un presidente que ya nadie recordaba y que había dado el nombre a la ciudad.

Carlo arrugó el ceño mientras miraba la pantalla del celular. Un frenazo del autobús casi le hace perder el equilibrio. Un rampero gordo y con la playera mojada de sudor avinagrado le embarró su enorme barriga en la...



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