Bay | Alta sociedad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 300 Seiten

Bay Alta sociedad


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-51-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 300 Seiten

ISBN: 978-84-19301-51-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Lo primero que vi de Madison Shore fue su ropa interior cuando ella se tropezó con mi silla en una boda y acabó cayendo encima de mí. Aunque pude ver mucho más de ella a lo largo de esa noche. La segunda vez que coincidimos fue en mis oficinas de Londres; resultó que era la periodista que iba a escribir un artículo sobre mí. Para mantener el control de mi empresa después de sacarla a bolsa, necesito convencer a la junta directiva de que me tomo los negocios mucho más en serio de lo que sugiere mi reputación de playboy, por lo que Madison tiene mi futuro en sus manos. La ironía es que necesito convencer a una mujer con la que me fui a la cama el pasado sábado por la noche de que no soy el mujeriego que todo el mundo piensa...

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Alta sociedad es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, El escándalo y Noches en París, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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2


Madison

De pie bajo el cielo soleado, con una copa de champán en la mano, observaba a los novios, mientras pensaba que, en realidad, no tenía nada de qué quejarme.

Si no hubiera sido porque no me gustaban las bodas.

Y, en especial, aquellas en las que las únicas personas que conocía eran las que se casaban. Sonreí cuando Noah hizo reír a Truly susurrándole algo al oído. El fotógrafo revoloteaba a su alrededor, captando una instantánea tras otra de su alegría, de su amor. Porque si alguien se merecía esa felicidad, era Truly. Por mi parte, estaba encantada de estar allí y de ser testigo de cómo empezaba su «felices para siempre». Pero me habría gustado no sentirme tan… incómoda. Nada como una boda para hacer que una persona sin pareja se sienta sola.

Si todavía hubiera continuado trabajando en la revista Rallegra, habría podido dedicarme a pensar cómo sacar partido del fin de semana y convertirlo en un artículo: «Cómo sobrevivir sin pareja en una boda» o «Ligues de boda: ¿me acuesto con él o no?» habrían sido temas perfectos. Pero estaba intentando cumplir mi sueño y convertirme en una periodista seria. Las bodas no inspiraban el tipo de contenido que mi editor estaba buscando, a menos que me las arreglara para descubrir un filón que pudiera investigar. Las inhumanas condiciones de trabajo en la fábrica de purpurina, tal vez, o los entresijos del mundo de los arreglos florales. Sí, todas apuestas muy arriesgadas.

Después de haber dado el paso para trabajar por cuenta propia y poder dedicarme al periodismo más serio y profesional, había conseguido cubrir una baja por maternidad de una redactora del Post. ¡Del Post! Apenas podía creerlo. Un par de veces incluso me había planteado llevarme una almohada al trabajo y dormir debajo de la mesa: tal era mi desesperación por aprovechar al máximo esa oportunidad.

Ni que decir tiene que escribir para el Post era muy diferente a hacerlo para Rallegra. Estaba acostumbrada a esbozar artículos optimistas sobre la mejor manera de hacer punto o sobre cómo mejorar tu vida sexual o incluso sobre la forma de mejorar tu vida sexual haciendo punto. Había tenido que cambiar de marcha de la noche a la mañana y ponerme a investigar a los principales políticos y las infracciones contra la legislación vigente por parte de la industria del aluminio. Era más emocionante de lo que parecía; me encantaba sumergirme en un tema y no pensar en otra cosa durante semanas, en lugar de revolotear entre trucos de maquillaje y reseñas de ponchos.

El problema era que, como no quería usar mis contactos y mi trayectoria se reducía a trabajos en revistas femeninas, aún no había sido capaz de encontrar una historia jugosa. Solo había cubierto algún artículo aquí y allá, o había ayudado a otros periodistas más experimentados en sus investigaciones. Sin embargo, estaba convencida de que pronto iba a llegar mi oportunidad para dar la campanada. De demostrar que no solo era la hija de mi madre, destinada a escribir para una columna de cotilleos. Si conseguía impresionar a mis jefes en los tres meses siguientes, me podía poner la primera de la fila cuando se abriera una vacante permanente.

Pero el tiempo corría…

Vacié la copa de champán cuando nos hicieron pasar al interior. Al menos los asientos estaban asignados, e iba a tener a alguien con quien hablar durante la recepción. Me encantaba conocer gente nueva. Me gustaba hacer preguntas, meterme en su cabeza y averiguar qué los motivaba. No importaba quién se sentara a mi lado en la comida: cuando empezaran los discursos iba a ser capaz de escribir un libro sobre esa persona.

El plano con los asientos estaba expuesto en el exterior del luminoso invernadero, y encontré mi nombre en la lista de invitados de la mesa ocho. Cuando entré en la sala, me llamaron la atención las cascadas de flores blancas que caían desde el techo hasta las mesas y sobre cualquier superficie disponible.

El efecto era deslumbrante. Si hubiera ido a casarme, habría elegido una boda así.

Me acerqué a la mesa que me habían asignado y me senté, escudriñando la sala para ver si se acercaba alguien. Eché un vistazo a las tarjetas de identificación que tenía a cada lado. En la de la izquierda ponía Nathan Cove; seguro que era un pobre hombre que ni siquiera habría oído hablar de ese ejecutivo tan gilipollas que iba de juerga por Londres después de haber ganado diez billones de libras, o algo así, cuando había vendido su empresa el año anterior. Yo sabía muchas cosas sobre ese Nathan Cove porque a mi madre le gustaba escribir sobre tipos como él, lo que significaba que me enteraba de sus hazañas a la hora de la cena. Seguro que al Nathan Cove que iba a sentarse a mi lado le encantaban las hojas de cálculo y, probablemente, vivía con su madre. A mi derecha estaba Tom Miller. Un nombre que evocaba a un tipo íntegro y valiente, un hombre con historia. Empecé a sentirme un poco mejor. Dos personas que iban a verse obligadas a hablar conmigo. Podía acribillarlos a preguntas y acabar preparada para escribir sus biografías.

Perfecto.

Una pareja mayor se acercó a la mesa y miró las tarjetas.

—Estamos aquí, Marjorie —dijo un caballero de barba canosa y pelo a juego que se le erizaba hacia arriba, como si acabara de recibir una descarga eléctrica.

Se volvió hacia mí.

—Soy Tom Miller —se presentó.

No era el héroe melancólico que había imaginado, pero parecía bastante agradable. Y aún podía tener un pasado profundo y oscuro que explorar.

—Yo soy Madison —respondí.

—¿Te llamas «camisón»?

—Madison —le corregí, un poco más alto.

—Ahhh, Marion. Lo siento. Tendrás que disculparme, querida. Estoy un poco sordo del lado derecho.

Se me encogió el corazón. Iba a resultar imposible hacerle al señor Tom Miller mil preguntas sobre su pasado. No estaba segura de que me oyera aunque solo le pidiera que me pasara la sal. Ayudó a su mujer a sentarse, y ya había servido agua a toda la mesa cuando alguien apartó la silla de mi izquierda.

Sentí un tirón en el vestido, seguido del sonido de la tela al rasgarse. Giré la cabeza y descubrí que una manga de mi vestido rosa estaba enganchada en el respaldo de la silla de Nathan Cove. El agujero se hacía cada vez más grande, y empujé la silla hacia atrás para impedir que me la arrancara entera.

—¡Para! —grité—. Me estás rompiendo el vestido. —Intenté liberarme con el otro brazo, pero no llegué, así que me giré y estiré una pierna sobre la silla de Nathan Cove para mantener el equilibrio mientras trataba de evitar que el agujero se hiciera más grande. No sirvió de nada; seguía sin llegar, así que me levanté sobre la otra pierna, y me quedé extendida sobre las sillas.

La persona que movía el asiento de Nathan se acercó más, hasta que estuvo a unos diez centímetros de mí.

—¿Puedes apartarte de la luz? —espeté—. No puedo ver qué parte me has pillado del vestido.

—Lo haría, pero entonces toda la sala podría ver algo que no estoy del todo seguro que estés planeando enseñar al mundo.

Levanté la vista al oír aquella voz profunda y resonante, y me quedé sin respiración al ver las largas pestañas y los ojos centelleantes de un hombre. Pasaron tres segundos hasta que recordé que estaba atrapada por el respaldo de una silla y que acababan de informarme de que estaba enseñando las bragas a todos los presentes.

—Mierda —dije, levantándome de la silla de Nathan de forma que me quedé agachada entre los dos asientos, con las piernas muy juntas, presa de la tela de la manga.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Don Pestañas, justo cuando por fin me liberé de la silla. Intenté ponerme de pie para responderle sin tener la cara a la altura de su entrepierna, pero el pelo tiró de mí hacia abajo. Santo cielo; se me había enganchado el pelo. Esas sillas habrían tenido que llevar una advertencia de peligro. Intenté apartarme con cuidado, pero no pude. Busqué dónde se había enredado, pero parecía estar por todas partes. Cuanto más luchaba, menos movilidad tenía. Doblada por la cintura, con el pelo delante de la cara, no podía ver nada.

Me sentí impotente.

—Alguien va a tener que cortármelo para liberarme —anuncié dramáticamente.

Y luego matarme, antes de que muera de vergüenza.

—Estate quieta —dijo el hombre, que tenía la voz más profunda que la garganta del Cheddar, agachándose a mi lado. Me separó el pelo como si fuera una cortina. Desde mi posición, parecía de la edad de Noah. Sin embargo, tenía el pelo más oscuro y lo llevaba más corto, más práctico; y aquellas pestañas de vértigo… Mierda, era una pena que las tuviera él. Yo habría pagado una fortuna por unas pestañas así—. Tienes que dejar de moverte porque solo estás empeorando la situación —me advirtió.

—Mira —respondí—, esto no es culpa mía. —Pero me quedé tan quieta como pude. Para evitar moverme de forma involuntaria, apoyé la mano en las piernas, por encima de las rodillas, como si alguien fuera a saltarme encima en cualquier momento. Algo que, teniendo en cuenta cómo transcurría el día, era una posibilidad.

Me quedé allí de pie durante lo que me parecieron horas. El señor mandón por fin dio un paso atrás. ¿Ya estaba? ¿Era libre?

—Es...



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