Bay | Amor inesperado | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 305 Seiten

Bay Amor inesperado


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-26-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 305 Seiten

ISBN: 978-84-10070-26-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



BLAKE En cuanto esa tremenda pelirroja con un culo de infarto entra en el bar me doy cuenta de que está de paso, y yo estoy buscando algo de diversión mientras estoy en el pueblo, un buen revolcón sin ataduras antes de regresar a la ciudad. No quiero conocer sus secretos; no quiero pensar en lo bien que me siento al tenerla debajo de mí; no quiero imaginar un futuro con ella. Soy Blake McKenna y voy a conseguir que esa niña rica de Boston se olvide de todos los hombres que me precedieron. MACKENZIE Cuando el futuro que siempre había imaginado se esfuma ante mis ojos me tomo unas merecidas vacaciones en el campo con mis dos mejores amigas. Mi plan de renunciar a los hombres se va al garete cuando, la primera noche de las vacaciones, conozco al tío más bueno que he visto en mi vida y decido que es justo la distracción que me hace falta. No tengo pensado revelarle mis secretos más profundos mientras nos escabullimos todas las noches con la esperanza de que nadie se dé cuenta, y, desde luego, lo último que tengo en mente es enamorarme por primera vez en mi vida. Me llamo Mackenzie Locke y no entiendo a los hombres; ni un poquito. Hasta que Blake llega a mi vida.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Amor inesperado es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, Alta sociedad, El escándalo, Noches en París, Noches de promesas, Noches en Índigo, Doctor Inalcanzable, Doctor Perfecto, Doctor Jefe, Doctor Prometido y Doctor Soltero, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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1


Mackenzie

—Aquí tiene, señorita —dijo la azafata, tendiéndome un gin-tonic recién preparado.

Le di las gracias, bajé la pestaña para liberar la mesita de plástico gris que tenía delante y dejé la copa sobre ella. Era la tercera desde que habíamos embarcado, y esperaba no bebérmela, pero no iba a prometerlo. Anestesiarme con alcohol me parecía una gran idea porque, por mucho que quisiera a mis dos mejores amigas, no eran buena compañía en espacios reducidos a treinta y cinco mil pies de altura. Sobre todo cuando no tenían ningunas ganas de estar ahí.

—No me puedo creer que estemos haciendo esto —murmuró Rose en su vaso de plástico, empañando el interior, como si fuera una niña pequeña. Miré a Kennedy, que leía una revista y negaba con la cabeza; estaba claro que compartía la opinión de Rose.

—Dejad de lloriquear. —Me apoyé sobre el reposacabezas. No pegado ojo desde la debacle del vestido de novia, como mi madre había decidido llamar al peor día de mi vida. Tenía los ojos cansados y me pesaba todo el cuerpo, pero, hiciera lo que hiciera, no podía acallar la mente ni detener la abrumadora sensación de pánico que se abatía sobre mí cada vez que estaba a punto de conciliar el sueño.

Mi plan se había desviado de su curso. Otra vez.

Tenía que hacer algo, arreglar cosas, porque se me estaba agotando el tiempo. Debía ponerme en marcha otra vez, y la mejor forma de empezar era hacer un viaje, un acto de fe.

—Nos vendrá bien. Reconectaremos con la naturaleza y esas cosas. —Estaba harta de intentar convencer a Rose y Kennedy de que iban a disfrutar de la experiencia. Vale, quizá no fuera así, pero la verdad era que a mí me hacía falta. Debía recomponerme, y no quería hacerlo sola, y sabía que, si les hubiera pedido que hicieran desnudas el Freedom Trail, no lo habrían dudado. Sus quejas me resultaban tan familiares que casi me sentía reconfortada: eran los lamentos que sonaban cuando la gente dejaba de comunicarse, dejaba de practicar sexo, dejaba de decir te quiero, cuando sabías que estabas de mierda hasta el cuello. Hacía tiempo que las cosas no funcionaban con Phil, y yo me había agarrado a un clavo ardiendo, confiando en que todo iba a salir bien. Dejé escapar un suspiro y saqué del bolsillo del asiento delantero el folleto con las instrucciones de seguridad a bordo y luego volví a guardarlo. Lo que necesitaba era el US Weekly, algo cutre que me distrajera de lo que estaba dejando atrás.

A esas alturas esperaba haber solucionado lo de tener un marido. Después de casi treinta años, ya había pagado con creces mis deudas y el karma habría tenido que compensarme, pero, al parecer, se había quedado sin fondos. Oficialmente, era una exnovia por triplicado, y por eso estaba en un avión rumbo a Oklahoma.

—Acompañarte a una escapada después de un disgusto enorme forma parte de la descripción del puesto de mejor amiga. Y, lo entiendo, pero no me puedo creer que vayamos a estar en mitad de ninguna parte, Mackenzie —masculló Kennedy desde el asiento de la ventanilla, dándose golpecitos en los muslos con la revista—. Cuando a la gente la dejan, se llevan a sus amigas a México, beben cócteles y se acuestan con un botones de hotel buenorro o dos, quizá al mismo tiempo. No van a Oklahoma y… Espera. ¿Qué vamos a hacer ahí?

Me aflojé un poco el cinturón de seguridad y me giré para que mis rodillas apuntaran hacia la ventanilla y hacia las dos mejores amigas que una chica pudiera desear. Aunque Kennedy estaba enfadada, me alegraba de que me hubiera acompañado. Me acerqué a ella y le apreté la mano para que supiera lo mucho que valoraba que hubiera venido. Me hizo un gesto con el ceño fruncido. Nunca se le había dado bien el afecto físico.

—No sabes dónde está el rancho, así que ¿cómo sabes si está en medio de la nada? —pregunté, hastiada. Había omitido los detalles: si lo hubieran buscado, se habrían centrado en el camping, en el que no había spa, ni wifi ni alcohol. Ya me había costado bastante convencerlas de que vinieran; no iba a darles más razones para negarse.

Kennedy me miró como si le acabara de decir que su vibrador estaba roto.

—Oklahoma está en medio de la puñetera nada. —Su tono se elevaba un decibelio con cada trago que bebía.

—Pareces una niñata de la Costa Este. —Las tres habíamos crecido en Boston y nunca habíamos llegado mucho más lejos, ni siquiera para ir a la universidad, pero en ese momento necesitaba un cambio de aires: Oklahoma iba a ser una aventura, y en ese rancho esperaba encontrar otra versión de mí misma, y por una cosa así iría a cualquier parte. Decían que, si una persona te llamaba asno, debías ignorarla; si te lo llamaban dos personas, debías mirarte en el espejo; y si lo hacían tres, pues te ponías una silla de montar. Yo tenía tres strikes y me habían eliminado, pero no estaba preparada para comprar esa silla. Prefería empezar de cero.

Era la versión dos punto cero de mi plan.

—Y me da igual —sonrió Kennedy, levantando su vaso de plástico medio lleno—. Tienes suerte de que te quiero.

El rancho en el que nos alojábamos organizaba retiros para mujeres atrapadas en vidas amorosas que no deseaban, y yo, llegada a ese punto, estaba dispuesta a probar lo que fuera. Si podían solucionar lo que me pasaba y evitar que mis prometidos me dejaran, pues mejor que mejor. No tenía nada que perder. Con cada uno de mis novios serios había pensado que ya lo tenía todo solucionado, que había encontrado la pieza clave para conseguir la vida que siempre había planeado: una familia, un hogar, seguridad, un lugar en el mundo. No podía quedarme donde estaba, atrapada en el bucle del rechazo y la confusión. Estaba claro que precisaba ayuda profesional. Me encontraba en una encrucijada y podía seguir recto o probar una ruta alternativa.

Necesitaba sanar, encarrilar mis planes.

Necesitaba Enamorados Anónimos.

—Las dos te queremos y estamos aquí para apoyarte. —Rose me dio una palmadita en el brazo—. He traído un albornoz, por si los suyos no son lo bastante suaves, pero te lo puedo prestar. ¿Crees que habrá masajes y esas cosas?

Me quedé callada, intentando no hacer una mueca. Algo me decía que la suavidad de los albornoces no iba a importar lo más mínimo cuando las chicas vieran adónde íbamos. Les había dado una lista con lo que iban a necesitar —impermeables, equipo de senderismo y mucho insecticida— y casi las había perdido, pero al parecer Rose estaba en plena fase de negación. Si esperaba un balneario, Enamorados Anónimos iba a ser un chasco tremendo. Paré a uno de los tripulantes de cabina y le pedí otro gin-tonic.

—Mira, tú me quieres, ¿verdad? —pregunté—. Acabas de decirlo.

Kennedy respondió con un murmullo ininteligible, absorta en el último drama relacionado con una de las participantes de Real Housewives. Le encantaban los escándalos tanto como los odiaba su madre, y una de las razones por las que se acostaba con el primero que pasara era molestarla. Rose asintió y me dedicó lo que debía de creer que era una sonrisa, pero en realidad era la cara que ponía siempre que íbamos a comer marisco y pedíamos ostras.

Me puse a dibujar círculos en la bandeja con el vaso, persiguiendo las gotas de humedad que se habían deslizado por él.

—Y también sabes lo mucho que me importa nuestra felicidad…

Kennedy guardó la revista en el bolsillo del respaldo.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—Solo quería avisarte de que el sitio puede ser un poco… rústico. —¿«Rústico» era una palabra lo bastante ambigua como para no considerarme una mentirosa?—. Pero creo que al echar la vista atrás diremos que los cinco próximos días nos cambiaron la vida.

Kennedy se reclinó en el asiento.

—A menos que monte a caballo o me muerda una serpiente, estoy convencida de que unas noches en Oklahoma no me van a cambiar la vida.

—En ese caso, no tienes nada que perder —repliqué. Aunque la verdad era que esperaba que ese viaje sí supusiera un cambio. Quería dejar lo de comprometerme una y otra vez y pasar ya a la siguiente etapa. Quería encontrar a un hombre me propusiera matrimonio y se casara de verdad conmigo.

Todo lo que necesitas es amor… Y una mierda. Que te jodan, John Lennon, gilipollas mentiroso.

—Joder, sí que está en medio de la nada. Mira. —Rose señaló por la ventanilla cuando descendimos entre las nubes. El terreno era llano y seco y amarillento como si alguien hubiera abierto el sol y lo hubiera derramado por el suelo. El suelo estaba cruzado de líneas marrones de tierra chamuscada y sus colores se fundían con el azul celeste. Era como si Rothko, el autor de esos cuadros en los que aparecían rectángulos de colores difuminados, se hubiera encargado de diseñar ese estado. Era chocante, confuso, inesperado y, sobre todo, diferente. En mi interior floreció por fin la esperanza que había albergado en lo más profundo de mis entrañas al reservar este retiro.

—Ya no estamos en Boston, Totó —murmuró Kennedy.

—Exacto. Es algo nuevo en un nuevo lugar donde todas volveremos a encarrilarnos.

—Estoy bien en el carril en el que estoy, gracias —refunfuñó Kennedy.

—Sabes que no puedes seguir saltando de cama en cama. —Kennedy no creía en el compromiso, y eso que, para ella, comprometerse era aceptar una segunda cita.

Se encogió de hombros.

—¿Por qué no? ¿No has...



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