E-Book, Spanisch, Band 3, 146 Seiten
Reihe: Teatro
Belmonte Bermúdez El diablo predicador
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-057-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 3, 146 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-057-9
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Luis Belmonte Bermúdez (Sevilla, ¿1598?-Madrid ¿1650?) España. Poeta, cronista de Indias y dramaturgo español del Siglo de Oro. Se discute su fecha de nacimiento, que parece demasiado tardía. Joven marchó a México y al año siguiente al Perú. Ya entonces se dedicaba de lleno a la literatura. Actuó como cronista y secretario en expediciones del general Pedro Fernández de Quirós y escribió una Historia del descubrimiento de las regiones Austriales hecho por el general Pedro Fernández de Quirós. Tras una nueva estancia en México regresó a España en 1616 y se estableció en Sevilla. En 1620 vivió en Madrid y participó en las Justas poéticas de San Isidro. Desde entonces dejó la poesía y se consagró al teatro. Es autor de dos poemas épicos: La aurora de Cristo y La Hispálica, este último sobre la conquista de Sevilla. Se conserva además media docena de piezas teatrales suyas; la más célebre es El diablo predicador. Que apareció como escrito anónimo por el desenfado y libertad de algunos caracteres, y sólo tuvo problemas con la censura muchos años después. Sus contemporáneos vieron en ella una exaltación de la orden franciscana y de la práctica de la caridad, pero después se entendió como una crítica anticlerical a causa del personaje cómico de fray Antolín. En esta obra el diablo es castigado por san Miguel, a causa del hambre que hace pasar a unos franciscanos, a pedir limosna y tras ello se transforma en predicador.
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Jornada primera
Baja Luzbel, en un dragón.
Luzbel ¡Ah, del oscuro reino del espanto,
estancia del dolor, mansión del llanto,
donde ya de otro daño sin recelo
la desesperación es el consuelo!
Abrid; y tú, de quien mi rabia fía
de esa noble y eterna monarquía
el gobierno en mi ausencia,
ven a mi voz.
(Sale Asmodeo, por un escotillón.)
Asmodeo Ya estoy en tu presencia;
pero, ¿qué te ha obligado
a que me llames?
Luzbel ¿No lo has penetrado?
Asmodeo No, príncipe, si bien creo que es mucha
la causa.
Luzbel La mayor.
Asmodeo Pues, dilo.
Luzbel Escucha.
Sobre este helado vestigio
en cuya forma triforme
di espanto en su Apocalipsi
al más venturoso joven,
para saber los que el yugo
de mi imperio reconocen,
en término de dos días
he dado la vuelta al orbe
y, de diez partes, las nueve
por las justas permisiones
del Criador eterno yacen
a mi obediencia conformes.
Los bárbaros sacrificios
me ofrecen, y adoraciones,
en las mentidas estatuas
de barro, de hierro y bronce.
La morisma en su vil secta,
y también otras naciones
que en una verdad disfrazan
mil diferentes errores,
sin que a ninguna de tantas
sus distantes horizontes
la disculpe de que al Dios
que todo lo hizo ignore,
pues no hubo en toda la tierra
clima tan ignoto donde
no llegasen, explicadas
por alguno de los doce
discípulos las verdades
de los cuatro historiadores;
ni parte donde el cruzado
leño, ya en llano o ya en monte,
no quedara por testigo
de su pertinacia torpe.
Solamente algunas partes
de la Europa se me oponen,
adorando al Uno y Trino,
y al Verbo por Dios y Hombre;
pero, aunque en ellas hay muchos
jardines de religiones
cuya agradable fragrancia
de sus penitentes flores,
penetra el eternos alcázar
para que a Dios desenoje
de lo mucho que le ofenden
los mismos que le conocen.
Los que me dan más tormento
son —¡ah, mi rabia me ahogue!—
esos hijos —sin nombrarle
será fuerza que le nombre—
de aquél por menor más grande,
de aquél más rico por pobre,
de aquel retrato de Dios
humanado tan conforme
que, si en un pesebre Cristo
nació, Francisco, por orden
también divina, un pesebre
para oriente suyo escoge.
Si tuvo, como maestro,
doce discípulos, doce
fueron los que de Francisco
siguieron también el norte.
Si el uno murió suspenso
de un árbol, no hay quien ignore
que otro de los de Francisco
murió pendiente de un roble.
Si de Jesús el sagrado
culto, la lluvia de azotes
le transformó en laberintos
de sangrientos tornasoles,
de la sangre de Francisco
todas las habitaciones
que tuvo parecen jaspes
salpicadas de sus golpes.
Si a Cristo la infame turba
le tejieron de cambrones
impía y regia diadema
que le hierra y le corone,
Francisco, en robusta zarza,
sólo en los paños menores
castigando pensamientos
inculpable por veloces,
revolcado entre sus puntas
logró la zarza verdores
de laurel que coronaron
penitencias tan feroces.
Si cinco puntas abrieron
en aquel árbol triforme
al cielo en su Autor divino
siempre abiertas para el hombre,
¿no fue su retrato en ella
Francisco, aunque yo lo llore,
sino original traslado,
pues en una unión acorde
de manos, pies y costado
con increíbles favores?
De Dios mereció Francisco
en una, cinco impresiones
de penetrantes heridas,
que al recibirlas entonces
la dicha de su contacto
le lisonjeó los dolores.
Hasta otro Tomás curioso
tuvo, que incrédulo toque
la herida de su costado,
a cuyo cruel informe
un éxtasis doloroso
le dejó a Francisco inmóvil;
de suerte que le juzgaron
por tránsito sus menores.
Los hijos pues de este humilde
portento de perfecciones,
con el fruto de su ejemplo
son mis contrarios mayores.
Que el Hacedor soberano
castigara oposiciones
de quien, siendo su criatura,
pretendió de Criador nombre.
Vaya, que aun no fue el castigo
a mi delito conforme,
y no sólo no me ofende
pero me añade blasones;
que su sacrosanta madre
pusiera en mi cuello indócil
la planta, cuyo coturno
de serafines compone.
No me irritó; que si es reina,
por infinitas razones
de las nueve órdenes bellas
tronos y dominaciones,
puesto que perder no puedo
mi ser angélico noble.
Mi reina es y no me ultraja
que su pie a mi cerviz dome.
Sólo tengo por injuria
que a tantas persecuciones
estos míseros descalzos
tantos vencimientos logren;
que el ser tan flacos contrarios
los que a mi poder se oponen
de mi altivez acrecientan
más las desesperaciones.
Ellos al cielo conducen
más almas que ese salobre
piélago produce arenas,
más que cuantas plumas torpes
de tantos heresiarcas
han conducido legiones
de espíritus al infierno.
Y no, Asmodeo, te asombre
que si este mal no se ataja.
Muy presto no ha de haber donde
los remendados mendigos
la bandera no enarbolen
de aquél que, por su valiente
humildad mereció el nombre
de gran alférez de Cristo;
Y que aquella silla goce
que perdí cuando intentaron
mis soberbias presunciones
fijarla en el solio trino
poniendo en arma su corte.
Para esta empresa te llamo.
No fácil te la propone
mi ciencia porque después
de la del celeste monte
a ninguna tan difícil
se arrojaron mis rencores;
porque la regla que guardan,
como sabes, estos hombres
es la apostólica vida,
y no por inspiraciones
solamente instituida
porque Dios mismo esta orden
dictó a boca que Francisco
fue su secretario entonces.
El cual le dijo, piadoso
para con sus posteriores:
«¿Quién, Señor, guardará regla
tan cruel que se compone
de veinte y cinco preceptos
sin glosa ni explicaciones
con pena de mortal culpa
siendo humano?» Y respondióle:
«Yo criaré quien la guarde,
Francisco, no te congojes.»
Mas no le dijo que todos
uniformemente acordes
la guardarían; que fueran
vanos nuestras pretensiones.
Parte a España, y en Toledo
que es hoy de sus poblaciones
la mayor, siembra impiedades
en los de mediano porte,
y en los gremios, que éstos son
los que a estos frailes socorren,
estorbando que en sus pechos
la devoción fuerzas...




