Bay | Boda en Las Vegas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 310 Seiten

Reihe: New York City Billionaires

Bay Boda en Las Vegas


1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8778700-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 310 Seiten

Reihe: New York City Billionaires

ISBN: 979-13-8778700-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Worth es el chico bueno al que quiere todo el mundo... hasta que ella le hace perder el control. Es encantador, digno de confianza y un perfecto caballero, pero en cuanto ve a Sophia por primera vez, su mundo cuidadosamente controlado salta en pedazos. Ella es la persona que no sabía que estaba esperando, pero ahora ¿qué puede hacer? Pues cualquier cosa para hacerla suya. Sophia ha renunciado a los hombres que intentan conquistarla con palabras bonitas y promesas vacías. Ya cometió ese error en el pasado, y se niega a repetirlo, pero Worth es persuasivo, firme, protector y peligrosamente irresistible. Una imprudente noche en Las Vegas lo cambia todo, para bien o para mal. De día Worth es firme y seguro. Por la noche es posesivo y no tiene límites. Y ahora es su marido. ¿Podrá esta ardiente conexión sobrevivir a la mañana siguiente? ¿Será este precipitado compromiso de Las Vegas la mayor apuesta que jamás hayan hecho?

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. HERO VEGAS es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, El escándalo, Amor inesperado, Volver a verte, Química con el jefe o Pacto con el jefe y con las series The Doctors (Doctor Inalcanzable, Doctor Perfecto, Doctor Jefe, Doctor Prometido y Doctor Soltero), The Misters (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres), las bilogías The Gentlemen y The Players y la trilogía The Nights.
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1


Worth

Un brunch neoyorquino puede ser solo eso: una reunión con amigos para aliviar la resaca o leer los periódicos del domingo. Pero hoy es algo más que eso; lo sé por la forma en que Leo —uno de mis cinco mejores amigos— se toca nerviosamente el cuello de la camisa, y por cómo su prometida, Jules, cambia el peso de un pie a otro.

Para ser justos, hoy hay mucho en juego; hoy, los amigos de Leo, sus hermanos, vamos a encontrarnos con la mejor amiga de Jules por primera vez. Estoy convencido de que va a salir bien, pero la feliz pareja quiere que esté mejor que bien.

—¿Qué te parece, Worth? —pregunta Jules—. ¿Es muy obvio poner a Fisher al lado de Sophia?

Miro a Jules y a Efa, las dos únicas mujeres de la sala.

—¿Qué quieres decir con «obvio»? —pregunto, eligiendo las palabras con cuidado. No sé exactamente qué se supone que es obvio.

—Si se nota que estamos intentando liarlos —responde Efa, apoyándose en la mesa para darme un golpecito en el brazo.

—Creo que será mejor si le ponemos a Worth al otro lado —apunta Jules, respondiendo a su propia pregunta—. No creo que piense que intentamos emparejarla con los dos.

Me paso las manos por el pelo, sin saber muy bien qué pensar de lo que acaba de decir. En ese instante oigo un ruido junto a la puerta.

Me vuelvo y veo la cabeza de una mujer; tiene una larga melena rubia que, cuando se agacha, roza el suelo.

—Tengo que quitarme estos zapatos. No están pensados para andar con ellos. Intentaba ser elegante y refinada llevando tacones, pero, aunque puedes sacar a la chica de Cincinnati…

Se endereza y nos miramos. Es preciosa: tiene la nariz cubierta de pecas, y no puedo apartar la mirada de su boca: sus labios de color rosa oscuro forman un arco perfecto, y dibujo en mi mente una línea alrededor de ellos; en su larga melena rubia destacan unos mechones más claros, como si se hubiera pasado todo el verano al aire libre, y me obligo a no pensar en el escalofrío que me recorre al pensar en tenerla sobre mi piel.

Dios, quiero acercarme a ella, arrinconarla contra la pared y besarla una semana entera; creo que en mi vida había sentido un deseo tan primitivo y visceral de estar con una mujer, aunque esa clase de anhelo no es nada propio de mí; eso es lo que me hace tan bueno cuando hay una situación complicada: soy un tipo frío, alguien que piensa con lógica y no toma decisiones precipitadas, y hasta hoy jamás había sentido ese impulso repentino de poseer a una mujer.

Soy vagamente consciente del parloteo a mis espaldas mientras esa mujer y yo nos miramos como si compartiéramos los mismos pensamientos. De repente, Efa la abraza, rompe así nuestro contacto visual y me devuelve al presente.

—¡Worth! —exclama Jules—. Te presento a mi mejor amiga en el mundo entero, Sophia. —Se vuelve hacia ella—. Te voy a sentar al lado de Worth, porque, la verdad, es la mejor persona del mundo después de Leo.

—¡Eh! —exclama Efa a lo lejos—. ¿Y qué hay de Bennett?

—No me has dejado acabar la frase. ¡El que dijo que los británicos son muy educados no te conocía!

Efa y Jules se echan a reír y Sophia me mira con los ojos muy abiertos, confusa. Estoy a punto de acercarme para asegurarle que Efa y Jules están bromeando y que no tiene de qué preocuparse, pero antes de que llegue a dar un paso, es ella quien se aproxima a mí.

—Hola —saluda con una sonrisa deslumbrante, y me siento como si mirara de frente al sol; parece rodeada de luz, como si brillara. De fondo escucho a Bryan Ferry cantando sobre ser esclavo del amor…, ¿o me lo estoy imaginando? Tengo que salir de este bucle mental o empezaré a ver pajarillos poniéndole la servilleta en el regazo y ardillas separando la silla para que se siente.

—Hola. —Normalmente le doy un abrazo a la gente que me presentan Efa o Jules, pero no puedo arriesgarme a tocar a Sophia, así que le tiendo la mano como si estuviéramos en una puñetera sala de juntas. Soy un idiota; un puto idiota.

Sorprendentemente, su sonrisa se hace más amplia, como si ofrecerle la mano fuera aún mejor que marcar el touchdown de la victoria en la Super Bowl. Nos miramos fijamente durante un rato, ajenos a lo que ocurre a nuestro alrededor; soy vagamente consciente de que hay más gente en la puerta y del tintineo de las copas, pero no tengo ni idea de lo que pasa fuera de nuestra burbuja y no quiero salir de ella.

Sophia desliza su mano entre las mías y un pequeño jadeo escapa de sus labios, y yo reprimo un gemido; su mano es tan suave, tan pequeña, tan… mía que no tengo palabras para describir la sensación.

Jules rompe el momento con un grito.

—Quita esa música, Leo, y pon algo más alegre. —Coge a Sophia de la mano y la aparta de mí. Sophia mira hacia atrás por encima del hombro y yo no puedo apartar la mirada de las ondas de su pelo, ondulado y suelto, que le acarician la espalda como el agua corriendo sobre las piedras; de la forma que en los vaqueros se ciñen a su trasero perfecto… Tampoco puedo librarme de la sensación de su mano en la mía, ni siquiera en ese momento, que ya está al otro lado de la estancia.

—Bryan Ferry es la hostia —responde Leo.

Tiene razón. Bryan Ferry es genial, aunque nunca se me había ocurrido pensarlo hasta ahora.

Llegan todos menos Byron, que rara vez está en Nueva York. Ha enviado un mensaje al grupo para decir que se encuentra en Acapulco. Probablemente soy el único que sabe en realidad que eso significa que está en Colorado… Es una larga historia.

Jules nos guía a nuestros asientos, donde hay unas tarjetas con nuestros nombres. Me gusta que nuestro grupo de seis se haya ampliado para incluir a las mujeres de mis mejores amigos. Todo está cambiando, y me parece bien, y, además, me gustan mucho Efa y Jules. Pero ¿tarjetas con los nombres? ¿Qué será lo próximo? ¿Acudir al brunch vestidos de esmoquin?

Encuentro mi nombre junto al de Sophia. Vale, a lo mejor lo de las tarjetas no está tan mal. Fisher se sienta al otro lado de ella; en ese momento me llega la charla animada entre Efa y Jules sobre la posibilidad de emparejar a Sophia con Fisher.

Sophia es para Fisher. No para mí.

La decepción me atenaza las entrañas e intento sacudírmela de encima mientras todos toman asiento alrededor de la mesa. ¿Cómo puedo estar decepcionado? Fisher es un tío estupendo y lo quiero como a un hermano; es el alma de la fiesta, creativo pero con cerebro para los negocios. Y, si hablamos de personalidad, es justo lo opuesto a mí, así que si Jules, que es la mejor amiga de Sophia, piensa que encajaría bien con Fisher, debe de tener razón. Pues está bien, es así como debe ser: Fisher y Sophia. Perfecto.

Inspiro hondo y me siento, intentando no prestarle atención a Sophia, que se acomoda a mi lado. Dejo que hable con Fisher y escucho a medias el parloteo alrededor de la mesa. Sobre todo, me dedico a contemplar el skyline de Manhattan pensando en las reuniones que tengo esta semana, que son muchas, porque acabo de enterarme de que el promotor inmobiliario en el que invertí para convertir un antiguo hotel de la calle Novena en un bloque de apartamentos se ha esfumado con parte de mi dinero.

Mi trabajo consiste en invertir en los proyectos de otras personas, y eso siempre conlleva cierto riesgo, pero lo de este hombre me ha sorprendido. De cualquier forma, la calle Novena tiene mucho potencial y al final no me saldrá muy caro: el edificio es mío y él va a perder sus acciones en el proyecto porque ha desaparecido y me ha robado. El problema es que no puedo perder el tiempo en idear un nuevo plan porque ya tengo bastante con todo lo demás.

—¿Worth? —Alguien pronuncia mi nombre y me arranca del curso de mis pensamientos. Al darme la vuelta veo a Sophia mirándome con esos deslumbrantes e increíblemente seductores ojos azules. Sonríe al darse cuenta de que no tengo ni idea de lo que acaba de preguntarme—. Por favor, ¿podrías pasarme la mantequilla?

—Mantequilla —repito, pero no me muevo. No soy capaz. Es como si su mirada me hubiera dejado petrificado. Se ríe, y es un sonido tan dulce que no puedo evitar sonreír—. Mantequilla. —Me obligo a apartar la mirada el tiempo suficiente como para encontrar el platito, y lo dejo junto a ella sin atreverme a mirarla.

Fisher y Sophia.

Pero esta vez no puedo desconectar: esta vez soy muy consciente de cada vez que se mueve o habla, como si estuviera sintonizado con su frecuencia y no pudiera hacer nada porque mi dial está estropeado. Solo puedo atender a todo lo que hace la mujer sentada a mi lado.

—¿De verdad vas a esperar dos años a esa que esta azotea esté lista para casarte con tu prometida? —le pregunta Sophia a Leo.

—Buena pregunta —respondo—. Aunque apostaría a que Leo hará lo que quiera Jules, sea lo que sea.

Sophia vuelve a reír y yo quiero coger mi teléfono y grabar ese sonido para reproducirlo una y otra vez cuando regrese a casa esta noche.

—Es lo que haría un tío sensato —aprueba Bennett.

Jules y Leo se ponen a hablar de planes de boda; me alegro mucho por ellos. Los dos son muy buenas personas y están hechos uno para el otro, y son mejores juntos que separados. Miro a Fisher y a Sophia. ¿Diré lo mismo de ellos? La idea me rechina como si hubiera metido la llave equivocada en una cerradura.

Sophia se vuelve hacia mí.

—¿Y qué me dices de ti, Worth? ¿Eres uno de esos tíos tranquilos que solo hablan...



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