E-Book, Spanisch, 205 Seiten
Bauman / Rosenberg / Arrambide Vida de consumo
1. Auflage 2012
ISBN: 978-607-16-1245-8
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 205 Seiten
ISBN: 978-607-16-1245-8
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Después de sus aportaciones a la sociología contemporánea, mediante las cuales este destacado investigador ha definido las inestabilidades de las relaciones humanas y de los propios individuos como 'la modernidad líquida', el autor nos entrega esta crítica de la cultura del consumo de las sociedades actuales. El teórico establece que las personas se convierten en reproductores de las comodidades que consumen y que a ello limitan su vida.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
INTRODUCCIÓN
O EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE LA SOCIEDAD DE CONSUMIDORES
Los más desposeídos, los más carenciados, son quizás quienes han perdido la lucha simbólica por ser reconocidos, por ser aceptados como parte de una entidad social reconocible, en una palabra, como parte de la humanidad.
PIERRE BOURDIEU,
Meditaciones pascalianas.
Analicemos tres casos tomados al azar de los vertiginosos cambios de hábitos de nuestra cada vez más “cableada”, o en realidad cada vez más inalámbrica, sociedad.
Caso 1. El 2 de marzo de 2006, el periódico Guardian publicaba que “en los últimos doce meses, las ‘redes sociales’ de Internet han pasado de ser el boom del futuro a ser el boom del presente”.[1] Las visitas al sitio MySpace, ya un año antes líder indiscutido del flamante medio de comunicación llamado “redes sociales”, se sextuplicaron, mientras que su rival, el sitio de Spaces.MSN, registró once veces más entradas que el año anterior, y las visitas a Bebo.com crecieron 61 veces.
Un crecimiento por demás impresionante, aun si el éxito de Bebo, que al momento de ese informe era un recién nacido del mundo virtual, resultó ser flor de un día: tal y como lo advierte un experto en las modas de Internet, “al menos el 40% de los que encabezan los ranking de este año habrán desaparecido a esta misma altura del año que viene”. Y explica: “El lanzamiento de un nuevo sitio web de redes sociales es como la inauguración de un bar en un barrio de la ciudad” que precisamente por ser el más reciente, por tener un nombre nuevo, por haber sido remodelado o relanzado con un nuevo formato, logrará atraer una enorme circulación de gente “antes de caer indefectiblemente en el olvido, con la resaca del día siguiente”, pasando su magnetismo al “próximo más reciente”, en una interminable carrera de postas en busca del lugar “más de onda”, del que “habla toda la ciudad”, el lugar en donde “todos los que son alguien tienen que estar”.
Ni bien logran poner un pie en una escuela, o en un barrio real o virtual, los sitios de “redes sociales” se esparcen con la velocidad de una “infección en extremo virulenta”. De la noche a la mañana, han dejado de ser una opción entre tantas otras para convertirse en el destino obligado de un creciente número de jóvenes, tanto hombres como mujeres. Es evidente que los inventores y promotores de las redes virtuales han tocado una cuerda sensible, un nervio tenso y virgen que hace mucho esperaba la llegada del estímulo adecuado. Pueden jactarse, y con razón, de haber satisfecho una necesidad real, urgente y muy extendida. ¿Y de qué necesidad se trata? “En el corazón de las redes sociales está el intercambio de información personal.” Los usuarios están felices de poder “revelar detalles íntimos de sus vidas íntimas”, “de dejar asentada información verdadera” e “intercambiar fotografías”. Se estima que el 61% de los adolescentes del Reino Unido de entre 13 y 17 años “tienen un perfil personal en un sitio de redes” que les permite “socializar on line”.[2]
En Gran Bretaña, un país donde el uso masivo de aparatos electrónicos de última generación tiene ciberaños de atraso en relación con el Lejano Oriente, los usuarios todavía pueden conservar la esperanza de que las “redes sociales” sean una manifestación de su libertad de elección, e incluso creer que son un instrumento de autoafirmación y rebelión juvenil. Esta suposición cobra visos de realidad sólo gracias a las alarmas de pánico que ese afán sin precedentes de los jóvenes de exponerse a sí mismos —un afán inducido por la web y destinado a la web— se encienden día tras día en maestros y padres obsesionados por la seguridad, y por las crispadas reacciones de los directores de escuela, que excluyen a los sitios como Bebo del servicio escolar de Internet. Pero en Corea del Sur, por ejemplo, donde ya es rutina que la mayor parte de la vida social se encuentre mediatizada electrónicamente (o más bien donde la vida social ya se ha transformado en una vida electrónica o cibervida, y donde gran parte de la “vida social” se desarrolla en compañía de una computadora, un iPod o un celular, y sólo secundariamente con otros seres de carne y hueso), resulta obvio para los propios jóvenes que no poseen ni el más mínimo margen de maniobra o elección, sino que se trata de una cuestión de “tómalo o déjalo”. Sólo la “muerte social” aguarda a esos pocos que todavía no han logrado subirse a Cyworld, líder del cibermercado surcoreano de la cultura del “mostrar y decir”.
Sería un grave error, sin embargo, suponer que el impulso de exponer en público el “yo interior” y la necesidad de satisfacer ese impulso son manifestaciones de un impulso/adicción pura y estrictamente generacional de los adolescentes, entusiastas como suelen serlo a la hora de poner un pie en la “red” (un término que rápidamente va reemplazando al de “sociedad” tanto en el discurso científico-social como en el lenguaje popular) y permanecer allí, aunque sin saber bien cómo lograrlo. Esta nueva afición por la confesión pública no puede ser explicada meramente y en ningún plano por factores “propios de la edad”. Eugène Enriquez ha resumido recientemente el mensaje que debe extraerse de la abrumadora y creciente evidencia proveniente de todos los estratos del moderno mundo líquido de los consumidores:
Siempre y cuando uno no olvide que lo que antes era invisble —la cuota de intimidad de cada uno, la vida interior de todos— ahora es expuesto en la escena pública (sobre todo en la televisión, pero también en la escena literaria), uno comprenderá que quienes procuran la invisibilidad están condenados al rechazo, a la exclusión, condenados a ser sospechosos de algún crimen. La desnudez física, social y psíquica está a la orden del día.[3]
Los adolescentes equipados con confesionarios electrónicos portátiles no son otra cosa que aprendices entrenados en las artes de una sociedad confesional —una sociedad que se destaca por haber borrado los límites que otrora separaban lo privado de lo público, por haber convertido en virtudes y obligaciones públicas el hecho de exponer abiertamente lo privado, y por haber eliminado de la comunicación pública todo lo que se niegue a ser reducido a una confidencia privada, y a aquellos que se rehúsan a confesarse—. Como lo admitiera al Guardian Jim Gamble, jefe de un organismo de control, “la red muestra lo mismo que se ve en un patio escolar, con la diferencia de que en este patio no hay maestros, ni policías, ni moderadores que vigilen lo que sucede”.
Caso 2. El mismo día, aunque en una página bastante diferente, que se ocupaba de otros temas y bajo la tutela de otro editor, también en el Guardian se informaba a los lectores que “las empresas utilizan sistemas informáticos para maltratar más eficientemente al cliente de acuerdo con el valor que ese cliente tenga para la compañía”.[4] Sistemas informáticos significa en este caso que mantienen registros de sus clientes, clasificados de 1 —para clientes de primera clase a quienes se les responde inmediatamente al momento en que llaman y que son comunicados de inmediato con personal jerárquico— a 3 (la “fauna del estanque”, como suelen llamarlos en la jerga empresaria), quienes son dejados en espera hasta que finalmente se los transfiere a un empleado del montón sin poder de decisión.
Al igual que en el caso 1, tampoco en el caso 2 puede culparse a la tecnología de estas nuevas prácticas. Este novedoso y sofisticado software acude al rescate de los ejecutivos que ya tenían la desesperante necesidad de clasificar la creciente horda de usuarios que llaman por teléfono y de hacer más expeditiva la aplicación de tácticas divisivas y exclusivistas que ya existían, pero que hasta el momento eran puestas en práctica a través de mecanismos más primitivos: dispositivos de fabricación casera, de industria artesanal o “listos para armar”. Como lo señalaba el vocero de una de las empresas que provee y realiza el mantenimiento de estos sistemas, “en realidad la tecnología sólo toma los procesos que ya están en marcha y los hace más eficientes”, o sea instantáneos y automáticos, para ahorrarles a los empleados de la compañía la engorrosa tarea de recopilar la información, examinar los registros, evaluar y decidir individualmente ante cada llamada, así como la responsabilidad por las posibles consecuencias. Si no contaran con las herramientas técnicas apropiadas, lo que esos empleados tendrían que evaluar, a costa de gran esfuerzo mental y de gran parte del precioso tiempo laboral de la empresa, es la rentabilidad potencial de cada cliente, más precisamente el volumen de efectivo o de crédito del que dispone el cliente, y de cuánto de ese dinero estaría dispuesto a desprenderse. “Las empresas tienden a deshacerse de los clientes menos valiosos”, explica otro ejecutivo. En otras palabras, las empresas necesitan una especie de “vigilancia negativa”, al estilo del Gran Hermano de Orwell o del panóptico foucaultiano, pero a la inversa, un dispositivo-tamiz cuya función primordial sería la de eliminar a los indeseables y conservar a los de siempre: el reciclado como resultado final de un trabajo de limpieza bien hecho. Necesitan un modo de ingresar al banco de datos el tipo de información que sirva, ante todo, para eliminar a los “consumidores fallados”, esa mala hierba del jardín consumista, gente con poco efectivo, poco...




