E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Bay El duque de Manhattan
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-32-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-18491-32-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. El duque de Manhattan es la cuarta novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, El rey de Wall Street y El príncipe de Park Avenue.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
1
Ryder
Todo era mejor en un avión privado, pero volar en un avión privado no era algo que hiciera la aristocracia británica. Mi familia lo consideraría demasiado frívolo, y así lo describían. No era la primera ni la última cosa en la que mi familia y yo estábamos en desacuerdo, aunque a mí me encantaba todo lo relacionado con la experiencia. Desde la forma en que los asientos de cuero me abrazaban el trasero hasta el hecho de que las faldas de las azafatas fueran más cortas y sus piernas más largas que en un vuelo de pasaje. Incluso sus atenciones parecían más insinuantes.
La belleza rubia asignada a este vuelo se inclinó para servirme agua, y le lancé una mirada que bajó desde el cuello de su blusa a sus altos y redondos pechos.
Ella apreció la cortesía.
Si hubiera vuelto a Londres en mejores circunstancias, habría considerado averiguar si su atención a los detalles se extendía hasta el dormitorio. Me gustaban mucho las mamadas, y tenía la sensación de que Melanie se sentiría feliz de hacerla durar tanto como yo quisiera.
Pero ni siquiera agarrar a esa hermosa mujer por el cuello mientras ella enterraba la cara en mi regazo iba a conseguir que el día mejorara.
Eché un vistazo al reloj.
—Faltan treinta minutos para el aterrizaje, señor —dijo Melanie servicialmente. Era una pena que no pudiera catarla. Normalmente no me privaba de cosas así, pero no tenía la cabeza para ello—. ¿Puedo ofrecerle algo más?
—No. Voy a hacer una llamada rápida. —Era necesario que le dijera a mi hermana que estaba a una hora de distancia.
Solté el suave y cremoso cuero del brazo del asiento. Habían pasado seis horas desde que me enteré de la caída de mi abuelo. No echaba de menos a menudo estar en Londres, pero en momentos como ese deseaba que Nueva York estuviera a cuarenta y cinco minutos en coche de mi familia.
Tenía que seguir diciéndome a mí mismo que no había nada que pudiera hacer por mi abuelo, tanto si estuviera sentado a su lado junto a la cama como si estaba allí en el aire.
—¿Has aterrizado ya? —preguntó Darcy al responder a mi llamada.
—Faltan treinta minutos.
—Así que estarás aquí en poco más de una hora. Envíame un mensaje justo antes de que llegues y bajaré a buscarte.
—¿Por qué? ¿Acaso me estás ocultando algo? —¿Se habría deteriorado el estado de mi abuelo desde la última vez que hablé con ella?
—No, pero el hospital es un poco lioso. —Sonaba cansada, como si hubiera estado despierta toda la noche. Mi llegada aliviaría un poco la presión a la que estaba sometida.
—¿Está consciente? —pregunté, aún no convencido de que me estuviera contando toda la verdad.
—Sí. Dice que nunca se ha sentido mejor, pero claramente romperte la cadera a los ochenta y dos años no es bueno. —Su voz era firme. Se mantenía entera, pero supe que se estaba mordiendo el labio superior.
—Va a ponerse bien. —Esa vez—. ¿Ya se conocen los resultados de la radiografía?
—No. Sabes que les llevó un par de horas convencerlo de que se la hiciera. —Las comisuras de mi boca trazaron una sonrisa sin mi permiso. Darcy notó la diversión en mi voz y se enfureció conmigo por ponerme de su lado. El abuelo era un personaje indomable y nadie podía persuadirlo de hacer algo si no quería. Y viceversa: cuando la gente le decía que no podía hacer algo, encontraba la forma de salirse con la suya. En ese aspecto éramos muy parecidos. Había sido mi héroe cuando era joven. Y se había comportado como un padre para Darcy y para mí, mucho más que nuestros irresponsables padres. Nuestro padre se había escapado con una camarera antes de que yo tuviera conciencia de las cosas y nuestra madre nunca se había recuperado de ello, por lo que se pasaba la mayor parte del tiempo buscando la iluminación espiritual en varios lugares de Asia. El abuelo era el hombre que nos había calmado cuando estábamos disgustados, que había venido a las obras de teatro del colegio, a quien todavía acudíamos para pedirle consejo.
—Odia que la gente se moleste —dije.
—Lo sé, pero después de la apoplejía, no podemos arriesgarnos.
El ataque del abuelo hacía dos años había sido un shock para todos. Por suerte para nosotros, era un luchador y había recuperado la mayor parte del habla y del movimiento. Pero el lado izquierdo del cuerpo se le había quedado debilitado y frágil, lo que lo hacía vulnerable a las caídas.
—Lo sé. Aun así, va a estar bien —aseguré con toda la autoridad que pude reunir, pero si su caída había creado un derrame cerebral… Respiré hondo y traté de normalizar mi ritmo cardíaco, cada vez más apresurado.
—Me ha llamado Victoria —dijo Darcy, con palabras cortadas y tensas.
Apreté los dientes y no respondí. No podía soportar oír hablar de la egoísta mujer de mi primo.
—Quería saber si podían empezar a echar cuentas —añadió Darcy.
Respiré profundamente. Tenía que mantener la calma o diría algo que acabaría cabreando a mi hermana.
El título de mi abuelo pasaba al siguiente heredero masculino que estuviera casado. Como yo era el mayor, debería haber sido yo. Pero como una sola mujer nunca había sido suficiente para mí, mi primo Frederick y su esposa, Victoria, serían los próximos duques de Fairfax.
No necesitaba el dinero. Había ganado por mí mismo más capital del que tenía mi abuelo, e indudablemente no me importaba el título. Nunca había querido ser el duque de Fairfax. Francamente, nunca había entendido por qué el hecho de que mi hermana fuera una mujer le impedía ser la siguiente en la línea sucesoria. Debía poseer el título, el dinero y la propiedad, y todos los dolores de cabeza que eso conllevaba.
Frederick y yo nunca habíamos estado unidos, aunque, como él era el heredero de Woolton y el padre del nieto de mi abuelo, lo veía más de lo que me hubiera gustado. Había sido celoso y mezquino de niño, y nunca había madurado en ese aspecto. Parecía envidiar todo lo que yo poseía: juguetes, amigos y mujeres. A pesar de que mi hermana y yo habíamos tenido que mudarnos con nuestro abuelo porque nuestros padres no nos querían, Frederick odiaba que nosotros viviéramos en Woolton y él no. Nunca perdía la oportunidad de criticar lo que Darcy estaba haciendo en la finca. Y constantemente hacía comentarios sobre mi «huida» a América. Eran insultos con los que podría haber lidiado. Lo que no me había gustado nada había sido el hecho de que cuando lo llamé para ponerlo al corriente del derrame cerebral que había sufrido el abuelo, en vez de preguntar en qué hospital estaba o sobre el pronóstico que habían hecho los médicos sobre su estado, lo primero que hizo fue decirme que me llamaría cuando hubiera hablado con su abogado.
Después de eso, no había forma de retroceder.
—Bueno, pues dile a Victoria que me llame a mí en el futuro. No tengo problema para decirle que se vaya a la mierda. —El hecho era que, tan pronto como mi abuelo muriera, el dinero sería suyo para que hicieran con él lo que quisiera. Y aunque yo no sentía la misma atracción hacia la historia de la familia que Darcy, no me parecía justo.
—Tenemos que hablar cuando llegues aquí. De forma adecuada.
Sabía lo que se avecinaba. Íbamos a volver a discutir sobre que si me casara todo se arreglaría.
—Por supuesto.
—Me refiero a Aurora —añadió.
Darcy me había insinuado varias veces que una amiga de la infancia sería una esposa adecuada. Esta vez sonaba más decidida todavía. Pero tenía que darse cuenta de que no me iba a casar con Aurora.
—También voy a ir a ver a los abogados para estudiar el tema mientras estoy en Londres.
Todavía tenía la esperanza de que podíamos encontrar una solución legal para que Frederick no se quedara con la herencia.
Hubo un largo silencio.
—Ya sabes lo que siento al respecto —dijo Darcy finalmente.
—No quiero ponerme a pelear por la herencia —respondí. Darcy odiaba la idea de que hubiera una batalla por los bienes del abuelo, porque le parecía que de alguna manera eso empañaba la sinceridad de nuestro amor por él. Sin embargo, sabiendo cómo él quería que fuera mi hermana la que heredara, sabía que le gustaría que encontráramos una solución—. Pero ¿nos queda otra alternativa?
—Quiero que consideres en serio lo de hacer un arreglo con Aurora; está unida a la familia, y sería una excelente esposa.
—No quiero casarme. —Y menos con alguien que solo me quería por el título que heredaría. Y la alternativa, que ella quisiera que fuera un marido de verdad, era peor. Aurora y yo nos habíamos conocido de niños, en la época de los primeros enamoramientos, pero no sabía cómo era en la actualidad, cómo era de adulta.
—Estoy segura de que la mayoría de los hombres se sienten así. Y no es que tengáis que…, ya sabes…, convivir como marido y mujer.
—Ese no es el problema, Darce. —Aurora sería el menor de mis problemas. Siempre había sido atractiva. Me habría acostado con ella en el pasado si no hubiera pensado que ella encontraría todo tipo de significados en que hubiéramos tenido sexo. Pero me conocía lo suficiente como para saber que nunca podría ser fiel a una mujer. Había demasiadas bellezas en el mundo. Prefería las que no conocía. Era menos complicado todo.
—Tampoco estamos hablando del resto de tu vida. —Realmente quería lo mejor para mi hermana, y ella se daría cuenta de que podía...




