Bay | El aristócrata de Londres | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 5, 320 Seiten

Reihe: Royals

Bay El aristócrata de Londres


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-40-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 5, 320 Seiten

Reihe: Royals

ISBN: 978-84-18491-40-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Creo en el amor. Pero el amor parece haberse olvidado de mí. Tengo citas a menudo. Estoy dispuesta a dar mil oportunidades a los tíos. Simplemente, no he encontrado al indicado. Hasta que una mañana de primavera, en plena campiña inglesa, un desconocido alto y moreno aparece de entre de la niebla. Logan Steele tiene el pelo alborotado, el torso duro y unos labios tan perfectos que quiero besárselos solo para comprobar que son reales. Estoy segura de que es pura química lo que vibra entre nosotros. ¿He mencionado ya que es un aristócrata con una gran fortuna que ha logrado por sí mismo, un multimillonario que trabaja para causas benéficas de forma desinteresada? Y es tan espectacular que te deslumbra al mirarlo. Pero, como he dicho, el amor parece haberse olvidado de mí. Cuando descubro que Logan Steele quiere destruir todo aquello que me he dedicado a proteger durante toda mi vida, esa química desaparece, y la esperanza que había florecido en mi pecho se convierte en rabia. Ya no importa que me acelere el pulso con solo decir mi nombre, que me debilite las rodillas con un solo roce y que pueda ser el hombre que mejor bese del mundo. Puede que crea en el amor, pero Logan Steele no es el hombre indicado para mí.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. El aristócrata de Londres es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan y El caballero inglés.
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1


Darcy

Hay algo mágico en la campiña inglesa en una mañana de primavera. Desde las telas de araña cubiertas de rocío hasta el amanecer, que animan a las campanillas y a la flor del azafrán a salir de su escondite para convertirse en impetuosas manchas de color que florecen a pesar de los rigores del invierno. Siempre ha sido mi paraíso perfecto.

Lo que más me gustaba hacer los domingos por la mañana era cabalgar por Woolton Estate. Era una tierra que había pertenecido a mi familia desde hacía generaciones y que ahora era responsabilidad mía mantener para la futura familia de Westbury. Había vivido ahí casi toda mi vida. Había sido una constante para mí cuando, primero mi padre y luego mi madre, nos abandonaron a mí y a mi hermano en manos de los abuelos. Era un hogar, un lugar seguro y feliz donde podía olvidar que existía todo lo malo del mundo. Y yo hacía todo lo posible para mantenerlo como siempre había sido. Quería honrar a la gente que lo había hecho antes que yo y preservarlo para la gente que vendría después de mí.

Era una gran responsabilidad. No solo por las generaciones que me seguirían, sino también por la gente que dependía de Woolton en la actualidad, desde los jardineros hasta los guardas de caza, el personal de los establos y luego todo el servicio que mantenía la casa, Woolton Hall. Sus familias confiaban en que yo proporcionara trabajo a sus seres queridos. Algo que yo veía como un honor, y como mi deber. Y en días como ese, era un completo placer.

Cuando llegué a la cima de mi lugar favorito, desmonté de Bella. Había llovido durante la noche, así que, aunque ya seco, el suelo estaba cubierto de hierba húmeda y resbaladiza y fango. Técnicamente, estaba recorriendo los límites de la finca y asegurándome de que todo estaba como debía estar, pero en realidad me encantaba la vista que alcanzaba desde ahí.

—Vamos, Bella —le dije a la yegua, sujetando las riendas con fuerza y guiándola hacia la vista—. Mira eso. Creo que se pueden ver cientos de kilómetros a la redonda. —A lo lejos, las colinas de Chiltern rompían el horizonte, y se veía un mosaico de campos dividido por setos, árboles y campanarios de iglesia, como si los coches y las personas no existieran. El canto de los pájaros flotaba hacia mí con la brisa, y cerré los ojos para respirar el aire fresco de la primavera. Tenía mucha suerte de vivir en un lugar tan bonito.

Por el rabillo del ojo capté un movimiento entre los árboles. ¿Acaso un ciervo se había adentrado en el bosque?

Al mirar hacia allí con los ojos entrecerrados, me di cuenta de que era una persona. Un hombre. Un hombre muy alto que parecía estar concentrado en el teléfono que sostenía ante sí con una mano enorme mientras se dirigía hacia mí. Noté que tanto Bella como yo pasábamos desapercibidas para él. Le eché unos treinta y cinco años; iba vestido con vaqueros y zapatillas deportivas, pero no lo reconocí. El hombre se pasó la mano por el pelo, castaño oscuro, mientras el borde de su afilada mandíbula quedaba recortado por la brumosa luz del sol matutino al levantar la vista, aunque solo fuera para comprobar el suelo que tenía delante. Quizás era un agente inmobiliario, o un topógrafo. Estaba en terrenos de Badsley House, que se habían puesto a la venta cuando murió la señora Brookely. Yo me sentía dividida entre querer que me dejaran sola con mi yegua para disfrutar de la vista y saber qué hacía ese hombre en el límite con las tierras de mi familia. Y tal vez quería ver si era o no tan guapo de cerca como parecía serlo de lejos. Se acercó a Bella y a mí con la cabeza gacha y la niebla matinal arremolinándose a sus pies. Qué lástima que se perdiera esa hermosa mañana, esa fantástica vista.

Cuando se acercó, estiró el cuello, revelando una piel bronceada y una nuez prominente. Una pequeña arruga surgió entre sus cejas, como si le irritara lo que leía en la pantalla, o tal vez estaba tratando de resolver un rompecabezas. Si el tipo hubiera vivido en Woolton Village, yo habría reconocido la diferencia entre esas dos expresiones en él, y por alguna razón inexplicable me molestaba no conocerlo.

El hombre estaba a pocos metros de mí cuando de repente levantó la vista y me miró, pillándome desprevenida, y me dejó clavada en el sitio con unos ojos profundamente azules. Yo no era el tipo de chica que mirara fijamente a los hombres. Comprendía que la personalidad sobrepasaba a la imagen y que el interior de las personas era más importante que el exterior, pero al parecer el exterior de este tipo me hacía mirarlo con intensidad. Y me había pillado de pleno.

—¡Buenos días! —me saludó con un grito.

Antes de que pudiera decidir si la vergüenza me impediría saludar al desconocido, Bella reclamó mi atención relinchando y luchando contra las riendas. Mientras yo tiraba de ellas para asegurarle que todo iba bien, ella tiró en la dirección opuesta, hasta liberarse. Mierda. Al correr detrás de ella, resbalé en la hierba húmeda y caí boca abajo en un charco de barro.

—¡Bella! —Levanté la cabeza, despatarrada en el suelo, y vi que el hombre corría tras ella. Para mi gran sorpresa y alivio, él pudo coger las riendas y la trajo. No era propio de Bella hacer lo que le ordenara un extraño, pero había debido de sentir lástima por mí.

Me puse en pie con esfuerzo y me miré; estaba cubierta de barro. El agua fría goteaba por mi cara hasta mi cuello. Demasiado sucia para mi mañana perfecta.

Le arrebaté al tipo las riendas y me pasé la palma de la mano por la cara, tratando de sacar provecho lo mejor posible de la situación.

—Gracias —dije, un poco nerviosa. Si ya me sentía avergonzada de que ese hombre tan guapo me hubiera pillado mirándolo, el hecho de que me hubiera convertido en un personaje de una película de zombis no mejoraba las cosas.

—De nada —dijo—. Hace un día precioso. Supongo que eres de por aquí —preguntó de forma indirecta.

Me concentré en Bella antes de dirigirme al extraño sin mirarlo, pues no sabía si sería capaz de apartar la mirada luego. ¿Es que no sabía que estábamos en las tierras de Woolton Hall?

—Sí, y supongo que tú no —repuse, esperando que atara cabos.

Al ver que no me respondía, me volví y me lo encontré mirándome como si yo fuera un animal exótico.

—Estás completamente cubierta de barro. —Empezó a reírse.

Perfecto. El primer hombre guapo con el que me topaba en un año y solo le servía de entretenimiento. Ese era mi sino. Y por eso estaba soltera. No era una de esas chicas glamurosas que los hombres encuentran atractivas y sexis. Me gustaba mucho estar al aire libre, y me sentía muy cómoda cubierta de barro.

—Lo siento. ¿Podemos empezar de nuevo? Soy Logan Steele —dijo, y me tendió la mano.

Levanté las palmas para insinuarle que lo último que querría sería darme la mano; por mi parte, no quería avergonzarme más cubriéndolo de barro.

—Solo quería desearte un buen día, ya que estás en mis tierras y todo eso.

—¿Tus tierras? —El claro antes de llegar al bosque que bordeaba Badsley House no era suyo. Entrecerré los ojos, ignorando el barro que aún me goteaba por la cara—. Creo que deberías comprobar que esto es parte de Woolton Estate. El límite está… —Solía haber un pequeño poste que indicaba dónde terminaban nuestras tierras.

—¿Allí? —Logan señaló justo detrás de mí, hacia Woolton.

Durante años no había prestado atención a los límites entre Badsley y Woolton. Porque el bosque y el arroyo donde mi hermano y yo jugábamos cuando éramos niños estaba justo en el límite de las tierras de Badsley House, y proporcionaban una valla natural, pero de forma literal los tres o cuatro metros a ese lado de los árboles también pertenecían a Badsley. Me estremecí y luego me di cuenta de lo que había dicho—. ¿Has comprado Badsley? Pensaba que se había puesto en venta ayer…

¿Ese hombre alto y guapo se iba a mudar al pueblo? Pues menuda impresión que le estaba dando. Primero cayéndome y cubriéndome de barro y luego entrando sin autorización en sus tierras.

—No creo que técnicamente se haya puesto a la venta. Firmé el papeleo ayer por la tarde.

—Oh. —Me alegraba de que Badsley no estuviera inhabitado durante demasiado tiempo, pero me sorprendía ver que la propiedad ya estuviera comprada. Y más por alguien como el hombre que tenía delante, que parecía más de los que tienen un ático en Londres antes que una casa de campo—. Entonces, ¿ya se ha mudado?

Negó con la cabeza, sonriéndome mientras yo me buscaba en los bolsillos un pañuelo para limpiarme el barro de los ojos.

—Todavía no. No supe que el lugar estaba en venta hasta hace tres días. —Se quitó la bufanda—. Usa esto para limpiarte la cara.

Sonreí, pero negué con la cabeza.

—Gracias. Pero no quisiera estropearla. —Parecía cara—. Usaré… —Tiré de la manga de mi chaqueta de montar y me limpié los ojos. ¿Podía llegar a sentirme más ridícula?—. ¿Entonces tomaste una decisión rápida sobre la finca? —pregunté—. ¿O quizá llevabas mucho tiempo buscando algo por la zona?

—Más o menos. —Se metió las manos en los bolsillos e inclinó la cabeza a un lado—. Así que eres de la zona… ¿Vienes por aquí a menudo? —preguntó.

—Lo siento, no quería entrar en tus tierras. Al dueño anterior no le importaba que…

—Ni tampoco a mí —aseguró—. Hay una hermosa vista. —Miró hacia las colinas de...



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