Bay | El escándalo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 420 Seiten

Bay El escándalo


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-41-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 420 Seiten

ISBN: 978-84-19301-41-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Él es una estrella de Hollywood... Ella es, literalmente, la chica de al lado. Soy Matt Easton, el niño mimado de la industria del séptimo arte, pero si quiero seguir en la cima, tengo que borrar la imagen de playboy que he proyectado durante los últimos años. No puedo acaparar más portadas con mis excesos, ni asistir a más fiestas, y, por supuesto, nada de rollos de una noche. Como mi próximo rodaje va a tener lugar en la costa de Maine, y estoy decidido a no meterme en líos, he alquilado una idílica cabaña frente al mar. Sin embargo, los problemas empiezan cuando conozco a Lana Kelly. Aunque ella no me reconoce: nunca ha oído hablar de Matt Easton, y mi sonrisa, que vale un millón de dólares y conquista a todo el mundo, no funciona con ella. A pesar de que ha dejado tocado mi ego y de que sé que debería mantener las distancias con ella, me doy cuenta de que estoy perdido cuando descubro que es mi vecina. No voy a poder resistirme a la tentación si la tengo a diez metros de distancia. Sin embargo, meter a Lana en mi cama va a ser más difícil de lo que creía. No le interesan ni el brillo ni el glamour de Hollywood, a pesar de que estoy decidido a convencerla de que el mejor lugar del mundo está en la alfombra roja, de mi mano. Podría tener a cualquier mujer en el mundo, pero a la única que quiero es a la chica de al lado.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. El escándalo es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York y Altas esferas, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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1


Lana

De adolescente deseaba escaparme de Worthington, Maine, pero cada vez que me detenía a oler las últimas lilas del señor Graham cambiaba de opinión, aunque en realidad no sabía por qué. Era muy afortunada por haber crecido en un lugar tan hermoso.

Tenía los brazos ocupados con las compras, así que saludé como pude a Polly Larch, que cruzaba la calle Mayor frente a la oficina de Correos con su gata de la correa. Aunque parecía que era Polly quien llevaba la batuta, estaba bastante segura de que seguía al animal allá por donde fuera.

Me coloqué las gafas de sol en la parte superior de la cabeza y subí los escalones hasta el porche de la señora Wells. Llamé a la puerta y entré sin más.

—Señora Wells, soy Lana. —Además de presumir de ser vidente, la señora Wells era la residente de más edad de Worthington, y varios vecinos nos turnábamos para llevarle la compra.

El televisor se quedó en silencio cuando cerré la puerta a mi espalda.

—Hola, querida. —La señora Wells se giró para saludarme, y yo le sonreí antes de ir a la cocina.

—Saco la compra de las bolsas y me voy enseguida —contesté. Puse las bolsas de papel marrón en la encimera junto a la bolsa de lona con el nuevo logotipo que había diseñado para mi tienda, Bisuterías Kelly. Sonreí mientras la estiraba para poder admirar lo bien que quedaba el color rosa frambuesa sobre el azul huevo de pato. Me había pasado semanas diseñando ese logo; había encargado un cartel para el escaparate y, con el tiempo, iba a decorar los asientos de las sillas de la tienda con los mismos colores, y, ya rizando el rizo, quizá me pintara las uñas del mismo tono de rosa. Todo iba tomando forma.

Vacié la bolsa de lona, la doblé y la guardé en mi bolso.

¿The Young and the Restless? —pregunté, intentando adivinar qué telenovela estaba viendo la señora Wells.

—No, querida; es el capítulo de Hospital General de ayer. Gracias por traerme la compra. Ahora ven y siéntate aquí. —Cogió una colcha de patchwork desteñida del asiento a su lado y dio unas palmaditas sobre un cojín—. Hace varias semanas que no te veo. Cuéntame qué tal te ha ido.

Me pasé las manos por la parte trasera de la falda para estirarla antes de tomar asiento.

—Estoy segura de que usted sabe mucho más que yo. —La señora Wells había nacido en ese pueblo y sabía todo lo que iba a pasar antes de que ocurriera o, a más tardar, al momento siguiente. Y eso no tenía nada que ver con sus capacidades psíquicas.

—¿Te has enterado de la película que están rodando en la costa? —preguntó.

—¿Es verdad? —Más de una persona había mencionado que la película se estaba filmando justo entre nuestro pueblo y Portland, pero había muchas playas en California. ¿Por qué iban a venir a Maine?

—Bree Kendall pasó ayer por aquí, cuando volvía de Portland. Me contó que vio un centenar de camiones atravesando el pueblo. —Como la casa de la señora Wells estaba situada justo al final de la calle Mayor, y pasaba casi tanto tiempo en el porche como viendo la televisión, tenía una vista privilegiada de la mayor parte de lo que ocurría en Worthington. Además, los transeúntes le contaban las noticias de lo que sucedía fuera.

Tampoco había mucho que cotillear, que era justo lo que me gustaba.

—He oído que Portland está lleno de gente de Hollywood y que los hoteles están llenos —dijo.

—Genial, eso es bueno para los negocios locales —dije, mirando la tele con atención, a ver si lograba descubrir si había visto a la mujer de la pantalla en otra serie. Tenía una memoria terrible para los nombres y las caras. Y esa era otra razón por la que quedarme en el mismo lugar donde había crecido era bueno para mí. Salvo los turistas, pasaban por el pueblo pocos desconocidos.

—Puede ser bueno para ti también. Tal vez deberías poner un anuncio en el Portland Press Herald.

—Tal vez.

Estaba casi segura de que, si había un equipo de rodaje en Portland, ninguno de sus miembros iba a tener tiempo, ni ganas, de visitar una tienda de bisutería situada a treinta y cinco minutos al norte de donde se alojaban.

—Deberías pensártelo bien. Van a pasarte muchas cosas este verano. —Me di cuenta, por la seguridad de su voz, de que no estaba haciendo un simple comentario. Tenía información… O, al menos, creía tenerla. Aunque hacía tiempo que la señora Wells se había retirado y no adivinaba el futuro a los turistas que paseaban por la playa, parecía que a los espíritus no les gustaba tanto su retiro como a ella, y seguían transmitiéndole hechos relativos a cualquier residente de Worthington que se lo pidiera. La cuestión era que yo no se lo había pedido, porque no quería saberlo.

Cogió mi pañuelo de seda amarillo de algún lugar a su lado. Así que era allí donde había desaparecido… Hacía semanas que no lo veía. Debí imaginarlo.

—Te lo dejaste cuando estuviste aquí por última vez, querida.

Intentaba parecer despreocupada, pero el brillo de sus ojos me decía que estaba deseando contarme lo que había leído en el pañuelo.

—Se lo he dicho ya, señora Wells: no me interesa saber lo que me depara el futuro. Quiero averiguarlo por mí misma.

Desgraciadamente, la señora Wells no era una de esas adivinadoras que solo contaban lo bueno. Cuando fui a verla para hablar de mis opciones universitarias, desesperada por que me dijera que iban a hacerse realidad todos mis sueños en la escuela de arte de Nueva York, me había dejado destrozada al decirme que esa mudanza solo iba a traerme dolor. La había ignorado, presuponiendo que esa lectura negativa solo reflejaba que ella era una mujer de pueblo asustada por la gran ciudad.

Me había parecido tan mal que hubiera tenido razón que nunca más le había preguntado qué me deparaban los espíritus. Desde que había vuelto a Worthington, había trabajado mucho para mantener la estabilidad en mi vida, asegurándome de que tenía el control de mi propio destino. Quería mantener mi existencia tal y como era. Y con eso era feliz.

—Tienes que estar preparada, querida. Este verano se avecina una tormenta vital para ti. Habrá muchos cambios en tu vida.

Me dio un vuelco el corazón. En mi vida no había tormentas. Mi mundo no podía desequilibrarse; me había asegurado de ello. Negué con la cabeza.

—Bueno, me he preocupado por dejar mi vida a prueba de tormentas. —La tienda de bisutería que había abierto en el pueblo empezaba a dar los primeros beneficios, así que había diseñado una tienda online y había ganado más en los tres últimos meses en ventas por internet que en todo el año anterior. Mi cabaña estaba junto a la playa y tenía buenos amigos y vecinos. Nada podía alterar ninguna de esas circunstancias.

—Es imposible evitarlo. Es tu destino. Puedes resistirte a lo que venga, pero las cosas cambiarán. Las tormentas pueden ser destructivas, pero también despejan el aire y lo dejan listo para un nuevo comienzo. Un nuevo comienzo —repitió, mirándome fijamente.

—Por favor, señora Wells, no quiero oír nada más. —Hice girar el pañuelo amarillo entre mis dedos. Había trabajado con ahínco para mantener los mares de mi vida tranquilos durante los últimos años, y no quería pensar que podía llegar algo que los perturbara. Y no necesitaba un nuevo comienzo. Había pensado que lo tenía cuando fui a la universidad, ¿y a dónde me había conducido eso?

Me dio una palmadita en la mano.

—¿Has alquilado la cabaña para el verano?

Agradecí que cambiara de tema.

—En realidad, la reservaron hace meses para seis semanas. Llegó ayer una familia de Boston. Aún no los conozco, pero tienen el coche aparcado en la entrada. —Mi mejor amiga, Ruby, y yo alquilábamos una casa que teníamos a medias, y que era una réplica exacta de mi cabaña. Cuando murió mi padre, no me apetecía a vivir en la casa donde había crecido, así que decidí vender esa edificación más grande y reinvertir el dinero en dos cabañas de madera, una al lado de la otra, en la playa, a menos de diez minutos andando del lugar donde había crecido. Mi padre lo habría aprobado. Siempre había sido partidario de los ingresos procedentes del ladrillo.

—¡Qué gran noticia, querida! Verás, habrá mucho de bueno en el caos…

Suspiré. Deseé que lo dejara. Mi vida no era un caos, e iba a asegurarme de que nunca lo fuera. Y no me había sorprendido alquilar la cabaña. No podía negar que la cabaña era popular y que se alquilaba bien durante todo el año, pero apalabrarla seis semanas era un período de tiempo importante, en especial, por el dinero que Ruby había conseguido con la operación. Era ella quien se ocupaba de las reservas desde su hogar, en Nueva York, y yo me encargaba de la organización in situ: la cesta de bienvenida, el servicio de limpieza semanal y, en general, la planificación de cualquier mantenimiento que fuera necesario. A menudo, ni siquiera conocía a los inquilinos. La mayoría se pasaba el día explorando la costa.

—Bueno, espero que sea un gran verano para todos nosotros —dije. Empecé a levantarme mientras me estiraba la falda.

—Con todo lo que va a llegar a tu vida, esta se va a poner interesante para ti, te lo aseguro. No todo va a ser malo: te verás obligada a escuchar a tu corazón.

—¡Señora Wells! —la regañé, intentando no dar un pisotón en el suelo como un niño de...



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