E-Book, Spanisch, Band 5, 290 Seiten
Reihe: Misters
Bay Mister Bloomsbury
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19301-25-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 5, 290 Seiten
Reihe: Misters
ISBN: 978-84-19301-25-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Bloomsbury es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con El caballero implacable, Una semana en Nueva York, Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield y Mister Park Lane, además de la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres.
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1
Sofia
Hasta ese momento, Londres se parecía mucho a Nueva York, aunque allí no podía comer las albóndigas que mi madre preparaba los domingos. Por supuesto, estaba flipando con los autobuses rojos y el acento británico, pero los problemas no se evaporaban solo por haber cruzado el charco. Todavía no tenía casa propia ni ahorros a los que recurrir, ni siquiera un trabajo. La única diferencia era que me faltaban monedas de una libra en lugar de billetes de un dólar.
Pero tenía que centrarme en lo positivo. Estaba en Londres, la tierra de Mary Poppins, el hogar de la tarta Battenberg y del té, la cuna de los príncipes y los palacios.
Por mucho que anhelara salir a tomar un cóctel a un bar elegante o a explorar parques y museos, me pasaba la mayor parte del día metida en casa, sentada en el sofá de mi mejor amiga, buscando trabajo por Internet. Había rebajado las expectativas salariales que me había creado cuando estaba sentada en las aulas de Columbia, rodeada mis compañeros de máster. Algunos de ellos ya tenían trabajo al terminar los estudios, pero la mayoría seguíamos buscando algo a nuestro nivel, aunque el número de alumnos sin empleo se había reducido a medida que nos acercábamos a la fecha de la graduación, y McKinsey, Bain y Google habían elegido a la flor y nata. Solo el cinco por ciento de mi promoción no había recibido una oferta de empleo cuando posamos para las fotos de graduación con los birretes y las togas.
Yo formaba parte de ese porcentaje.
Cerré la tapa del portátil e inspiré hondo, como me indicaba la aplicación de mindfulness, para evitar tener un ataque de pánico. Cuando hube cogido aire cuatro veces, mi amiga desde hacía quince años —y propietaria del sofá en el que estaba durmiendo— apareció por la puerta principal. Natalie cerró dando un portazo, cogió su precioso bolso Mulberry de color verde musgo, lo tiró al suelo y le dio una patada. Y luego le dio otra.
Solo había una explicación: Andrew Blake.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, recogiendo el montón de papeles que tenía diseminados sobre el asiento para hacerle sitio en el sofá.
Le dio una tercera patada al bolso y luego soltó un grito de impotencia.
Vaya.
Su jefe debía de haberse comportado de una forma aún más idiota que de costumbre, lo cual era mucho decir. Por la manera en la que ella describía sus interacciones, como si él fuera el príncipe Guillermo y ella una sirvienta, me parecía un hombre horrible. Y eso era cuando él le hablaba. Al parecer, podía pasarse días sin dirigirle la palabra. Me levanté y fui a la nevera. Ella necesitaba algo más que los ejercicios de relajación de una aplicación de móvil. Necesitaba vino.
Puse dos vasos en la encimera: no pensaba dejarla beber sola. Tenía que ofrecerle apoyo moral. Miré el reloj. Eran un poco más de las tres.
¡Las tres de la tarde! Si Natalie nunca llegaba a casa antes de las ocho…
—¿Nat? —Atravesé corriendo el pasillo; Natalie ya se había olvidado del bolso y le daba patadas al abrigo—. ¿Por qué has venido a casa tan temprano?
—Necesito alcohol. Ya.
Mierda, ¿la habría despedido ese capullo?
Volé rauda y veloz a la cocina para llenar los dos vasos; ¿qué más daba la hora que fuera?
Cuando regresé, Natalie tenía una expresión vidriosa y se había desplomado en el sofá.
Le puse un vaso en la mano, doblé una pierna y me senté a su lado.
—Cuéntamelo todo.
Sacudió la cabeza como un perro confundido que asiente sin saber por qué. Luego, como si de repente se diera cuenta de que tenía vino a mano, bebió un gran trago.
—Ya he tenido suficiente. Ayer no me dijo ni una palabra, y esta mañana tampoco. Cuando le he preguntado si había revisado el estudio que le había entregado, me ha ignorado por completo. Y, después del almuerzo, no me ha dado tiempo ni a quitarme el abrigo antes de que saliera de su oficina. Entonces se ha puesto a gritar por… —Hizo una pausa—. ¿Sabes?, en realidad no sé qué le pasa, dejando a un lado que tiene graves problemas de personalidad, claro está, y que es el mayor imbécil que he conocido en toda mi vida. Lo cual es mucho, ya que crecí en Nueva Jersey.
—¿No sabes por qué estaba enfadado?
—Ni idea. Y lo peor es que no grita ni chilla. Cuando digo que grita, es porque lo hace de esa manera inconfundible, a lo Andrew Blake. Se queda callado, se le oscurecen los ojos y su voz baja dos octavas. Es como si estuviera poseído. Un horror…
Me estremecí ante semejante descripción.
—Es increíble que esa clase de hombres tenga tanto éxito. ¿Por qué no pueden actuar de forma normal? Al menos, deberían fingir que son miembros comunes y corrientes de la sociedad, aunque en el fondo sean psicópatas.
—Lo he dejado. He soportado todo lo soportable. Me da igual que el salario tenga seis cifras. Le he dicho que se metiera el trabajo por el culo y me he ido.
—Me alegro por ti —dije, medio en serio, medio preguntándome si Natalie tenía ahorros para cubrir el alquiler hasta que encontrara otro trabajo. Y entonces me di cuenta de lo que acababa de decir—. ¿Tu sueldo era de seis cifras? ¿Te pagaba más de cien mil dólares al año?
—De libras —respondió ella—. Ciento veinte mil, en realidad. Pero ni siquiera doscientas mil serían suficientes para lidiar con ese estúpido estirado.
¿Ciento veinte mil libras? Hice un rápido cálculo mental. Eso eran más de ciento cincuenta mil dólares al año.
—¿En qué consistía exactamente tu trabajo? —pregunté.
—Hacer cualquier cosa que el imbécil de Andrew Blake quisiera que hiciera —gimió.
—¿Como qué? Sé más concreta. —Nunca habíamos ido más allá de lo gilipollas que era su jefe, y no entendía al detalle lo que hacía—. ¿Le llevabas el café?
Suspiró.
—¿Sabes qué? Eso era lo único que no hacía. Tampoco tenía que llevar su ropa a la tintorería ni concertar sus citas personales. De hecho, nada era personal. Era casi como si no tuviera vida fuera del trabajo. Como si fuera un robot o algo así. Un robot grosero e idiota.
La mayoría de los puestos de asistente que yo conocía implicaban hacer mucho café y recoger la ropa en la tintorería. Una amiga mía había tenido que romper una vez con la novia de su jefe. ¿Tan mal jefe era Andrew si mantenía el trabajo en un plano estrictamente profesional y pagaba ciento cincuenta mil dólares al año?
Había crecido en Nueva York, como hija de una madre soltera que tenía tres trabajos —o dos y medio, si contaba mi participación en la limpieza de fin de semana en la oficina situada encima del cvs de la 113 con Broadway—. Podía aguantar a un jefe maleducado, exigente y malcriado por ciento cincuenta mil dólares. Joder, hasta podía llevarle la ropa a la tintorería.
—¿Estás segura de que no vas a volver? —pregunté.
—Ni de coña —dijo ella, tomando otro trago de vino—. Ni loca.
—Consúltalo con la almohada —dije mientras mi mente daba vueltas a todas las opciones, sobre todo a la de cuándo iba a ser una buena idea preguntarle si creía que yo podía encajar bien en el puesto.
—Ya lo he pensado mucho durante los tres últimos meses. No puedo más. ¿Te he dicho ya que la última persona que ocupó el puesto antes que yo solo permaneció en él un día? Ni siquiera volvió después del descanso para comer.
—Y has aguantado como una campeona. Pero ciento veinte mil libras es mucho dinero.
Miró mi portátil.
—¿Todavía no has encontrado nada?
—No. —Los puestos de trabajo eran escasos—. Sin embargo, tarde o temprano daré con algo. Y no estamos aquí para hablar de mi falta de empleo.
—No, ahora podemos hablar de la mía. —Me miró mientras yo le ofrecía una sonrisa de solidaridad—. No te sientas mal. Mañana por la mañana estaré eufórica por no tener que lidiar más con semejante imbécil.
No había mejor momento que el presente. Si ella estaba segura de que no iba a volver, yo tenía que coger el toro por los cuernos.
—Y, si lo haces, entonces, podríamos hablar sobre si crees que sería apta o no para asumir el cargo de asistente de Andrew Blake.
Los hermosos ojos de Natalie se abrieron de par en par.
—¿Quieres-mi-trabajo?
—Bueno, no. Si sigue siendo tu trabajo, no lo quiero. Pero si no vas a volver, si de verdad no puedes soportarlo más, entonces, vale la pena que aproveche la oportunidad de…
Natalie se giró en el asiento y me sujetó el hombro con la mano que no sostenía el vaso de vino.
—No, Sofia. No vale la pena intentarlo. Es horrible. Horrible de verdad. ¿A qué crees que se dedica? Básicamente, le jode la vida a la gente. Y tú lo ayudarías a dejar en la ruina a esa pobre gente. En serio, no vale la pena.
Adoraba a Natalie. Pero ella había crecido en un barrio rico de Nueva Jersey. No era una niña de la jet como para tener un fondo fiduciario, pero disponía del dinero suficiente como para no haber solicitado un préstamo para estudiar en la universidad. Y eso era gozar de un saludable estado financiero.
La madre de Natalie no había trabajado ni un solo día, y mucho menos tres, desde que habían nacido su hermano y ella. Tampoco estaba resentida por ello, pero resultaba un hecho fehaciente que ella no podía entender lo que era estar desesperada.
—Natalie, me estoy...




