Bay | Mister Mayfair | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten

Reihe: MIsters

Bay Mister Mayfair


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-46-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten

Reihe: MIsters

ISBN: 978-84-18491-46-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mi novio se va a casar. Vale, técnicamente es mi exnovio, porque hace dos meses decidió que nos 'diéramos un tiempo', pero yo seguía creyendo que íbamos a acabar juntos. En cualquier otra situación, saber que lo he perdido sería lo peor que me pudiera pasar, pero todo puede empeorar todavía más: la novia es mi mejor amiga... y me han invitado a la boda. No pienso asistir, y me da igual que vaya a celebrarse en un lugar precioso en Escocia. Nada ni nadie conseguirá hacerme cambiar de opinión. Ni siquiera cuando un extraño deliciosamente guapo insiste en que necesita ir conmigo de acompañante. Ni siquiera cuando me lanza esa sonrisa tan sexy y provocativa. Pero, claro, si luego va y me ofrece la oportunidad de mi vida, mi sueño hecho realidad, ¿cómo podría decirle que no? Solo le he puesto una condición: tiene que ser mi novio; es decir, tiene que fingir que es mi novio. Y estoy a punto de averiguar que fingir puede ser muy divertido...

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Mayfair es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York y la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres.
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1


Beck

—Kevin Bacon es un capullo —dije mientras devolvía la pequeña pelota de goma negra con la raqueta.

Dexter se apartó a un lado al ver que la bola iba derecha a sus partes.

—¿Qué te ha hecho?

—Eso de los seis grados de separación es una gilipollez.

—¿Qué? —preguntó Dexter, jadeando. Le estaba dando una paliza, y sabía que eso tenía que herir su delicado ego. Sin duda, atribuiría su derrota a la lesión de esquí de la que todavía se quejaba. Desde mi punto de vista, cualquiera que se dedicara a esquiar se merecía todas las secuelas que sufriera: bajar a toda velocidad con unas planchas metálicas en los pies solo podía acabar de una manera.

—Ya sabes, esa idea de que todos los habitantes del planeta están a seis personas de distancia. Así que un amigo de un amigo de…

—No puedes culpar de eso a Kevin Bacon. No es que lo haya inventado él —protestó Dexter antes de sacar.

—De acuerdo, vale; si te vas a poner tiquismiquis, Frigyes Karinthy es una gran mierda.

—No sé si me estás insultando o estás hablando en ucraniano.

—Es húngaro —respondí, secándome la frente con la manga. Yo no medía el ejercicio por las calorías quemadas ni por el tiempo que pasaba en el gimnasio, sino por la cantidad de sudor. Alguien debería desarrollar una máquina para medir la transpiración; pagaría lo que costara. En lo que a mí respectaba, el esfuerzo era lo que siempre daba los mejores resultados—. Es el responsable de esa teoría de mierda. Lo busqué en Wikipedia.

—Joder —escupió mientras la pelota impactaba en la pared de yeso por debajo de la línea roja, lo que me dio la victoria que esperaba desde que pisamos la pista. Dexter solo perdía al squash cuando tenía problemas con los negocios, así que no iba a recrearme en mi victoria.

—Ya, lo entiendo. ¿Qué te ha pasado?

Me agaché para coger la bola que había salido fuera y que rodaba hacia mí.

—Esa teoría es errónea. He tocado a cada uno de mis contactos y no logro llegar a Henry Dawnay.

—¿Sigues intentando conseguir una reunión con ese viejo rico? —Dexter sonrió, como si mi fracaso en los negocios pudiera compensar su patética actuación en la pista de squash—. Puede que tengas que olvidarlo.

—Henry Dawnay no es solo un viejo rico. Es el viejo rico que se interpone entre nueve millones y medio de libras y yo. Y no voy a renunciar a esa cantidad de dinero. He probado con todos mis contactos y no he obtenido nada. Pensaba que alguno de vosotros tendría algún tipo de conexión con él. ¿De qué me sirve rodearme de amigos ricos que han alcanzado el éxito si no me ayudáis en mis propósitos?

—¿No te ayudamos? ¿Te refieres a tus cinco mejores amigos, los que atravesaríamos el fuego por ti?

Sabía que estaba bromeando con la misma seguridad con la que sabía que el United iba a ganar la liga. El hecho de que los chicos con los que había forjado una buena amistad de adolescentes fueran ricos y tuvieran éxito había sido simplemente una circunstancia del azar. Sus trabajos no eran lo importante; eran los mejores hombres que conocía además de mi propio padre. Y atravesaría el fuego por ellos igual que ellos lo harían por mí. Pero eso no significaba que no pudiera quejarme de la circunstancia de que ninguno hubiera sido capaz de conseguirme una cita con Henry Dawnay, aunque eso me hiciera parecer el imbécil malhumorado que Dexter siempre me acusaba de ser.

Puse los ojos en blanco y señalé los vestuarios con un gesto de cabeza. Necesitaba una ducha, y luego pensaría un plan.

—No necesito que nadie atraviese el fuego por mí: solo necesito que alguien me presente al hombre que posee la propiedad que se interpone entre diez millones de libras y yo.

—Acabas de decir que eran nueve y medio.

—¿Te he dicho ya que eres un coñazo?

—Un par de veces —afirmó Dexter, empujando la puerta del vestuario—. Mira, si no puedes lograr que te lo presente alguien que conoces, ¿por qué no lo localizas, te haces el encontradizo con él y te presentas tú mismo?

Le lancé una mirada de fingido agradecimiento ante aquel consejo paternalista.

—Ya lo he hecho. El mes pasado en el vestíbulo del Dorchester. Me estrechó la mano, y se esfumó sin pararse a preguntar mi nombre.

Dexter hizo una mueca, y con razón. Había sido humillante. Me había sentido como un niño de nueve años con ganas de conocer a Cristiano Ronaldo.

Abrí la puerta de mi taquilla y saqué el móvil para ver los mensajes. Había dos llamadas perdidas de Danielle. Mierda. Otra cosa más con la que tenía que lidiar.

—He logrado acceder a su agenda, así que…

—¿Cómo coño lo has conseguido?

—No preguntes. Es mejor que no sepas nada para no acabar en la cárcel. —Estaba seguro de que había infringido varias leyes británicas y un par de acuerdos internacionales al obtener esa información. Confiaba en que valiera la pena.

—Bueno, espero que Joshua y tú terminéis en la cárcel.

Ignoré aquella suposición de que otro de nuestros hermanos de armas, Joshua, estaba involucrado, porque era algo evidente: a Joshua le gustaba hackear agencias gubernamentales por diversión. Los demás jugábamos al squash.

—Estoy bien conectado; se podría decir que soy poderoso en los círculos inmobiliarios. Tengo dinero y recursos. Por el amor de Dios, si hasta conozco la marca de papel higiénico que utiliza ese tipo… Pero, al parecer, nada de eso es suficiente para obtener una reunión con él. —Pensé que la situación sería muy diferente si en mi partida de nacimiento figurara el nombre de mi padre biológico.

—Tienes que calmarte y buscar una solución.

—Qué buen consejo… —murmuré mientras revisaba mis correos. Uno era de Joshua, y en él me enviaba el itinerario y la agenda de Henry durante los dos próximos meses. Me desplomé en el banco del vestuario y abrí el archivo adjunto, esperando encontrar que por fin había organizado una comida o una reunión con alguien conocido.

Pero no. Nada. Aunque había una semana bloqueada. ¿Se iba de vacaciones?

—Este es el tipo al que quieres comprar ese edificio de Mayfair, ¿verdad?

—Sí. Soy el dueño de todas las demás propiedades de la manzana salvo de esa, la más deteriorada de todas, y no ha hecho nada con ella. Está desocupada, y es ideal para llevar a cabo un plan de recuperación conjunto; de hecho, es ideal para que sea yo el que se encargue de todo. —Era un edificio que me obsesionaba desde que tenía uso de razón.

—Mira, en el peor de los casos, puedes trabajar en los de alrededor…

Negué con la cabeza.

—Yo no trabajo alrededor de las cosas. Yo meto a las cosas una bola de demolición.

Había hecho números. No obtendría beneficios si no incluía el edificio de Henry, y no aceptaba sufrir pérdidas. Y, de todos modos, no se trataba solo del dinero.

Era el edificio en el que vivía mi madre cuando descubrió que estaba embarazada de mí.

Era el edificio del que desalojaron a mi madre en cuanto su novio —dueño del edificio y mi padre biológico— se enteró de que estaba embarazada.

Cuando él murió, lo había heredado un primo lejano, y desde que mi madre me contó toda la historia cuando yo era adolescente, me había obsesionado con comprar ese edificio. Tal vez pensaba que si lo poseía —aunque debería haberlo heredado—, se haría cierta justicia poética.

Entonces podría derribarlo y empezar de nuevo.

Reescribiría la historia.

Estudié el documento que Joshua me había enviado. ¿Por qué Henry tenía bloqueada una semana? Ese hombre no se tomaba vacaciones nunca. Estudié el horario con más atención; la única referencia en toda la semana era «m&k». Introduje las siglas en el buscador del teléfono. ¿Qué podía significar «m&k»? Mientras me desplazaba por los resultados, supe que una tienda de muebles en Wigan o un dj americano no podían ser relevantes. Henry no solo tenía dinero, sino que además poseía un título, era conde o algo así, aunque no parecía utilizarlo. Estaba bastante seguro de que no compraba en Wigan ni contrataba djs para entretenerse.

Cambié de pantalla y, justo cuando iba a llamar a Joshua para intentar obtener más información, apareció otro correo suyo con un archivo adjunto. Cuando lo abrí, lo primero en lo que me fijé fue en la fecha de la semana de m&k. Se trataba de una invitación de boda electrónica. Al parecer, Joshua había sentido tanta curiosidad como yo. ¿Una boda que duraba una semana entera? ¿Es que esa gente y sus allegados no tenían que trabajar? M de Matthew y K de Karen; los novios. Introduje sus nombres en Google. No los conocía ni el Tato, pero no era ninguna sorpresa. Parecían el tipo de personas que se habían criado en un campo de cróquet: Matthew era el típico tío que usaba americana deportiva y canotier. Yo no sabía en qué se diferenciaban los antiguos alumnos de Eton y los ricos herederos de la mayoría de los seres humanos normales, pero había algo en ellos que los distinguía. Debía de ser por el pelo alborotado o el aire de superioridad con el que se movían.

Una boda de la jet set sería la circunstancia perfecta para que pudiera acercarme a Henry. Se encontraría relajado y de buen humor por pasar tiempo con su gente.

Claro, que su gente no era mi gente…

Mi dinero era tan nuevo como un...



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