E-Book, Spanisch, Band 2, 320 Seiten
Reihe: Misters
Bay Mister Knightsbridge
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-54-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 2, 320 Seiten
Reihe: Misters
ISBN: 978-84-18491-54-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Knightsbridge es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York y Mister Mayfair, además de la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres.
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1
Dexter
Era el tipo de belleza que podría enviar a un hombre directamente al manicomio. Con solo verla se me erizó el vello de la nuca y tensé los dedos, desesperado por un simple roce.
Era exótica. Increíble. Y jodidamente cara.
—Es preciosa. Deberías estar muy orgulloso —dijo Gabriel, uno de mis mejores amigos, mientras estudiábamos la vitrina que ocupaba el punto central de uno de los salones de exposiciones del Dorchester.
—Sí, es verdaderamente increíble —respondí. Hacía mucho tiempo que no la veía, pero no se olvidaba una belleza así.
—Sabes que es una diadema y no una mujer, ¿verdad? —preguntó Tristan, otro del grupo de seis que éramos amigos desde la adolescencia.
—Es una tiara —lo corregí. Para Tristan, era algo que las mujeres llevaban en la cabeza. Para Gabriel, una colección de piedras bonitas. Pero, para mí, la tiara era belleza, la fuerza de la vida: era mi maldito legado.
—Claro —aseguró Tristan—. La hicieron tus padres, ¿no?
—Mi madre la diseñó. Mi padre la fabricó.
—¿Para la reina? —preguntó Tristan.
—Para la reina de Finlandia, que la lució el día de su boda. —De niño, cuando me dedicaba a montar los Lego debajo de las vitrinas del taller de joyería que poseían mis padres en Hatton Garden, me había sentido como si lo único que ellos hicieran fuera trabajar en ese diseño. Oír hablar de esa tiara había sido la banda sonora de mi infancia. Aunque sus vidas estuvieron dominadas por esa pieza durante solo un verano, esos meses los había consumido por completo. Al volver a ver la joya en ese momento, por primera vez desde su muerte, comprendía por qué les había drenado tanta energía. Era preciosa; poseía un diseño audaz y moderno, pero lo suficientemente clásico como para ser considerado digno de la realeza.
La pasión de mis padres por su trabajo se había filtrado hasta en el aire que yo respiraba, y había crecido en la envidiable posición de saber exactamente lo que iba a hacer con mi vida: seguir sus pasos y ser diseñador de joyas. Pero cuando mis padres murieron y mi hermano vendió el negocio sin pedirme mi opinión, mi deseo de ser joyero no había sido suficiente. Por ellos, por su memoria, quería ser el mejor del mundo en lo que hiciera. Quería que su apellido —el mío— fuera conocido internacionalmente por haber diseñado las muestras más bellas que existían. Era lo que se merecían.
—Todavía no entiendo por qué se celebra esto en Londres y no en Finlandia —intervino Tristan.
—La princesa se va a casar con un británico, por lo que están convocando un concurso para diseñar las joyas aquí. Además, están recaudando dinero para obras benéficas y las cuentas corrientes son más abultadas en Londres.
—Tiene sentido —anunció Gabriel.
Tristan se metió las manos en los bolsillos y asintió.
—Bueno, es un buen material.
Sonreí. Tristan podía ser despistado a veces, pero no se había inmutado cuando le había pedido que viniera esa noche. Aunque se sentía mucho más cómodo en vaqueros delante de un ordenador, se había puesto el esmoquin sin dudarlo, porque era tan leal como se podía desear en un amigo. Necesitaba beber algo; así que llamé la atención del camarero que pasaba con una bandeja de champán. Cuando se acercó, todos cogimos una copa.
—¿Por los diamantes? —sugirió Tristan a modo de brindis.
—Por tus padres —lo corrigió Gabriel. Había sido la figura paterna del grupo de amigos desde que teníamos diecisiete años, mucho antes de que fuera padre de verdad; era listo, calmado y siempre sabía lo que había que decir.
—Gracias, amigo —respondí, chocando su copa—. Por mis padres. Y porque voy a ganar esta maldita competición.
—Preveo que si lo hace, abrirá su primera tienda en Londres. Sería una forma brutal de aparecer en escena —comentó Tristan.
Aceptaba encargos de Londres, y el taller y el estudio de diseño estaban ubicados allí. Pero aún no había abierto ninguna showroom de Daniels & Co. en el Reino Unido. El buque insignia de mi empresa estaba en Nueva York, y además poseía locales en París, Roma, Pekín y Dubai. De hecho, acabábamos de abrir también en Beverly Hills y Singapur.
Pero en Londres no.
En mi ciudad, tenía mi propia burbuja muy controlada. Vivía y trabajaba allí, pero no me relacionaba con la industria local. Me traía demasiados recuerdos de la parte más sombría de mi vida: el taller de mis padres en Hatton Garden, que ya no existía. Y de la tienda, Sparkle, que solo había sobrevivido gracias a los diseños de mis padres. Y de David, mi hermano, el hombre que había desmantelado el legado de mis padres y le había proporcionado a Sparkle el suyo. Eran demasiadas cosas como para olvidarlas.
Me preguntaban continuamente si tenía pensado instalar otra franquicia en Londres, pero siempre esquivaba esas cuestiones y daba la callada por respuesta. No iba a haber una tienda de Daniels & Co. en Londres. Yo quería avanzar, no mirar atrás. No era necesario desenterrar el pasado cuando podía permanecer enterrado, sin alterarme la vida.
—Y por los compañeros de citas —dijo Tristan—. Estoy disfrutando mucho yendo de tu brazo. Siempre y cuando no intentes besarme al final de la noche.
—Si pasara eso, tendrías mucha suerte —respondí.
—Ya tuve mucha suerte aquel fin de semana en Praga, ¿recuerdas? No quiero que vuelvas a acercar las manos a mí —me recordó Tristan.
—Calla —respondí, concentrándome solo a medias en Tristan porque clavé la mirada en una mujer que llevaba un vestido blanco; le caían por la espalda unos mechones de pelo color melaza y llevaba una copa de champán junto con un anticuado bloc de notas. Sin embargo, no estaba concentrada ni en la bebida ni en el cuaderno cuando pasó a nuestro lado y casi derramó el champán sobre la chaqueta de marca de Gabriel—. Fue hace quince años y yo estaba dormido —me defendí mientras pasaba la mujer. La seguí con la vista mientras iba hacia una de las vitrinas; su rostro se iluminó con una enorme sonrisa al ver unos pendientes que mis padres habían fabricado a juego con la tiara. Encantado con la idea de que alguien más disfrutara de los diseños de mis padres, volví a concentrarme en el largo debate que mantenía con Tristan.
Él puso los ojos en blanco y asintió.
—Eso dices. Pero, dormido o despierto, trataste de acurrucarte a mi lado.
Gabriel era hombre de pocas palabras, pero Tristan tenía suficientes para los dos. Era un milagro que los tres, además de Beck, Andrew y Joshua, hubiéramos conseguido seguir siendo amigos durante tantos años. De hecho, nos considerábamos más hermanos que amigos.
—Los seis deberíamos volver a Praga —apuntó Gabriel.
—En efecto, ahora que todos podemos pagarnos una buena habitación individual, y no tendría que compartirla con este tío —intervino Tristan señalándome con la cabeza—. Lo organizaré.
Tomarme unos días de descanso con mis mejores amigos me parecía una magnífica idea, pero no podía perder el tiempo hasta que ganara el concurso. Tenía mucho trabajo que hacer en los próximos meses. No bastaría con elaborar los diseños para la colección nupcial de la princesa de Finlandia, nos diferenciarían también la calidad y la rareza de las piedras, además del corte y el engaste. Estaba en contacto con los mejores proveedores de piedras del sector, e iba a necesitar lo mejor de lo mejor. Faltaba mucho tiempo para que disfrutara de unas vacaciones en Praga o en cualquier otro lugar.
—Podemos hacer un viaje de celebración cuando Dexter haya ganado el concurso —dijo Gabriel, adivinando una vez más mis pensamientos.
Tristan se encogió de hombros.
—Si queréis… Sigo sin entender por qué tienes que presentarte a esta estúpida competición. No necesitas más trabajo. Ni dinero. ¿O sí lo necesitas?
Tristan tenía razón. No necesitaba el dinero ni el trabajo.
Pero tenía que ganar.
En parte por mi reputación —sería una prueba más de que era el mejor en lo que hacía—, pero sobre todo por mis padres. Ganar la competición una generación después era lo que ellos habrían querido, una prueba de que me habían transmitido su pasión en los genes, de que yo estaba portando la antorcha por ellos.
—No te preocupes, no estoy a punto de llamar a ninguna puerta para pedir limosna —me reí.
—Me alegro de oírlo. Pero, oye, si quieres deshacerte de tu DB5 a precio de ganga, estaría encantado de pagarte en efectivo.
—Búscate tu propio Aston Martin y deja de intentar quedarte con el mío —respondí. Me volví hacia Gabriel—. Si alguna vez me encuentras muerto en circunstancias sospechosas, indícale a la policía el móvil que tiene este tío —bromeé, señalando a Tristan—. Sin duda lo encontrarán con las llaves de mi coche en el bolsillo.
Tristan se encogió de hombros como si fuera una suposición exacta. Me había pedido prestado el coche demasiadas veces como para poder contarlas. No necesitaba decirlo ni recrearme en ello.
—Sabíais que estamos apiñados aquí como las brujas de Macbeth, ¿verdad? Deberíais mezclaros con la gente —dijo Gabriel.
Probablemente tenía razón. Estaba allí para demostrar a la industria que, en contra de la creencia popular, no me consideraba demasiado bueno para ellos. Busqué en la sala un lugar seguro donde moverme, y tanto mejor si se trataba de un pequeño grupo de gente que no me...




