Bay | Mister Smithfield | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten

Reihe: Misters

Bay Mister Smithfield


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18491-58-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten

Reihe: Misters

ISBN: 978-84-18491-58-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«Se busca niñera americana para una adorable niña de cuatro años. Debe ser capaz de manejar a un jefe británico casi siempre malhumorado y taciturno, y muy muy sexy». Soy padre soltero, abogado de éxito y, según dicen algunos, el hombre más serio de Londres. Estoy completamente centrado en mi carrera y en criar a mi hija de cuatro años. Desde que mi esposa se marchó hace ya tres años, la única mujer en la que me he fijado es la cuñada de mi mejor amigo, Autumn Lumen, que, por supuesto, me está estrictamente prohibida. La tentación que siento por ella es fácil de resistir, porque Autumn vive en Oregón y solo está en Londres de visita familiar. Hasta que decide hacer de su traslado a Londres algo definitivo, la niñera de mi hija presenta la dimisión y Autumn se convierte en la única mujer capacitada para el puesto...

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Mister Smithfield es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Mister Mayfair y Mister Knightsbridge, además de la serie The Royals, conformada por El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres.
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1


Autumn

Gabriel tenía treinta y tres años, era el padre separado de una adorable niña de cuatro años y, además, había resultado ser el único hombre capaz de conseguir que me estremeciera por dentro cuando me miraba.

Pero ¿dónde guardaba las espátulas?

Había buscado en todos los cajones y alacenas de la cocina sin encontrarlas. Solo quería hacer una tortilla y ya llevaba unos treinta minutos revolviéndolo todo; había encontrado tappers, un viejo libro de recetas para ser buena ama de casa publicado en los años 70 e incluso lo que parecía una versión en miniatura de una de esas herramientas para cepillar madera. Sin embargo, no había visto una espátula por ninguna parte. ¿Quizá los británicos tenían la costumbre de guardar los utensilios de cocina en el cuarto de baño o algo así? Para salir de dudas, cogí el teléfono y llamé a mi hermana. Hollie entendía a los británicos mucho mejor que yo.

—¿Dónde guardan los británicos las espátulas? —pregunté.

—¿Las espátulas? —repitió Hollie.

—Sí, Hollie, el hambre me hace sentir retortijones en el estómago, son casi las nueve de la noche y estoy buscando una en la cocina, pero quizá no sea el sitio adecuado. —Me desplomé en los suaves cojines de color azul marino que cubrían el largo banco de madera que recorría la mesa—. Solo quiero hacerme una tortilla.

—Bueno, en primer lugar, aquí ese tipo de utensilio se llama pala de cocina —me explicó Hollie con ese tono típico de que pensaba que yo no me enteraba de nada.

Estaba casi segura de que el inglés seguía siendo el idioma oficial tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, pero desde que me había mudado a Londres hacía unas semanas, a veces tenía que consultar el diccionario para asegurarme de que era así. El mero hecho de estar en la cocina requería de un traductor. Había descubierto que los quemadores eran «fogones». Las encimeras eran «superficies de trabajo» o «mostradores». ¿Mostradores de qué? Después de una búsqueda en Google de la que no me sentía del todo orgullosa, había visto que «mostrador» podía ser cualquier superficie elevada y horizontal de una habitación. Ver para creer. Y por si eso fuera poco, me estaba enterando de que también las espátulas tenían otro nombre, nada menos que «pala de cocina». Y si no quería cavar nada, ¿qué?

Casi podía ver cómo Hollie se encogía de hombros.

—Sigue siendo una pala de cocina.

—Bueno, ¿y sabes dónde puedo encontrar… eso en una cocina normal en el Reino Unido?

—Por lo que sé, las guardan en el mismo lugar que los americanos. En la cocina, en un cajón, en un bote encima del mostrador… Ya sabes.

Tal vez Gabriel no tenía ese tipo de utensilios o tal vez los guardaba al otro lado de la puerta cerrada con llave que había al fondo de la cocina. Era la única habitación de la casa, salvo los baños, que tenía cerradura. Y el mensaje claro y tácito que Gabriel me estaba lanzando a mí, la niñera recién contratada, era que no entrara allí. Así que, por supuesto, me moría de ganas de ver qué había.

—¿Estás bien? —preguntó Hollie.

—Bueno, tengo un poco de hambre —repetí mientras me levantaba para ir a la nevera. Hacerme una tortilla estaba fuera de mi alcance, así que iba a tener que pensar otra cosa.

—¿Gabriel sigue trabajando?

—Sí. —No me extrañaba que necesitara una niñera para Bethany. Había salido de casa a las seis de la mañana y todavía no había vuelto.

Todo el mundo había tratado de convencerme de que no aceptara el trabajo. Incluso el propio Gabriel había intentado disuadirme diciéndome que necesitaba una niñera que trabajara muchísimas horas durante los meses siguientes, ya que él estaba pasando por un período laboral que demandaba su atención durante largas jornadas, por lo que también iba a perderme los fines de semana y las noches. Sin embargo, eso no me había desanimado. ¿Cómo iba a ser así? Bethany era adorable y vivían en una mansión que parecía sacada de una novela de Dickens, en pleno centro de Londres. Jamás habría podido permitirme vivir en una zona como Smithfield con mi sueldo de recién graduada. Y esa era otra razón por la que, para mí, el que se hubiera retrasado el inicio del programa de posgrado hasta septiembre no suponía el fin del mundo. Así podría disfrutar de Londres sin la presión de tener que dedicarme a darlo todo en el máster al mismo tiempo. Ni siquiera tenía que entrecerrar los ojos para ver el resquicio de esperanza que eso suponía.

Al principio no había sido fácil encontrar el lado positivo a que el programa de posgrado en el que iba a participar se retrasara seis meses. La recesión que había comenzado a finales del año anterior había provocado que muchas empresas cayeran en picado, incluso la que me iba a contratar, y eso que formaba parte del Fortune 500. Estaba muy emocionada por el simple hecho de poder empezar, sobre todo porque la primera parte era en Londres. Había pensado que en esos momentos estaría tomando cócteles con mis compañeros de trabajo y riéndome de los atascos de las fotocopiadoras, o de lo que fuera que se riera la gente en las oficinas cuando llegaba el fin de la jornada. Se suponía que para entonces iba a tener ya un pie en la escalera profesional en lugar de pasarme el día limpiándole el trasero a una niña de cuatro años.

Pero cuidar de Bethany era un trabajo en Londres, y punto. Y cualquier trabajo en Londres era, por definición, más emocionante que un trabajo en Oregón, sobre todo porque Hollie y su futuro marido vivían en Inglaterra. Mi hermana quería que sirviera mesas, que fuera su ayudante o que hiciera básicamente lo que fuera necesario para no mudarme a casa de Gabriel. Pero yo había adquirido formación en primeros auxilios pediátricos durante los veranos que había pasado como socorrista en la piscina de Sunshine y, además, tenía mucha experiencia como canguro. Y ese trabajo incluía alojamiento gratuito, lo que significaba que no tenía que depender de mi hermana para nada. Hollie llevaba veintitrés años poniendo literalmente un techo sobre mi cabeza, y yo estaba desesperada por librarla de ese peso y valerme por mí misma.

Trabajar de niñera no había sido mi primera opción, aunque podía haber sido mucho peor. Estaba en Londres. No dependía de mi hermana. Y mi jefe estaba tan bueno que me costaba creerlo. La vida no me estaba saliendo exactamente como había planeado, pero no podía quejarme

—Bueno, tal vez deberías acostarte temprano —comentó Hollie.

—Necesito comer algo —respondí, sacando jamón y queso de la nevera. Gabriel incluso me pagaba la comida, así que podía ahorrar todo lo que ganaba y disponer de ese dinero para irme de viaje el verano siguiente. Tomé una nota mental para gastar parte de mi sueldo en una espátula—. Y, de todos modos, no estoy cansada.

—Por supuesto que estás cansada. Has estado corriendo detrás de una cría de cuatro años durante todo el día.

No podía negar que trabajar de niñera era un trabajo duro, sin embargo, no iba a decírselo a Hollie; no quería que se preocupara. Bethany tenía una risa contagiosa, le encantaban las cosquillas y su curiosidad no conocía límites… Aunque el contrapeso a todo ello era que la impulsaba la energía de un cocker spaniel dopado. Al final del día me sentía como si me hubiera atropellado un tráiler.

—Es posible que Gabriel quiera que estés fuera de su vista cuando llegue —continuó Hollie. Intentaba sonar despreocupada, como si no estuviera sugiriendo que me mantuviera lo más alejada posible de mi jefe. Aunque hubiera querido mantener las distancias, que no quería, eso iba a ser imposible. Vivíamos bajo el mismo techo y a menudo él era el único otro adulto al que veía a lo largo del día—. Habrá trabajado mucho y querrá relajarse. Pero, ya sabes, es demasiado educado para decirlo. Deberías irte a la cama.

Miré hacia la puerta cerrada en el extremo de la cocina. La noche anterior había sido la primera que había pasado con Gabriel y Bethany, y todavía estábamos familiarizándonos con nuestras respectivas costumbres. Cuando Gabriel había llegado a casa, había desaparecido en el piso superior para cambiarse el elegante traje azul marino que llevaba en el bufete, el que hacía que sus ojos verdes se iluminaran como si fuera una especie de dios y que me pareciera delicioso y poderoso. El tipo de hombre que podía hacerme perder la cabeza. Cuando había vuelto, lo había hecho con unos vaqueros desteñidos que se ceñían a sus fuertes muslos y una camiseta vieja; el borde se le había levantado un poco al coger una copa de vino, y había podido ver cómo se le marcaban los abdominales. Luego me había fijado en el agujero que tenía la prenda en la costura del hombro, que parecía suplicarme que metiera allí el dedo y descubriera lo caliente, suave y «acariciable» que era su piel. Me habían dado ganas de rogarle que no volviera a ponerse nada más. Se me había secado la boca mientras intentaba encontrar algo que decirle a un hombre tan serio, dominante y guapo, pero no me había dado tiempo a nada antes de que se excusara de forma brusca y desapareciera detrás de aquella puerta cerrada sin darme explicaciones.

¿Se derrumbaría detrás de esa puerta?

Y si era así, ¿qué suponía eso tratándose de un hombre como Gabriel Chase?

Se me ocurrieron algunas sugerencias que implicaban que no llevara ni traje ni vaqueros. De hecho, la sagaz doctora Autumn Lumen le proponía una ducha para dos y besar apasionadamente a la niñera para una...



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