E-Book, Spanisch, Band 6, 300 Seiten
Reihe: Misters
Bay Mister Notting Hill
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19301-33-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 6, 300 Seiten
Reihe: Misters
ISBN: 978-84-19301-33-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Notting Hill es la última novela de la autora y último título de The Mister Series -Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane y Mister Bloomsbury-, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, la bilogía The Gentlemen -compuesta por El caballero implacable y El caballero equivocado- y la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres. Todas las novelas de Louise Bay están publicadas en exclusiva por Phoebe en español.
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3
Parker
¿Veinticinco mil libras? ¿Por una cita conmigo? Me quedé un poco estupefacta ante la cifra y frustrada por no poder distinguir quién había hecho la oferta. Las luces eran tan deslumbrantes que no había podido ver al hombre.
Sutton se apresuró a acercarse a mí mientras ayudaba a recoger entre bastidores.
—¿Ves? Tenía razón: el tío más guapo de la sala ha pujado por ti.
—¿En serio? —Era agradable que un guaperas hubiera hecho esa puja. Podía ser divertido acudir a una cita en esas condiciones, sin que tuviera nada que ver con la atracción o la posibilidad de que surgiera algo más. Además, todo aquello era por Sunrise.
—Lo sé, y reconozco que me encaramaría a él como si fuera un árbol, ¿eso cuenta?
Le di un codazo.
—Tal vez deberías tener tú la cita con él.
—Hablando del rey de Roma. —Me devolvió el codazo y me hizo un gesto para que mirara hacia la puerta, donde estaba el compacto muro de músculos con el que me había chocado un rato antes. Volví a mirar a Sutton—. ¿Ha sido él? —Quizá acabar cubierta de profiteroles de crema justo antes de una de las noches más importantes de mi vida no había estado tan mal.
Nos miramos a los ojos mientras él se acercaba a mí; las arruguitas hacia sus sienes me parecieron tan sensuales que noté un vuelco en el estómago.
—¡Parker! —gritó mi padre justo en ese momento—, quiero que conozcas a tu cita para cenar. Te presento a mi buen amigo Tristan Dubrow.
Mi corazón, que hasta ese momento lo había notado como si estuviera unido a cien globos de helio, aterrizó de golpe. Por supuesto… El buenorro conocía a mi padre y, sin duda, estaba tratando de impresionarle con aquella oferta tan alta.
Sonreí.
—Me alegro de que nos presenten.
—Me alegro de conocerte. —Cogió mi mano, haciéndome muy consciente de lo pequeña que era la mía en comparación con la suya. Podía aplastarme los huesos hasta convertirlos en papilla si apretaba con fuerza—. Soy Tristan, y tengo muchas ganas de cenar contigo.
Suspiré. Había ganado la puja y había impresionado a mi padre. Sin embargo, había que ponerle freno; aquello no iba a ir a más. Llevaba tres años soltera por una razón muy clara; ya estaba harta de chicos más interesados en salir con la hija de Arthur Frazer, y todo lo que eso conllevaba, que conmigo.
—Oh, en realidad no hay necesidad de seguir adelante con esto. Tienen tus datos bancarios, ¿verdad?
—Por supuesto que hay necesidad —intervino mi padre—. Este hombre ha pagado veinticinco mil libras por el privilegio de pasar una noche contigo. Más vale que hagas que merezca la pena.
Tristan se aclaró la garganta.
—Papá… —murmuré en un tono que me avergonzaba, y que no había sufrido desde que era adolescente—. Estás consiguiendo que parezca una prostituta. En el catálogo de la subasta no se mencionaba nada de que yo tuviera que hacer pasar un buen rato a mi cita.
—Por Dios, Parker. No he querido decir eso. Pero le he dado a Tristan instrucciones estrictas para que hagáis algo divertido.
Puse los ojos en blanco. Mi padre era lo peor.
—Ya vale, papá.
Gracias a Dios, lo interrumpió alguien antes de que pudiera decir algo aún más inapropiado.
Se dejó llevar en silencio de nuevo hacia el salón de baile.
—Así que… —dije, echando la cabeza hacia atrás para buscar la mirada de Tristan—. Cenaremos. Por favor, que sea en un lugar donde podamos estar sentados; así no terminaremos con dolor de cuello ninguno de los dos.
Se rio.
—¿Tus citas te llevan a menudo a restaurantes sin sillas?
—Hasta ahora solo he ido a mercados rehabilitados y reconvertidos.
—Creo que podremos ir a un sitio mejor. Dame tu teléfono.
Se lo di y tecleó algunos números. Mientras estaba en ello, sonó una notificación en mi móvil.
—Gillian quiere saber si vas a ir a pilates mañana —dijo.
—Oye, no leas mis mensajes.
Se rio.
—No le dejes tu móvil a un extraño.
—¡Me lo has pedido tú! —¿Quién era ese tipo?
—Ah, ¿y qué es esto? —dijo, pasando el pulgar por la pantalla—. Oblix Holdings acaba de cargar sesenta y siete libras en tu cuenta.
Gemí.
—Otra vez no. —Le arrebaté el teléfono—. ¿Sesenta y siete? Es peor que la última vez. —Abrí el mensaje y, en efecto, la cuenta bancaria del evento había recibido otro cargo de una empresa de la que nunca había oído hablar.
—¿Estás bien? —preguntó—. Te comportas si tuvieras que ir a una cita con un extraño por dinero.
Esbozó una sonrisa de medio lado curvando una comisura de la boca, y volvieron a aparecer sus casi irresistibles líneas de expresión.
—Ya lo resolveré. No paran de llegarme cargos a esa cuenta y no sé por qué.
—¿No los has autorizado? —Me arrebató el teléfono—. ¿Has hablado con el banco?
—¡Sí! —Intenté recuperar mi teléfono, pero lo sostuvo tan arriba que no podía alcanzarlo.
—¿Cuántas veces te ha pasado? —Su voz había adquirido una nota más dominante y seria.
Intenté ignorar el cosquilleo que me hizo sentir entre las piernas.
—No es de tu incumbencia. Devuélveme el teléfono, por favor. Es asunto mío, no tuyo.
Me lanzó el teléfono y lo cogí en el aire.
—Podrías hacer que fuera mi asunto mío —comentó—. Después de todo, es a lo que me dedico.
¿Por qué siempre había tipos que se creían que sabían más que yo?
—Gracias. Pero lo tengo controlado. —No lo tenía controlado, y tampoco tenía mucha fe en que mi banco lo tuviera controlado, pero mejor pasar a que un perfecto desconocido se pusiera a hacerme preguntas que no quería responder.
—Llámame si quieres que te ayude. Si no, mándame un mensaje con tu dirección y te recogeré el sábado a las siete. —Se dio la vuelta y fue a la salida.
—¡Espera! —grité—. Yo te llevo a cenar a ti y no al revés. No puedo ir el sábado.
—Claro que sí —alegó con suficiencia mientras seguía avanzando sin darse la vuelta—. He visto tu calendario. No tienes ni un solo sábado por la noche ocupado de aquí a Navidad.
¿Cómo podía un hombre ser tan irritante y conseguir, al mismo tiempo, que la lujuria se acumulara entre mis muslos?
Me giré y me tropecé con Sutton.
—¿Te lo puedes creer? —Mi indignación era completamente falsa. No muchos hombres me hablaban como lo había hecho Tristan. Que Arthur Frazer fuera mi padre evitaba esas cosas. Todos los hombres con los que había salido me habían pedido una cita porque era su hija o se habían enterado poco después de que empezáramos a salir y habían seguido llamándome porque era su hija. En cualquier caso, eso significaba que yo había dictado los términos de todas las relaciones románticas que había tenido. Mis novios nunca me habían llevado la contraria en nada.
Tal vez mi padre no tuviera corona, pero era un rey, y a mí me trataban como una princesa. En teoría, era genial, aunque no resultaba tan bueno cuando se trataba de saber si mis novios me querían por mí o por los ventajosos contactos de mi padre, que nuestra relación podía proporcionarles. La historia me decía que la riqueza y el poder de mi padre atraían a la peor clase de hombres, como hormigas que siguen el olor del azúcar.
A pesar de que Tristan había pujado por mí para impresionar a mi padre, no parecía exactamente como los demás. Aunque no me cabía duda de que iba a demostrar que estaba equivocada.
—Está buenísimo. Y tienes que pasar la noche con él. Además, ha donado veinticinco mil libras a una obra benéfica. Podrías haber sido un poco más amable con él.
Sutton tenía razón. Debía haber sido más amable con él, había sido un donante importante esa noche. Lo que me recordaba que tenía que comprobar que hubiéramos recibido su dinero. No quería que cambiara de opinión y se echara atrás.
—Supongo que sí. Pero si quiere salir conmigo por quién es mi padre, algo que resulta muy evidente, no estoy segura de que meterse en mis asuntos sea la mejor manera de hacerlo.
—Tal vez solo está siendo él mismo, no como todos esos lameculos y estafadores con los que has salido antes. Tal vez sea diferente. Tal vez sea el tipo con el que termines casándote.
Aggg… Ojalá Sutton dejara de hablar de matrimonio.
—No seas ridícula. Te he dicho que no voy a casarme solo para tener acceso a mi fondo fiduciario. —Hubo un tiempo en el que pensé que casarme con el hombre de mis sueños iba a formar parte de mi vida, y no para tener acceso a mi fondo fiduciario. Soñaba con hacerlo porque amara al hombre que me lo pidiera… Pero ese barco había zarpado ya.
—No seas terca. Casarte es una forma fácil de conseguir el dinero para el programa de padres y cuidadores que quieres crear.
Suspiré. Las veinticinco mil libras que había donado Tristan eran mucho dinero, pero no eran suficientes.
Esa noche Sunrise, la fundación benéfica por la que tanto había trabajado en los tres últimos años, iba a recaudar cien mil libras más. Era una cantidad importante, sí, pero no era nada comparado con los veinticinco millones que podía donar yo misma si echaba mano de mi fondo fiduciario.
—Es mejor que convenza a mi padre para que cambie las reglas del fideicomiso que tener que casarme. No voy a renunciar a mi apellido por nadie....




