E-Book, Spanisch, Band 4, 320 Seiten
Reihe: Misters
Bay Mister Park Lane
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18491-68-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 4, 320 Seiten
Reihe: Misters
ISBN: 978-84-18491-68-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Park Lane es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Mister Mayfair, Mister Knightsbridge y Mister Smithfield, además de la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres.
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1
Hartford
Tenía veintinueve años, era pediatra y había viajado y trabajado en algunos de los lugares más desfavorecidos del planeta. Sin embargo solo con pensar en que iba a estar delante a Joshua Luca, tenía que secarme las palmas de las manos en los vaqueros y rezar para que los latidos de mi corazón se sosegaran.
Aunque hacía una década que no lo veía, Joshua aún tenía ese poder sobre mí, y era algo que odiaba con todas mis fuerzas.
Tampoco era que hubiéramos salido o que hubiera estado todos esos años suspirando por él; ni que se hubiera fijado en mí, y menos de la forma en que yo me había fijado en él.
Ese hombre había sido casi una obsesión para mí hasta que, a los diecisiete años, me había roto la pierna y había renegado para siempre de aquel encaprichamiento de adolescente. En tan solo una noche, había madurado y había dejado de lado aquel estúpido enamoramiento.
No me había vuelto a acordar de todos esos viejos sentimientos hasta que mi madre me había anunciado que lo tenía todo organizado para que me quedara con Joshua durante un par de meses, hasta que me «asentara»; una ironía involuntaria, dada la escayola que me cubría la pierna izquierda. Ni se me ocurrió discutírselo. No valía la pena decirle que, si me las había arreglado para sobrevivir en diferentes zonas de guerra, instalarme en Londres tenía que resultarme tan fácil como hacer una tarta.
Tartas. Cómo las había echado de menos… No había nada parecido en el puesto de Médicos sin Fronteras de Yemen, donde había estado destinada. Así que, en cuanto dejara la maleta en casa y me duchara, iba a ir a comprar una tarta de limón. A ser posible con toppings.
Debía concentrarme en esa tarta. O en cualquier cosa que no fueran los recuerdos de cómo le brillaba el pelo a Joshua cuando lo bañaba el sol en verano. O en sus piernas largas, delgadas y bronceadas. O en la forma en que aparecía un hoyuelo en su mejilla izquierda cada vez que mi hermana estaba cerca. Su media sonrisa eterna daba a entender que le gustaban las bromas, y si alguna vez se metía en líos, se las arreglaba para que lo perdonaran gracias a la confianza en sí mismo. A mi yo adolescente le había parecido un dios.
No estaba segura de que se acordara de mí. ¿De qué se iba a acordar? ¿De mis cejas sin depilar? ¿De mis brackets?
Nuestros padres eran amigos desde que yo tenía uso de razón. Joshua tenía la misma edad que mi hermano; mi hermana era un año más joven que ellos, y, para mi eterna frustración, yo era la pequeña. La niñita que se había pillado del mejor amigo de su hermano mayor.
No era más que una espectadora que lo espiaba durante los partidos de tenis, los retos y las charlas sobre chicas. Había sido parte del escenario, el telón de fondo de los veranos de Joshua y mi hermano. No como mi hermana, Thea, que se había lanzado a lucir la moda de las minifaldas vaqueras como si fuera una top model de veinticinco años. Thea siempre conseguía ser el centro de atención. La había visto dar vueltas y reírse delante de Joshua, que respondía con sonrisas arrogantes en aquellos labios carnosos. Sin duda, Joshua se acordaba de Thea. No como de mi olvidable e invisible yo.
Nunca le había contado a nadie las fantasías que tenía con Joshua. Incluso a los diecisiete años me las había guardado para mí misma, decidida a mantenerlas escondidas para siempre en un lugar profundo y oscuro de mi interior.
Pero en ese momento, cuando estaba en el aeropuerto, a punto de encontrarme cara a cara con él, un escalofrío familiar e inoportuno me bajó por la espalda y me aceleró el pulso.
El teléfono vibró en mi bolsillo y salí de la cola para respetar la prohibición sobre el uso de móviles. Era mi madre. Solté la muleta derecha y respondí.
—¿Has aterrizado ya, cariño?
Cuando alguien trabajaba en una zona de guerra, sus padres siempre estaban preocupados. Sin embargo, a mí no me preocupaban las zonas de guerra, sino algunos reencuentros.
—Sí. Recogeré la maleta dentro de un minuto. ¿Puedo llamarte cuando esté ya en casa de Joshua?
—Por supuesto. Marian me ha dicho que vive en un apartamento estupendo. Es un buen chico. Tiene su propia empresa, una agencia de marketing. Y ya sabes que acaba de comprar un coche nuevo.
Debía de haber oído hablar del flamante coche al menos tres veces.
—Sí. Un Lexus. Me acuerdo. —Yo no era la clase de hija que podía comprarles un coche nuevo a sus padres. No ganaba tanto dinero. Y, aunque así fuera, no lo necesitaban.
—Se ha hecho a sí mismo. Un hombre de fiar. Estoy segura de que estará esperándote fuera.
—Podía haber ido yo sola a la City en el Heathrow Express. —No me agradaba la idea de que Joshua tuviera que venir a recogerme. Estaba segura de que tenía mejores cosas que hacer aquel martes que ser mi chófer.
—Tienes una pierna rota, Hartford —dijo en aquel tono suyo de «No hay nada más que añadir». En cuanto les había comunicado a mis padres que iba a volver a Londres, mi madre había desempolvado su perpetuo sentido de la intromisión. Sabía que con eso estaba demostrándome su profundo alivio. Después de tres años en el extranjero, su pequeña iba a estar a un par de horas de distancia en lugar de a un par de husos horarios. Así que era consciente de que, a partir de ese momento, iba a tener que esforzarme para esquivar sus bienintencionadas bombas de ayuda.
Miré por encima del hombro a la marea de gente que se arremolinaba en el pasillo, formando una cola. Acababa de aterrizar otro vuelo, y no quería que los demás pasajeros me adelantaran.
—Pues será mejor que no lo haga esperar. Te llamaré más tarde.
—Dale un beso a Joshua de mi parte y llámame cuando estés instalada.
Esa era la forma perfecta de romper el hielo con Joshua. Podía decirle que había hablado con mi madre y que le mandaba un beso.
Me incorporé a la cola de nuevo y me dije a mí misma que, si podía encargarme de tratar a niños enfermos en camas plegables bajo un calor abrasador, podía ocuparme de Joshua Luca.
No era para tanto…
Las puertas que comunicaban la zona de llegadas con el vestíbulo del aeropuerto se abrieron, y me fijé en los conductores con carteles y en la gente que esperaba ver llegar a sus seres queridos. Apartado de la multitud, como si hubieran colocado un foco sobre él, estaba Joshua, apoyado en un poste, con la cabeza baja, concentrado en el móvil.
Un chisporroteo de deseo me inundó el pecho, y tuve que recordarme a mí misma que debía seguir respirando. Joshua seguía siendo un espécimen masculino magnífico y eso me enfurecía. Me había obligado a mí misma a olvidarme de él hacía mucho tiempo y no iba a volver a tropezar con la misma piedra. Eso solo podía meterme en líos.
Otra vez.
Tenía los hombros más anchos, pero su pelo rubio oscuro seguía luciendo aquel aspecto cuidadosamente despeinado. ¿Y qué decir de su atractiva confianza? Que seguía siendo palpable a diez metros de distancia.
Levantó la cabeza y miró hacia la derecha, como si pudiera leerme los pensamientos. Aquella sonrisa de medio lado tuvo un efecto inmediato entre mis piernas.
Vagina, eres una traidora.
Sonreí y me acerqué como si hubiera estado buscándolo entre la multitud en lugar de haberme visto atraída hacia él como un rayo por una barra de metal.
—Hola. —Eché la cabeza hacia atrás para buscar su mirada.
Se tomó su tiempo y me recorrió de la cabeza a los pies y viceversa, con lentitud y sin reparos, deteniéndose en mis labios y en mis mejillas al subir.
—¿Hartford?
¿Debía besarlo? ¿En una mejilla o en las dos? ¿Era mejor abrazarlo? ¿Por qué me sentía tan incómoda?
Tienes veintinueve años, me recordé a mí misma.
Eres pediatra.
Que te cuelgues de Joshua Luca solo te meterá en líos.
Lo estreché con un solo brazo y me puse de puntillas con torpeza para poder rodearle el cuello. Se tensó casi sin darse cuenta antes de devolverme el abrazo.
—Me alegro de verte —dije contra su piel.
Notaba su mano en mi cintura a pesar de la chaqueta, y era tan grande que me abarcaba casi todo el ancho de la espalda. ¿Y ese olor? ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¿A qué era, y por qué no había cambiado en tantos años?
Sin preguntar, cogió mi mochila como si no pesara nada y se la colgó del hombro.
—¿Solo llevas esto? ¿No tienes más equipaje?
Me encogí de hombros.
—No. Solo estamos la mochila y yo.
Señaló con la cabeza hacia la salida, y lo seguí.
—¿Qué te ha pasado en la pierna?
Me miré la escayola como si tuviera que recordar de qué pierna estaba hablando.
—Ah, no fue nada. Un accidente. —No quería entrar en detalles. Lo importante era que se curara lo más rápido posible para poder dedicarme en cuerpo y alma al trabajo—. Cuéntame, ¿qué ha sido de ti, Joshua Luca? ¿Qué has estado haciendo desde la última vez que te vi?
Me lanzó otra de aquellas sonrisas marca de la casa.
—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?
—Pues no me acuerdo…
Lo sabía perfectamente. Me negaba a pensar en lo que había ocurrido después del accidente. Me había pasado años recordando la noche en que me había roto la pierna. Joshua había ido a recoger a mi hermano antes de salir a celebrar Fin...




