E-Book, Spanisch, 305 Seiten
Bay Doctor Prometido
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-16-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 305 Seiten
ISBN: 978-84-10070-16-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Doctor Prometido es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, Alta sociedad, El escándalo, Noches en París, Noches de promesas, Noches en Índigo, Doctor Inalcanzable, Doctor Perfecto y Doctor Jefe, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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4
Vivian
Es como si mi corazón supiera que este hombre es sincero, pero mi cuerpo tiene una extraña reacción ante la gente nueva. Es como si alguien pulsara un botón de rechazo en mi interior. Si no le hubiera tirado un café hirviendo por el pecho, no estaría paseando por el parque con él, a pesar de lo bueno que está.
—¿Vives en Londres, Adele? —pregunta.
Repite demasiado «Adele». No sé si es una de esas personas que usan mucho los nombres o si sabe que soy Vivian Cross y me está poniendo a prueba. Aunque sea un desconocido y no le deba nada, no puedo evitar sentirme mal por mentirle. En realidad, no sé si soy yo o es él quien me hace sentir así.
—No, solo me quedaré unas semanas. —El parque es agradable. Las copas de los árboles hacen que se esté mucho más fresco, casi como si no estuviéramos en la ciudad. Antes solía ir a Central Park, pero después de la ruptura no quería abandonar mi apartamento. En todas partes me sentía insegura. Y después de que tmz descubriera dónde vivía, no podía salir aunque quisiera. A veces no me sentía a salvo ni siquiera dentro de casa.
—¿Es la primera vez que visitas el Reino Unido?
No, si cuentas la gira mundial que realicé hace dos años. O cuando toqué en Glastonbury hace tres.
—He estado aquí antes un par de veces —comento.
Asiente como si lo que estuviera diciendo fuera interesantísimo.
—¿Por negocios? O…
—Principalmente. —No quiero mentir, pero él no tiene por qué saber quién soy—. Háblame más sobre tu trabajo. Debe de ser muy interesante ser médico, ¿no?
Se ríe a mi lado. Su risa hace que las comisuras de sus ojos se arruguen de una forma adorable y me den ganas de sonreír también. Su cara es tan de modelo de Ralph Lauren como el resto de su cuerpo. Tiene la mandíbula fuerte y la piel perfecta bajo los rayos del sol; el tipo de belleza que mejora con la edad.
—No es muy emocionante, pero me gusta. Me gusta ayudar a la gente.
Veo algo a un lado del camino. Parece un esqueleto sobre una silla.
—¿Qué demonios es eso?
—¡Yo te protegeré! —Extiende los brazos y crea un muro de cuerpo duro entre el esqueleto y yo. Luego los deja caer—. Es una escultura. —La figura ósea está echada hacia atrás sobre una silla de latón colocada sobre un cuenco que se está llenando de agua—. En teoría es temporal, pero lleva aquí todo el año.
—Vale —acepto. Supongo que la gente hace arte con todo tipo de cosas—. ¿Crees que es de verdad? —pregunto.
—¿La escultura?
—El esqueleto —insisto.
—No lo es.
—¿Cómo puedes estar seguro? Parece bastante realista.
—Bueno. —Levanta la mano y se rasca la nuca. Intento no mirar la piel expuesta de su estómago bronceado y tenso mientras habla. En parte porque es de mala educación y en parte porque no sé si debería fijarme en la piel de un hombre. En las manos de un hombre. En la sonrisa de un hombre. Se supone que estoy curando mi corazón roto. Y hago todo lo que puedo para ignorar la corriente que me recorre la espalda cuando me mira—. Soy médico. Pero, además, mi hermano conoce al artista.
Echo un vistazo y veo la placa que describe la obra.
—Urs Fischer. ¿Y tu hermano lo conoce, dices?
—Sí, creo que le encargó algunas cosas. Recuerdo que me habló de esta pieza y de que no era un esqueleto de verdad.
—Aaah… —murmuro—. ¿A qué se dedica tu hermano? ¿Es coleccionista de arte o algo así?
—No, te aseguro que no es coleccionista de arte. Si te soy sincero, no estoy muy seguro de lo que hace. Sé que tiene algo que ver con las finanzas. —Hace una mueca.
Me río, porque es exactamente cómo describiría lo que hace mi hermano para ganarse la vida.
—Tienes una sonrisa preciosa —comenta, y de repente me siento cohibida bajo su mirada.
—Gracias. —Me quedo un poco turbada por el cumplido, porque me parece auténtico. Hay mucha gente en mi vida que me hace la pelota, pero ¿por qué lo haría este hombre? Me da la impresión de que no me ha reconocido. No le pago un sueldo, y me hace sentir bien que se fije en mí. Me siento especial, no por mi voz ni por mi forma de componer, sino porque soy yo.
—¿Tienes hermanos? —pregunta.
Me aclaro la garganta. No quiero mentirle, pero tampoco deseo revelarle nada de mi vida. No tiene por qué saber quién soy. Solo me apetece disfrutar del paseo por el parque y llegar a casa.
—Sí. Tengo un hermano. —Es agradable ser sincera, a pesar de que no añado que también tengo una hermana.
Un grupo de mujeres jóvenes se acerca a nosotros y me doy la vuelta, fingiendo de nuevo mucho interés por la escultura, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—¡Dios mío! —grita una de ellas.
Joder. Sabía que debería haberme ido directamente a casa. No puedo estar a más de cien metros del límite del parque. Tal vez podría ponerme a correr y llegaría a casa en pocos minutos.
—¿Estás bien? —pregunta Beau.
Me atrevo a mirar a mi alrededor y compruebo que las chicas han pasado de largo. No se han fijado en mí; debían de referirse a otra cosa.
—Pareces nerviosa —comenta.
Esbozo una sonrisa fingida.
—Estoy bien. Sigamos andando, aunque prefiero que nos mantengamos cerca del borde del parque, si te parece bien.
—Sí, vale. —Tiene que correr para alcanzarme; no quiero que las chicas se den cuenta y peguen media vuelta para ver si realmente soy quien creían que era.
—¿Vienes mucho por aquí? —me intereso. Creo que si en verdad viviera en Chester Terrace, y no fuera famosa, visitaría mucho este parque. De hecho, incluso siendo famosa, vendría si viviera en Londres. Sin embargo, este no es el momento adecuado. Me siento como si le hubieran puesto precio a mi cabeza. Ya pasará; tiene que pasar.
—En estos momentos vivo con mi hermano, así que paso por el parque para ir al trabajo todos los días. ¿Y tú? ¿Dónde vives?
—Oh, creo que es justo ahí detrás… —Indico un lugar por encima de mi hombro derecho con el pulgar.
—¿En King’s Cross? —insiste.
—Eso creo.
—No me has dicho por qué estás en Londres. Solo que es por trabajo.
—Es un pequeño descanso entre trabajos, en realidad.
Asiente.
—Qué guay. Es una gran ciudad, ¿verdad?
Por desgracia, no he visto demasiado de Londres. Ser famoso tiene muchas ventajas, pero también sus inconvenientes. Uno de ellos es no poder salir a donde quiera. Si estoy de gira publicitaria y voy a cenar, o algo así, me aseguro de que me acompañen unos guardaespaldas. Sin embargo, en este momento no quiero tener que lidiar con eso. Necesito algo de tiempo para mí. Además, no puedo organizar un efectivo de seguridad sin decirle a la gente dónde estoy. Como mínimo, mi asistente tendría que saberlo. Y, de momento, nadie conoce mi paradero. Ni siquiera este hombre tan atractivo con el que estoy paseando por el parque.
—Es una ciudad fabulosa —convengo—. Me gusta que aquí cualquiera pueda pasar desapercibido.
Sonríe, lo miro y luego me alejo, porque siento un cosquilleo en el estómago que me resulta un poco… peligroso.
—Me encanta que seas consciente de eso. Es exactamente lo que pasa aquí. Hay un lugar para ti, seas quien seas.
El corazón me da un vuelco en el pecho, no por el sentimiento, aunque es estupendo poder ser uno mismo, sino por el cumplido y por la forma en que parece satisfecho con lo que he dicho. Asiento, y atravesamos un lugar especialmente sombrío del camino. Apenas puedo ver por culpa de las gafas de sol. Tampoco ayuda que las nubes hayan cubierto el cielo.
—Sabes que es raro que aquí haya sol, ¿verdad? —expone Beau. Lo miro y me doy cuenta de que me está pidiendo que le muestre mis ojos.
—Lo sé. —Las gafas de sol son una armadura. Con ellas puestas, siento que alejo a todo el mundo unos metros, y es la única forma en que puedo enfrentarme a ello.
—Mientras tú estés bien…
Es probable que esté pensando que alguien me ha dado un puñetazo en la cara y estoy intentando ocultar un ojo morado.
—Estoy bien. Es solo que no me gustan… las luces brillantes. —Mi exprometido siempre me acusaba de que me atraían demasiado los focos. Al final, resulta que él disfrutaba de la fama más que yo.
Una pareja cogida de la mano se acerca a nosotros. Veo que ella me mira y luego susurra algo a su novio, que a su vez me mira también. Mierda. Sabía que ya había tentado bastante a la suerte.
—Oye —llamo la atención de Beau—, ¿por qué no vamos por ese sendero de ahí?
Me cuelo entre unos arbustos, agachándome para no golpearme la cabeza con las ramas bajas de los árboles.
—Sabes que esto no es un camino, ¿verdad? —pregunta desde detrás de mí. Atravesamos los arbustos y nos encontramos con otro sendero, paralelo al que acabamos de dejar.
—Ah… Pensaba que era un atajo.
Curva las comisuras de los labios, pero mantiene el ceño fruncido, como si yo le pareciera divertida y desconcertante a partes iguales. Puedo vivir con ello.
—¿Cuál es tú historia, Adele? ¿Por qué te cuelas entre unos arbustos y te dejas las gafas de sol puestas en la oscuridad? ¿Estás en el programa de protección de testigos o algo así?
Suspiro. Es difícil mantener el anonimato cuando te relacionas con alguien durante un rato...




