Bay | El rey de Wall Street | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten

Reihe: Royals

Bay El rey de Wall Street


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17683-96-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten

Reihe: Royals

ISBN: 978-84-17683-96-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mantengo separados mis dos mundos. En el trabajo, soy el rey de Wall Street. Los millonarios de Manhattan acuden a mí para ganar todavía más dinero. Hacen lo que yo les digo, porque siempre tengo razón. Soy astuto, exigente, y algunos dicen que despiadado. En casa, soy un padre soltero que trata de conseguir que su hija de catorce años siga siendo una niña el mayor tiempo posible. Pero ella no quiere hacer nada de lo que le digo, y nada de lo que le sugiero le parece bien. Pero cuando Harper Jayne entró a trabajar en mi empresa, las barreras entre mis dos mundos empezaron a desdibujarse por su culpa; es la mujer más irritante con la que he trabajado nunca. No me gusta la forma en que se inclina sobre la fotocopiadora, hace que me vuelva loco. Odio la forma en que se muestra ansiosa por hacer un buen trabajo, porque eso me excita. Y no soporto la forma en que se recoge el pelo, dejando a la vista su largo cuello, porque me dan ganas de desnudarla, ponerla sobre mi escritorio y deslizar la lengua por todo su cuerpo. Si mis dos mundos van a colisionar uno contra otro, Harper Jayne tendrá que aprender que soy el jefe tanto en la oficina como en el dormitorio...

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. El rey de Wall Street es la segunda novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York.
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1


Harper

«Diez-putos-minutos».

No parecía mucho tiempo, pero mientras estaba sentada frente a Max King —más conocido como «el rey de Wall Street»—, y él leía en silencio el primer borrador de un informe que yo había elaborado sobre la industria textil en Bangladesh, me sentí como si estuviera pasando toda una vida.

Me obligué a resistir el impulso de volver a comportarme como cuando tenía catorce años y preguntarle qué le parecía. Miré a mi alrededor, tratando de encontrar otra cosa en la que fijarme.

El despacho de Max era exactamente igual que él: el aire acondicionado estaba a la temperatura media de un iglú; las paredes, techos y suelos poseían un blanco deslumbrante, lo que contribuía a crear aquel ambiente ártico; su escritorio era de cristal y acero, y el sol de Nueva York, que se filtraba a través de las persianas opacas, parecía intentar descongelar sin éxito la escarcha que se había instalado alrededor. Me espantaba. Cada vez que entraba en aquel lugar sentía la urgente necesidad de enseñarle mi sujetador o de ponerme a pintar las paredes con un labial de color rojo intenso. Era un lugar donde la diversión parecía no tener cabida.

El suspiro de Max hizo que fijara mi atención sobre el largo dedo índice con el que seguía la página de mi investigación. Negó con la cabeza. Mi corazón dio un vuelco mortal. Sabía que impresionarlo sería una tarea imposible, pero eso no significaba que no esperara secretamente haberlo conseguido. Me había esforzado mucho en ese informe; era mi primera investigación para Max King y apenas había dormido, por lo que había tenido que trabajar el doble para no descuidar el resto de mis obligaciones en el trabajo. Había imprimido y había examinado todo lo que se había escrito sobre esa industria en la última década. Había analizado las estadísticas, tratando de encontrar patrones para sacar conclusiones. Luego había rebuscado en los archivos de King & Associates para tratar de dar con cualquier dato de las investigaciones previas que hubieran hecho sobre el tema y que pudiera explicar cualquier inconsistencia. Había cubierto bien todas las bases, ¿no? Y cuando lo había imprimido esa mañana, mucho antes de que llegara nadie, me había sentido feliz, incluso orgullosa; había hecho un buen trabajo.

—¿Has hablado con Marvin sobre los últimos datos? —preguntó.

Asentí, aunque como él no miró hacia arriba, tuve que verbalizar la respuesta.

—Sí. Todos los gráficos están basados en las últimas cifras. —¿Estarían mal? ¿Esperaba otra cosa?

Solo quería que dijera: «Buen trabajo».

Había estado deseando trabajar para Max King desde antes de inscribirme en la escuela de negocios. Él era sinónimo de poder; el trono que se escondía detrás de muchas de las historias de éxito de Wall Street en los últimos años. King & Associates proporcionaba a los bancos de inversión minuciosas investigaciones de mercado que los ayudaban en sus decisiones de inversión. Estaba enamorada de la idea de que había una tonelada de banqueros con trajes a medida proclamando lo ricos que eran, y el hombre que lo había hecho posible se sentía feliz de dedicarse tranquilamente a su negocio, a pesar de que lo que hacía era asombroso. Discreto, decidido, y con mucho éxito; justo lo que yo quería. Cuando recibí una oferta durante el último semestre en la universidad para ser becaria en King & Associates, me sentí encantada, pero también me vi inundada por la extraña sensación de que el universo simplemente se estaba comportando como debía hacerlo, como si ese fuera el siguiente paso en mi destino.

Aunque la realidad en ese momento era que al destino me estaban dando ganas de mandarlo a la mierda… Las seis primeras semanas en mi nuevo puesto no habían sido nada de lo que esperaba. Había supuesto que estaría rodeada ejecutivos ambiciosos, inteligentes y bien vestidos de veintitantos años, y en eso había tenido razón. Y los clientes para los que trabajábamos —casi todos bancos de inversión de Manhattan— eran increíbles y satisfacían todas las expectativas que yo me había formado. Max King, sin embargo, estaba resultando ser una gran decepción. El hecho era que, a pesar de ser muy inteligente, de ser respetado por todo el mundo en Wall Street y de tener un físico digno de haber colgado de la pared de mi dormitorio en un póster cuando era adolescente, también era…

Frío.

Demasiado directo.

Intransigente.

Un auténtico gilipollas.

Era tan guapo en la vida real como en la foto que había aparecido en la portada de Forbes o en cualquiera de las otras imágenes publicitarias con las que había babeado cuando estaba haciendo el máster en Berkeley. Una mañana que fui muy temprano a las oficinas lo había visto llegar de correr, sudoroso, jadeante, con ropa deportiva de licra. Poseía unos muslos tan fuertes que parecían hechos de mármol. Hombros anchos; una potente nariz romana; pelo castaño oscuro y brillante —cualidad desperdiciada en un hombre— y un bronceado que gritaba: «Me voy de vacaciones cuatro veces al año». En la oficina lucía trajes a medida, y sabía que eran trajes hechos especialmente para él porque se ajustaban de esa manera particular a sus hombros, algo que había aprendido de los pocos encuentros que había tenido con mi padre. La cara y el cuerpo de Max King estaban a la altura de todas las expectativas que yo me había formado. Pero trabajar con él, no tanto.

No había esperado que fuera tan tirano.

Cada mañana, mientras atravesaba entre la multitud de escritorios de la oficina, no nos deseaba ni los buenos días. Acostumbraba a gritar tan fuerte cuando hablaba por teléfono que se le oía desde el vestíbulo del ascensor. Por no hablar de lo que había ocurrido el martes pasado, que, cuando pasé a su lado y le sonreí, las venas de su cuello comenzaron a abultarse como si estuviera reprimiéndose para alargar las manos y estrangularme.

Me pasé las manos por la falda de Zara, alisando la tela. Tal vez lo había irritado porque no era tan elegante como las otras mujeres que trabajaban en la oficina. No iba vestida de Prada. Aunque tampoco importaba, porque no podía permitirme nada mejor en ese momento.

Como miembro más joven del equipo, ocupaba la parte inferior de la jerarquía. Lo que significaba que lo mismo me encargaba del pedido de sándwiches del señor King como de desatascar la fotocopiadora, y que tenía a todas las compañías de mensajería en marcación rápida. Pero eso era de esperar, y me sentía feliz porque podía trabajar con el tipo al que llevaba años admirando.

Y allí estaba él, negando con la cabeza al tiempo que empuñaba un bolígrafo con la tinta más roja que jamás había visto. Con cada círculo, con cada histriónico y exagerado signo de interrogación que escribía, yo me encogía un poco más.

—¿Dónde están las referencias? —preguntó sin levantar la vista.

«¿Referencias? Cuando había examinado otros informes de la empresa, no incluían las fuentes en el informe».

—Las tengo en el escritorio.

—¿Ha hablado con Donny?

—Estoy esperando a que me responda. —Cuando me miró, traté de no poner un gesto de dolor. Había hecho dos llamadas al contacto de Max en la Organización Mundial para el Comercio, pero no había conseguido que aquel tipo hablara conmigo.

Movió la cabeza, irritado, cogió el móvil y marcó.

—Hola, colega —dijo—. Necesito conocer la postura de Everything But Arms. He oído que tus chicos están presionando a la UE…. —Max no puso el altavoz del teléfono, así que tuve que limitarme a mirar cómo garabateaba notas sobre el papel—. Sí, me ayudaría mucho con el informe que estoy haciendo sobre Bangladesh. —Sonrió, levantó la vista brevemente, pero miró hacia otro lado cuando sus ojos cayeron sobre mí, como si mi mera presencia lo irritara.

«Guay, lo que faltaba…».

Max colgó.

—He llamado dos veces y…

—La recompensa se obtiene con los resultados, no con el esfuerzo —dijo en tono seco.

¿Así que no daba valor a intentarlo? ¿Qué otra cosa podría haber hecho salvo presentarme en el lugar de trabajo de aquel tipo? Yo no era Max King. ¿Por qué alguien de la Organización Mundial para el Comercio iba a responder a la llamada de una becaria mal pagada?

Dios, ¿es que no podía darme un respiro?

Antes de que tuviera oportunidad de responder, el móvil vibró encima de su escritorio.

—¿Amanda? —ladró al teléfono. Dios mío. Aquella era una oficina pequeña, así que sabía que Amanda no trabajaba en King & Associates. Sentí una extraña satisfacción al ver que no solo era borde conmigo. No le veía interactuar mucho con los demás, pero de alguna manera su actitud hacia mí me parecía algo personal. Y sonaba como si la tal Amanda recibiera el mismo trato brusco que yo.

—No vamos a discutirlo otra vez. He dicho que no —le estaba diciendo.

¿Su novia, quizá? En Page Six nunca habían mencionado que Max saliera con alguien. Pero tenía que ser eso. Un hombre con esa planta, fuera gilipollas o no, no podía estar solo. Y parecía que Amanda tenía el honor de soportarlo fuera de las horas de trabajo.

Después de colgar, lanzó el teléfono bruscamente encima del escritorio, y miró cómo se deslizaba por el cristal hasta detenerse junto al lateral del portátil. Continuó con la lectura mientras se frotaba la frente con sus largos y bronceados dedos como si Amanda le hubiera dado dolor de cabeza. Sinceramente, mi informe no...



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