Bay | El príncipe de Park Avenue | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 320 Seiten

Reihe: Royals

Bay El príncipe de Park Avenue


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18491-23-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 2, 320 Seiten

Reihe: Royals

ISBN: 978-84-18491-23-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Me he ganado cada uno de mis billones de dólares por mí mismo. Soy calculador, astuto, y el mejor en lo que hago. Lleva tiempo y dedicación construir algo como lo que tengo. Y eso no deja tiempo para el amor, ni para novias ni para relaciones de ningún tipo. Pero no me malinterpretes: no soy un monje. Comprendo la atención y la concentración que hay que tener para seducir a una mujer guapa. Son las mismas habilidades que utilizo para cerrar grandes negocios. Pero todo eso empieza y acaba en una sola noche. No soy el tipo de tío que manda flores. No soy de los que llama al día siguiente. O eso pensaba hasta que una guapísima heredera, además de impaciente y mordaz, irrumpió en mi vida. Cuando Grace Astor pone los ojos en blanco por algo que he dicho, lo que quiero es abrazarla bien fuerte y mostrarle lo que se ha estado perdiendo hasta ahora. Cuando hace una broma a mi costa, solo quiero cerrarle esa boca descarada con mi lengua. Y cuando se marcha con un simple adiós justo después de que hayamos follado, lo único que quiero es restregarle en su cara los tres orgasmos que acaba de disfrutar. Ella será una princesa, pero yo le voy a dejar claro quién manda en este dormitorio de Park Avenue.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. El príncipe de Park Avenue es la tercera novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York (2020) y El rey de Wall Street (2020).
Bay El príncipe de Park Avenue jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


1


Sam

—Es enorme, Sam —dijo Angie mientras caminaba por el espacio vacío de techos altos y con vistas a Central Park y al resto de Manhattan.

El sol brillaba tanto que tuve que protegerme los ojos cuando miré por las ventanas que daban al lado oeste. Respiré hondo mientras lo asimilaba. ¿De verdad era el dueño de ese lugar? Sabía que había firmado los papeles, pero a veces me sentía como si estuviera llevando la vida de otra persona.

—Eso es lo que me dice todo el mundo. —Me reí entre dientes. Como la mayoría de los hombres, todavía tenía el pueril sentido del humor de un chico de quince años. Pero después de quince años de amistad, Angie no esperaba nada más maduro de mí.

—Eres repugnante. No estoy hablando de tu polla, por el amor de Dios.

—¿Quién ha mencionado mi polla? —Abrí bien los brazos—. Estoy hablando de este lugar. Como siempre, tu mente se va a las guarradas.

Angie movió la cabeza, pero no se podía negar el tamaño del nuevo apartamento que acababa de comprar. Eran casi setecientos metros cuadrados en el Upper East Side y ahora vivía ahí.

—Las vistas harán que no baje de valor —comenté, mirando el skyline de Manhattan.

—La ubicación por sí sola ya conseguirá eso. Estamos en el 740 de Park Avenue, Sam. —Se puso a mover la cabeza otra vez, incrédula. No me extrañó.

La dirección era lo más importante. Se trataba de una de las calles incluidas en los listados más buscados en Nueva York, lo que convertía mi compra en una de las transacciones inmobiliarias más seguras de América. Suponía un gran éxito para mí, pero también era un buen lugar en el que invertir mi dinero, o parte de él, por lo menos.

—¿No piensas nunca que esta no es tu vida?

—A veces. —Había ganado cada dólar necesario para comprar ese apartamento durante la última década. Cuando acabé el instituto, abandoné también el hogar para niños donde había pasado los seis últimos años con nada más que dos pares de vaqueros, dos camisetas, una sudadera y algo de ropa interior. Para mí, dejar mi antigua vida atrás y empezar de nuevo había sido liberador. La única cosa que seguía a mi lado desde esa época era Angie. Nos habíamos conocido el primer día en el instituto después de que me instalara en el hogar. Ella vivía en la casa para chicas cercana, y debió de reconocer a un compañero huérfano. Nos habíamos hecho amigos íntimos desde entonces.

En los quince años que habían pasado desde ese momento, no había logrado deshacerme de ella, aunque teníamos todas las posibilidades en contra. Pero allí estaba, en mi apartamento de Park Avenue con vistas a Manhattan. Siempre había sabido, incluso cuando no estaba seguro de cómo conseguiría la próxima comida, que si controlaba mi vida, las cosas mejorarían.

Y lo habían hecho.

—¿Estás pensando en Hightimes? —preguntó Angie.

Me metí las manos en los bolsillos.

—¿Cómo podría no estar pensando en Hightimes? —El hogar para huérfanos donde había pasado la última parte de mi infancia no podía estar más alejado de Park Avenue. Pero había sido allí donde desarrollé el empuje y la determinación que me hacían haber llegado donde estaba.

Hacía una década que había terminado en el instituto un viernes y había empezado a trabajar en una tienda de ropa deportiva el sábado por la mañana, el mismo día que me mudé de Hightimes a un estudio de Nueva Jersey infestado de ratas. No había ido a la universidad, pero estaba seguro de que ese día contaba como el de mi graduación.

—¿Cuántas habitaciones tiene? —preguntó Angie mientras la seguía por el apartamento. El loft estaba sin muebles, pero las viejas molduras, la mezcla de maderas reacondicionadas y el mármol nuevo conseguían de alguna manera que fuera un lugar acogedor. El agente inmobiliario se había apresurado a enseñarme los detalles originales y los acabados de alta calidad. Pero lo que me había hecho decidirme fue el azulejo de la cocina principal. Me había recordado a mi madre; le encantaba hacer tartas, y yo me sentaba en la cocina junto a ella, pasándole los utensilios y probándolo todo mientras hacía la mezcla para hacer galletas de mantequilla de cacahuete y tarta de zanahoria. Su pan era mi favorito. Incluso ahora, al pasar por delante de una panadería, me acordaba de la sonrisa de mi madre.

—Cinco. Y dos cocinas. ¿Por qué se necesitan dos cocinas?

—Una es para el personal —repuso Angie—. Venga, entérate de una vez: vas a necesitar contratar a gente que te ayude a mantener este lugar.

Resoplé.

—No seas ridícula. —No iba a pagar a alguien que cocinara para mí cuando me podía hacer los mejores sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada del estado de Nueva York.

—No puedes comer sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada ahora que vives aquí.

Sonreí; me divertía ver que Angie podía leer mi mente.

—¿Qué pasa? ¿Acaso me salto alguna regla? Me gustan.

—No pueden seguir gustándote. Si fue lo único que comiste durante dos años…

Cuando empecé a trabajar, había ahorrado cada centavo que ganaba. Me había puesto a comprar y vender de todo durante las horas que no estaba en la tienda, desde réplicas de zapatillas de deporte hasta pequeños equipos eléctricos. Luego me había pasado al negocio inmobiliario. Desde mi punto de vista, que pudiera comprar lo que quisiera no significaba que fuera a hacerlo. En lo que a mí respectaba, no tenía sentido invertir dinero en algo que no generaba más dinero. Así que nada de cosas materiales. Y no iba a gastar ni un céntimo más en alquiler…

Con los sándwiches tenía suficiente.

—Pero ahora que tienes un hogar, las cosas pueden ser diferentes —alegó Angie.

«Un hogar». Las imágenes del dormitorio de mi infancia, antes de que mis padres murieran, aparecieron en mi mente. Había sido la última vez que había considerado un hogar al lugar donde dormía. Me giré para analizar el espacio. ¿Llegaría a considerarlo mi hogar alguna vez?

Angie pasó las manos por la pared dorada frente a las ventanas.

—Incluso el papel pintado parece haber costado un millón de dólares. Vas a tener que gastar algo de dinero. Creo que unos muebles de Ikea se van a ver un poco raros aquí. Ni siquiera sé dónde se pueden comprar muebles para un lugar como este. —Se dio la vuelta, con los brazos abiertos—. ¿Dónde vas a conseguirlos?

—Me traen mañana el sofá. Y he comprado un colchón y algunas cosas para la cocina en Ikea. Con eso tengo suficiente.

Miré a Angie al ver que no decían nada.

—¿Se trata del asqueroso sofá que compraste en Wallapop hace cien años? —preguntó, mirándome fijamente—. ¿Lo vas a traer aquí?

—Bueno, dado que tu marido no me va a echar una mano para moverlo, no, no lo voy a traer aquí. Me lo traerán mañana por la mañana.

—Increíble… —Angie levantó las manos.

—¿El qué? —Me di cuenta de que estaba a punto de volverse loca, pero no sabía por qué.

—Este lugar debe de haberte costado diez millones de dólares.

Se había equivocado en unos cuantos millones, pero no iba a decírselo y quedar como un completo imbécil.

—¿Y te vas a instalar una cama de Ikea y un sofá de Wallapop que tiene más de cien años? ¿Estás loco o qué?

Angie siempre me decía que disfrutara de mi riqueza, y lo hacía…, más o menos. Solo que no necesitaba cosas caras.

—Los muebles no me harán ganar dinero. Este lugar es una inversión en la que puedo vivir. Así no tengo que pagar alquiler. —Me encogí de hombros. No estaba siendo completamente sincero. Podría poner en alquiler ese lugar y vivir en un apartamento mucho más pequeño, pero había algo en los azulejos de la cocina, en la forma en la que el sol entraba por las enormes ventanas del salón por la tarde, en la amplitud del espacio que me hacía querer vivir allí. Era casi como si mudarme a ese lugar me fuera a conducir a algo mejor, a una etapa más feliz.

Angie se puso las manos en las caderas.

—En serio, necesitas algunas cosas. Como jarrones. Y cojines. Algo que convierta esto en un…

—Si te hace sentir mejor, he contratado a una asesora de arte y vamos a ir a una galería esta noche.

Angie frunció el ceño.

—¿Una asesora de qué?

—Alguien que va a elegir para mí algunos cuadros que colgar en las paredes. —Cuando asintió como si acabara de sacar una escalera de color al póquer, supe que no podría poner pegas a eso.

—Porque el arte sí es una inversión, ¿verdad? —Puso los ojos en blanco.

—¿Y qué? —Me encogí de hombros—. Eso no significa que no queden bien.

—Creo que es una buena idea, pero no puedes quedarte sentado en ese sofá destartalado en este enorme loft con unas piezas de arte colgando en las paredes. Si vas a hacerlo, hazlo bien.

—No me importa que se vea raro. —Angie estaba siendo un poco hipócrita. También ella era muy cuidadosa con su dinero—. Estoy seguro de que lo único que importa es que tenga lo que necesito.

—¿Quieres que hablemos de necesidad? No necesitas un apartamento en Park Avenue ni cinco habitaciones o dos cocinas. Pero vale… Lo único que quiero es que te relajes un poco. —Me empujó a un lado y la seguí hasta la cocina, donde empezó a abrir y cerrar las puertas de los armarios—. Te lo has ganado. No tienes que ser excesivamente...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.